jueves, 9 de abril de 2020

Una lectura ecosocialista: Coronavirus, ¿una vacuna para la humanidad?

Fuentes: Rebelión
Por Gabriel E. Videla

En sólo dos meses en cada rincón del mundo compartimos temores por ancianos, urgencias y miedos adultos y terror de que el COVID 19 pueda afectar seriamente a nuestros hijos. A un tercio de la humanidad, encerrada y aislada en nuestras casas, nos invade la ansiedad e incertidumbre inevitables sobre cómo seguirán tras la pandemia la economía, la subsistencia y la sociabilidad, la vida en suma.
Sin embargo, pese al desplome de la economía mundial provocado por el coronavirus y a los tormentos que arrastran los millones de personas infectadas y muertas cada día, tres realidades aparecieron silenciosas y radiantes, tan inesperadas como la pandemia, y que alientan esperanzas compartidas por millones en cada rincón y a la ancho del planeta.
1. La increíble recomposición de la naturaleza por el freno de la economía, tras el implacable avance urbano y de la mugre gaseosa y líquida con la que la producción per se no cesó de envenenarla desde la Revolución Industrial, fue muy celebrada y feliz. Ciervos en calles de Japón, canales limpios en Venecia, zorros en Londres, cielos transparentes sobre China, Italia y España, Buenos Aires sin gases ni ruidos, carpinchos en countries sobre humedales… apenas la presión disminuyó, el planeta se limpió. Lo vimos. No es abstracto. Podemos sanarlo.
2. La capacidad social de adaptación de conductas ante la amenaza y de aprendizajes sociales veloces, en tan sólo tres semanas, es sorprendente. En pocas semanas “todo lo sólido se desvaneció en el aire”: aviones clavados en tierra, casi tres mil millones de personas aisladas en sus casas, se cayeron acciones, se congeló el turismo y miles de actividades y eventos, ¡hasta el circo deportivo! Pero… mientras haya víveres y techo en paz, por un tiempo, “no pasa nada”. En sólo tres semanas, el mundo pulsa a otro ritmo.
3. Viejos valores soterrados por la mercadofilia retornaron súbitamente al centro de la escena: vida, solidaridad, entrega, cooperación, paz, creatividad, reconexión humana. Desahuciados por años (agentes de la salud, científicos, empleados de farmacias o supermercados, etc.) se revalorizan como héroes anónimos del momento. Y…  ¿y el mercado?, ¿es vital?, ¿alguien se desvive por no poder salir de shopping?, ¿lo extrañás, o abrazar a tus afectos?
¿No se debe el salto de popularidad que gozó el Presidente a haber priorizado esos valores, a confirmar y validar el rol del Estado como ordenador y freno de los intereses de pocos contra los de muchos, a haber despertado esperanzas de cambiar las “reglas del juego”?
Una humanidad suspendida, como entre una inhalación y exhalación, sin el frenesí ni la histeria usuales experimenta “aquí y ahora” una naturaleza más sana, valores humanos y buena parte “cae” o registra que puede -¡Y que desea!- vivir distinto. “Volver a salir” sí, “volver a la locura” ya no. Volver a lo mismo que antes no, es la causa de por qué sufrimos.  
Entonces, se reactualizará un viejo problema. Lo peor de la pandemia pasará y volverán a regir el ritmo de la codicia explotadora de los dueños del capital y sus medios reavivarán urgente al imprescindible circo para los “tiempos de ocio”.   
¿Cómo articular y canalizar políticamente a los millones de deseos compartidos de que  valores como cooperación, solidaridad, paz y vida a ritmos acordes con los de naturaleza primen y aplasten a los del lucro ciego, la explotación, la histeria sin sentido y el circo 24×7?
Žižek y Badiou proponen una ambigua “nueva forma de comunismo”, otros pronostican nomás. Pero una nueva situación, ¿no amerita postular una nueva afirmación?  Y pocas -si alguna- supera al ecosocialismo para bosquejar unidos anchos sueños compartidos (no “idénticos”) e integrar programas para un mundo solidario, que priorice generar bienes necesarios y más tiempos para jugar, amar, contactarnos humanos, compartir por placer saberes, artes y deportes, con otros valores y perspectivas civilizatorias.
En su ya apreciable y amplia historia, en el ecosocialismo confluyen un filósofo occidental (Walter Benjamin) y múltiples perspectivas y praxis feministas, originarias y campesinas, decoloniales y por modernidades alternativas, jóvenes en redes, con una sabiduría común: ser parte de la naturaleza y respetar juntos a los procesos físico-químico biológicos de la biosfera y ecosistemas, en vez de acelerar al tren que corre incontrolado a concretar la (percibida imparable) hipótesis del colapso humano.
Sus principios de autolimitación, precaución, interculturalidad, ecoética, igualdad y participación componen un lenguaje ilegible a las fuerzas del consenso extractivista envenenante (sojero, minero, fracking, cementador) y aún raro a la izquierda leninista.
Si consolidamos y articulamos estos principios para la pospandemia, la tragedia del COVID 19  podrá haber servido para vacunar a la sociedad humana contra su propio suicidio.
Hoy, estos versos de Mary Oliver nos interpelan como una campana repicando en los oídos:
«Dime,
 ¿qué piensas hacer
con tu única, salvaje,
preciosa vida?»
Gabriel E. Videla, geógrafo UBA.




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El Estado con mascarilla

Miguel Amorós: El Estado con mascarilla | La peste | contrainfo ...


mportancia del Estado en la nueva fase autoritaria del capitalismo
La actual crisis ha significado unas cuantas vueltas de tuerca en el control social por parte del Estado. Lo principal en esa materia ya estaba bastante bien implantado porque las condiciones económicas y sociales que hoy imperan así lo exigían; la crisis no ha hecho más que acelerar el proceso. Estamos participando a la fuerza como masa de maniobra en un ensayo general de defensa del orden dominante frente a una amenaza global. El coronavirus 19 ha sido el motivo para el rearme de la dominación, pero igual hubiera servido una catástrofe nuclear, un impasse climático, un movimiento migratorio imparable, una revuelta persistente o una burbuja financiera difícil de manejar. No obstante la causa no es lo de menos, y la más verídica es la tendencia mundial a la concentración de capitales, aquello a lo que los dirigentes llaman indistintamente mundialización o progreso. Dicha tendencia halla su correlato en la tendencia a la concentración de poder, así pues, al refuerzo de los aparatos de contención, desinformación y represión estatales. Si el capital es la sustancia de tal huevo, el Estado es la cáscara. Una crisis que ponga en peligro la economía globalizada, una crisis sistémica como dicen ahora, provoca una reacción defensiva casi automática y pone en marcha mecanismos disciplinarios y punitivos de antemano ya preparados. El capital pasa a segundo plano y entonces es cuando el Estado aparece en toda su plenitud. Las leyes eternas del mercado pueden tomarse unas vacaciones sin que su vigencia quede alterada.
El Estado pretende mostrarse como la tabla salvadora a la que la población debe de agarrarse cuando el mercado se pone a dormir en la madriguera bancaria y bursátil. Mientras se trabaja en el retorno al orden de antes, o sea, como dicen los informáticos, mientras se intenta crear un punto de restauración del sistema, el Estado interpreta el papel de protagonista protector, aunque en la realidad este se asemeje más al de bufón macarra. A pesar de todo, y por más que lo diga, el Estado no interviene en defensa de la población, ni siquiera de las instituciones políticas, sino en defensa de la economía capitalista, y por lo tanto, en defensa del trabajo dependiente y del consumo inducido que caracterizan el modo de vida determinado por aquella. De alguna forma, se protege de una posible crisis social fruto de otra sanitaria, es decir, se defiende de la población. La seguridad que realmente cuenta para él no es la de las personas, sino la del sistema económico, esa a la que suelen referirse como seguridad “nacional”. En consecuencia, la vuelta a la normalidad no será otra cosa que la vuelta al capitalismo: a los bloques colmena y a las segundas residencias, al ruido del tráfico, a la comida industrial, al trasporte privado, al turismo de masas, al panem et circenses… Las formas extremas de control como el confinamiento y la distancia interindividual terminarán, pero el control continuará. Nada es transitorio: un Estado no se desarma por propia voluntad, ni prescinde gustosamente de las prerrogativas que la crisis le ha otorgado. Simplemente, “hibernará” las menos populares, tal como ha hecho siempre. Tengamos en cuenta que la población no ha sido movilizada, sino inmovilizada, por lo que es lógico pensar que el Estado del capital, más en guerra contra ella que contra el coronavirus, trata de curarse en salud imponiéndole condiciones cada vez más antinaturales de supervivencia.
El enemigo público designado por el sistema es el individuo desobediente, el indisciplinado que hace caso omiso de las órdenes unilaterales de arriba y rechaza el confinamiento, se niega a permanecer en los hospitales y no guarda las distancias. El que no comulga con la versión oficial y no se cree sus cifras. Evidentemente, nadie señalará a los responsables de dejar a los sanitarios y cuidadores sin equipos de protección y a los hospitales sin camas ni unidades de cuidados intensivos suficientes, a los mandamases culpables de la falta de tests de diagnóstico y respiradores, o a los jerarcas administrativos que se despreocuparon de los ancianos de las residencias. Tampoco apuntará el dedo informativo a expertos desinformadores, a empresarios que especulan con los cierres, a los fondos buitre, a los que se beneficiaron con el desmantelamiento de la sanidad pública, a quienes comercian con la salud o a las multinacionales farmacéuticas… La atención estará siempre dirigida, o mejor teledirigida, a cualquier otro lado, a la interpretación optimista de las estadísticas, al disimulo de las contradicciones, a los mensajes paternalistas gubernamentales, a la incitación sonriente a la docilidad de las figuras mediáticas, al comentario chistoso de las banalidades que circulan por las redes sociales, al papel higiénico, etc. El objetivo es que la crisis sanitaria se compense con un grado mayor de domesticación. Que no se cuestione un ápice la labor de los dirigentes. Que se soporte el mal y que se ignore a los causantes.
La pandemia no tiene nada de natural; es un fenómeno típico de la forma insalubre de vida impuesta por el turbocapitalismo. No es el primero, ni será el último. Las víctimas son menos del virus que de la privatización de la sanidad, la desregulación laboral, el despilfarro de recursos, la polución creciente, la urbanización desbocada, la hipermovilidad, el hacinamiento concentracionario metropolitano y la alimentación industrial, particularmente la que deriva de las macrogranjas, lugares donde los virus encuentran su inmejorable hogar reproductor. Condiciones todas ellas idóneas para las pandemias. La vida que deriva de un modelo industrializador donde los mercados mandan es aislada de por sí, pulverizada, estabulada, tecnodependiente y propensa a la neurosis, cualidades todas que favorecen la resignación, la sumisión y el ciudadanismo “responsable”. Si bien estamos gobernados por inútiles, ineptos e incapaces, el árbol de la estupidez gobernante no ha de impedirnos ver el bosque de la servidumbre ciudadana, la masa impotente dispuesta a someterse incondicionalmente y encerrarse en pos de la seguridad aparente que le promete la autoridad estatal. Esta, en cambio, no suele premiar la fidelidad, sino guardarse de los infieles. Y, para ella, en potencia, infieles lo somos todos.
En cierto modo, la pandemia es una consecuencia del empuje del capitalismo de estado chino en el mercado mundial. La aportación oriental a la política consiste sobre todo en la capacidad de reforzar la autoridad estatal hasta límites insospechados mediante el control absoluto de las personas por la vía de la digitalización total. A esa clase de virtud burocrático-policial podría añadirse la habilidad de la burocracia china en poner la misma pandemia al servicio de la economía. El régimen chino es todo un ejemplo de capitalismo tutelado, autoritario y ultradesarrollista al que se llega tras la militarización de la sociedad. En China la dominación tendrá su futura edad de oro. Siempre hay pusilánimes retardados que lamentarán el retroceso de la “democracia” que el modelo chino conlleva, como si lo que ellos denominan así no fuera otra cosa que la forma política de un periodo obsoleto, el que correspondía a la partitocracia consentida en la que ellos participaban gustosamente hasta ayer. Pues bien, si el parlamentarismo empieza a ser impopular y maloliente para los dirigidos en su mayoría, y por consiguiente, resulta cada vez menos eficaz como herramienta de domesticación política, en gran parte es debido a la preponderancia que ha adquirido en los nuevos tiempos el control policial y la censura sobre malabarismo de los partidos. Los gobiernos tienden a utilizar los estados de alarma como herramienta habitual de gobierno, pues las medidas que implican son las únicas que funcionan correctamente para la dominación en los momentos críticos. Ocultan la debilidad real del Estado, la vitalidad que contiene la sociedad civil y el hecho de que al sistema no le sostiene su fuerza, sino la atomización de sus súbditos descontentos. En una fase política donde el miedo, el chantaje emocional y los big data son fundamentales para gobernar, los partidos políticos son mucho menos útiles que los técnicos, los comunicadores, los jueces o la policía.
Lo que más debe de preocuparnos ahora es que la pandemia no solo culmine algunos procesos que vienen de antiguo, como por ejemplo, el de la producción industrial estandardizada de alimentos, el de la medicalización social y el de la regimentación de la vida cotidiana, sino que avance considerablemente en el proceso de la digitalización social. Si la comida basura como dieta mundial, el uso generalizado de remedios farmacológicos y la coerción institucional constituyen los ingredientes básicos del pastel de la cotidianidad posmoderna, la vigilancia digital (la coordinación técnica de las videocámaras, el reconocimiento facial y el rastreo de los teléfonos móviles) viene a ser la guinda. De aquellos polvos, estos lodos. Cuando pase la crisis casi todo será como antes, pero la sensación de fragilidad y desasosiego permanecerá más de lo que la clase dominante desearía. Ese malestar de la conciencia restará credibilidad a los partes de victoria de los ministros y portavoces, pero está por ver si por sí solo puede echarlos de la silla en la que se han aposentado. En caso contrario, o sea, si conservaran su poltrona, el porvenir del género humano seguiría en manos de impostores, pues una sociedad capaz de hacerse cargo de su propio destino no podrá formarse nunca dentro del capitalismo y en el marco de un Estado. La vida de la gente no empezará a caminar por senderos de justicia, autonomía y libertad sin desprenderse del fetichismo de la mercancía, apostatar de la religión estatista y vaciar sus grandes superficies y sus iglesias.
Miguel Amorós
Confinado en su casa muy a su pesar, el 7 de abril de 2020.
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México. Asesinan a Adán Vez Lira, defensor del área natural de La Mancha, en Veracruz



El ambientalista Adán Vez Lira fue asesinado en la tarde de este 8 de abril en la carretera que va de La Mancha a Palmas de Abajo, en Veracruz. La Fiscalía General del Estado de Veracruz confirmó el homicidio y explicó que se inició una carpeta de investigación en la fiscalía regional zona centro de Xalapa.
El ambientalista llevaba más de dos décadas dedicado a la defensa del territorio y observatorio de aves en La Mancha, Veracruz. Participaba en la cooperativa La Mancha en Movimiento.
Cuatro días atrás se debía haber celebrado el Festival de Aves y Humedales de La Mancha 2020, pero la contingencia por el COVID-19 obligó a suspender los actos, según informó la propia víctima en su perfil de Facebook.
La noticia ha impactado en organizaciones de defensa del medio ambiente como Pronatura AC, que afirmó en su cuenta de Twitter: “Lamentamos profundamente el asesinato de nuestro amigo y compañero Adán Vez Lira. Su ausencia dejara un hueco inmenso. Adán, te vamos a extrañar; nos harás mucha falta para seguir promoviendo el cuidado de la naturaleza; continuar soñando juntos y construir un mundo mejor”.
En los últimos meses fueron asesinados Homero Gómez, defensor de la mariposa monarca en Michoacán, y en marzo, Isaac Medardo Herrera Avilés, abogado y defensor en Morelos.
🔴 Lamentamos profundamente que el defensor de tierra y territorio, Adán Vez Lira, haya sido encontrado sin vida.
Nos solidarizamos con sus familiares y amistades.
¡Exigimos que su labor de defensa sea una de las principales líneas de investigación!
162 personas están hablando de esto

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¡Tenía que venir un virus para poner patas arriba el capitalismo!

¿Ha venido el covid-19 para quedarse? No cabe duda de que la pandemia que estamos viviendo, con sus devastadores efectos tanto en términos humanos como socioeconómicos pone en primer plano, confrontándonos, aquello que a menudo no queremos ver. Ya no hay escapatoria. La muerte, el aislamiento y la crisis nos confronta directamente nuestro modo de vida, anclado en un sistema económico desigual, alienante y corrosivo. El covid-19 nos invita a cuestionarnos, especialmente a los economistas, las falacias del capitalismo y los mitos acerca de nuestro supuesto bienestar. Es lo que tiene la distopía. Desde confines más oscuros podemos ver más claro, porque ya no hay donde escondernos ni donde distraernos.
Ya hace décadas que el capitalismo viene mostrando su faceta más depredadora y parasitaria. Años de neoliberalismo, marcados por la financiarización y la desigualdad, han deslegitimado históricamente un sistema (el capitalista), si es que alguna vez la tuvo, que ha sido incapaz de cumplir de forma justa y sustentable la reproducción material de nuestras sociedades. El desarrollo histórico del capitalismo ha mostrado ciertamente su capacidad de supervivencia, cual ave fénix renaciendo de sus propias cenizas, pero a su vez se han evidenciado sus contradicciones más acuciantes: i) la desvalorización de la fuerza de trabajo cuya mercantilización y explotación creciente aparece indiferenciada de cualquier otra mercancía; ii) el menosprecio por la esfera reproductiva cuya lógica, la sostenibilidad de la vida, se enfrenta a la lógica de la acumulación que reina en el ámbito productivo; iii) la superación de los límites impuestos por sistemas de orden superior, como el natural, sobre el cual descansa el propio proceso de producción y reproducción de la sociedad.
Esta pandemia nos ayuda a desvelar lo que el manto mercantil de un capitalismo que todo lo impregna ha ido oscureciendo. Es ahora una buena oportunidad para re-conocer aquello que ya sabemos pero que (parece) se nos olvidó.
Re-conocer que es la fuerza humana la que mueve el mundo. Hoy más que nunca se pone de manifiesto que la rueda que hace girar la economía es la energía y el esfuerzo de la fuerza de trabajo, imprescindible para producir aquello que necesitamos. Cuando nos quedamos en casa, la actividad cesa, la producción cae, el riesgo del desabastecimiento es real. Incluso peor, nuestra curación está en manos de l@s sanitari@s. Todavía no se conocen maquinas que intuben a los enfermos y robots que den clases virtuales a nuestros hijos. Abandonar la ilusión tecnológica de un mundo robotizado y ver el peligro del creciente desplazamiento de la fuerza de trabajo es hoy más obvio y necesario que nunca.
Re-conocer que somos seres dependientes. Concebimos la sociedad atomizada formada por individuos autónomos, independientes y autosuficientes. En el peor de los casos creemos en el fastidioso “homo economicus”. La vulnerabilidad a la que nos enfrenta el coronavirus nos evidencia nuestra dependencia de todo, obviamente en lo material (desde lo que comemos) y también en lo inmaterial (hasta lo que sentimos). El reconocer que el mundo es interdependiente implica desbancar la lógica antropocéntrica, cuestionando nuestra osadía en manipular, organizar y ordenar el mundo a nuestro antojo. Sentirnos dependientes es reconocer la necesidad del otro y de lo otro, denunciar la explotación humana y el abuso de la naturaleza.
Re-conocer que necesitamos dignificar el valor de lo doméstico. La pandemia y el consiguiente confinamiento desbanca la prepotencia del ámbito productivo (el dinero, el estatus, la competencia) e irremediablemente devuelve su valor intrínseco a aquello que sostiene la vida, el mundo de los cuidados, invitándonos a reequilibrar individual y colectivamente la balanza siempre decantada hacia lo productivo. El verdadero valor está en lo humano, en nuestras relaciones, en nuestros contactos, en nuestras miradas. El acento ya no está ahora en lo que puedo conseguir o alcanzar, sino en lo que soy y lo que valoro.
Re-conocer que nuestro modelo de vida es alienante. Paradójicamente a más confinamiento (físico) menos aislamiento (social). El quehacer compulsivo y estresante en una sociedad capitalista que nos aturde con el consumo indiscriminado, con la (des)conexión telemática y con la obcecación de conseguir más (de lo que sea) en cierto sentido se ha paralizado. Quizás hemos pasado de aquella prisión a una nueva, pero este aislamiento entre cuatro paredes nos invita a una mirada más introspectiva, preguntándonos en que estoy yo y en que esta el otro, acerándonos a nuestr@s familiares, a nuestr@s vecin@s, a nuestr@s cajer@s desde otro lugar. Estamos aislados, pero menos alienados, y la empatía nos sienta bien.
Gemma Cairó i Céspedes, doctora en Economía y profesora de la Universitat de Barcelona. Coordinadora y coatura de Economía mundial. Deconstruyendo el capitalismo global.
vientosur.info/spip.php?article15830

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Una crisis que desvanece todo lo sólido en el aire



La única salida es algún tipo de (eco) socialismo democrático. Empecemos por colocar en el centro de la propuesta post Covid-19 el reparto de los trabajos, la socialización de los beneficios privados y la garantía de renta y vivienda
«La tierra está nerviosa y también los seres humanos que la habitan» (Ernst Bloch)
La crisis del coronavirus ha reabierto el debate sobre las ‘crisis’. ¿Segunda parte de 2008? ¿Repetición en un nuevo contexto de la Gran Depresión? ¿Cuestión de semanas y vuelta a la vieja normalidad? ¿Contingencia biopolítica por fatalidad arbitraria e incontrolable? ¿Inaplicación del principio de precaución? El desconcierto es enorme y la crisis poliédrica. Elaborar salidas efectivas, y abrir caminos alternativos al abismo, requiere hacerse las preguntas adecuadas, ser realista y no incurrir en el pensamiento mágico.
El primer factor en la sorpresa es el sanitario. Hace décadas que los países industrializados no sufrían una epidemia similar. La rauda expansión mundial de la pandemia no es ajena al crecimiento exponencial de viajes en un mundo interdependiente. Y no se da en un contexto de optimismo. A diferencia de otras épocas, como la añorada post Segunda Guerra Mundial, existe una impresión de crisis que impregna lo cotidiano y una sensación de fin de época, incertidumbre y agotamiento civilizatorio que tensa los nervios de todas las clases sociales.
Más allá de las formas subjetivas de vivir la decadencia sistémica, hay una serie de lógicas que hacen inexorable la crisis. Existe una contradicción entre el desarrollo material y financiero de la globalización capitalista, la inseguridad social de la población mundial y la acelerada degradación de la biosfera. Este quizás sea el factor más relevante del tiempo que viene: pese a todas las advertencias y cumbres para reformar el capitalismo, la crisis aparece como una marea que amenaza con devastarlo todo.
Las causas son múltiples y atraviesan a todos los países. Muchos economistas, tanto críticos como pro sistémicos, venían anunciado el síndrome de la recesión, pero la virulencia de esta crisis ha sorprendido a todo el mundo. En 2008, el crack comenzó en la esfera financiera y contaminó la productiva, si bien había estado precedida de un descenso de la tasa de beneficio. Ahora, al contrario, la producción y el comercio han frenado bruscamente e impactado en las finanzas, lo que agrava la recesión. El Covid-19 anidó en una economía ya enferma.
El capitalismo sufre una crisis de rentabilidad crónica, en la que es incapaz de recuperar estable y suficientemente la tasa de ganancia para poder impulsar un ciclo largo de acumulación y una nueva ‘edad de oro’. A la destrucción del tejido productivo, provocada por la crisis de 2008, no le ha sucedido una etapa vigorosa. La productividad tiende al estancamiento y las tasas de crecimiento de los principales países han sido bajas y basadas en el asalto a nichos previamente no mercantilizados (bienes comunes y sectores públicos) y en una desvalorización salarial sin precedentes desde los años veinte. Las recetas aplicadas después de 2008, ante el apalancamiento público y privado, por el FMI, el Banco Mundial, la FED y la UE han fracasado pues se basaban en la misma lógica. Las deudas soberanas nuevamente se han disparado y las privadas son elevadas. Las empresas en China, la UE y Estados Unidos están endeudadas –especialmente el mar de pymes zombies–. Las maniobras de recompra de acciones por las empresas, los ataques de los fondos buitre, la arriesgada especulación de los inversores institucionales, el incontrolado reparto de dividendos y las fugas de capitales han llevado al caos. ¿Cómo es posible que, pese al aumento de la masa de beneficios y su mayor peso en la renta, la lógica de acumulación capitalista esté en crisis? Quizás porque desde 2008 la política económica se ha limitado a preservar el valor de los activos financieros mientras ve decrecer la tasa de beneficios.
El capital ha ido conquistando cada vez más espacios. El capitalismo ha sido el sistema hegemónico durante los últimos siglos, pero durante las últimas décadas su desarrollo se ha basado fundamentalmente en colonizar nuevos espacios que previamente convivían dentro del sistema-mundo. La incorporación al mercado de los territorios postsoviéticos, de China y de los países postcoloniales ha homogeneizado el mundo de forma nunca vista. Sin nuevos lugares hacia los que desplazar sus crisis, el capital devora los derechos de las clases trabajadoras nacionales, pero también se devora a sí mismo en una suerte de ‘saturación espacial’ que constituiría el primer factor crítico.
El segundo tiene que ver con la relación entre capital y naturaleza. El capitalismo fósil no es solo destructivo con el planeta y las personas, lo es también consigo mismo. Pese a toda la retórica verde institucional, el sistema productivo global, la energía y el transporte de mercancías y personas depende del crudo y afines. El retorno energético decrece, sube el costo y baja la calidad. El filósofo y ensayista Jorge Riechmann lo expresa parafraseando a Bill Clinton: “¡Es la termodinámica, estúpido!”. Esta “ley de rendimientos decrecientes” puede parecer irracional, pero opera trágicamente para mantener el declinante sector de la automoción e intereses como los de Aramco, la petrolera saudí.
Por último y no menos importante, está el factor político. Nos referimos a los mecanismos que usa el capital para autorregularse. Paradójicamente, junto al control de las clases subalternas, una función esencial del Estado ha sido controlar al capital, regular sus excesos, meter en cintura a los capitalistas descontrolados, garantizar la estabilidad caótica necesaria mediante la coerción. Pero, desde 1976, la lógica implacable de búsqueda del beneficio ha provocado la debilidad del Estado-regulador –excepto quizás en la dictadura china– y por supuesto del Estado-benefactor, lo que le deslegitima. Ello supone un nuevo problema sistémico porque el mercado para funcionar necesita de mucho Estado y controlar a este. Sin ‘estado mayor’ el capital carece de instrumentos políticos para orientarse estratégicamente y dotarse de salidas a sus propias crisis. Ello no quiere decir que se haga el harakiri, su entierro necesitará enterrador.
Los tres grandes factores –económico, ecológico y político– confluyen en esta marea de crisis que viene. Las consecuencias geopolíticas pudieran ser que China y su Leviatán neoliberal salgan fuertemente reforzados, mientras que EE.UU. continúa su proceso decadente en medio de una catástrofe sanitaria que tensará todavía más a una sociedad rota en mil pedazos. La UE, incapaz de ayudar a sus miembros en la emergencia de salud pública y de dotarles de financiación a fondo perdido, saldrá profundamente dividida entre delirios neonacionalistas, un sur impotente y una Alemania incapaz de encabezar la salida de la crisis mientras contempla su muerte como potencia.
Esta crisis supone la pauperización de las clases medias y trabajadoras. Esto ya no es una cuestión coyuntural o temporal. El futuro inmediato va a conocer unas cadenas de valor mundiales desorganizadas, quiebras de empresas e intentos de nuevos recortes a los derechos laborales y sindicales. El capitalismo solo tiene como salida la destrucción total de las viejas formas de relaciones sociales subalternas que los pueblos consideran propias y normales. El crítico y teórico literario marxista Fredric Jameson indica que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pero esa afirmación esconde el interregno al que vamos: ¿cómo va a ser vivir en un mundo en donde la marea de las crisis arrase todo lo que conocíamos, generando nuevas formas de vida social hasta ahora ajenas a nuestra cotidianeidad? ¿Cómo viviremos mientras “todo lo sólido se desvanece en el aire”?
A corto plazo, la impotencia de los Estados es un reflejo del shock de las sociedades. Es comprensible que ahora mismo todos los esfuerzos se concentren en intentar controlar la pandemia, pero el pobre debate sobre el día después revela una falta de ideas y de perspectivas. ¿Cómo es posible que ni siquiera el gobierno español, teóricamente el más a la izquierda de Europa, se haya planteado el asalto a los beneficios privados ni la integración de los sistemas sanitarios bajo el mando público y sin compensación? Desde un punto de vista histórico, esta ceguera resulta casi increíble: el gran triunfo ordoliberal de 2008 fue la imposición hegemónica de la austeridad. Se habla de aumentar temporalmente el techo de gasto y las prestaciones sociales, pero nadie habla de tocar los beneficios de las grandes corporaciones y redistribuir la riqueza generada socialmente. Puede parecer muy elemental lo que estamos planteando, pero indica de forma clara el desplazamiento del debate: si el fin del capitalismo parece inimaginable, también lo parece su domesticación.
La urgencia social no debería cerrar en falso el debate del día después. Pelear por cada mejora cotidiana es casi una exigencia para evitar el envilecimiento y la pulverización de amplios sectores sociales, pero la economía política tiene sus lógicas implacables. Marx, en el Manifiesto Comunista, decía que el capital “se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros”. En la nueva situación las fuerzas del mal pueden aprovechar para imponer sus opciones ultraliberales, autoritarias y ecofascistas. Estemos alerta. Durante los próximos años, nos jugamos no solo el futuro de la izquierda –que es quizás lo menos importante– si no el de nuestras sociedades.
El mercado y el capital nos trajeron al borde del abismo, atrevámonos a tomar las palas para enterrarlo. Necesitamos empresas públicas y sociales en los sectores estratégicos de la economía, comenzando por la banca, la energía y las industrias farmacéutica y biosanitaria, y un tejido productivo y reproductivo ambientalmente sostenible, de cercanía, y que posibilite la autosuficiencia de las comunidades y la cooperación internacional sin la rémora de la deuda. Solo así podremos hacer frente a los retos del siglo XXI: el cambio climático y la desigualdad social.
Ello pone sobre la mesa la cuestión de la planificación democrática jamás experimentada, entre otras cosas, para afrontar una reconstrucción económica justa y feminista, en países que, el día después del confinamiento, se encontrarán con millones de personas desempleadas. Sabemos que en última instancia, la única solución es el surgimiento de algún tipo de (eco) socialismo democrático; podríamos ir empezando por colocar en el centro de la propuesta postcrisis el reparto de los trabajos, la socialización de los beneficios privados y la garantía de renta y vivienda para todo el mundo.
El revolucionario Víctor Serge advirtió de que las medianoches de la historia se caracterizan por una gran parálisis social. Por ello, a corto plazo (y para preparar el futuro) la mejor propuesta es asóciense, no sean espectadores pasivos, tomen el presente y su futuro en sus manos. Dónde sea y con quién sea, pero respondan al ciclo objetivo del capitalismo con un rabioso subjetivismo que nos permita enfrentar con alguna posibilidad la medianoche de nuestro siglo.
ctxt.es/es/20200401/Firmas/31826/Manuel-Gari-Brais-Fernandez-coronavirus-crisiscapitalismo-salida-ecosocialismo.htm

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miércoles, 8 de abril de 2020

Más de 70 mineras deben auditar planes de cierre de faenas en medio de complejo escenario


Expertos apuntan además a dificultades que podrían existir en caso de que extiendan restricciones a regiones con mineras, ya que para suspensión de labores se deben solicitar permisos.
(El Mercurio) Un difícil escenario enfrenta la minería, en medio del desplome del cobre y el avance del covid-19 entre sus propios trabajadores, pese a las extremas medidas de seguridad implementadas.
A esto se suma que este año las firmas deben realizar una auditoría respecto a sus planes de cierre de faenas, presentados en su momento ante el Sernageomin, y que son aquellas condiciones que deben cumplir los yacimientos al fin de su vida útil. La medida incluye a todas las mineras medianas y grandes, con producción mensual sobre 10.000 toneladas, por lo que se espera una renovación de más de 70 planes.
Puede seguir leyendo esta noticia aquí https://digital.elmercurio.com/2020/04/08/B/E53PLDCK#zoom=page-width
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Austral Gold adquiere proyecto Sierra Blanca en Argentina

7/4/2020
Pese a la incertidumbre que origina la pandemia Covid-19, Austral Gold comprará una participación del 80% en el proyecto de oro y plata Sierra Blanca de New Dimension, ubicado en la provincia de Santa Cruz, en Argentina.
El acuerdo exige que Austral pague USD 800,000 en efectivo y compromisos de trabajo, con una opción de ‘seguimiento’ para comprar el 20% restante de intereses por USD 2.3 millones adicionales en efectivo y compromisos de trabajo.
En un comunicado de prensa, Austral Gold dijo que con esta transacción, expandirá el área de su proyecto Pingüino asegurando 7,000 hectáreas adicionales, resultando en un nuevo grupo de exploración en la provincia de Santa Cruz.
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Pingüino es un proyecto de desarrollo de etapa avanzada de plata-oro-zinc-plomo-indio ubicado en la parte sur-central de Argentina, mientras que la cercana Sierra Blanca es un proyecto de etapa temprana donde el trabajo anterior se había centrado principalmente en la tendencia EW Sistemas de venas Chala-Achen y Lucila. Según New Dimension, el muestreo del canal de superficie en Chala-Achen arrojó valores de plata de alto grado, incluidos 9,4 m @ 2.362 g / t Ag.
“Vemos fuertes sinergias entre el proyecto Sierra Blanca y nuestro proyecto Pingüino. Ambos proyectos están ubicados en la zona geológica del Macizo Deseado en la provincia de Santa Cruz, una de las regiones de metales preciosos más prominentes del mundo, incluidos depósitos de clase mundial como Cerro Vanguardia y Cerro Negro “, dijo el CEO de Austral, Stabro Kasaneva. en el resumen de los medios. “Esperamos que la adquisición de Sierra Blanca nos permita aumentar el valor de nuestro proyecto Pingüino mediante la perforación de objetivos adicionales que potencialmente pueden aumentar nuestra base de recursos minerales en esta región”.
Fuente: Junior Mining Network


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La respuesta de los mineros al desastre de la presa de Brasil sigue siendo débil

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Cecilia Jamasmie 7/4/2020

La respuesta de los mineros al desastre de la represa de Brasil sigue siendo débil: informe
El desastre de relaves de Brumadinho en Brasil mató a 270 personas. ( Imagen cortesía de Vinícius Mendonça | Ibama. )
Más de un año después del desastre de relaves en la mina de mineral de hierro Brasil Córrego do Feijão de Vale (NYSE: VALE) que mató a 270 personas, la industria minera aún tarda en adoptar los cambios necesarios para evitar catástrofes similares, según muestra un nuevo estudio .
De acuerdo con la Fundación de Minería Responsable (RMF) con sede en Amsterdam , si bien la acción dirigida por los inversores ha resultado en una mayor transparencia con respecto al estado de las instalaciones de almacenamiento de relaves globales (TSF), la gran mayoría de las empresas aún no pueden demostrar que están revisando qué tan efectivamente están gestionando riesgos relacionados.
La organización sin fines de lucro, financiada por los gobiernos holandés y suizo y algunas pequeñas organizaciones filantrópicas, argumenta que el problema más crítico es que muy pocos sitios mineros muestran evidencia de haber informado a las comunidades locales sobre qué hacer en caso de una emergencia relacionada con relaves .
MUY POCOS SITIOS MINEROS MUESTRAN EVIDENCIA DE HABER INFORMADO A LAS COMUNIDADES LOCALES SOBRE QUÉ HACER EN CASO DE UNA EMERGENCIA RELACIONADA CON RELAVES
Fundación Minera Responsable
Hasta hace poco, no había un conjunto de reglas universales que definieran exactamente qué es una presa de relaves, cómo construir una y cómo cuidarla después de su desmantelamiento.
Algunos esfuerzos previos en esa dirección incluyen World Mine Tailings Failures , una base de datos en línea destinada a exponer la causa de los desastres de las represas de colas, dando instrucciones sobre cómo prevenirlos.
Durante el año pasado, se han materializado una serie de iniciativas destinadas a establecer estándares globales.
El Consejo Internacional de Minería y Metales (ICMM), un grupo industrial con sede en Londres que representa a 27 grandes compañías mineras, ha establecido un panel independiente de expertos a cargo del desarrollo de estándares globales para las instalaciones de relaves.
La Iglesia de Inglaterra, que invierte en compañías mineras a través de sus pensiones para el clero retirado, junto con sus socios, lanzó en abril de 2019 una investigación global sobre los sistemas de almacenamiento de desechos mineros de más de 700 compañías de recursos.
Ahora solicita a las empresas que divulguen datos sobre presas de relaves de forma regular.
El RMF dice en su informe que si bien un estándar global sobre la gestión de relaves es una iniciativa bienvenida, podría fortalecerse significativamente para convertirse en un verdadero cambio de juego en términos de seguridad de relaves.
Los desastres de las presas de relaves se han cobrado cientos de vidas.
Eso implicaría establecer requisitos claros sobre puntos como la divulgación pública de información clave, el compromiso con las partes interesadas locales, medidas de mitigación fuertes para abordar los riesgos planteados por TSF existentes, así como una responsabilidad más amplia para la alta gerencia y las juntas directivas.
Las reglas globales también deben respetar el consentimiento libre previo e informado (CLPI) como obligatorio cuando el TSF nuevo o expandido se encuentra en áreas con pueblos indígenas, dice el informe. También recomienda prohibir la eliminación de relaves en lagos, ríos y océanos.
A pesar del llamado colectivo a la acción, el status quo puede prevalecer. Eso es más o menos lo que sucedió en Canadá después de que una presa en la mina de cobre y oro Mount Polley falló en 2014, arrojando casi 24 millones de metros cúbicos de lodo en lagos y ríos glaciares cercanos.
Tomado de: RMI Report 2020.
Un panel independiente a cargo de investigar el incidente señaló que las prácticas de almacenamiento de la industria minera «no habían cambiado fundamentalmente en los últimos cien años».
Entre las recomendaciones del panel: Siempre que sea posible, los relaves deben almacenarse secos, aunque reconoce que la adaptación de los embalses de relaves existentes no siempre es posible y puede tener riesgos. En Mount Polley, los desechos mineros todavía se bombeaban a los estanques cuando Imperial Metals puso la operación bajo cuidado y mantenimiento .



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METODO CIENTIFICO





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Tres lecciones científicas que nos deja el coronavirus

Tres lecciones científicas que nos deja el coronavirus | Hoy

El coronavirus SARS-CoV-2 y la enfermedad COVID-19 son una experiencia dolorosa, pero también nos proporciona excelentes lecciones de ciencia. Entre ellas destacaríamos tres:
La salud del planeta es también nuestra salud
El contagio por COVID-19 en humanos pudo iniciarse a partir del consumo de un mamífero salvaje protegido, en vías de extinción y vendido ilegalmente, llamado pangolín. Este se consume en algunos mercados asiáticos como un alimento nada sostenible y se utiliza en remedios médicos sin evidencia científica.
Otras hipótesis apuntan a los murciélagos u otros animales como vectores del coronavirus. Los expertos vaticinan que mientras continúen estas prácticas con animales salvajes, habrá nuevas epidemias como la que estamos viviendo.
Según otros investigadores, es muy probable que en el futuro nuevos virus puedan proceder de animales de granja como cerdos y pollos, tal y como ya sucedió con la llamada “gripe porcina” en 2009. Las condiciones de hacinamiento que se dan en ciertas granjas industriales pueden facilitar la propagación de virus y otros patógenos.
Estos hechos ilustran cómo durante los últimos siglos la humanidad ha jugado tanto con la salud de los ecosistemas como con la suya propia. El uso insostenible de la naturaleza continúa. El cambio climático facilita la expansión de animales fuera de sus hábitats naturales, desequilibra los ecosistemas y disemina nuevas enfermedades.
La salud del medioambiente no está al margen de la de las personas: son dos caras de la misma moneda. La degradación del medio natural afecta todo el planeta, nosotros incluidos. Es urgente adoptar una visión integrada y una gestión global de la salud del medioambiente y de la humanidad.
“El coronavirus es lo que pasa cuando ignoras la ciencia”
La frase anterior, propuesta por un columnista del diario The New York Times, es de vital importancia para entender la magnitud de la tragedia. Hace más de 10 años, un trabajo de investigación de la Universidad de Hong Kong realizado en China ya alertó de la posibilidad que algún coronavirus pudiera emerger (y acertó en su predicción).
A pesar de los grandes avances científicos del último siglo, algunos políticos no creen que el cambio climático sea un problema y quieren disminuir las normativas de protección ambiental o tienen miedo de establecer nuevas. Y convencen a mucha gente.
Para luchar contra estas ideas debemos acercar más la ciencia a los ciudadanos y formar espíritus críticos y libres. La divulgación científica es ahora una gran aliada. Hay que invertir mucho más en cultura y en investigación científicas: tras la crisis económica de 2008, se produjeron recortes importantes en los presupuestos de universidades y centros de investigación públicos, y también en la sanidad pública. La precariedad laboral de los jóvenes científicos es ya crónica y cuando llega el enemigo común (hoy el coronavirus, mañana será otro), nos damos cuenta repentinamente de que no estamos preparados para afrontarlo.
La prevención es igual o más importante que la terapia
El dinero destinado a la ciencia no se reparte equilibradamente entre disciplinas. Se tiende a financiar una investigación que rinda resultados a corto plazo, se prima el tratamiento de la enfermedad y la emergencia, frente a la prevención que va de la mano de la investigación fundamental y de rendimiento a largo plazo.
Un experto en virología del CNRS de Francia se quejaba de que la investigación fundamental sobre los coronavirus estaba mal financiada. Podemos decir algo similar acerca de la investigación sobre nuestros océanos, bosques, ríos y medio natural en general.
Las emisiones de CO₂, los plásticos, el cambio climático, la contaminación y la sobreexplotación de los recursos naturales son ejemplos que no solo suponen un peligro para la salud de los ecosistemas sino también para la salud de las personas. Ponen en riesgo los beneficios que un medio natural bien conservado nos aporta en forma de alimentos saludables, nuevas medicinas o la posibilidad de practicar actividades recreativas beneficiosas para la salud física y mental. Se debe dar un mayor apoyo a la conservación de la salud de nuestro planeta, que está intrínsecamente unida a la salud humana.
Josep Lloret, Director of the Oceans and Human Health Chair and the SeaHealth research group, University of Girona; Elisa Berdalet Andrés, Scientific Researcher, Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC); Lora Fleming, Director, European Centre for Environment and Human Health, University of Exeter; Rafael Abós-Herràndiz, Facultativo Senior Atención Primaria de Salud. Departament de Salut. Generalitat de Catalunya; Sam Dupont, Associate professor, Senior Lecturer, University of Gothenburg; y Yonvitner Yonvitner, IPB University
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Puede encontrarl en el siguiente enlace.
Fuente: N+1



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