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jueves, 9 de abril de 2020

¡Tenía que venir un virus para poner patas arriba el capitalismo!

¿Ha venido el covid-19 para quedarse? No cabe duda de que la pandemia que estamos viviendo, con sus devastadores efectos tanto en términos humanos como socioeconómicos pone en primer plano, confrontándonos, aquello que a menudo no queremos ver. Ya no hay escapatoria. La muerte, el aislamiento y la crisis nos confronta directamente nuestro modo de vida, anclado en un sistema económico desigual, alienante y corrosivo. El covid-19 nos invita a cuestionarnos, especialmente a los economistas, las falacias del capitalismo y los mitos acerca de nuestro supuesto bienestar. Es lo que tiene la distopía. Desde confines más oscuros podemos ver más claro, porque ya no hay donde escondernos ni donde distraernos.
Ya hace décadas que el capitalismo viene mostrando su faceta más depredadora y parasitaria. Años de neoliberalismo, marcados por la financiarización y la desigualdad, han deslegitimado históricamente un sistema (el capitalista), si es que alguna vez la tuvo, que ha sido incapaz de cumplir de forma justa y sustentable la reproducción material de nuestras sociedades. El desarrollo histórico del capitalismo ha mostrado ciertamente su capacidad de supervivencia, cual ave fénix renaciendo de sus propias cenizas, pero a su vez se han evidenciado sus contradicciones más acuciantes: i) la desvalorización de la fuerza de trabajo cuya mercantilización y explotación creciente aparece indiferenciada de cualquier otra mercancía; ii) el menosprecio por la esfera reproductiva cuya lógica, la sostenibilidad de la vida, se enfrenta a la lógica de la acumulación que reina en el ámbito productivo; iii) la superación de los límites impuestos por sistemas de orden superior, como el natural, sobre el cual descansa el propio proceso de producción y reproducción de la sociedad.
Esta pandemia nos ayuda a desvelar lo que el manto mercantil de un capitalismo que todo lo impregna ha ido oscureciendo. Es ahora una buena oportunidad para re-conocer aquello que ya sabemos pero que (parece) se nos olvidó.
Re-conocer que es la fuerza humana la que mueve el mundo. Hoy más que nunca se pone de manifiesto que la rueda que hace girar la economía es la energía y el esfuerzo de la fuerza de trabajo, imprescindible para producir aquello que necesitamos. Cuando nos quedamos en casa, la actividad cesa, la producción cae, el riesgo del desabastecimiento es real. Incluso peor, nuestra curación está en manos de l@s sanitari@s. Todavía no se conocen maquinas que intuben a los enfermos y robots que den clases virtuales a nuestros hijos. Abandonar la ilusión tecnológica de un mundo robotizado y ver el peligro del creciente desplazamiento de la fuerza de trabajo es hoy más obvio y necesario que nunca.
Re-conocer que somos seres dependientes. Concebimos la sociedad atomizada formada por individuos autónomos, independientes y autosuficientes. En el peor de los casos creemos en el fastidioso “homo economicus”. La vulnerabilidad a la que nos enfrenta el coronavirus nos evidencia nuestra dependencia de todo, obviamente en lo material (desde lo que comemos) y también en lo inmaterial (hasta lo que sentimos). El reconocer que el mundo es interdependiente implica desbancar la lógica antropocéntrica, cuestionando nuestra osadía en manipular, organizar y ordenar el mundo a nuestro antojo. Sentirnos dependientes es reconocer la necesidad del otro y de lo otro, denunciar la explotación humana y el abuso de la naturaleza.
Re-conocer que necesitamos dignificar el valor de lo doméstico. La pandemia y el consiguiente confinamiento desbanca la prepotencia del ámbito productivo (el dinero, el estatus, la competencia) e irremediablemente devuelve su valor intrínseco a aquello que sostiene la vida, el mundo de los cuidados, invitándonos a reequilibrar individual y colectivamente la balanza siempre decantada hacia lo productivo. El verdadero valor está en lo humano, en nuestras relaciones, en nuestros contactos, en nuestras miradas. El acento ya no está ahora en lo que puedo conseguir o alcanzar, sino en lo que soy y lo que valoro.
Re-conocer que nuestro modelo de vida es alienante. Paradójicamente a más confinamiento (físico) menos aislamiento (social). El quehacer compulsivo y estresante en una sociedad capitalista que nos aturde con el consumo indiscriminado, con la (des)conexión telemática y con la obcecación de conseguir más (de lo que sea) en cierto sentido se ha paralizado. Quizás hemos pasado de aquella prisión a una nueva, pero este aislamiento entre cuatro paredes nos invita a una mirada más introspectiva, preguntándonos en que estoy yo y en que esta el otro, acerándonos a nuestr@s familiares, a nuestr@s vecin@s, a nuestr@s cajer@s desde otro lugar. Estamos aislados, pero menos alienados, y la empatía nos sienta bien.
Gemma Cairó i Céspedes, doctora en Economía y profesora de la Universitat de Barcelona. Coordinadora y coatura de Economía mundial. Deconstruyendo el capitalismo global.
vientosur.info/spip.php?article15830

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miércoles, 8 de abril de 2020

Covid19 y la doctrina del shock en los mercados financieros

Covid19 y la doctrina del shock en los mercados financieros

Hace algo más de un mes, el 20 de febrero, el principal índice de la Bolsa de Nueva York, el Standard and Poors 500, alcanzaba sus máximos históricos. Los mercados de valores confirmaban así la visión de un ciclo eterno de prosperidad de la economía estadounidense. Las cotizaciones de las compañías parecían no tener límites, impulsadas por un crecimiento ininterrumpido del PIB durante 11 años —el más largo desde que se tienen registros—, una política monetaria complaciente y grandes rebajas de impuestos a las empresas. Y ello pese a que desde marzo de 2009 el S&P 500 se había revalorizado un 398%.
En realidad, y aunque con sus altibajos, no solo la bolsa americana ha disfrutado de una década prodigiosa. Los bonos o títulos de renta fija emitidos tanto por Estados como por empresas para obtener financiación de los mercados han alcanzado valoraciones nunca vistas. La razón principal han sido los estímulos monetarios implementados por los bancos centrales en forma de bajadas de tipos de interés y compras masivas de bonos o  Quantitative Easing (QE).
Básicamente, los QE crean dinero, pero en lugar de hacerlo el Estado emitiendo deuda pública —Letras del Tesoro, Bonos y Obligaciones, dependiendo de su plazo— para financiar gasto público, lo hace el Banco Central comprando deuda pública ya existente a bancos y fondos de inversión que la tienen en sus carteras. La diferencia es que en el primer caso el Estado decide en qué gastar el dinero, y en el segundo el dinero se destina a proporcionar liquidez a los inversores. No es poca diferencia.
Los estímulos monetarios por parte de los bancos centrales y otras medidas inicialmente diseñadas como extraordinarias y encaminadas a salir de la gran recesión de 2009, se han convertido en la receta fácil ante cualquier perturbación en los mercados
Estas medidas, que inicialmente se diseñaron como extraordinarias y encaminadas a salir de la gran recesión de 2009, se han convertido en la receta fácil ante cualquier perturbación en los mercados. Episodios como el estallido de las primas de riesgo de los países periféricos de la UE en 2012, el Brexit o las guerras comerciales de Trump han provocado caídas de las bolsas que se han tratado sistemáticamente con intervenciones de los bancos centrales inyectando liquidez y comprando activos en mercado.
Estas compras de los bancos centrales hicieron que el precio de los bonos se disparase, y el precio es inverso a la rentabilidad. Cuanto más se paga por algo que “rinde” la misma cantidad, menos rentable es esa inversión. El precio de los bonos subió tanto que su rentabilidad se volvió negativa en la mayor parte de Europa —hasta -0,80% anual en el bono alemán a diez años—. Para las grandes corporaciones estas intervenciones han significado un inmenso regalo, llegando muchas de ellas a emitir bonos a tipos negativos, es decir, a recibir dinero por endeudarse.
La necesidad de conseguir rentabilidad se ha convertido en ansiedad. Con las bolsas y los bonos disparados, se ha ido empujando a los inversores a buscar nuevos tipos de activos en los que colocar su dinero. Algunos ya eran típicamente objeto de inversión, como el sector inmobiliario, donde los precios en muchos segmentos han superado a los de la anterior burbuja. Otros han empezado a serlo o han sufrido una financiarización extrema.
Infraestructuras de todo tipo, desde autopistas, puertos o aeropuertos hasta megaproyectos de energías renovables, pasando por residencias privadas de estudiantes. Todo tipo de servicios públicos diseñados bajo fórmulas de colaboración público-privada para ser empaquetados y vendidos a grandes inversores. Y por supuesto los recursos naturales, incluso el agua, entendida como un recurso cada vez más escaso y por lo tanto valioso, se han convertido en productos de inversión. Y si un día te encuentras en apuros descuida, siempre habrá un banco central a quien vendérselo.
Para las grandes corporaciones estas intervenciones [de los bancos centrales] han significado un inmenso regalo, llegando muchas de ellas a emitir bonos a tipos negativos, es decir, a recibir dinero por endeudarse.
Hasta las criptomonedas aprovecharon la ola, y aunque pincharon antes, llegaron a tener una capitalización de 800.000 millones en 2018 —ahora es menos de una cuarta parte—. Proyectos como Tron, que en septiembre de 2017 salió al mercado captando de inversores 58 millones de dólares a los cuatro meses valía 13.392 millones. Se multiplicaron los unicornios de internet, empresas que alcanzan la barrera de 1.000 millones de dólares de valoración sin haber llegado en muchos casos a generar beneficios.
Hasta se han creado fondos para invertir en los litigios de multinacionales contra Estados derivados de los nefastos Tratados de Comercio e Inversión, financiando las demandas a cambio de un porcentaje del resultado. Todo, absolutamente todo, es objeto de especulación por el enorme exceso de liquidez que es necesario rentabilizar.
En definitiva, ese océano de liquidez creado por los bancos centrales con el argumento de favorecer el crédito a empresas y familias ha servido para inflar artificialmente el precio de múltiples activos. Se ha extendido además a lugares muy diversos, financiarizando actividades controvertidas y creando graves distorsiones en los mercados como reconocen hasta sus propios participantes.
Cada rincón del planeta se ha convertido actualmente en algo sujeto a la especulación financiera en gran medida por la actuación de los bancos centrales, instituciones públicas, ajenas además a cualquier escrutinio democrático ni rendimiento de cuentas
Cada rincón del planeta se ha convertido actualmente en algo sujeto a la especulación financiera en gran medida por la actuación de los bancos centrales, instituciones públicas, ajenas además a cualquier escrutinio democrático ni rendimiento de cuentas. Merece la pena recordar que el todopoderoso Mario Dragui fue uno de los directivos de Goldman Sachs que diseñó los mecanismos para que Grecia ocultase la dimensión real de su endeudamiento, años antes de tener rescata por el propio Dragui.

EL CISNE NEGRO

Volviendo a Estados Unidos, ese 20 de febrero en que sus bolsas alcanzaron los máximos de todos los tiempos, ya existía algo llamado coronavirus y ya hacía un mes que se había decretado el confinamiento total de millones de personas en la región de china de Wuhan.
Desde ese día, las bolsas comienzan a retroceder, y sufren su mayor caída semanal desde 2008. La Reserva Federal (la FED) reacciona bajando los tipos de interés del 1,50% al 1,00%.
Cuando la Bolsa estadounidense tomó conciencia de que el covid19, que va confinando país tras país, es un “cisne negro”, en el argot financiero un evento tan extraño que no sucede nunca, sufrió la caída más rápida de su historia
Entre el miércoles 10 y el viernes 13 de marzo la Bolsa estadounidense sufre la caída más rápida de toda su historia. De repente se ha tomado conciencia de que el covid19 que va confinando país tras país es un “cisne negro”, en el argot financiero un evento tan extraño que no sucede nunca. Hasta que sucede.
El domingo 15 la Reserva Federal vuelve a responder rebajando los tipos del 1% hasta el 0%. El lunes la bolsa vuelve a sufrir una caída histórica del 13%. Durante los siguientes siete días la FED lanza cada día una nueva medida con el encabezado siempre de “con el objetivo de facilitar el flujo del crédito a familias y empresas…”. Son en todos los casos facilidades para los bancos, desde proveerlos de liquidez por diversas vías hasta rebajarles requerimientos regulatorios y de información.
Entre estas medidas, retoma un QE que tenía congelado hace tiempo. El importe previsto son 700.000 millones de dólares, similar a los 750.000 millones de euros anunciados en paralelo por el Banco Central Europeo esa misma semana. Se destinarán a comprar en mercado tanto bonos del Tesoro como bonos hipotecarios —emisiones compuestas por paquetes de hipotecas—. Se trata de una medida para generar confianza a los inversores y a los bancos, demostrándoles que la FED está ahí para que puedan deshacer sus carteras si lo desean.
La primera semana la FED compró 125.000 millones de dólares al día. A ese ritmo en seis días agotaría el programa. Supone comprar en mercado cada diez días el equivalente al PIB anual de España.
Y los mercados siguieron cayendo. A mayor caída más se eleva la presión y las expectativas de intervenciones de los bancos centrales. El mercado lanza órdagos en forma de pánico a los reguladores. El viernes 20 de marzo la bolsa de EE UU había perdido un tercio de su valor desde aquel resplandeciente 20 de febrero de máximos históricos.
En tan solo una semana Goldman Sachs ha pasado de estimar una caída del PIB de EE UU del 5% a una caída del 24%. A 31 de marzo su última estimación es de un 34%
Durante el fin de semana todo tipo de bancos de negocios, expertos, y hasta miembros de la propia FED hicieron declaraciones anunciando cifras de paro, caídas del PIB, cuya lectura dejaba en estado absoluto de shock.
En tan solo una semana Goldman Sachs ha pasado de estimar una caída del PIB de EE UU del 5% a una caída del 24%. A 31 de marzo su última estimación es de un 34%.

LA MAYOR INTERVENCIÓN MONETARIA DE LA HISTORIA

El lunes, tras abrir los mercados de nuevo a la baja, la FED anunció por sorpresa un nuevo QE. Y esta vez no pensaba defraudar. Incluía dos novedades muy importantes: la primera es que su importe es ilimitado. Tal cual. Parece un sinsentido que en un planeta de recursos finitos lo único ilimitado sea el dinero. En los medios financieros la llaman irónicamente QEternity.
La segunda novedad es que comprará no solo deuda pública e hipotecaria como hasta ahora sino también de empresas. Crea toda una batería de nuevos programas de entre los que destaca uno destinado eufemísticamente a “grandes empleadores”, esto es, para las grandes corporaciones. Permite a la FED prácticamente cualquier cosa, desde comprar en mercado bonos corporativos ya existentes hasta suscribir emisiones nuevas creadas ad-hoc solo para vendérselas a la FED. Incluso pueden recibir préstamos directos de la FED, con diferimiento del pago de intereses y de capital si así lo desean.
El Gobierno de Trump lanza un rescate en toda regla a las grandes corporaciones, con dos diferencias frente a un rescate “tradicional”: puede aprovecharse de sus ventajas cualquier compañía, sin necesidad de estar en dificultades y ya no existe absolutamente nada a cambio
Es un rescate en toda regla a las grandes corporaciones, con dos diferencias frente a un rescate “tradicional”: puede aprovecharse de sus ventajas cualquier compañía, sin necesidad de estar en dificultades, y no exige absolutamente nada a cambio, a diferencia de lo que suele suceder en los rescates “tradicionales”.
Resultado: la Bolsa estadounidense tuvo la mayor subida diaria desde 1933. La subida que ha continuado varios días hasta alcanzar un 20% a cierre de marzo desde los mínimos de la caída. Y ello, coincidiendo de manera lacerante con el desbordamiento de contagios y fallecimientos por covid19 por todo el país
Un detalle, que ya no extraña en esta época de distopías. La FED ha delegado la ejecución del QE en Blackrock, la mayor gestora de fondos de inversión del mundo. Es decir, ha privatizado la intervención del organismo supervisor en los mercados. Soberbio. El conflicto de interés que supone ser a la vez un participante del mercado y el brazo ejecutor de intervenciones billonarias del banco central es inconcebible.
Todas estas intervenciones de la Reserva Federal han ido en paralelo al paquete de ayudas aprobado por el Senado, que asciende a 2 billones de dólares. Es dos veces y media el equivalente lanzado para combatir la recesión de 2009.
Un detalle, que ya no extraña en esta época de distopías. La FED ha delegado la ejecución del QE en Blackrock, la mayor gestora de fondos de inversión del mundo. Es decir, ha privatizado la intervención del organismo supervisor en los mercados
Aunque la medida que más se ha publicitado es el helicóptero del dinero que explicaba Yago Álvarez hace unos días, un cheque directo de 1.200 dólares para cada adulto y 500 dólares para los menores, esto solo representa un 14,5% del paquete. Una vez más se desvían cantidades ingentes de dinero público hacía las grandes corporaciones. No es de extrañar siendo Secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, que trabajó 17 años para Goldman Sachs y fundó posteriormente su propio hegde fund o fondo de alto riesgo especulativo.
La principal medida adoptada por Mnuchin en la administración Trump hasta la fecha ha sido el masivo recorte de impuestos a las empresas realizado en 2017, rebajando entre otros un 40% el impuesto de sociedades. El caso de Fedex es paradigmático: encabezando el lobby anti impuestos, la compañía pasó de tributar 1.500 millones de dólares en 2017 a cero el año siguiente.
A principios de 2020 Mnuchin anunció que estaba trabajando en una segunda oleada de rebajas de impuestos, y como la primera, tendrá el doble efecto de impulsar el precio de las acciones en Bolsa —una de las razones que llevó a Wall Street alcanzar máximos históricos en febrero—, a la vez que se debilitan las arcas públicas.
Entre las partidas de este paquete de ayuda ya firmado por Trump, hay una partida específica de 61.000 millones para apoyar a las aerolíneas. Otra partida de 17.000 millones se dirige a “compañías estratégicas en situación complicada”, que se presume está destinada a Boing. Tan claro es su destino que Boing ha declarado que solo la utilizará cuando se eliminen algunas de las obligaciones que conlleva.

CRISIS FINANCIERA FRENTE A CRISIS CLIMÁTICA

Marzo de 2020 ha sido un mes vertiginoso en los mercados financieros. Algunas bolsas mundiales llegaron a perder un 40% de su valor, como en el caso del Ibex 35, y el apoyo con todos sus medios de bancos centrales y gobiernos han provocado recuperaciones de hasta un 20%.
Pero no han sido solo las bolsas. El coronavirus, al igual que ha quebrado por completo las cadenas de producción globales, ha expuesto nítidamente las múltiples disfunciones de los mercados financieros también globales hoy en día. Tipos de interés, divisas, oro, materias primas, todos están sufriendo en mayor o medida colapsos.
A lo largo del planeta se están ejecutando agresivas intervenciones para literalmente mantener el sistema funcionando. Algunas de ellas superando claramente la capacidad de un banco central en solitario, como la realizada el 15 de marzo que ejecutaron de manera coordinada el Banco de Canadá, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón, el Banco Central Europeo, la Reserva Federal y el Banco Nacional Suizo. O tan extrañas como la anunciada el 31 de marzo por la FED, en la que ante la escasez de dólares a nivel mundial por haberse convertido en moneda refugio, ofrece cantidades ilimitadas de dólares a cambio de bonos del Tesoro de EE UU a cualquier otro banco central del mundo. Porque además sin dólares no hay comercio internacional, aunque ahora esté congelado.
Todas las herramientas que EE UU desplegó a lo largo de años para salvar a los mercados y salir de la recesión tras la caída de Lehman Brothers, las han utilizado hora en dosis muy superiores en apenas tres semanas
Todas las herramientas que la Reserva Federal y el Gobierno de EE UU fueron desplegando paulatinamente a lo largo de meses e incluso años para salvar a los mercados y salir de la recesión tras la caída de Lehman Brothers, las han utilizado hora en dosis muy superiores en apenas tres semanas.
La inmensidad de los recursos públicos cedidos a las empresas privadas hace no solo criticable las intervenciones desde el punto de vista moral, sino que muchos piensan que será peor el remedio que la enfermedad.
En el contexto de crisis climática, todos estos programas e intervenciones apuntalan un sistema productivo y refuerzan a las grandes corporaciones y algunas de las industrias más contaminantes del planeta
Pero sobre todo, a día de hoy nos enfrentamos a una crisis climática que requiere transformaciones inmediatas y radicales en los sistemas productivos, sociales y económicos. Todos estos programas e intervenciones para soportar a los mercados de valores apuntalan un sistema productivo y refuerzan principalmente a las grandes corporaciones en general, y a algunas de las industrias más contaminantes del planeta en particular.
En EE UU, sin pudor ninguno la primera industria que se ha propuesto rescatar “aprovechando” el coronavirus es la de las exploraciónes pretroliferas y fracking. Y en Canadá exactamente lo mismo.
Aprovechando el coronavirus estamos viviendo una aplicación acelerada de la doctrina del shock o capitalismo de desastre. Como relata Naomi Klein en su última entrevista virtual con El Salto y en el inspirador Decir NO no basta, y anticipando muchas de las medidas adoptadas estos días, el actual vicepresidente Mike Pence fue quien encabezó una lista de propuestas que Bush aprobó en respuesta a la catástrofe del huracán Katrina. En el plano ambiental Pence “consiguió” derogar las regulaciones ambientales en la costa del Golfo y que se diese luz verde a las extracciones petrolíferas en el Ártico.
Es estas pocas semanas de crisis, además de rescatar a la industria del fracking y otros combustibles fósiles —hundida por la guerra de precios Arabia Saudí-Rusia—, los enormes programas de estímulos han dejado completamente al margen al sector de las energías renovables, suspendiéndose o no renovándose incluso incentivos fiscales ya existentes con anterioridad. Tampoco es de extrañar siendo el director de la Agencia de Protección de Medioambiente Andrew Wheeler, quién trabajó entre 2009 y 2017 en un lobby enfocado a rebajar la legislación medioambiental y a defender específicamente a la industria del carbón.
Y como ha confirmado Mnuchin el 1 de abril, ya está trabajando en un segundo paquete de otros dos billones de dólares, enfocado en la construcción de infraestructuras, lo que sin duda será un nuevo desastre en términos medioambientales.
El Banco Central Europeo destinará 750.000 millones de euros a comprar bonos de las principales corporaciones del continente, entre ellas algunas de las empresas de combustibles fósiles más contaminantes, como Enel, Total, Repsol, Shell, Naturgy, o ENI
En Europa, el QE anunciado por el Banco Central Europeo tiene el triste nombre de Pandemic Emergency Purchase Programme (PEPP). Dispone de 750.000 millones de euros, que se destinarán en gran parte como ha denunciado Ecologistas en Acción, a comprar bonos de las principales corporaciones del continente —aquí la lista completa—. Entre los beneficiarios se encuentran algunas de las empresas de combustibles fósiles más contaminantes, como Enel, Total, Repsol, Shell, Naturgy, o ENI.
El importe del nuevo QE supone 12,5 veces el presupuesto anual de la Unión Europea para crecimiento sostenible. Y puesto en perspectiva global es una partida inferior a la destinada al rescate de aerolíneas en EE UU.
En el momento actual las medidas monetarias y fiscales que están adoptando frente al coronavirus bancos centrales y gobiernos tienen una escala tan enorme, un sesgo tan acentuado hacia las corporaciones frente a las personas y están dejando tan de lado la transición energética que chocan contra los límites del planeta.

¿EL FIN DE LOS MERCADOS FINANCIEROS?

Las intervenciones en auxilio de las compañías cotizadas con la excusa de evitar el colapso en los mercados financieros están teniendo unas dimensiones tan desproporcionadas, que paradójicamente podrían acabar con ellos tal como se han entendido en la historia del capitalismo.
De hecho, llaman la atención comentarios incluso desde el sector financiero preguntándose qué sentido tienen los mercados de valores cuando prácticamente todo estará garantizado por la Reserva Federal y el Gobierno de EE UU.
Es más necesario más que nunca el escrutinio colectivo del uso de los fondos públicos y de las políticas monetarias y fiscales. De lo contrario, cuando salgamos la doctrina del shock, real y financiera, puede haber acabado con todo
Y mientras, en Europa empiezan a lanzar globos sonda sobre la posibilidad de que el BCE compre directamente acciones de las compañías, como lleva haciendo el Banco de Japón diez años en su paranoia monetaria. De hecho, está entre los primeros diez accionistas en la mitad de las compañías cotizadas de su país, renunciando además a sus derechos de voto como accionista y por tanto a la capacidad de apoyar medidas contra la crisis climática o de buen gobierno corporativo.
El estado de confinamiento físico hace necesario más que nunca el escrutinio colectivo del uso de los fondos públicos y de las políticas monetarias y fiscales. De lo contrario, cuando salgamos la doctrina del shock, real y financiera, puede haber acabado con todo.
Luis Flores, Comisión de Antiglobalización de Ecologistas en Acción


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sábado, 23 de noviembre de 2019

La economía ecológica frente al discurso de la extrema derecha

Entrevista a Unai Pascual, investigador del Centro Vasco para el Cambio Climático (BC3), a raíz de su artículo "Economía ecológica en la era del miedo".

Eduardo Robaina
La Marea


El crecimiento, cada vez mayor, de movimientos populistas de extrema derecha está afectando “no sólo a la gobernanza de los regímenes democráticos, sino también a la relación entre ciencia y política, y a la agenda medioambiental mundial”. Así lo defiende un artículo publicado esta semana en la revista científica Ecological Economics titulado Economía ecológica en la era del miedo .  

Con el fin de entender la relevancia de este movimiento, los autores ahondan en las raíces de lo que llaman “insurgencia de la extrema derecha”. Señalan que la economía ecológica, a través del desarrollo de una agenda de investigación relevante, puede ser una herramienta clave para defender una «política de esperanza” que haga frente a la «política del miedo de la que dependen los regímenes autoritarios emergentes”.  

A pesar de que estos movimientos de extrema derecha “no tienen posiciones homogéneas”, sí que comparten “al menos diez características comunes”, recoge la investigación. Entre ellas, destaca el rechazo al «globalismo» y la preferencia por el nacionalismo económico; la oposición a la inmigración, así como a aquellas acciones que favorezcan a los grupos sociales más desfavorecidos; el nulo interés por las cuestiones medioambientales, entre las que se incluye el cambio climático; o la indiferencia por las evidencia científica, los hechos históricos y los datos empíricos que contradicen sus posturas ideológicas y sus valores fundamentales, entre otras características.  

Unai Pascual (Vitoria-Gasteiz 1973) es, junto a Roldan Muradian, el autor de este artículo. Doctor en Economía y Política Ambiental, Pascual es Profesor Ikerbasque en el equipo científico del Centro Vasco para el Cambio Climático (BC3). Entre 2015 y 2018, fue miembro del Comité Multidisciplinar de Expertos del IPBES -el equivalente al IPCC en biodiversidad-, formado por 25 científicos de reconocido prestigio internacional. El año pasado, fue nominado a su vez copresidente de la Evaluación de los Valores de la Naturaleza de IPBES (2018-2021).


¿Cuáles son los aspectos más importantes en los que incidís en el artículo?

Hemos hecho un análisis interdisciplinario desde la economía, la sociología y la psicología social y política, porque parece que podríamos estar en un momento clave de rápidos cambios sociales, y donde se está dando lo que llamamos insurgencia de la extrema derecha. Es un movimiento coordinado que ya está ocupando bastantes puestos de poder directos en algunos países e influenciando el discurso y las políticas en muchos otros.

Tratamos de entender qué repercusión tiene esto en dos aspectos. Por un lado, para reflexionar sobre el diseño de la ciencia de la sostenibilidad, dado los retos socio-ecológicos que tenemos a nivel de civilización y planetario. Retos como, por ejemplo, el cambio climático o la pérdida de biodiversidad en un mundo cada vez más desigual. Es decir, qué repercusión puede tener la coyuntura actual, con el auge de los populismos de extrema derecha, en el diseño y alineamiento de políticas públicas para las sostenibilidad. Por otro lado, tratamos de sugerir unos anclajes en los que la economía ecológica debería profundizar y ayudar a identificar una agenda de investigación global para las siguientes dos o tres décadas.

Hacéis mucho hincapié en lo que denomináis la “política de la posverdad”.

Si bien a la ciencia y a los científicos se nos reconoce socialmente el rol de ofrecer información objetiva y neutral para la toma de decisiones, los políticos o los tomadores de decisiones siempre han tomado esos conocimientos de manera estratégica. Sobre todo cuando se alinean con sus intereses. Eso es algo que está ahí y nosotros lo vemos como un hecho.

El resurgimiento de los movimientos populistas de extrema derecha se está produciendo, a la vez que las redes sociales están adquiriendo mucho poder. El periodismo tradicional puede estar perdiendo ese rol que tenía antes muy dominante: la de ser la autoridad dominante en la que podía confiar la ciudadanía para recibir información.

Los populismos de extrema derecha se están aprovechando del uso desde las fake news hasta poner en cuestión la evidencia científica y el rol de los medios de comunicación tradicionales. Eso se está canalizando, sobre todo, a través de las redes sociales o medios de comunicación alternativos. Medios que hasta ahora no han sido dominantes, pero que están empezando a jugar un papel fundamental en la transmisión de ideas y valores. La emergencia de la extrema derecha se basa también en sus estrategias de comunicación.

Saben cómo trasladar diferentes ideas, ya sean fakes news o teorías conspiratorias, y cómo poner en duda la evidencia científica sin ningún argumento. Tenemos muchos ejemplos, como es el caso de las vacunas o el del cambio climático. Esto se ha experimentado bastante durante los últimos años, y creemos que se ha refinado mucho.

Por tanto, lo que decimos es que hay que prestar atención a lo que se denomina como ecología de la comunicación. Hay muchos tipos de comunicación y formatos, y vemos que la gente que se está alineando con este tipo de discursos más populistas se está aislando comunicativamente. En vez de abrirse a escuchar, ver o leer diferentes discursos, ideas, opiniones, y obtener diferentes perspectivas y datos, se quedan en esos ecosistemas aislados de la comunicación porque reciben una información que les conviene, pues se ajusta a su visión del mundo.

Esto hace que se aíslen aún más desde el punto de vista del conocimiento y lo que realmente está pasando a su alrededor. Eso genera una gran polarización de las perspectivas políticas que, a su vez, provocan un impacto directo en cómo la gente está dispuesta a actuar, o no, ante estos retos ambientales.

A raíz de esto que comentas. Se discute mucho sobre qué hacer con la extrema derecha que niega la ciencia del cambio climático. Dices que son personas en ‘ecosistemas de información’ aislados. ¿Cuál crees que es la mejor forma de enfrentarse a ellos?

Lo primero es darse cuenta que la insurgencia de la extrema derecha, como movimiento coordinado global, es un hecho. Luego, se trata de confrontar y entender por qué se está dando este fenómeno. Cuál es su origen. Porque si no entendemos el origen nunca le vamos a poder dar una solución real. Para nosotros está clarísimo que la insurgencia de la extrema derecha es muy peligrosa para la agenda multilateral sobre los retos medioambientales.

Por tanto, es necesario no ocultar el problema y hacer análisis correctos. A partir de esto, por un lado, las agendas de investigación tienen que tener muy claro que el mundo está cambiando en muchos aspectos. Tenemos que entender cómo la globalización neoliberal, que lleva ya décadas en marcha, está generando en capas sociales muy amplias una sensación de vulnerabilidad y una incertidumbre existencial de no saber qué puede pasar mañana.

Personalmente, a la extrema derecha, como se dice popularmente, ni agua. Entender por qué existe, sí, pero sin dejar de confrontar, en el debate científico y social, las mentiras y la política de la posverdad que emplean para seguir creciendo.

Tenemos que seguir ofreciendo información basada en la evidencia científica, pero de modo que la gente la pueda entender. Que entiendan, por ejemplo, por qué la crisis climática les puede afectar y que pueden hacer para hacerle frente. Necesitamos que los discursos que se nutren de la ciencia sean más pedagógicos y se enfrenten directamente con la política de la posverdad.

¿Merece la pena y el esfuerzo confrontarles con una evidencia científica que les da igual que esté ahí? Ellos ya tienen su propia verdad y es la única que les interesa.

Bueno, hay que saber quiénes son «ellos». ¿Son los líderes de los movimientos de la insurgencia de la extrema derecha? ¿o es la gente corriente que les apoya, los que se ven seducidos por sus discursos basados muchas veces en el engaño y la mentira? Creo que es mucho más importante concentrarse en entender la psicología de la gente para saber por qué apoya discursos populistas, y confrontar la información engañosa y las mentiras que reciben desde los líderes de esos movimientos. En esto hay que ser muy directos, y para eso son fundamentales los medios de comunicación serios. También es importante que ese debate no se quede solo en las élites de la comunicación y la política, sino que baje a la sociedad, a pie de calle. Ese es el esfuerzo que hay que hacer, también desde la comunidad científica.

En el artículo hacéis mención directa a países y sus respectivas figuras, como es el caso de Bolsonaro o Trump. No así con España o VOX.

Mencionamos una serie de países donde la extrema derecha populista ya ha llegado al poder, pero también decimos que en otros países están teniendo influencia en el discurso político general, lo cual implica también una influencia directa en las políticas públicas, marcos legislativos, etc.

En el artículo nos hemos centrado en dos ejemplos. Uno es el de Trump, y el otro el de Bolsonaro. Uno ha llegado al poder en uno de los países más influyentes y dominantes del mundo, que es Estados Unidos. El otro en Brasil, que es uno de los países más influyentes entre los países en desarrollo. Sobre todo, teniendo en cuenta la influencia que tiene el país en la agenda ambiental multilateral: es uno de los lugares de mayor biodiversidad del mundo, de mayor capacidad de absorción del CO2…

Usamos esos dos casos como ejemplos paradigmáticos, pero el análisis que realizamos se puede exportar fácilmente a diferentes países y contextos, tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo: en España con VOX, en Francia con el movimiento de Le Pen… La insurgencia de la extrema derecha es un fenómeno coordinado y global que comparte muchas similitudes a pesar de ocurrir en países diferentes.

Lo estamos viendo en Chile con las reivindicaciones sociales. También en Bolivia, con el litio de por medio. Lo mismo Brasil, con los pueblos indígenas y la destrucción de la Amazonia. Se está mandando un mensaje, y es que la justicia climática no será posible sin justicia social.

Estoy completamente de acuerdo. No es posible hablar de buscar una solución al problema ambiental global de manera separada de los retos sociales.

Y no solo está ocurriendo en América Latina. En muchos de los países donde hay revueltas sociales, éstas están asociadas a la desigualdad en el reparto de la riqueza. Y este hecho suele estar íntimamente ligado con el reparto de los derechos en el acceso a los recursos naturales, como el agua, la tierra, etc., y los beneficios que se consiguen de los sectores extractivistas, como la minería, la industria forestal, las pesquerías…

En un contexto de negación de la ciencia por parte de los regímenes autoritarios y con el antiambientalismo como bandera, ponéis en valor la figura de la economía ecológica. ¿Qué papel debe jugar la economía ecológica ante la insurgencia de la extrema derecha?

La economía ecológica ya lleva unas cuantas décadas funcionando como disciplina científica a nivel mundial. Es un campo de investigación consolidado que se basa en la idea de la transdisciplinariedad. Es decir, va más allá de la interdisciplinariedad científica, y aboga por la participación social a la hora de compartir y generar conocimiento útil para la gente. Los actores sociales también tienen que demandar conocimiento específico que les ayude, ya sea para vivir mejor, o para, como es el caso de la economía ecológica, diseñar instrumentos económicos que favorezcan la sostenibilidad del planeta. La economía ecológica trasciende las necesidades de las generaciones presentes y también pretende aportar conocimiento y análisis para el bienestar de las generaciones futuras.

Como cualquier campo científico, la economía ecológica evoluciona según el contexto histórico en el que se encuentra en cada momento. Ahora, lo que nosotros vemos es que con el peligro del resurgimiento de la extrema derecha a nivel mundial, la ciencia de la sostenibilidad y la economía ecológica en particular, tienen que redefinir sus prioridades de cara a las próximas décadas. Y cuanto antes lo hagamos mejor. Este es uno de los aportes que hacemos en el artículo.

Por ejemplo, vemos que, hasta ahora, en la economía ecológica se ha hecho mucho énfasis en entender cuáles son los valores económicos de los activos naturales para tratar de convencer a los políticos y tomadores de decisiones que los recursos naturales no son gratis y tienen un valor mucho más allá del valor que el mercado asigna vía precios. La economía ecológica ha hecho grandes aportaciones para demostrar que muchas veces, los beneficios en la conservación de los activos naturales, normalmente, suelen ser mayores que los beneficios de su explotación, sobre todo cuando ésta no es sostenible en el futuro.

Pensamos que la economía ecológica debe también estar preparada para atraer y utilizar el conocimiento de la psicología social y política para entender cómo se forman los valores, nuestras preferencias como individuos y como sociedad, lo que nos asusta, lo que nos atrae, lo que nos bloquea, etc. Necesitamos incluir este conocimiento para entender el comportamiento humano, sobre todo, en una era donde las cosas parecen estar cambiando de manera muy rápida.

La economía ecológica puede, y debe, hacer un aporte importante a la ciencia de la sostenibilidad ayudando a entender las bases del comportamiento humano en esta época de capitalismo global para, desde ahí, contribuir a diseñar transformaciones socio-ecológicas para conseguir un mundo más sostenible y más justo. No olvidemos que la economía ecológica se fundamenta en el reconocimiento de su carácter normativo.

En el artículo se afirma que la economía ecológica puede contribuir a una «política de esperanza» en respuesta a la «política de miedo» de la que viven regímenes autoritarios emergentes. ¿De qué manera?

El miedo es un instrumento muy poderoso que está utilizando el populismo, sobre todo el de extrema derecha, para conseguir apoyos de la sociedad y perseguir sus fines.

Eso hay que confrontarlo, y la economía ecológica tiene que ayudar a entender cómo funciona el discurso artificial sobre el miedo, porque al final es este sentimiento lo que hace que mucha gente se paralice o actué de forma que impida avanzar hacia la sostenibilidad. Desde la ciencia debemos aportar lo necesario para confrontar y erosionar esa política del miedo, porque si se afianza lo vamos a tener muy difícil para conseguir transformaciones sociales y económicas que sirvan para hace frente a los retos ambientales como la crisis climática y la pérdida acelerada de biodiversidad global.

Una de las peores consecuencias, ya visibles, de la crisis climática son las personas que se ven obligadas a desplazarse por motivos climáticos. Este es otro miedo con el que juega el populismo.

Movimientos migratorios siempre ha habido en la historia del planeta, es una cosa natural. Lo que hace el populismo de extrema derecha es utilizar el discurso de la inmigración para agrandar la sensación de inseguridad que puede estar sintiendo una capa social cada vez más amplia que ve cómo su situación socio-económica se está precarizando. El discurso contra la inmigración es un instrumento que ha utilizado siempre y que comparte el movimiento de la insurgencia de la extrema derecha en todo el mundo.

Es muy posible que los movimientos migratorios forzados se agraven por la crisis climática. Estoy seguro que los movimientos populistas de extrema derecha van a utilizar estas situaciones, muy graves a nivel humanitario, para su propio beneficio e infundiendo todavía más miedo en la población autóctona.

Hay que estar muy atentos para desmontar estos discursos del miedo ante el fenómeno universal de la inmigración, sobre todo para explicar que los movimientos migratorios debidos a la escasez de recursos naturales. Por ejemplo, debido a la escasez de agua, catástrofes alimentarias, pérdida de tierra fértil, enfermedades- también tienen que ver con la crisis climática. Hay que explicar con datos en la mano que el cambio climático es un multiplicador de la inestabilidad política en muchos rincones del planeta, y que la crisis climática tiene unos responsables. Y curiosamente, una gran parte de la responsabilidad recae en la elite económica con la cual la insurgencia de la extrema derecha tiene vínculos muy estrechos e intereses compartidos.

Muchas veces se cataloga al ecologismo (partidos o movimientos), como el mejor antídoto frente a la extrema derecha. ¿Cree que realmente es así o que es un papel que no le corresponde?

El ecologismo es un movimiento vivo que tiene diferentes maneras de articularse y expresarse en la sociedad. Puede ser un instrumento válido para confrontar esa política del miedo, pero siempre dándonos cuenta de que el ecologismo no es algo que solo tenga que ver con el medio ambiente; también tiene que ver con la sociedad en su conjunto. El ecologismo como movimiento se ha dado cuenta hace mucho que debe tener un enfoque integrado, tanto ambiental como social. Un enfoque socio-ecológico.

El ecologismo, si actúa de forma independiente, lo tendrá muy difícil para enfrentarse a un reto tan importante como es esta insurgencia de la extrema derecha populista. Sin embargo, se ve que está evolucionando hacia maneras de colaboración con otros movimientos sociales: el feminismo, los derechos sociales de los trabajadores, el antirracismo… Es algo que llevamos viendo desde hace tiempo, y es que todos estos movimientos se están dando cuenta de que tienen que trabajar juntos y que comparten muchas de sus demandas. Esa agenda compartida es la que se necesita para hacer frente a la insurgencia de la extrema derecha.






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miércoles, 9 de octubre de 2019

Marxismo y ecologismo, Manuel Sacristán un precursor más actual que nunca

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Ariel Petruccelli
La izquierda diario


Nota de edición: En esta colaboración especial para el semanario Ideas de Izquierda, Ariel Petruccelli realiza un recorrido por la obra de Manuel Sacristán (1925-1985), en particular sobre su concepción de las relaciones entre marxismo y ecología. Abrimos de esta forma una sección de debate en el semanario sobre el tema, en la cual publicaremos próximas contribuciones en los números siguientes.  
***
Para Salvador, por todo.
"Manuel Sacristán pensó el ecosocialismo antes de que el término ni siquiera existiera" (Jorge Riechmann)


Al borde del abismo

El planeta arde. “La casa está en llamas”, gritan jóvenes militantes ecologistas; y el conjunto de la ciudadanía, a escala global, comienza a comprender que algo grande está ocurriendo. Huracanes cada vez más devastadores azotan aquí y allá. Los desiertos avanzan en Asia, en África, en Brasil. El calentamiento global es ya una realidad que se percibe a simple vista o a simple piel. El agua potable se ha convertido en un lujo para millones de personas. Y la lista sigue, y sigue.
Imbéciles, criminales, mercenarios y mercenarias bien pagados por corporaciones capitalistas persisten en seguir negando el cambio climático. Pero ya casi nadie les cree: la cosa es obvia incluso para quien no se quiere enterar. Sin embargo los combates nunca son fáciles. Las estrategias cambian. Se dice entonces por ejemplo que no está demostrado que el aumento de la temperatura sea producido por acciones humanas: son cambios propios de la naturaleza ante los que poco o nada se puede o se debe hacer. Pero la inmensa mayoría de la comunidad científica piensa lo contrario. Y la enorme velocidad del proceso es prueba bastante clara de que el calentamiento global se debe esencialmente a emisiones de carbono producto de humanas actividades. Los acuerdos internacionales para reducir las emisiones ratifican sobradamente esta conclusión. Pero los acuerdos no se cumplen, las metas no son alcanzadas. Y la bomba está a punto de estallar.

Entonces aparece otra estrategia, vieja como el capitalismo, pero que siempre se puede remozar. Siempre útil, siempre lista, siempre potencialmente eficaz: la carta nacional, el nacionalismo. Y entonces se pretende instalar que las emisiones de carbono son producto de las flatulencia de la vacas del sur (para escamotear lo que les corresponde a las automotrices del norte); se cierran las fronteras para que las hordas africanas que huyen de la miseria (ahora acrecentada por la veloz desertificación producida por el aumento de las temperaturas) no ingresen en la pulcra Europa, o los famélicos mexicanos y centroamericanos dejen de emigrar por cientos de miles a los Estados Unidos de los sueños devenidos pesadillas. Y junto a los enfoques nacionalistas se cuela una perspectiva individualista, muy a tono con la sensibilidad posmoderna: todos y todas seríamos responsables, democráticamente por igual. Así de simple; así de falso. De una u otra forma la esencia discursiva es la misma: responsabilizar a cualquiera, a lo que sea, a cualquier cosa, pero evitar a toda costa que las miradas se posen en el verdadero responsable: el sistema económico capitalista orientado por la ganancia privada y necesitado de un crecimiento económico permanente. Porque la cosa es clara, clarísima. No hay capitalismo sin crecimiento. Esto es indudable. Pero no hay crecimiento ilimitado en un planeta finito. No menos indudable, no menos claro. El capitalismo es el verdadero enemigo de la naturaleza. El capital depreda, esto ya lo dijo Marx en páginas que muchos marxistas pasaron por alto, a las dos fuentes de toda riqueza: el trabajo y la naturaleza. Diferentes formas de reformismo más o menos keynesiano pudieron por un tiempo atemperar el carácter antagónico de la relación trabajo/capital. Pero el costo ha sido el arribo a una situación catastrófica –hoy ya evidente para quien no quiera cegarse– de la relación capital/naturaleza.


Ecología y marxismo

Los problemas ecológicos no han figurado entre las preocupaciones primeras de las izquierdas revolucionarias. Falaz sería negarlo. Y, sin embargo, empieza a ser dramáticamente obvio que esto debe cambiar. Y está cambiando.

Curiosamente, uno de los autores más injustamente olvidados de la tradición marxista fue un auténtico precursor de la voluntad de vincular a la tradición emancipatoria comunista del movimiento obrero y la ecología política. Se trata de Manuel Sacristán (1925-1985).

Pero el traer a la memoria al autor de Panfletos y materiales no tiene que ver con un acto de reparación histórica, aunque también. Sucede que Sacristán no fue solo un precursor en reflexionar y actuar sobre una problemática que hoy es urgente. Bien miradas las cosas, su enfoque de la cuestión parece esencialmente acertado. Y además es verdaderamente programático: una excelente brújula, un útil mapa para orientarse y para avanzar con conciencia y praxis ecológica en la perspectiva del socialismo revolucionario. No se trata de volver a sus textos para hallar allí todas las respuestas. De hecho, uno de los aspectos más destacables del ecologismo socialista de Manuel Sacristán se funda en el llamado a estudiar los problemas con denuedo, asumiendo que no tenemos todas las respuestas. Nos insta a abandonar la fácil crítica meramente filosófica, para aplicar el máximo rigor científico huyendo de las simplificaciones bien-pensantes. La crítica es necesaria, indispensable, sostuvo, pero el conocimiento bien fundado no lo es menos. Así lo dejó claro, por ejemplo en una conferencia cuyo motivo no resulta hoy (casi cuatro décadas después) en absoluto extraño: “¿Por qué faltan economistas en el movimiento ecologista?” [1].

Superando las miradas puramente sensibleras de la cuestión ecológica, las tentaciones no racionales (cuando no directamente irracionalistas), las perspectivas simplistas, Sacristán abonó por un marxismo ecologista que combinaba inclaudicable firmeza en los principios con sutil e informado conocimiento. Una cosa es el amor a la naturaleza y el respeto a las culturas –cosas ambas que Sacristán instó siempre a cultivar, y cultivó–, otra muy diferente es la ignorancia, por buenas intenciones que se tengan. En tal sentido alguna vez dijo:

[…] cuando, por ejemplo, se saca a colación a los sioux en particular, que suelen ser ejemplo muy aducido, o a los indios de las praderas en general, se comete un grave error. Es verdad que el hombre blanco ha destruido, ha hecho la barbaridad ecológica de la destrucción del bisonte cuando ya allí había un cierto equilibrio reconstituido, pero el bisonte era la especie dominante en la pradera porque los indios de las praderas habían hecho la barbaridad ecológica de destruir el bosque americano para dar pasto natural al bisonte. Es decir, que la historia de la contradictoriedad de esa terrible dialéctica hombre- naturaleza, vista desde la conciencia ecologista moderna, es mucho más complicada de lo que a veces filósofos naturistas con muy buena intención piensan, dando flanco a fáciles destrucciones por parte de todos los lacayos de las compañías eléctricas y de otras grandes industrias pesadas[ 2 ].

Cuando ya despuntaba el relativismo posmoderno, el “todo vale”, la reducción despistada de ciencia a ideología (con la consiguiente consecuencia de dejar en manos de las corporaciones la producción científico-técnica), el aplanamiento de todo conocimiento bajo un perezoso “tú tienes tu verdad y yo la mía”, Sacristán supo ver con claridad tanto la potencia indubitable de la ciencia como sus peligros, y discriminar en dónde reside cada una de estas dimensiones:

[…] en este final de siglo estamos finalmente percibiendo que lo peligroso, lo inquietante, lo problemático de la ciencia es precisamente su bondad epistemológica. Dicho retorciendo la frase de Ortega: lo malo de la Física es que sea buena, en cierto sentido un poco provocador que uso ahora. Lo que hace problemático lo que hacen hoy los físicos es la calidad epistemológica de lo que hacen. Si los físicos atómicos se hubieran equivocado todos, si fueran unos ideólogos pervertidos que no supieran pensar bien, no tendríamos hoy la preocupación que tenemos con la energía nuclear. Si los genetistas hubieran estado dando palos de ciego, si hubieran estado obnubilados por prejuicios ideológicos, no estarían haciendo hoy las barbaridades de la ingeniería genética. Y así sucesivamente [ 3 ].

La ciencia es potente porque es epistemológicamente sólida. Esto es lo que la hace política y socialmente peligrosa. No se trata, pues, de denunciar o renunciar a la ciencia, sino de colocarla al servicio de las humanas necesidades, antes que de la acumulación de capital (recrear la alianza entre el movimiento obrero y la ciencia). Cuando ya comenzaban a proliferar enfoques románticos que idealizaban el pasado, la naturaleza o a otras culturas supuestamente “armónicas” por medio de enfoques ideológicos que tendían a rechazar el conocimiento científico en sí mismo, Sacristán apeló a un doble compromiso. Y por eso supo decir sin subterfugios: “Al pie de la letra, me parece falso que solo en la ciencia sea posible la comparación. Lo que solo es posible en la ciencia es la valoración comparativa. Todas las culturas están igual de cerca de Dios, dijo Ranke. Hay que añadir: pero no todas las ciencias” [4]. Y con esto de fondo, extrajo conclusiones político-ideológicas no menos sugerentes:

Desde este punto de vista moral, los etnólogos estructuralistas tienen, en mi opinión, toda la razón, pero, en el siglo en que estamos, lo que más nos amenaza es la confusión mental y hay que intentar ser claros, hay que intentar saber, a la vez, que uno está a favor del indígena cruelmente arrancado a su mundo y su naturaleza y en contra de que se diga que la ignorancia es consciencia.¿Que esto es más complicado que ser unilateralmente cientificista o anficientificista? De acuerdo. Pero me parece que el problema de nuestra sociedad y nuestra cultura ha llegado ya a tal grado de complicación que hay que empezar a no ser simplistas y aceptar, a la vez, que uno tiene que jugárselas por los indios de Brasil y también por la conciencia científica del espíritu revolucionario [ 5 ].

Apelar a este doble compromiso es hoy en día tan necesario como hace 40 años, y más urgente. Y conviene reparar qué significa el “jugárselas” de Sacristán. En nuestros tiempos de academicismo sin compromisos políticos o con compromisos dentro de lo permisible, hay que recordar que Manuel Sacristán desarrolló casi toda su vida bajo la bota del franquismo, contra el que militó sin ninguna tregua, y sí con renuncias y costos. En dos ocasiones -en 1956 y en 1965- rechazó Sacristán atractivos ofrecimientos de centros universitarios extranjeros de primer nivel para elegir la dura y (materialmente) pobre vida de combatiente del PSUC (el partido de los comunistas catalanes) en la España dictatorial. Cuando Manuel Sacristán decía “jugársela”, era jugársela. Sin comillas.

La comprensión cabal de los problemas ecológicos entrañaba para Sacristán la necesidad de asumir profundas transformaciones, no solo sociales, sino también personales. Para él ya era muy claro, a finales de los años setenta, que lo personal es político. En una conferencia de 1983 afirmó:
Un sujeto que no sea ni opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece, para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador, tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión [ 6 ].

Y luego precisó, como para que nadie se llamara a engaño:

[…] mientras la gente siga pensando que tener un automóvil es fundamental, esa gente es incapaz de construir una sociedad comunista, una sociedad no opresora, una sociedad pacífica y una sociedad no destructora de la naturaleza. ¿Por qué? Porque se trata de bienes esencialmente no comunistas, como diría Harich. Imagínense ustedes 1.000 millones de chinos, cada familia, con su coche; a 4.000 millones de habitantes de la tierra, cada familia, con su coche. Eso es insostenible. La Tierra solo puede soportar eso si muchos no tienen coche [ 7 ].

Consecuente con este diagnóstico informado y realista, Manuel Sacristán no se privaba de extraer las consecuencias políticas incluso en el plano personal, en la propia vida privada:

[…] esto conlleva un corolario para el militante de izquierda en general, obrero en particular, comunista más en particular: el ponerse a tejer, por así decirlo, el tener telar en casa: no se puede seguir hablando contra la contaminación y contaminando intensamente [ 8 ].


El filósofo de la mesura radical

Pero su compromiso político no se basaba en un dogma. Su compromiso intelectual y emocional con la tradición marxista-comunista entrañaba un permanente ejercicio de auto-crítica. Su célebre conferencia “Sobre el estalinismo” dice mucho al respecto [9]. Pero aquí nos ocupa su abordaje ecológico. En su “Comunicación a las Jornadas de Ecología y Política” de 1979, en seis apretados puntos, esbozó un verdadero manifiesto de marxismo ecológico (que, todo sea dicho, en su momento no fue objeto de mucha comprensión por parte de las organizaciones de la izquierda radical). En el punto número uno ponía las cartas sobre la mesa:

La principal conversión que los condicionamientos ecológico proponen al pensamiento revolucionario consiste en abandonar la espera del Juicio Final, el utopismo, la escatología, deshacerse del milenarismo. Milenarismo es creer que la Revolución Social es la plenitud de los tiempos, un evento a partir del cual quedarán resueltas todas las tensiones entre las personas y entre éstas y la naturaleza, porque podrán obrar entonces sin obstáculo las leyes objetivas del ser, buenas en sí mismas, pero hasta ahora deformadas por la pecaminosidad de la sociedad injusta. La actitud escatológica se encuentra en todas las corrientes de la izquierda revolucionaria. Sin embargo, como esta reflexión es inevitablemente autocrítica (si no personalmente, si en lo colectivo), conviene que cada cual se refiera a su propia tradición e intente continuarla y mejorarla con sus propios instrumentos. En el marxismo, la utopía escatológica se basa en la comprensión de la dialéctica real como proceso en el que se terminan todas las tensiones o contradicciones. Lo que hemos aprendido sobre el planeta Tierra confirma la necesidad (que siempre existió) de evitar esa visión quiliástica de un futuro paraíso armonioso. Habrá siempre contradicciones entre las potencialidades de la especie humana y su condicionamiento natural. La dialéctica es abierta. En el cultivo de los clásicos del marxismo conviene atender a los lugares en los que ellos mismos ven la dialéctica como proceso no consumable [ 10 ].

Marxismo depurado, podríamos decir. Atento a las terribles señales de la realidad pero sólidamente parado en los principios: no engañar, no engañarse. Por eso podía concluir afirmando que “hemos de ver que somos biológicamente la especie de la hybris, del pecado original, de la soberbia, la especie exagerada”. El desarrollo capitalista entraña, necesariamente, desmesura. Y una desmesura potencialmente auto-destructiva de la propia especie humana. Ante ello, el Sacristán ecológicamente consciente reivindicará el valor de la mesura. Apeló, pues, al desarrollo de “una ética revolucionaria de la mesura y la cordura”. Esto es, mesura en el consumo, mesura en la relación con la naturaleza, mesura en la producción de bienes. Pero la mesura no se contraponía al radicalismo. Al contrario, Sacristán asumía que en términos ecológicos había que ser muy radical. Los problemas son tales, y de tal magnitud, que no hay ni tiempo para el gradualismo ni es sensato el reformismo. La crisis ecológica en la que se estaba sumergiendo la humanidad era una crisis que exigiría soluciones radicales, revolucionarias. Y no es que esperara Sacristán grandes e inminentes éxitos del movimiento obrero revolucionario. Más bien al contrario, en 1981 declaró sin atenuantes que se vivían tiempos de derrota, y que nadie de su generación viviría cambios sociales progresivos. Ello no obstante, y a pesar del sólido posicionamiento del capitalismo y del naciente neo-liberalismo, la dialéctica perversa del desarrollo capitalista continuaría operando: el capitalismo llevaría ineludiblemente a una situación de crisis ecológica colosal. Podía dudar Sacristán de si se hallarían soluciones a tiempo. De lo que no dudaba es de que las soluciones, si las hubiera, tendrían que ser revolucionarias. Vale decir, con cambio radical de las estructuras económicas y con modificación sustantiva de las finalidades sociales. Tampoco dudó respecto a que el movimiento obrero debería ser un actor clave. En tal sentido escribió:

Las clases trabajadoras […] se tienen que seguir viendo como sujeto revolucionario no porque en ellas se consume la negación absoluta de la humanidad, negación a través de la cual vaya a irrumpir la Utopía de lo Último, sino porque ellas son la parte de la humanidad del todo imprescindible para la supervivencia [ 11 ].

La clase trabajadora debía ser vista, y tendría que verse a sí misma, “como sustentadora de la especie, conservadora de la vida”. En esta línea de pensamiento, Sacristán exploró las opciones políticas, proponiendo simultanear prácticas indispensables a dos niveles: el del ejercicio del poder estatal [12] y el de la vida cotidiana. Ambos necesarios, ambos insuficientes sin la complementariedad del otro. Pero también aclaró:

Las dos prácticas complementarias han de ser revolucionarias, no reformistas, y se refieren específicamente al poder político estatal y a la vida cotidiana. Es una convicción común a todos los intentos marxistas de asimilar la problemática ecológico-social que el movimiento debe intentar vivir una nueva cotidianeidad, sin remitir la revolución de la vida cotidiana a “después de la Revolución”, y que no debe perder su tradicional visión realista del problema del poder político, en particular estatal [ 13 ].

Problemas colosales, soluciones radicales. Pero se trata de un radicalismo no alocado, un radicalismo científicamente informado y mesurado. Su perspectiva política ahondaba todavía analizando problemas conexos, que siguen siendo hoy nuestros problemas. Por ejemplo sostuvo que “la crisis ecológica aumenta la validez y la importancia del principio de planificación global y del internacionalismo”.

Manuel Sacristán ya lo sabía: el crecimiento económico ilimitado es una ilusión criminal. Lo que nuestra especie y el resto de las especies que comparten con nosotros este planeta necesitan es un reparto igualitario de las riquezas (que no son pocas) y de los esfuerzos, reducir las actividades industriales y el consumo superfluo, planificar la economía y equilibrar el metabolismo socio-natural. Nada de esto es posible sin abolir el capitalismo como modo de producción.
Fredric Jameson dijo alguna vez que hoy en día es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pues bien, hay que atreverse a imaginar el fin del capital. Al menos para empezar. Y quizá no nos quede mucho tiempo.


Notas:
[1] Manuel Sacristán, “¿Por qué faltan economistas en el movimiento ecologista?”, en su Pacifismo, ecología y política alternativa, Barcelona, Icaria, 1987, pp. 48-56.
[2] Manuel sacristán, “Reflexión sobre una política socialista de la ciencia” (1979), en su Seis conferencias, Edición de Salvador López Arnal, Barcelona, El Viejo Topo, 2005, pp. 64-65.
[3] Manuel Sacristán, “Reflexión sobre una política socialista de la ciencia” (1979), en su Seis conferencias, op. cit., p. 62.
[4] “Observación de lectura. Documentación del autor depositada en la Biblioteca de la Facultad de Económicas y Políticas de la Universidad de Barcelona (España)”. Reproducido en Manuel Sacristán, Aforismos. Una antología de textos de Manuel Sacristán Luzón, Edición selección y notas de Salvador López Arnal, edición digital en el sitio Rebelión, disponible en http://www.rebelion.org/docs/44140.pdf, p. 40.
[5] Manuel Sacristán, “Algunas actitudes ideológicas contemporáneas ante la ciencia” (1969), en M. Sacristán y F. Fernández Buey, Barbarie y resistencias. Sobre movimientos sociales críticos y alternativos, Vilassar de Mar, El Viejo Topo, 2019 (Edición de Salvador López Arnal y Jordi Mir), pp. 44-45.
[6] Manuel Sacristán, “Tradición marxista y nuevos problemas”, en Seis conferencias. Sobre tradición marxista y nuevos problemas, op. cit., p. 139.
[7] Ibídem, p. 140.
[8] Manuel Sacristán, Aforismos. Una antología de textos de Manuel sacristán Luzón, op.cit., p. 58.
[9] En el diálogo abierto luego de la intervención de Sacristán, ante un público integrado mayormente por antiguos y actuales militantes comunistas, el filósofo afirmó ante una pregunta: “[...] el estalinismo ha sido una tiranía sobre la población soviética, una tiranía asesina sobre el proletariado soviético y conservar la nostalgia de eso es estúpido y criminal”. Ver Manuel Sacristán, “Sobre el estalinismo”, en su Seis conferencias. Sobre tradición marxista y nuevos problemas, op. cit., p. 46.
[10] Manuel Sacristán, “Comunicación a las Jornadas de Ecología y Política” (1979), en su Pacifismo, ecología y política alternativa, Barcelona, Icaria, 1987, p. 14.
[11] Ibídem, p. 14.
[12] Sacristán nunca renunció a la perspectiva de que la realización del socialismo implicaría una ruptura con el sistema socio-político vigente. Fue crítico del llamado euro-comunismo y de los pactos de la Moncloa.
[13] Ibídem, p. 16.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Marxismo-y-ecologismo-Manuel-Sacristan-un-precursor-mas-actual-que-nunca


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