martes, 21 de febrero de 2023

Ser pacifista en 2023

Un hombre con un cartel de 'No a la guerra', en la manifestación por la insumisión a todas la guerras, en la plaza del Callao, a 8 de abril de 2022, en Madrid (España). Fernando Sánchez / Europa Press (Foto de ARCHIVO) 09/4/2022

El aniversario de la guerra de Ucrania coincide con el 20 aniversario de la guerra de Irak, epicentro junto con Afganistán de la Guerra Contra el terror que se llevó por delante la friolera de 900.000 vidas. Un año después del comienzo de la Guerra en Ucrania, no hay cifras fiables sobre la magnitud de la catástrofe en vidas humanas. El general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de EEUU se aventuró hace unos meses a poner un número, 240.000 víctimas mortales, 100.000 militares por cada bando y 40.000 civiles.

A pesar de ser conscientes del elevado número de muertes, refugiados e impacto económico de este conflicto, el No a la Guerra de 2023 será con toda probabilidad un grito en voz baja, minoritario, que probablemente juntará en las calles del Estado a unos pocos miles de pacifistas. Cuando en 2003 fuimos entre 10 y 15 millones. ¿Es diferente el pacifismo de 2003 al de 2023? ¿Acaso ser pacifista significa hoy en día apoyar militarmente a Ucrania y, en consecuencia, no alzar la voz contra esta guerra?

Es cierto que la guerra en Ucrania es diferente porque esta vez apoyamos a la parte inicialmente más débil, no como en Afganistán, Irak, Libia, Yemen, Sahara, Israel... donde España y sus aliados apoyaron o apoyan militar y políticamente al fuerte. Es también cierto que es más fácil ser pacifista, o al menos estar en contra del apoyo militar, cuando nuestro gobierno está con los agresores que no con los agredidos. También es relevante la cuestión del derecho de legítima defensa, recogido en la Carta de Naciones Unidas. En fin, la cuestión de cómo posicionarse como pacifista ante esta situación nos obliga a evitar análisis simplistas y a huir de la solución fácil de promover, impulsar o consentir la guerra sin cuestionamiento ni pensamiento crítico alguno.

Más guerra es la opción fácil. A pesar de que la guerra es probablemente la acción política de mayor complejidad, es demasiado fácil sumarse a ella. A pesar de que sean necesarios ejércitos bien dotados, entrenados en el uso de armas y que abracen la cultura belicista sin cuestionamiento alguno. Es decir, tener decenas o cientos de miles de jóvenes preparados y dispuestos para ir a la guerra, a matar y ser matados, no es algo que se consiga de un día para el otro, pero los tenemos.

Thank you for watching

Estamos perfectamente preparados como sociedad para la guerra. Para hacerla, para alentarla y para apoyarla. E incluso para que nos sirva de entretenimiento, siempre que los muertos los pongan otros y estén lo suficientemente lejos. Ser pacifista en este aspecto es hacer que las guerras sean inevitables en tanto en cuanto se lo pongamos más difícil a los políticos de turno para que decidan hacerlas. Menos militarización de la política, de la economía, de las relaciones internacionales, de la sociedad y de las mentes, hará que haya menos guerras. Ser pacifista es trabajar, luchar, incidir, explicar, convencer, para que las estructuras que promueven la guerra sean más débiles y la decisión de emprender una guerra más costosa.

Pero ¿podemos seguir siendo pacifistas si somos atacados? El belicismo nos dice que la manera de resolver los conflictos es el uso de la fuerza, que la violencia es la mejor manera de responder a la violencia. Sin entrar en juicios de valor sobre lo que debieran hacer quienes son víctimas de ataques militares, ya que es imposible saber cómo reaccionaríamos nosotros en la misma situación, el pacifismo tiene el objetivo de pensar en respuestas diferentes a la violencia incluso en casos tan extremos como el de la guerra. De hecho, en Ucrania y en los más de 30 conflictos armados que hay en todo el mundo, no hay solo militares y armas, hay población civil en el frente y en la retaguardia, hay empresas, ONG, asistencia sanitaria en primera línea, organizaciones de resistencia civil, de apoyo mutuo, solidaridad entre vecinos y conciudadanos, que sabotean, molestan, dificultan y se enfrentan de muchas otras maneras a los ocupantes.

También están los que huyen, desertan, se esconden y apoyan a quienes se quedan, o toman fuerzas para volver cuando su contribución sea posible, o simplemente escapan de una probable muerte. ¿Acaso no son todas estas opciones tan válidas, dignas y necesarias como la de tomar las armas y luchar en el frente? Ser pacifista es visibilizar estas opciones y darles si cabe más importancia que a quienes optan por el belicismo. Ser pacifista en tiempos de guerra es promover y apoyar las acciones noviolentas, la resistencia civil, la ayuda humanitaria, la solidaridad con las víctimas, para evitar más muertes, y cuestionar que más violencia servirá para llegar a la paz.

Un año después, la guerra de Ucrania parece emprender el camino largo de muchas otras guerras y cuanto más tiempo pase, más difícil será la paz. Ser pacifista no es querer prolongar la guerra, es mirar atrás y aprender de los errores del pasado. La guerra de Irak -y la Guerra contra el Terror- no han traído un mundo más seguro, sino que han generado más terror que nunca en Oriente Medio y en nuestras ciudades. Ser pacifista es tener la mirada larga para saber qué futuro estaremos dejando a nuestros hijos tras la guerra de Ucrania, es pensar en qué Europa quedará, en cuándo y cómo será reparado el daño, el dolor y el rencor, que no deja de aumentar cada día que se prolonga esta guerra.

No vale ser pacifista según la guerra, o que ser pacifista tenga un significado diferente según el conflicto y los intereses que tengamos cada momento. Ser pacifista es difícil, y más ahora que vamos contracorriente. Las pacifistas no queremos ninguna de las guerras, esta tampoco. Por eso pedimos que los estados involucrados, España incluida, cambien el tablero militar por el de la diplomacia, la negociación y la paz. Cuanto antes lo hagan, antes acabará esta guerra que, pase lo que pase, ya nadie ganará.



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sábado, 4 de febrero de 2023

Desmontando el «desarrollo»


Fuentes: 15-15-15 [Imagen: Ivonne Chocarro]

Durante más de doscientos años se ha dado por sentado que el progreso, la buena vida, un alto nivel de vida y el desarrollo implican el aumento de los ingresos, de la riqueza material y de la producción económica, así como una mayor sofisticación técnica y un uso más intensivo de los recursos. Para los países más pobres esto ha significado esforzarse por ser como los países ricos. A nadie se le había ocurrido la posibilidad de que los países ricos hubieran cometido un error terrible, incluso suicida… hasta hace poco, cuando hemos empezado a darnos cuenta de que la búsqueda de la riqueza y el crecimiento está acabando con el planeta.

Es imperativo adoptar cuanto antes una concepción muy diferente del desarrollo. No es difícil imaginar una alternativa sana, sostenible, justa y satisfactoria.

Empecemos por los objetivos. ¿Cuál debería ser el objetivo del desarrollo? ¿Qué condiciones, experiencias, estructuras y formas podríamos encontrar en una sociedad que ofrezca condiciones de vida de alta calidad a todos y sea justa, sostenible y admirable? He aquí una lista en la que creo que estaríamos más o menos de acuerdo.

– Buena salud.

– Disponer de alimentos suficientes y de buena calidad.

– Tener una vivienda suficiente y ropa básica, etc.

– Tener amistades.

– Tener un sentido y un propósito, cosas interesantes que hacer.

– Pertenecer y participar en una comunidad solidaria y preocupada por el bienestar de todos.

– Un sentido básico de colectividad, no una competición individualista en la que el ganador se lo lleva todo.

– Ser una persona valorada, apreciada y respetada, especialmente por contribuir a la comunidad.

– Sentirse a salvo de adversidades evitables como el desempleo, la pobreza, la violencia y la desintegración social.

– Liberarse del estrés, la ansiedad y la preocupación, en particular por los ingresos insuficientes, el ritmo de vida, el exceso de trabajo, el aislamiento y la soledad, la depresión, las condiciones de vida desagradables, el tráfico, la desintegración social.

– Libertad/autonomía sobre la vida propia y el trabajo.

– No tener que trabajar duro o luchar; un ritmo relajado, tiempo para pensar, conversar, recrearse, crecer espiritualmente.

– Tener oportunidades para actividades creativas, artesanía, arte, jardinería, escritura.

– Estar cerca de la naturaleza. Vivir en un entorno hermoso.

– Disponer de fuentes de recuperación en las que cargar las pilas, como la jardinería, las aficiones, la compañía, el paisaje.

– Tener un sentido de pertenencia al lugar, un hogar.

– Familiaridad y estabilidad; ausencia de amenazas de perturbación, especialmente causadas por el desarrollo y la recesión económica.

– Tener tradiciones, una cultura, celebraciones, rituales significativos.

– Orgullo de la familia, la ciudad, la sociedad, las instituciones, la nación; reconocimiento de que nuestras costumbres son básicamente admirables… nos preocupamos, intentamos minimizar el egoísmo, la desventaja, la desigualdad, la dominación y las formas todo para el vencedor. Nuestra forma de pensar y debatir es racional, respetuosa y madura.

– Tranquilidad. Cierto grado de capacidad para sentirse bien con las cosas, con uno mismo, con su sociedad, con el planeta. Razones para ser optimistas.

Ninguna de estas condiciones requiere altos ingresos, riqueza, propiedades o un PIB alto. Algunas, como unos servicios sanitarios adecuados, en realidad requieren tener un nivel bajo de riqueza material nacional, pero es posible tener cosas bonitas, como una pequeña casa de adobe, con un gasto insignificante. La mayoría de los elementos de la lista no dependen en absoluto de los ingresos monetarios. Todos ellos están fácilmente garantizados para todas las personas si existen acuerdos sociales sensatos.

Entonces, ¿por qué, incluso en los países más ricos, son tan pocas las personas que no disfrutan de estas condiciones que nuestros mayores problemas de salud son ahora la depresión, el estrés, la ansiedad y la soledad, y nos enfrentamos a la probabilidad de un colapso social catastrófico, así como a un colapso ecológico? La respuesta obvia es que se ha adoptado una concepción absurdamente errónea del desarrollo, que insiste en que el progreso, el desarrollo y la buena vida deben definirse principalmente en términos de aumento de la riqueza material. Así, todo el mundo sabe que aumentar la producción, las ventas y el PIB es aumentar el nivel de vida.

El resultado: cómo funciona el desarrollo definido convencionalmente

Objetivo nº 8 de Desarrollo Sostenible, según la Agenda 2030 de la ONU.
Objetivo nº 8 de Desarrollo Sostenible, según la Agenda 2030 de la ONU

Cuando el desarrollo se define en los términos convencionales habituales de poner en marcha la economía y aumentar el PIB, es necesario invertir capital en la creación de fábricas e industrias de exportación. Para ello hay que pedir préstamos enormes y atraer a inversores extranjeros para que instalen industrias. No vendrán a menos que se construyan los puertos, las centrales eléctricas y las presas que querrán utilizar, a diferencia de construir las cosas que podrían mejorar las condiciones de la gente. Pronto se acumulan grandes deudas. (Perkins, 2004 documenta el papel que él mismo tuvo en atraer a los países para que asumieran niveles de deuda imposibles). Cuando sus deudas no pueden pagarse, el problema se resuelve… prestándoles más, a condición de que orienten aún más sus economías a los intereses de los bancos y corporaciones del mundo rico. Estos Paquetes de Ajuste Estructural les obligan a competir entre sí para obtener ingresos de la exportación con los que pagar la deuda, reduciendo la regulación y ofreciendo condiciones favorables a los inversores extranjeros, devaluando sus monedas (lo que hace que sus exportaciones sean más baratas para nosotros y sus importaciones más caras), manteniendo bajos los salarios y el gasto en bienestar, y compitiendo con otros países pobres para vendernos recursos baratos. La promesa es que el aumento resultante de la riqueza se filtrará hacia abajo para elevar el nivel de vida de todos, pero muy poco se filtra hacia abajo, un gran número de personas pierden sus tierras y sus medios de subsistencia, las élites locales prosperan y la desigualdad se dispara,… y la enorme riqueza fluye hacia las corporaciones del mundo rico y los compradores de los supermercados.

Llamaradas de gas producidas en una infraestructura gasística en el Delta del Níger, 2013. Fuente: Wikimedia Commons.
Llamaradas de gas producidas en una infraestructura gasística en el Delta del Níger, 2013. Fuente: Wikimedia Commons.

Hickel et al. (2022) estiman que existe un flujo neto anual de unos 15 billones de dólares anuales de los países pobres a los ricos, debido en gran parte a las importaciones baratas producidas con salarios bajos. Además de los costes en dólares, están los costes sociales y ecológicos de la producción en forma de residuos mineros tóxicos, bosques talados, pérdida de suelo, contaminación atmosférica, emisiones de CO2, malas condiciones de vida y los efectos sobre la salud de los ecosistemas dañados.

«¿Pero este desarrollo no ha sacado a millones de personas de la pobreza?». Sí… en algunos lugares como China, donde los salarios baratos han atraído a las empresas a trasladarse desde los ahora empobrecidos estados del cinturón de óxido de EE. UU… pero no en Haití.

Es un grave error llamar a esto desarrollo; es sólo desarrollo capitalista. Es lo que ocurre cuando se deja que el desarrollo venga determinado por aquello en lo que invierten los pocos con capital y dedican sus recursos a lo que creen que maximizará su riqueza. Es, obviamente, una forma de saqueo legitimado, que atrapa a miles de millones en la esclavitud de la deuda.

Además es totalmente imposible

Los niveles de producción, consumo, nivel de vida y PIB del mundo rico están muy por encima de los que podrían alcanzar todos los habitantes del planeta. Según algunas estimaciones (Trainer 2021), podrían ser diez veces superiores, y si el crecimiento continúa al ritmo actual, en 2050 el múltiplo será de alrededor de 20… mientras los recursos disminuyen y se aceleran los problemas ecológicos, los niveles de deuda mundial y los incentivos para las guerras por los recursos. La búsqueda del crecimiento y la riqueza no es sólo absurda, sino suicida. Muchos se dan cuenta de todo esto, como demuestra el auge del movimiento por el Decrecimiento, pero los políticos, los economistas, los medios de comunicación y el público en general no se dan cuenta.

La revisión de cientos de estudios (por ejemplo, Haberl et al., 2020) demuestra que el avance técnico no va a resolver estos problemas. El crecimiento del PIB no se está disociando del crecimiento del uso de los recursos, y no es ni remotamente probable que lo haga; de hecho, las tendencias se están deteriorando.

Estas consideraciones dejan claro que la mayoría de los grandes problemas mundiales se deben a una sobreproducción y un consumo excesivos. Por lo tanto, la solución hay que buscarla en estilos y sistemas de vida que permitan una alta calidad de vida para todos con niveles per cápita y nacionales de consumo de recursos muy bajos. Esto sería fácil de hacer… si quisiéramos hacerlo. Pero no puede hacerse a menos que desechemos varias cosas, incluido el capitalismo y, lo que es aún más difícil, la obsesión por la riqueza material.

La alternativa

Ecoaldea en Adunam, Senegal. Fuente: Ecovillages.org.
Ecoaldea en Adunam, Senegal. Fuente: Ecovillages.org.

La reivindicación de la Vía de la Simplicidad (The Simpler Way) es que el tipo de sociedad a la que debemos hacer la transición en los países ricos y pobres debe tener las siguientes características. (Para más detalles, véase Trainer 2017.)

La mayoría de la gente viviría en comunidades pequeñas y altamente autosuficientes y autogobernadas, controlando economías locales de crecimiento cero en las que las fuerzas del mercado solo desempeñasen un papel muy secundario, existiesen valores y acuerdos fuertemente cooperativos y colectivistas (por ejemplo, bienes comunes, comités, grupos de trabajo voluntario), el gobierno se realizase a través de procesos totalmente participativos (como asambleas municipales y referendos), y las economías estuviesen impulsadas por las necesidades y no por los beneficios. Por encima de todo, tendría que existir una cultura de autosuficiencia voluntaria, colectivismo, frugalidad y satisfacciones vitales derivadas de búsquedas no materiales. Seguiría habiendo (pequeñas) ciudades, (algunas) fábricas de producción en masa, universidades, sistemas ferroviarios nacionales, etc., investigación de alta tecnología y asistencia sanitaria moderna, etc.

La integración y la proximidad dentro de estos asentamientos permiten el reciclaje intensivo, la interrelación de funciones, la reducción de los gastos generales y la sinergia. Por ejemplo, un estudio sobre el suministro de huevos (Trainer, Malik y Lenzen, 2019) descubrió que la producción a través de patios traseros y cooperativas avícolas locales podría reducir los costes en recursos y dólares alrededor del 2% de los del modelo convencional de supermercado. Hay una dependencia insignificante de las infraestructuras y los insumos que implica la vía convencional, como la agroindustria, la agricultura industrial, las infraestructuras industriales, las fábricas de piensos, la energía, el transporte por barco y camión, la producción de fertilizantes, la eliminación y el tratamiento de residuos, el envasado, la comercialización, las operaciones de supermercado, los sistemas informáticos y el costoso personal. La gestión se realiza a través de interacciones informales entre los participantes, sin necesidad de oficinas ni personal cualificado ni gastos generales. No se necesita maquinaria, productos químicos, contables ni ejecutivos de publicidad. Los productos son frescos y sin aditivos. Además, la producción local tiene beneficios, especialmente en el reciclaje de estiércol para jardines cercanos y digestores de metano, reduciendo, si no eliminando por completo, la necesidad de fertilizantes, fábricas de piensos para aves de corral y sistemas de alcantarillado.

Reconsideremos la lista de objetivos con la que comenzaba este artículo. Todos serían fáciles y casi automáticamente alcanzables en sociedades como ésta.

Un gobierno que opere desde esta perspectiva mantendría al país fuera de la economía mundial en la medida de lo posible, se esforzaría por ser lo más autosuficiente posible, exportaría sólo la pequeña cantidad necesaria para pagar las importaciones cruciales, aceptaría poca o ninguna inversión extranjera, aceptaría muy pocos préstamos, se centraría en el desarrollo de lo necesario y no de lo rentable, evitaría que el mercado tomara decisiones importantes y se olvidaría del PIB, preservaría las tradiciones y evaluaría las políticas en términos de índices de calidad de vida.

Es muy poco probable que las élites gobernantes y los gobiernos actuales tomen en cuenta esta perspectiva. En general, los políticos son ricos, poseen empresas, tienen inversiones u ofrecen servicios profesionales a los ricos. No quieren que se interfiera en el mercado, y mucho menos que se reduzca el volumen de negocio. Deberíamos intentar obtener ayuda de ellos, pero nuestra principal preocupación debería ser apartarnos de ellos y, como los zapatistas, construir nuestros propios sistemas alternativos separados de la corriente dominante.

Así que ese tiene que ser el objetivo del desarrollo; un mundo sostenible y justo en un contexto de recursos muy limitados no puede concebirse en otros términos que no sean estilos de vida y sistemas materialmente sencillos. Es la única manera de desactivar problemas como la escasez mundial de recursos, la destrucción ecológica, la privación de la población de los países pobres, la desigualdad, los conflictos por los recursos y el deterioro de la cohesión social.

Y muchos lo están haciendo

Escuela secundaria en un caracol zapatista, 2018. Foto: ProtoplasmaKid. Fuente: Wikimedia Commons.
Escuela secundaria en un caracol zapatista, 2018. Foto: ProtoplasmaKid. Fuente: Wikimedia Commons

Esta concepción del desarrollo contradice de plano la indudable visión convencional. Lo que no se entiende en general es que una revolución que lo establece, en la que participan millones de personas, está en marcha. En los países ricos muchos están trabajando en el Decrecimiento, las Ecoaldeas, las Ciudades en Transición, la Simplicidad Voluntaria, la Reducción de la Marcha (Downshifting) y otros movimientos para establecer elementos dentro de la visión anterior. Pero los movimientos más grandes y radicales se encuentran principalmente entre las regiones tribales y campesinas dentro de los países pobres, por ejemplo, entre los movimientos campesinos andinos y los movimientos zapatista, la Vía Campesina, Ubuntu y Swaraj, la Cooperativa Integral Catalana (Trainer, 2018) y las comunidades kurdas en Rojava (Trainer, 2018.) El gobierno senegalés tiene la intención de establecer 1400 ecoaldeas. (St Ong, 2015.) El relato de Leahy (2009, 2018) sobre la iniciativa africana Chikukwa compara la inutilidad de incitar a los campesinos a competir en los mercados internacionales de exportación de alimentos con el desarrollo de aldeas de permacultura altamente autosuficientes. (Véanse también Appfel-Marglin, 1998, p. 39; Post Carbon Institute, 2009; Mies y Shiva, 1993; Benholdt-Thompson y Mies, 1999; Korten, 1999, p. 262; Rude, 1998, p. 53; Quinn, 1999, pp. 95, 137; Gelderloos, 2022; Montichelli, 2022).

Se trata de una revolución notable y poco reconocida. Millones de personas están sencillamente abandonando el modelo capitalista convencional de desarrollo, apartándose para construir sus propias formas colectivas, autosuficientes, no mercantiles y frugales de acuerdo con las tradiciones culturales. (Véase Barkin 2022 para más detalle.) Se trata de una revolución claramente no marxista. No implica luchar contra el sistema para tomar el poder estatal e impulsar nuevas formas a pesar de la resistencia.

El factor crucial en estos movimientos es cultural; tiene que ver con las ideas y los valores que se sostienen. Existe una poderosa cohesión en torno a la intención de no seguir el camino capitalista, construida sobre largas historias trágicas de experiencia de lo que ha hecho a estas personas. Pero, por desgracia, en la mayoría de los países pobres apenas se entiende que exista una alternativa al desarrollo capitalista convencional. Esto no es sorprendente, ya que es constantemente reforzado por los gobiernos, los expertos, muchas ONG, la ayuda, la mayor parte de la literatura académica, los medios de comunicación occidentales y organismos como la ONU.

Lo que más necesitan ahora los países pobres no es más ayuda, ni mejores condiciones comerciales, ni una regulación más estricta de las transnacionales, ni deshacerse de los PAE, ni más tecnología de la información, ni más expertos. Se trata de desacreditar y desechar la concepción convencional de lo que constituye el desarrollo. Es llegar a ver que la forma dominante simplemente impone mecanismos de saqueo y que existe una alternativa, un conjunto alternativo de objetivos y medios centrados en la simplicidad.

Bibliografía

  • Appfel-Marglin, F.A., (1998), The Spirit of Regeneration; Andean Culture Confronting Western Notions of Development. London, Zed Books.
  • Barkin, D., (2022), “Building sustainable communities: The communitarian revolutionary subject” In: Karagiannis, N. King, J.E. (Eds.), Visions and Strategies for a Sustainable Economy. (Palgrave Macmillan, 2022).  https://doi.org/10.1007/978-3-031-06493-7_11 Pp. 213-253.
  • Benholdt-Thomsen, V., and M. Mies,(1999), The Subsistence Perspective. London, Zed.
  • Gelderloos, P., (2022) The Solutions Are Already Here. London, Pluto.
  • Haberl, H., et al., (2020), “A systematic review of the evidence on decoupling of GDP, resource use and GHG emissions, part II: synthesizing the insights”, Environmental Research Letters, 15.
  • Hickle J., C. Dorninger, H. Wieland, y I. Suwadi, (2022), “Imperialist appropriation in the world economy: Drain from the global South through unequal exchange, 1990–2015”, Global Environmental Change, Volume 73, marzo 10246
    https://doi.org/10.1016/j.gloenvcha.2022.102467
  • Korten, D.C., (1999), The Post-Corporate World. West Hartford, Kumarian Press.
  • Leahy, T., (2009), Permaculture Strategy for the South African Villages, Palmwoods, Qld., PI Productions Photography.
  • Leahy, T., (2018), Food Security for Rural Africa: Feeding the Farmers First, Routledge.
  • Mies, M. y V. Shiva, (1993), Ecofeminism. Melbourne, Spinifex.
  • Monticelli, L., Ed., (2022.), The Future is Now: An Introduction to Prefigurative Politics, Bristol, Bristol University Press,. Ch. 15.
  • Perkins, J., (2004), Confessions of an Economic Hit Man. Ebury Press.
  • Quinn, D., (1999), Beyond Civilization, New York, Three Rivers Press.
  • Post Carbon Institute, (2009), «Relocalize«, PostCarbon.org.
  • Rude, C., (1998), “Postmodern Marxism; A critique.” Monthly Review, Noviembre, 52-57.
  • St-Onge, E., (2015), “Senegal transforming 14,000 villages into eco-villages!”, Valhalla Movement.
  • Trainer, T., (2017), «The Alternative Society«, TheSimplerWay.info.
  • Trainer, T., (2020a), “Kurdist Rojava; A social model for our future”, Resilience, 3 de enero.
  • Trainer, T., (2020b), «Transition«, TheSimplerWay.info.
  • Trainer, T., (2021), “Degrowth: How Much is Needed?”, Biophys Econ. Sust., 6, 5. https://doi.org/10.1007/s41247-021-00087-6
  • Trainer, T., A. Malik y M. Lenzen, (2019), “A Comparison Between the Monetary, Resource and Energy Costs of the Conventional Industrial Supply Path and the “Simpler Way” Path for the Supply of Eggs”, BioPhysical Economics and Resource Quality, Septiembre.

.English

(Traducido por Carmen Duce y revisado por Manuel Casal Lodeiro.)

Fuente: https://www.15-15-15.org/webzine/2023/02/02/desmontando-el-desarrollo/



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