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miércoles, 27 de marzo de 2024

La nueva era de las plagas del capitalismo La evolución constante crea «enemigos resistentes y peligrosos» en el Antropoceno (II)


Fuentes: Viento sur

[Segunda contribución de un estudio de varias partes – ver aquí la primera parte– sobre las causas e implicaciones de la entrada del capitalismo global en una era donde las enfermedades infecciosas son cada vez más comunes. Mis opiniones están sujetas a debate continuo y a la puesta a prueba de la práctica. Se aceptan aclaraciones y correcciones – IA]

La mayoría de los relatos sobre la pandemia del Covid-19 no plantean la pregunta: ¿por qué ahora? ¿Por qué un virus que durante siglos vivió pacíficamente en un animal salvaje de la China rural de repente ha atacado a millones de humanos en todo el mundo1/?

Para que un virus potencialmente mortal cause una enfermedad, las condiciones deben ser las adecuadas para que infecte a una planta o un animal y se multiplique. Y para que una enfermedad se convierta en epidemia o pandemia, las condiciones deben ser las adecuadas para que se propague rápidamente a otras personas. Las epidemias y pandemias son a la vez micro-biológicas y macro-ecológicas2/: surgen y se propagan a través de la interacción y el conflicto entre el cambio biológico y el cambio social.

Para comprender por qué están aumentando las nuevas enfermedades virales en la actualidad, primero nos centraremos en la incesante evolución de las entidades biológicas más pequeñas y numerosas de la Tierra.

***

Si se pregunta a la mayoría de las personas qué son los virus, responderán que son microbios y bacterias. De hecho, hasta hace poco, así los veían la mayoría de los científicos: en 1977, los famosos biólogos Jean y Peter Medawar escribieron que un virus es “simplemente una mala noticia envuelta en una proteína”. Nadie podía ver un virus antes de la invención del microscopio electrónico en la década de 1930 y, a menos que causara una enfermedad, los científicos no sabían que era necesario investigarlo. Durante décadas, los virus se han clasificado según su apariencia y su impacto en la salud humana.

Sólo en este siglo el análisis genético automatizado ha permitido la rápida identificación de un gran número de virus, lo que ha provocado una revolución en el campo de la virología. Estudio tras estudio, los científicos están descubriendo miles de virus previamente desconocidos, tan numerosos que los esfuerzos para catalogarlos han tenido dificultades para mantenerse al día y no tenemos ninguna idea de lo que hacen la mayoría de ellos (si es que hacen alguna cosa).

Las cifras son terroríficas. ¿Se puede realmente entender cifras como las de los 10 31/ virus individuales estimados en la Tierra, lo que es 10 millones de veces más que el número estimado de estrellas en el Universo? Cada litro de agua de mar contiene alrededor de 100 mil millones de virus, y el polvo arrastrado por el viento transporta unos 800 millones de virus a cada metro cuadrado de la superficie terrestre cada día. Hay alrededor de un billón de virus en nuestro cuerpo en un momento dado: algunos infectan a nuestras células humanas, otros infectan a los millones de bacterias que todos albergamos y otros simplemente pasan a través de nuestra alimentación o de nuestro aliento.

Como escribe el biólogo evolutivo John Thompson, son, en muchos sentidos, “la forma de vida más exitosa en la Tierra”3/.

“Los virus son, con diferencia, las entidades orgánicas más abundantes que conocemos; de hecho, probablemente estén más extendidos que todas las demás formas de vida juntas… Cada nicho ecológico en el que se puede encontrar vida ha sido penetrado por la virosfera. Más de 100 millones de tipos de virus infectan a todas las especies de seres vivos, incluidos los animales, los microbios y las plantas”4/.

La mayoría de los virus son especialistas que sólo pueden infectar a especies concretas de microorganismos, plantas o animales y, por lo general, sólo a tipos específicos de células de especies concretas. La rabia, por ejemplo, primero infecta a las células musculares de algunos mamíferos y luego ataca sus células cerebrales. Los virus del Ébola se dirigen a las células del hígado y al sistema inmunológico de los humanos, así como a las paredes de sus venas y arterias. Los coronavirus infectan a las células del tracto respiratorio humano, algunos causan síntomas leves de resfriado y otros causan SARS (síndrome respiratorio agudo severo) o el Covid-19.

Los virus desempeñan un papel importante en los ciclos biogeoquímicos* que definen y gobiernan todo el sistema terrestre. Algunos virus matan cada día a miles de millones de organismos unicelulares en los océanos, haciendo fluir (y en última instancia reciclando) a millones de toneladas de carbono orgánico. Aproximadamente una cuarta parte del carbono fijado pasa a través de estos procesos virales, y el cinco por ciento del oxígeno que respiramos proviene de la fotosíntesis estimulada por los virus en los océanos. Muchos virus coexisten en relaciones simbióticas permanentes dentro de las células de plantas y animales, matando a bacterias dañinas, estimulando la producción de sustancias químicas esenciales, ayudando a la digestión y muchas otras cosas más. Aproximadamente el 8% del genoma humano está formado por ADN proveniente de diversos virus.

Pero en este artículo me centro en la pequeña minoría, una fracción del uno por ciento de todas las especies de virus, que pueden causar enfermedades en humanos y otros animales. Dos características biológicas, comunes a todos los virus, hacen que estos agentes patógenos potenciales sean particularmente peligrosos.

1.- Los virus no pueden reproducirse por sí solos. Los virus no se parecen a ninguna otra forma de vida; de hecho, continúa el debate sobre si son seres vivos o no. No tienen un sistema metabólico propio ni una fuente de energía para hacer nada. Se trata de una vida (si ese término se aplica) reducida a un puñado de instrucciones de ARN (ácido ribonucleico) o ADN (ácido desoxirribonucleico) para hacer copias de sí misma. Sólo puede reproducirse entrando en una célula viva y secuestrando a sus mecanismos reproductivos. Al hacerlo, pueden crear cientos o miles de copias y liberarlas al medio ambiente en cuestión de horas.

Este proceso reproductivo puede provocar enfermedades, ya sea impidiendo que las células realicen funciones esenciales para el organismo en su conjunto, sea provocando una reacción exagerada del sistema inmunológico del huésped o mediante una combinación de ambas. Como escribe la viróloga Marilyn Roossinck:

“Si imaginamos que los virus tienen un objetivo, es simplemente multiplicarse. No están impulsados ​​a causar enfermedades ni a hacer el bien; sólo quieren producir más virus. A veces, en este impulso de reproducirse benefician a sus anfitriones y, en este caso, puede haber una fuerte selección para mantener la relación. Otras veces, accidentalmente causan daño a sus anfitriones, especialmente si ellos y su anfitrión tienen una nueva relación que aún debe perfeccionarse mediante la adaptación y la evolución. En última instancia, un virus se adaptará a cualquier cosa que favorezca su reproducción” 5/. /

A pesar del término de “objetivos”, los virus no buscan en modo alguno nuevas células para infectar. Cuando no están en las células, los virus son inertes y no pueden hacer nada. Sólo el contacto accidental con células adecuadas les permite comenzar a reproducirse nuevamente, pero como hay millones de ellas, existe una buena posibilidad de que algunas de ellas infecten a nuevas células y comiencen a reproducirse nuevamente6/.

2.- Los virus están en constante evolución a medida que se reproducen. A diferencia de las células, los virus no se reproducen dividiéndose. Obligan a la célula huésped a crear las proteínas necesarias y luego ensamblarlas en copias de sí misma. A diferencia del ADN, con su famosa estructura de “doble hélice”, que identifica y corrige los errores de copia cuando una célula se divide, el material genético de la mayoría de los virus es el ARN, que no tiene esa capacidad de corrección de errores. En promedio, hay un error o mutación en cada copia de un virus de ARN7/. Si dos tipos de virus infectan a la misma célula, pueden mezclar sus genes, creando híbridos. La mayoría de las mutaciones y los intercambios de genes debilitan o desactivan el virus, pero aquellos que confieren una ventaja de supervivencia tienden a propagarse por toda la población viral.

“Esta mezcla de genes crea infinitas oportunidades para que nuevos virus y partículas virales evolucionen y pasen a través de diversas formas de vida. Así, a lo largo de varios miles de millones de generaciones, los primos antiguos crean descendientes que son progresivamente más distintos entre sí”8/.

En esencia, la combinación de errores de copia y selección natural darwiniana conduce a una gran cantidad de experimentos de evolución viral simultáneos. Como señaló el biólogo Richard Levins hace tres décadas, los constantes cambios evolutivos dan a los patógenos microbianos una ventaja significativa sobre la ciencia médica.

“La composición genética de las poblaciones de patógenos… cambia fácilmente, no sólo a largo plazo, sino también en el transcurso de una sola epidemia y dentro de un solo huésped durante un episodio de enfermedad. La biología de los patógenos está sujeta a fuertes demandas opuestas para seleccionar el acceso a los nutrientes, evitar las defensas del organismo y navegar hacia un nuevo huésped. Las variaciones en el estado nutricional del organismo, su sistema inmunológico, la presencia o ausencia de otras infecciones, el acceso al tratamiento, el régimen de tratamiento y las condiciones de transmisión son factores que empujan y atraen la composición genética de las poblaciones de patógenos en diferentes direcciones. Esto significa que constantemente vemos surgir nuevas cepas, que difieren en su resistencia a medicamentos y antibióticos, su evolución clínica, su virulencia y sus características bioquímicas. Algunos incluso desarrollan resistencia a tratamientos que aún no se han utilizado si estos amenazan la supervivencia de los patógenos del mismo modo que los tratamientos antiguos” 9/.

Un virus que mata a su huésped muere a menos que pueda infectar a otro antes de que muera el primer huésped. Normalmente, este movimiento sólo ocurre dentro de una especie, pero pueden ocurrir infecciones zoonóticas cuando un virus salta de los animales a los humanos. En este caso, un virus que es inofensivo para la especie original puede causar enfermedades graves o incluso la muerte en la especie siguiente. Pero un virus no puede infectar a una nueva especie si no se cumplen las condiciones necesarias para que la especie cambie. El ecologista Jaime García-Moreno explica que las barreras físicas y biológicas para el cambio de una especie a otra han hecho que estos cambios sean relativamente raros.

“Los agentes patógenos a menudo están confinados a una especie huésped (o grupo de especies relacionadas) y por lo tanto, aunque uno está continuamente expuesto a múltiples patógenos que tienen otras especies como huéspedes, la mayoría de ellos no pueden infectar a los humanos y no lo hacen; aquellos que lo consiguen rara vez causan enfermedades en las personas humanas y casi siempre conducen a la ruptura de las cadenas de infección…

Está claro que la mera aparición de un nuevo patógeno no es suficiente para causar una nueva enfermedad, porque muchos factores determinan en última instancia si un agente patógeno puede infectar a un huésped potencial y si la infección puede propagarse desde el mismo -distribución del huésped, liberación del agente patógeno del huésped y supervivencia, exposición de humanos (o de otro nuevo huésped) o respuesta inmunitaria, por nombrar algunos. Estamos expuestos a muchos virus todos los días, pero sólo unos pocos de ellos han desarrollado los mecanismos necesarios para provocar un ciclo exitoso de infección en personas humanas”10/.

Sin embargo, a lo largo de los siglos, muchos virus han conseguido dar el salto. Sin duda, los primeros cazadores contrajeron enfermedades mortales a través de la sangre de los animales que mataban, despiezaban y comían, pero sus sociedades eran demasiado pequeñas para que los patógenos persistieran como enfermedades humanas. La situación cambió con la revolución neolítica, cuando la cría de animales puso a un gran número de seres humanos en contacto directo y frecuente con los animales.

“La cría ha creado una ‘ganancia inesperada para nuestros microbios’. Cuando domesticamos animales sociales, como las vacas y los cerdos, ya padecían enfermedades epidémicas que esperaban ser transmitidas a nosotros”11/.

Pero el simple hecho de cambiar a huéspedes humanos no garantizaba el éxito viral a largo plazo. Para seguir siendo patógeno para los humanos, un virus debe poder saltar a los humanos no infectados antes de que las personas infectadas mueran o desarrollen inmunidad. Esta condición se cumplió con la formación de grandes asentamientos y ciudades que acompañaron la adopción de la agricultura. Un gran número de personas que vivían muy cerca unas de otras proporcionaban un entorno ideal para que los patógenos animales se propagaran y se adaptaran a la biología humana.

Desde el período Neolítico, cientos de virus han saltado con éxito de animales a humanos, infectando primero a comunidades locales y luego propagándose a los cuerpos de soldados y comerciantes. En algunos casos –la invasión europea de las Américas es un ejemplo particularmente horrible– causó pandemias que mataron a millones de personas que no habían desarrollado inmunidad.

La mayoría de las enfermedades infecciosas que afectan a los humanos hoy en día (incluidos los virus, las bacterias, los hongos y los parásitos) se originaron en animales domésticos y salvajes. Según un informe publicado en 2020, “En todo el mundo, las 13 zoonosis más comunes han tenido el mayor impacto en los ganaderos pobres de los países de ingresos bajos y medianos y han causado aproximadamente 2.400 millones de casos de enfermedad y de 2,7 ​​millones de muertes en humanos por año”12/. Estas cifras han quedado obsoletas casi de inmediato por el Covid-19.

La cantidad de patógenos microscópicos que enfrentamos hoy no tiene precedentes en nuestra historia, y habrá más por venir. Como dijo un panel de expertos científicos al gobierno de Estados Unidos en 1993:

“No es realista esperar que la humanidad logre una victoria completa sobre la multitud de enfermedades microbianas existentes o las que aparecerán en el futuro… Los microbios se encuentran entre los organismos más numerosos y diversos del planeta; los microbios patógenos pueden ser enemigos resistentes y peligrosos. Aunque es imposible predecir su aparición individual en el tiempo y el espacio, podemos estar seguros de que aparecerán nuevas enfermedades microbianas…

Aunque hay pocas posibilidades de que un organismo seleccionado al azar se convierta en un patógeno humano eficaz, la gran variedad de microorganismos en la naturaleza aumenta estas posibilidades… La coevolución de los patógenos y sus huéspedes animales y humanos seguirá siendo un desafío para la ciencia médica, porque el cambio, la novedad o ‘novedad’ son una parte integrante de estas relaciones…”13/.

Los cambios ambientales radicales, impulsados ​​por el inexorable impulso del capitalismo de crecimiento a toda costa, han debilitado las barreras naturales contra la aparición de nuevos patógenos y han aumentado las oportunidades para que virus agresivos infecten a los humanos. Como resultado, estamos viendo el surgimiento de un mayor número de enfermedades zoonóticas y podemos esperar que las pandemias globales caractericen cada vez más el Antropoceno.

Texto original: À l’Encontre. Artículo original publicado en el sitio web de Ian Angus Climate&Capitalism, 14/3/2024

Traducción: viento sur

Notas:

1/ Algunos lectores han preguntado sobre las afirmaciones de que el virus proviene de un laboratorio chino. Se están realizando investigaciones sobre el origen exacto, pero la evidencia del origen animal es muy sólida, mientras que la evidencia de un vínculo de laboratorio es prácticamente inexistente. Ver: https://www.msnbc.com/the-mehdi-hasan-show/the-mehdi-hasan-show/covid-origin-report-lab-leak-theory-manmade-debunked-rcna91500

2/ Chu?ng, Social Contagion: And Other Material on Microbiological Class War in China (Chicago, IL: Charles H. Kerr Publishing Company, 2021), 24.

3/ John N. Thompson, Relentless Evolution (Chicago: Univ. of Chicago Press, 2013), 113.

4/ Anne Aronsson; Fynn Holm, “Multispecies Entanglements in the Virosphere: Rethinking the Anthropocene in Light of the 2019 Coronavirus Outbreak,” The Anthropocene Review 9, no. 1 (2022): 26.

5/ Marilyn J. Roossinck, Viruses: A Natural History (Princeton: Princeton University Press, 2023), 64.

6/ Dorothy Crawford, Viruses: The Invisible Enemy, 2nd ed. (Oxford: Oxford University Press, 2021), 14.

7/ Roossinck, Viruses, 138.

8/ Pranay G. Lal, Invisible Empire: The Natural History of Viruses (Gurugram, Haryana, India: Penguin/Viking, 2021), 41.

9/ Richard Levins, “When Science Fails Us”, International Socialism, September 1996.

10/ Jaime Garcia-Moreno, “Zoonoses in a Changing World,” Bioscience 73 (n.d.): 712.

11/ Jared M. Diamond, Guns, Germs, and Steel: The Fates of Human Societies (New York: Norton, 1999), 205–6.

12/ Md. Tanvir Rahman et al., “Zoonotic Diseases: Etiology, Impact, and Control”, Microorganisms 8, no. 9 (September 12, 2020): 1405.

13/ Institute of Medicine, Emerging Infections: Microbial Threats to Health in the United States, ed. Joshua Lederberg, Robert E. Shope, and Stanley C. Oaks, 3. (Washington, DC: National Acad. Press, 1993), 32, 44.

* Un ciclo biogeoquímico es el proceso de transporte y transformación cíclica (reciclaje) de un elemento o compuesto químico entre los grandes reservorios que son la geosfera, la atmósfera, la hidrosfera, en los que se encuentra la biosfera.

Fuente: https://vientosur.info/la-nueva-era-de-las-plagas-del-capitalismo-la-evolucion-constante-crea-enemigos-resistentes-y-peligrosos-en-el-antropoceno-ii/





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viernes, 21 de enero de 2022

Violencia y territorios asediados en 2021, un año difícil para los pueblos indígenas de Latinoamérica


Fuentes: Mongobay [XI Gran Marcha de los Pueblos Indígenas de la Amazonía, Oriente y Chaco de Bolivia. Foto: Facebook Nación Cambas.]

Numerosos ataques contra la vida de líderes indígenas y sus comunidades marcaron el transcurso del 2021. Sin embargo, las luchas y movilizaciones de los pueblos se tradujeron en logros importantes.

Un año más, el 2021, fue un año marcado por la violencia para los pueblos indígenas de Latinoamérica. A la pandemia de COVID-19 y sus efectos, se sumaron las desapariciones, la criminalización, persecuciones y asesinatos a líderes, así como las presiones sobre sus territorios de proyectos extractivos como la minería y la tala indiscriminada, la construcción de carreteras, incendios forestales y derrames petroleros, unidos a la constante presencia del crimen organizado en sus tierras.

Aun así, las comunidades indígenas resistieron y encabezaron luchas diversas para frenar la devastación de la tierra, sus recursos naturales y defender su derecho a la vida. Incluso fueron nuevamente reconocidas por gobiernos del mundo y organismos internacionales como los mejores protectores de la naturaleza. En Mongabay Latam te ofrecemos un recorrido por los grandes temas que marcaron el 2021 para los pueblos indígenas.

1. Líderes indígenas amenazados, desaparecidos y asesinados

En países como Perú, Colombia y México los pueblos indígenas han vivido bajo amenaza constante. Desde inicios del 2021, líderes Cacataibo y Asháninka fueron asesinados en la Amazonía peruana en un contexto relacionado a los cultivos ilegales de hoja de coca y al narcotráfico. Al noroeste de México, en el estado de Sonora, siete defensores del territorio ancestral yaqui fueron desaparecidos: las autoridades tradicionales señalaron que la escalada de violencia en su región tiene que ver con la presencia de grupos del crimen organizado, pero también con los intereses de empresas detrás de la actividad minera. En el suroccidente de Colombia, al menos 30 personas indígenas fueron heridas con ráfagas de fusil mientras protestaban —erradicando cultivos ilegales de coca— por el asesinato de la gobernadora indígena Sandra Liliana Peña. Pero estos no son casos aislados: de acuerdo con el informe anual más reciente de Global Witness, tres de cada cuatro personas defensoras asesinadas perdieron la vida en Latinoamérica. Fueron 227 asesinatos durante 2020 y más de un tercio de los casos fueron contra pobladores indígenas.

Familiares de los desaparecidos en territorio yaqui, en el noroeste de México. Foto: Tribu yaqui de la Loma de Bacúm, Sonora.

2. Narcotráfico y deforestación

Las comunidades indígenas de la Amazonía peruana han sido un blanco particular del narcotráfico y de la deforestación de sus territorios. Las amenazas van desde la construcción de pistas de aterrizaje clandestinascarreteras ilegales y conflictos territoriales, hasta los cultivos ilegales de hoja de coca y miles de hectáreas deforestadas e invadidas. Estos problemas han afectado, principalmente, a los pueblos Cacataibo, Kichwa, Asháninka y Shipibo conibo, los mismos que han hecho frente a estas amenazas desde la organización comunitaria, valiéndose de la tecnología y con el acompañamiento de organizaciones no gubernamentales.

Chozas que resguardaban químicos para laboratorios de droga, ubicados en Flor de Ucayali, fueron destruidos por la policía en julio de 2021. Foto: Fema Ucayali.

3. Territorios indígenas asediados

Ha pasado más de un año desde el peor derrame petrolero de los últimos 15 años en Ecuador, y más de 100 comunidades Kichwa afectadas por la contaminación del río Coca siguen exigiendo justicia y la reparación de los daños. En Bolivia, mientras tanto, los territorios indígenas una vez más fueron afectados por los incendios forestales. Según el libro “Incendios en territorios indígenas de las tierras bajas de Bolivia”, que reúne los impactos del fuego en estos territorios entre 2010 y 2020, la superficie quemada superó las 5 millones de hectáreas dentro de 58 territorios indígenas titulados. En Colombia, por otro lado, comunidades indígenas detectaron embarcaciones de mineros ilegales operando en el río Caquetá y el pueblo sikuani denunció la afectación de sus territorios ancestrales por la palma y la presencia de una colonia menonita. En Perú, este grupo religioso ha continuado ampliando sus territorios en medio de la protesta de comunidades indígenas de la Amazonía que señalan la superposición con sus territorios.

Los bosques en la carretera Masisea Imiría son ahora campos de cultivo en manos de la colonia menonita de Masisea. Foto: Sebastián Castañeda.

4. Las urgencias de los pueblos

Los líderes indígenas continuaron exponiendo sus principales demandas en conferencias internacionales. La protección efectiva de la biodiversidad y de sus territorios, el respeto a la consulta previa, un alto a las amenazas y asesinatos a líderes indígenas, claridad en el destino de los fondos climáticos y la valorización de los conocimientos ancestrales forman parte de la agenda que demanda atención. Este 2021 ocurrieron diversos encuentros entre líderes indígenas y los líderes del mundo —como en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021 (COP26), en Glasgow, Escocia—, donde se asumieron compromisos que se espera se materialicen en el 2022.

Los líderes indígenas Tuntiak Katan (Ecuador), Sônia Guajajara (Brasil) y Gregorio Mirabal (Ecuador) en la movilización por el Día de Acción Global por la Justicia Climática, durante la COP26 en Glasgow, Escocia. Foto: Alianza Global de Comunidades Territoriales (AGCT).

5. Luchas, movilizaciones y avances del movimiento indígena

Entre los grandes logros para los pueblos indígenas, estuvo la elección de la activista mapuche, Elisa Loncón, para presidir la Convención Constitucional que tiene como misión escribir la nueva Constitución de Chile. Ocupar este cargo, sostiene Loncón, sienta un precedente para la defensa de los derechos de las comunidades, la naturaleza, las mujeres y las infancias. En los últimos meses, además, ocurrieron distintas marchas y protestas por la defensa de los territorios. En Ecuador, por ejemplo, integrantes de la comunidad kichwa El Edén iniciaron un paro y bloqueo de caminos por el incumplimiento de convenios de la estatal petrolera Petroecuador, que concluyó 47 días después, con la suscripción de un acta que incluye la participación de la empresa y del gobierno para cumplir con el financiamiento de agua potable para la parroquia, un proyecto de energía eléctrica y adecuar el Subcentro de Salud. Algo similar ocurrió en Perú: durante 74 días, más de 200 indígenas amazónicos tomaron la Estación 5 de Petroperú, en la región Loreto. Su exigencia es el cumplimiento de acuerdos con el gobierno, entre los que se incluye la inversión de 6000 millones de soles en la atención de los problemas sociales, económicos y ambientales ocasionados por las actividades petroleras, reclamos que concluyeron en diciembre pasado con el anuncio de instalación de una mesa de trabajo entre los actores.

Junior y Alexis Piaguaje, de 8 y 11 años, respectivamente, acompañaron a su padre, Danes Piaguaje, a la marcha de protesta en Quito. Foto: Diego Cazar Baquero.
En Ecuador, indígenas siekopai exigieron el desalojo de colonos que han invadido su territorio durante 13 años Foto: Diego Cazar Baquero.

En Perú también se demostró que los pueblos indígenas son los mejores para proteger la biodiversidad cuando tradujeron sus acciones en beneficios para la gente: con la pandemia de COVID-19, en el distrito amazónico de Pebas y sus alrededores, la escasez de recursos y alimentos fue resistida gracias al buen estado de los ecosistemas. La existencia del Área de Conservación Regional Ampiyacu-Apayacu, así como la propia organización de las comunidades indígenas, lograron que a diferencia de otros puntos de la Amazonía se pudiera sobrevivir. Además, ocurrió un hecho histórico para las mujeres indígenas peruanas: reconocida por su lucha contra la tala y la pesca ilegal durante más de 20 años, además de ser pionera en la creación del Parque Nacional Yaguas, Liz Chicaje Churay, lideresa del pueblo bora, fue la tercera mujer peruana en recibir el Premio Ambiental Goldman 2021 para el Sur y Centro América, considerado el ‘Nobel Verde’, un galardón que reconoce el trabajo de los activistas ambientales del mundo. “Me siento más comprometida para seguir trabajando. El trabajo que hacemos cuando somos dirigentes lo hacemos porque nos nace, porque estamos comprometidos con el bosque”, dice la activista.

Liz Chicaje Churay navega en un río en la Amazonía peruana. Foto: Goldman Environmental Prize.

Fuente: https://es.mongabay.com/2022/01/2021-un-ano-dificil-para-los-pueblos-indigenas-de-latinoamerica/





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viernes, 11 de junio de 2021

La pandemia, comienzo del siglo XXI


Fuentes: Le Monde diplomatique

El mundo del siglo XX, nacido de la Revolución Industrial y la idea de progreso sin límites, terminó el 11 de marzo de 2020, cuando la Organización Mundial de la Salud catalogó al Covid-19 como pandemia, sostiene el actual viceministro de Medio Ambiente de Argentina Sergio Federvosky, que acaba de estrenar su documental “Punto de no retorno”. En esta nota, Federovisky advierte sobre el agotamiento del modelo ambiental actual y se mete en la discusión entre ecologistas y desarrollistas.

¿En qué momento pierde, o perderá, sentido la veneración del crecimiento económico en tanto se pretenda seguir concretándolo según los estándares vigentes de progreso? ¿En qué momento la pandemia actual, y las futuras, impondrán un debate respecto de la inviabilidad de perseguir el desarrollo de acuerdo con la anómala matriz de relación entre la sociedad y la naturaleza que arrastramos desde hace doscientos años?

No basta conciliar en un término medio el cuidado de la naturaleza con la renta financiera o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son solo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso”. La frase no es de un fundamentalista verde, como le gusta al progresismo productivista estigmatizar en la actualidad a los que defienden el derecho a buscar otro modo de explotar los recursos, producir bienes y consumir. La frase es del Papa Francisco en su encíclica Laudato si.

El calentamiento global, en los hechos, plantea la misma opción de hierro que la que vivimos con el coronavirus: la salud de la población y del planeta versus la economía capitalista de mercado. Justamente, el Papa señala que “el ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos de mercado no son capaces de defender”.

Sin vuelta atrás

Este planteo recorre el documental “Punto de no retorno”, que acabo de estrenar (1). La idea de “Punto de no retorno” debe interpretarse en sus varias acepciones. Climatológicamente hablando, el punto de no retorno es un concepto que deriva de la dinámica de los ecosistemas y que constituye el clivaje para el calentamiento global. Es el umbral tras el cual nada, por más que se lo intente de todos los modos esperables y posibles, vuelve a su situación anterior. El cambio climático, ese proceso que estamos transitando y cuyas consecuencias ya estamos padeciendo, atravesará un punto de no retorno si se supera un umbral de 1,5 grados centígrados en la temperatura promedio del planeta, según señaló el panel de expertos que asesora a Naciones Unidas. Nadie sabe cómo será el clima cuando eso haya ocurrido, presumiblemente en los próximos quince o veinte años, es decir mañana.

“Punto de no retorno” remite también a las imágenes que nos deja la pandemia, una calamidad directamente relacionada con el desastre ambiental provocado por el vigente modelo económico, de consumo, de explotación de los recursos. No volveremos a ser los mismos, tampoco en términos ambientales, que éramos en marzo de 2020: el coronavirus nos empujó violentamente al siglo XXI, una época en la que -según nos informa el gen que portan los jóvenes- el progreso no se obtiene desollando viva a la naturaleza.

Por último, “Punto de no retorno” supone, paradójicamente, un punto de partida. Como se dice en el documental, el punto de no retorno no es el fin del mundo, sino el fin del mundo tal como lo conocemos. El escenario ambiental actual implica que arranca otro mundo, más vulnerable, más inestable, más impredecible. Y la humanidad deberá adaptarse a ese nuevo escenario. Es decir, un nuevo punto de partida. El asunto es hacia dónde.

Mundo Covid

El Covid-19 y el cambio climático son dos caras de una misma moneda: el deterioro ambiental creciente. Tres enseñanzas deja -o debería dejar, si somos capaces de aprehenderlas- la pandemia.

¿De dónde viene? Más allá de especulaciones geopolíticas acerca de la fuga del virus de un laboratorio de Wuhan, de lo cual hay tantas evidencias científicas como del terraplanismo, se trata de una nueva zoonosis, de esas que cubrieron gran parte de la agenda sanitaria de las últimas décadas. Vaca loca, gripe aviar, fiebre porcina, Ébola, Sars, VIH. Todas expresiones de alguna mutación eventual de un virus que “salta” de su confinamiento en los ámbitos de ciertas especies o ecosistemas hacia la especie humana. Sin el avasallamiento de ciertos ambientes, sin la “conquista” y destrucción de determinados ecosistemas, y sin forzar el vínculo innecesario con ciertas especies silvestres la zoonosis, en tanto infección a los humanos procedente de los animales, esto sería mucho más improbable, como demuestra la concentración de estas epidemias en este último y corto espacio de tiempo. Y sin la brutal industrialización de la “fabricación” de animales en serie para su consumo (desde factorías de salmones hasta granjas de hacinamiento de pollos) la probabilidad de ocurrencia de este “salto” viral hacia los humanos descendería drásticamente.

La naturaleza “regresa”. ¿Qué pasa cuando se pone en pausa el modelo de producción y consumo? La primera cuarentena estricta en casi todo el planeta desató la sorpresiva aparición de cielos limpios o animales fuera del hábitat al que los empujamos. La gran sorpresa es: ¿qué nos sorprende? Lo que debiera sorprender, o mejor dicho llamar a la reflexión, es la ajenidad respecto de la naturaleza que hemos desarrollado progresivamente. El desafío intelectual que propone esa irrupción de la naturaleza en nuestras vidas es el de qué hacer cuando la actividad socio-productiva recupere su condición anterior a la pandemia. Y allí pasamos a la tercera enseñanza del Covid.

No es la actividad, es el modelo. En La retórica reaccionaria (2), el economista Albert Hirschmann nos revela con pasmosa contundencia cuáles son las matrices conceptuales prevalecientes en los argumentos automáticos con los que se contrarresta cualquier intento de modificación positiva de la realidad.

En lo ambiental, de manera equivalente, se apela a un discurso catastrofista cuya finalidad es la de desacreditar, o más bien ridiculizar, todo deseo de promover un sistema de producción y consumo menos insustentable. La inercia natural del modelo provoca que, terminada la pandemia, el esfuerzo de los gobiernos (los mismos que en general se presentan como adalides de la lucha contra el calentamiento global) esté enfocado en recuperar el tiempo económico perdido, a como dé lugar. O sea, exacerbando aquello de tomar a la naturaleza de rehén. Y si alguien se atreve a señalar que hay que modificar el modo de extracción de recursos naturales, producción y consumo, aparecerá otro que lo acuse de “querer volver a las cavernas” o de pretender “vivir sin hierro” -si, por caso, cuestiona la minería.

El modo dialéctico utilizado es el de llevar al paroxismo el argumento, desacreditándolo. ¿Las únicas dos opciones son las cavernas o el marasmo? No resulta a priori una opción intelectualmente verosímil y más bien se parece a un chantaje. Porque ocurre que el problema no es la detención de la actividad humana, cosa que nadie está promoviendo, sino que lo que deja al desnudo la zoonosis que derivó en la pandemia es que se trata de un cierto modelo de vinculación entre la sociedad y la naturaleza el que está en crisis. El modelo del siglo XX.

El fin del siglo XX

El coronavirus dejó estas enseñanzas y, al menos desde lo simbólico, parece haber clausurado una época. Eric Hobsbawm aplicó un criterio historiográfico único y revolucionario para determinar la duración del siglo XX. Describe como una etapa histórica coherente al período que va desde la Primera Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín: el siglo XX corto. En algún punto se emparenta con nociones como las de Jacques Lacan o Slavoj Zizek en el sentido de que una época, más allá de su duración, se define por los valores comunes y prevalecientes, que determinan un “piso ético”.

La relación entre la sociedad y la naturaleza adquirió una conformación y, por ende, una percepción determinada, a partir de la Revolución Industrial. “No faltan conocimientos ni poder, pero los éxitos de la moderna agricultura mecanizada y de la explotación de los bosques se obtienen al precio de arruinar en una medida peligrosamente grande el suelo del planeta y cambiando de clima de un modo desfavorable para todas las formas de vida”. Así definía el historiador inglés John Bernal la modalidad según la cual el hombre del siglo XX “irrumpe” y “rompe” el equilibrio anterior con la naturaleza. Es el precio a pagar, agregaba, para obtener el bienestar económico deseado. “Después de cada una de nuestras victorias, la naturaleza se toma revancha”, advertía, intuitivo, Federico Engels.

Más allá de que sea el sistema dominante como triunfador coyuntural de su disputa en la Guerra Fría, el capitalismo es, desde el punto de vista de su propia constitución, un modelo fracasado. Ya lo decía James O’Connor cuando señalaba que en apenas doscientos años, un suspiro en la historia de la humanidad, el capitalismo desfondó sus arcas: puso su capital de trabajo, la naturaleza, al borde de la extinción. Y su capacidad de reproducción al borde de lo imposible: solo le ha quedado el amuleto de la tecnología presuponiendo que es la deidad moderna que lo salvará cuando los límites del crecimiento estén desbordados.

También el Papa, inspirado tácitamente en el francés Edgar Morin, tiene una lectura sobre la fetichización de la tecnología: “Buscar solo un remedio técnico a cada problema ambiental que surja es aislar las cosas que en realidad están entrelazadas y esconder los verdaderos y más profundos problemas del sistema mundial”. Es decir que los problemas ambientales son emergentes de procesos, resultado de múltiples factores y, principalmente, consecuencia de decisiones económicas que diseñan, por acción u omisión, escenarios ambientales posteriores.

A partir de la posguerra, con la matriz de la Revolución Industrial potenciada, el modelo promocionó el hiperconsumo y con ello la explotación indetenible de los recursos naturales, subrayando la tendencia a deglutir el capital natural del planeta. Su contracara histórica, el socialismo soviético, no le fue en saga.

Mientras el capitalismo era intrínsecamente depredatorio de la naturaleza, los teóricos soviéticos, amparados en que su accionar era ineluctablemente favorable a los intereses del pueblo, proclamaban insólitamente que había que “reconstruir” a la naturaleza y “cambiar la geografía” para ponerla al servicio de la humanidad. Los desastres están a la vista.

Ambos sistemas, con la herencia victoriosa del capitalismo, compartían la idea de que el progreso se obtiene a partir de sojuzgar a la naturaleza, de servirse de ella, de considerarla apenas como el reservorio de los recursos que el hombre captura para su beneficio. En los hechos, la propia definición de recurso natural que impuso la economía da cuenta de su sesgo conceptual: son los elementos de la naturaleza que el ser humano utiliza para garantizar su bienestar y desarrollo. El resto, de acuerdo con esa mirada, carece de importancia.

Bienvenidos al siglo XXI

La irrupción de la pandemia, más por su magnitud que por su esencia, impone la revisión del vínculo entre la sociedad y el medio natural. Un vínculo que, aun cuando su enunciación parezca abstracta o lejana, es el que define los pilares del modelo de explotación de los recursos y su posterior consumo. Aquel piso ético que enunciaba Lacan cuando desafiaba a sus contemporáneos a ser coherentes con “el horizonte de la época”, no es igual en el siglo XX que en el siglo XXI. En el siglo XX, el progreso se medía en toneladas de hormigón, en hectolitros de plaguicidas volcados sobre los campos, en cantidad de megarepresas hidroeléctricas y ríos rectificados, en volumen de basura producida en ciudades con habitantes que cada vez consumen más cosas superfluas.

No sabemos todavía cómo será definido el progreso en el siglo XXI. Pero sí ya podemos intuir con alto grado de certeza que no será a través de proyectos que deriven en más hectáreas de bosques arrasadas, en número de especies desaparecidas o en humo que sale de las chimeneas de las fábricas. En este nuevo contexto, el Riachuelo -otrora un síntoma de la pujanza industrial- antes que una aberración ambiental es un anacronismo.

Soy consciente de que muy probablemente seré empujado al plantel de los ecologistas irredentos que no comprenden que el crecimiento necesita divisas y las divisas necesitan exportaciones y las exportaciones necesitan de recursos naturales, renovables o no, pero siempre destinados a ser extraídos a cómo dé lugar (por supuesto, la corrección política moderna añadirá que esa explotación será “sustentable” -sin identificar su significado- y que deberá tener valor agregado local).

Solo diré lo siguiente:

Se acepte o no, la humanidad hoy transita una era cuyas relaciones están determinadas por un modelo insustentable, sin futuro dentro de los límites tangibles de este planeta. La ética de la época, asimismo, impone una transición entre un mundo viejo, de valores arcaicos, antropocentrista, que fundamenta una estructura capitalista irreconciliable con cualquier definición de sustentabilidad, y otro que no conocemos, aunque imaginamos, más sustentable, más “asociado” a la naturaleza y, de ser posible, igual de productivo. Y ante la obvia y descalificadora pregunta acerca de cuál sería el sistema que respete esas premisas y al mismo tiempo satisfaga las necesidades económicas de la sociedad, la respuesta es: no sé. Seguramente nadie lo sabe con certeza, porque las sociedades van diseñando sus nuevos sistemas a medida que los van descubriendo. No sabemos cómo será el modelo que reemplace a éste, pero estamos obligados a encontrarlo.

El siglo XX terminó el 11 de marzo de 2020, en el mismo momento en el que la Organización Mundial de la Salud catalogó al covid-19 como pandemia. ¿Entramos ya en el siglo XXI?

Notas:

1. www.pdnr.fundacionambienteymedio.org

2. Capital Intelectual, 2021

Sergio Federovisky. Biólogo, periodista ambiental, actual viceministro de Ambiente de Argentina, autor del documental Punto de no retorno.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

Fuente: https://www.eldiplo.org/notas-web/la-pandemia-comienzo-del-siglo-xxi/



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jueves, 10 de junio de 2021

Por senderos de irresponsabilidad, destrucción y muerte


Fuentes: Rebelión

Para Berta Cáceres (1971-2016), in memoriam et ad honorem (y para las 50 personas defensoras del medio ambiente que han sido asesinados en Honduras desde 2016).

Estamos planteando un sistema sin solución: el de crecer indefinidamente en un planeta finito. No tiene sentido, y da igual cuántas cosas podamos descubrir, nunca serán suficientes para intentar cubrir ese imposible. La solución que necesitamos no es científica ni tecnológica: tan solo social. Simplemente, precisamos de un nuevo sistema económico y social que no necesite forzosamente el crecimiento. No digo que la investigación científica y el desarrollo tecnológico sean inútiles; es más, estoy seguro de que aportarán muchas más cosas útiles la humanidad. Pero no nos carguen a nosotros con la ingente tarea de resolver un imposible. No pidan cosas que son físicamente irrealizables esperando que algún día el progreso científico-técnico solvente unas contradicciones generadas por un grave error de concepción y enfoque social. (Antonio Turiel, 2021)

1. Hybris

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, nos exhortó Cernuda en su “1936”. Recordemos. El sistema económico hegemónico, llamémosle globalismo neoliberal, capitalismo sin bridas, crematística compulsiva de dinero o como mejor nos parezca, tiene como característica esencial la competitividad despiadada entre empresas (Apple versus Facebook por ejemplo)por la venta de mercancías y servicios. Una de las consecuencias de esta lucha ‘por la supervivencia del más fuerte’, que no excluye ‘alianzas estratégicas’ ocasionales y apoyo mutuo en defensa de privilegios, es la tendencia intrínseca a abaratar la producción (a costa de golpear derechos básicos y remuneraciones de los trabajadores en muchos casos) y a producir un volumen cada vez mayor de productos, servicios y también desechos(Engels: “[la producción capitalista] no puede ser estable, debe crecer, expandirse o morir… Su condición para existir es la expansión constante”). Esta tendencia intrínseca al crecimiento, este tener que expandirse sea como sea, conlleva inexorablemente un consumo creciente (y acelerado)de materias primas y energía, energía que hoy por hoy es producida de manera generalizada por el uso de combustibles fósiles que al quemarse generan los gases de efecto invernadero (GEI) [1].

Se necesitaron 217 años, de 1751 a 1967, para liberar a la atmósfera 400.000 millones de toneladas de CO(el principal GEI, junto con el metano: CH4, el óxido nitroso: N2O, y el ozono: O3); bastaron 23 años, de 1968 a 1990, para liberar la misma cantidad; 16 entre 1991 y 2006 y sólo 11 años entre 2007 y 2018. Con palabras de Jorge Riechmann: ¡desde la crisis económica de 2007 hasta 2018 tanto como en los dos primeros siglos de sociedad industrial! Desde mi nacimiento en 1954 hasta hoy, más de las tres cuartas partes. Crecimientos exponenciales en la fase de la Gran Aceleración destructiva, sin estancamiento o marcha atrás: la emisión global de CO2 fue de 22.637 millones de toneladas en 1990 y de 37.887 millones en 2018. Más del 67% [2].

Los clásicos de las tradiciones emancipatorias fueron bien conscientes de las turbulentas relaciones del capitalismo con el medio ambiente. Marx, en el cap. XIII de la sección 10, “Gran industria y agricultura”, del  libro primero de El Capital, nos advertía que “todo progreso de la agricultura capitalista es un progreso no sólo del arte de depredar al trabajador, sino también y al mismo tiempo del arte de depredar el suelo; todo progreso en el aumento de su fecundidad para un plazo determinado es al mismo tiempo un progreso en la ruina de las fuentes duraderas de esa fecundidad.” Por eso, añadía, “la producción capitalista no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción más que minando al mismo tiempo las fuentes de las que mana toda riqueza; la tierra y el trabajador” [las cursivas son mías].

Observaciones similares pueden verse en la obra de Engels, que ya con 19 años describía críticamente la destrucción del paisaje y la contaminación del agua en su Wuppertal natal. En términos similares se expresaba en La situación de la clase obrera en Inglaterra o en Esbozo de crítica de la Economía Política, un texto escrito entre octubre-noviembre de 1843 con apenas 23 años, donde señalaba que el capitalismo industrial moderno y la competencia cada vez más feroz entre empresarios agrícolas (capitalistas que no eran campesinos) podía dañar a la naturaleza, especialmente al suelo, la primera condición de nuestra existencia, punto básico de toda producción y reproducción.

En parecidos términos se han manifestado pensadores (y activistas) de otras tradiciones de emancipación  como Tolstói, Kropotkin o Murray Bookchin.

Son innumerables los autores que, más recientemente, nos han advertido que una buena parte de lo que está ocurriendo se deriva del cambio climático, del aumento de las temperaturas medias de la atmósfera y los mares causado por las actividades humanas en la época industrial. Jeremy Rifkin, por ejemplo, señala que hemos tenido otras pandemias en los últimos años y que se habían lanzado advertencias de que algo muy grave podía ocurrir “porque hemos alterado el ciclo del agua y el ecosistema que mantiene el equilibrio en el planeta. Los desastres naturales van a continuar: la temperatura en la Tierra sigue subiendo y hemos arruinado el suelo”. Hay dos efectos, añade Rifkin, que no podemos ocultar: 1. El cambio climático antropogénico provoca movimientos de población humana y de otras especies. 2. La vida animal y humana se acercan cada día más como consecuencia de la emergencia climática y nuestras prácticas económicas expansivas. Sus virus viajan juntos.

Hemos excavado los cimientos de la Tierra para transformarlo en gas, petróleo y carbón; hemos creado una civilización basada enteramente en el uso de fósiles (con las implicaciones geopolíticas conocidas y las guerras imperiales anexas). Estamos usando un planeta y medio o más cuando solo tenemos uno. Hemos perdido el 60% de la superficie del suelo del planeta y tardaremos, si es el caso, miles de años en recuperarla. No existe nada, simple contradicción en los términos, que sea capitalismo y moderado al mismo tiempo. No existe un “capitalismo verde” que sea viable, sostiene Antonio Turiel, quien nos recuerda que en estos momentos consumimos una media de 96 millones de barriles diarios (Mb/d) de “petróleo” (entendiendo como tal todos los hidrocarburos líquidos que son más o menos asimilables a petróleo). Como cada barril contiene 159 litros, “unos 5,6 billones de litros de petróleo al año, o lo que es lo mismo, 5,6 kilómetros cúbicos anuales”.

Incontables ejemplos muestran que la alarma de Rifkin, Turiel, Ribeiro, Puig Vilar, Riechmann y de tantos otros  no es alarmismo. La tragedia del calentamiento global es tan sólo el mayor síntoma de todo lo que funciona mal en nuestro sistema económico. El mayor síntoma, no la única tragedia que nos acecha. Paul J. Crutzen y Eugen F. Stoermer acuñaron en 2000 el término Antropoceno para designar la fase de la historia de la Tierra en que los humanos hemos devenido una fuerza planetaria capaz de producir transformaciones similares a las producidas por las fuerzas naturales. Aquí estamos. No hemos hecho caso de la advertencia de  César Manrique formulada ¡en 1985!: “Es el momento de parar.”

Sin ser apocalípticos, visitemos el infierno terrestre que hemos ido creando.

2. Amenazas, catástrofes.

La radiación solar que penetra en la Tierra depende tanto de los cambios en la órbita terrestre y la inclinación de su eje de giro como de los ciclos solares (11 años). Ambos factores pueden favorecer el inicio de una etapa de mayor radiación y, en consecuencia, de calentamiento. Pero hay acuerdo pleno entre las comunidades científicas que esos cambios orbitales y de radiación solar no se han producido durante estos años ni durante toda la época industrial. No hay una explicación alternativa donde no figure la acción humana, no hay ninguna evidencia de la acción de otros ciclos naturales que hayan podido intervenir. Además, en las últimas décadas, las de mayor calentamiento, la radiación solar ha ido disminuyendo [3].

En un estudio publicado en Nature a finales de 2019, se señalaban los nueve puntos de nuestro planeta que están en peligro por daños graves, alteraciones o riesgo inminente de desaparición: el hielo marino ártico, la capa de hielo de Groenlandia, los bosques boreales, el permafrost [4], el sistema de corrientes del Atlántico, la selva amazónica, los corales de aguas cálidas, la capa de hielo antártico occidental y partes de la Antártida Oriental. Estos puntos de inflexión climática están ya activos y podrían desencadenar cambios irreversibles a largo plazo a nivel global.

Algunas ilustraciones de la situación, una breve muestra. Los ejemplos de agolpan:

2.1. Entre Groenlandia y la Antártida hay hielo para elevar 65 m. el nivel del mar. Donde se ha notado más la desaparición del hielo ha sido en el Polo Norte (el calentamiento global no es igual para todo el planeta, es mayor en las latitudes por encima del círculo polar ártico: 66° 33′ 52″ N). El Ártico, el espacio situado al norte del círculo, está avanzando muy rápidamente hacia la desaparición total del hielo marino en los meses verano. La desaparición del hielo marino, aun siendo un grave desastre ecológico, no es preocupante por la subida del nivel del mar, generada tan solo por el hielo continental: Groenlandia y la Antártida. En el norte nos interesa especialmente lo que ocurre en Groenlandia donde hay hielo para que el mar suba 7 m y donde más deshielo está provocándose. Por el deshielo de los glaciares de las grandes cordilleras y los casquetes de hielo polar (un 60%), y por la expansión térmica del agua, más voluminosa a mayor temperatura (un 40%), el nivel del mar ha subido ya más de 20 cm desde principios del siglo XX. Desde 1993 la subida ha sido de 1,7 mm por año; desde 2006, 3,6 mm.

En la Antártida también se pierde de forma creciente y la situación es aún más preocupante. Por dos razones: porque almacena la mayor parte del hielo que hay en la Tierra y porque está sufriendo algunos procesos recientemente detectados que nos podrían obligar a cambiar las previsiones que se han hecho hasta ahora.  Un informe conjunto de la NOAA, la NASA y la NSF de USA señala que en un escenario de altas emisiones como el actual, cabe la posibilidad en 2100 de una subida de 2,4 metros. Si nos situamos en 2060, la NOAA afirma que en un escenario extremo el mar podría subir ese año 105 cm por encima del de principios del siglo XX (85 cm por encima del nivel actual, que ya ha subido 20 cm; la previsión del IPCC es de 40 cm).

2.2. En el Pacífico hay países-isla o archipiélagos -Vanuatu, Kiribati (dos islas desaparecidas), Tuvalu, Fiyi, Islas Salomon (con islas que han perdido el 50% de su territorio), Nauru, Tonga, Islas Marshall (han perdido ya el 20% de sus costas)- que no tardarán en desaparecer si no hay cambios drásticos e inmediatos. Lo mismo sucederá en países del Índico como las islas Maldivas (1.200 islas e islotes, con más de medio millón de habitantes).

2.3. La quema de combustibles fósiles expulsa a la atmósfera CO2 y N2O, pero también PM 2,5 [5]. Son muchos los estudios que atribuyen a estas micropartículas 8 millones de muertes prematuras al año, una de cada cinco de las que se producen en el mundo. El problema de estos contaminantes PM 2,5 es global, pero la costa este de USA, Europa Occidental y el sureste asiático son los territorios en los que su incidencia en la tasa de mortalidad prematura es mayor. En España pueden imputarse a esta causa unas 44.600 muertes anuales de media estos últimos años.

2.4. El Mediterráneo pasa por un momento transcendental para los 500 millones de personas que habitamos en sus orillas. La necesidad de agua, alimentos, energía y empleo crece con fuerza en toda la región. Se calcula que el aumento de temperatura es aquí un 20% superior al del resto del mundo, lo que agrava la escasez de agua dulce, destinada principalmente, en un 80%, a usos agrícolas. El aumento de la temperatura marina y el vertido de contaminantes están diezmando a las poblaciones piscícolas y vegetales del mar. Avanza también sin freno la desertificación y la pérdida de biodiversidad, a pesar de tener el 7% de las especies marinas en solo el 0,8% de todos los océanos.

2.5. El Banco Mundial estima que Latinoamérica, el África subsahariana y el sudeste asiático generarán otros 143 millones de migrantes climáticos hacia 2050 y que esa no es sino una más de las migraciones creadas por la crisis climática. No solo los humanos estamos buscando desesperadamente sitios más habitables, también lo hacen los peces de las aguas oceánicas que se están calentando a toda velocidad y que han absorbido más del 90 % del exceso de calor causado por las emisiones de efecto invernadero.

2.6. Como señalan Moisés Casado y Pedro Prieto, el Norte imperial no está fuera de este mundo. Se estaba gestando la ruptura desde principios de enero de 2021 y, finalmente, el vórtice polar, que suele contener el frío extremo dentro del Círculo Polar Ártico, se rompió, provocando que el frío se desplazase mucho más al sur. Se generó un desenlace trágico en la segunda semana de febrero, afectando a la práctica totalidad de Estados Unidos. El martes 16 de febrero fue más cálido en Groenlandia, Alaska, Noruega y Suecia que en Texas (máxima 0°C/mínima -12°C en Houston), partes de Arkansas y el Valle del Bajo Mississippi. Unos 150 millones de estadounidenses estuvieron bajo un severo tiempo invernal, millones de texanos se quedaron sin electricidad durante días. Texas estuvo literalmente al borde de “un fallo catastrófico” que podría haber generado apagones de muy larga duración, de meses.

2.7. Según Germanwatch, en las dos últimas décadas han muerto en el mundo 475.000 personas por fenómenos metereológicos extremos derivados del clima. España ocupa el puesto 32 de los países más afectados (700 fallecimientos al año) y el 29 con más pérdidas económicas (900 millones de euros).

No es necesario continuar. ¿Hemos hecho algo para frenar estas situaciones? Veamos.

3. Acuerdos, praxis y escenarios de futuros.

Hace más de 40 años (Ginebra, 1979), científicos de 50 naciones se reunieron en la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima y acordaron que las tendencias ya entonces alarmantes del cambio climático exigían actuar con urgencia. Unos 10 años después, en 1988, se celebró en Toronto la Conferencia Mundial sobre la Atmósfera Cambiante (se recomendó, sin éxito alguno, recordar un 20% las emisiones entre ese año y el 2005), y ese mismo año se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, el IPCC por sus siglas en inglés.

El primer tratado internacional, jurídicamente vinculante, llegó en 1992 cuando se celebró la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro y se aprobó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio climático, después de que el IPCC presentara en 1990 su primer informe de evaluación. En él se reflejaban las investigaciones de 400 científicos: el calentamiento atmosférico de la Tierra era real.

Tras la entrada en vigor de la Convención Marco en 1994, los países que firmaron se han reunido anualmente en la Conferencia de las Partes (COP por sus siglas en inglés). El tercer encuentro de la COP se celebró en Kioto en 1997. En él se adoptó el conocido como “Protocolo de Kioto”, concluido en La Haya en 2001 y en vigor desde 2005. Se establecieron nuevos mecanismos institucionales de control, se incentivó el desarrollo de medidas de reducción de emisiones y se creó el mercado internacional del carbono. Estados Unidos no lo ratificó; Canadá se retiró después. China, que luego se convertiría en el mayor emisor (no en términos acumulativos) no participó. Tampoco India y Brasil. Rusia y Japón no intervinieron en la prolongación de Kioto celebrada en Doha en 2012.

Se requería un nuevo acuerdo global. Se alcanzó en París en 2015. La COP21 alumbró, no sin grandes dificultades, el “gran acuerdo” al que se aspiraba. Allí se estableció la necesidad de que a finales del siglo XXI no se alcanzara los 2º C de calentamiento global respecto a los niveles preindustriales [6]. Los gobiernos tomaron nota de los riesgos elevados que significaban los 2º C y acordaron que harían todo lo posible para no superar 1,5º C.

Sin embargo, 2020 ha culminado el decenio más cálido desde que se dispone de registros. La temperatura de la biosfera es ahora 1,25°C más alta que la media de la era preindustrial (promedio 1850-1900). Si suponemos, según cálculos, que la temperatura está subiendo un 0,25 °C cada decenio, estamos a una década de superar el aumento de 1,5 °C, y a dos décadas de superar los +1,7 °C, punto que el Informe Especial del IPCC presentado en Incheon, Corea del Sur, 8 de octubre de 2018 señala como tipping point, punto de no retorno, momento en el que se pierde la capacidad de revertir los hechos. Volver atrás, revertir la situación, supondría un esfuerzo de captura de carbono imposible. De seguir como hasta ahora se llegará a +2°C antes de mediados de siglo, no a finales [7].

Sin dudar de la importancia del logro internacional de París, ¿de qué tipo son las medidas acordadas? En el artículo 4.2. se afirma que “Las partes procurarán adoptar medidas de mitigación internas con el fin de alcanzar los objetivos de esas contribuciones”. En el 4.19: “Todas las partes deberían esforzarse por formular y comunicar estrategias a largo plazo para un desarrollo con bajas emisiones”. En el artículo 4, se sostiene que el punto máximo de emisiones debería “alcanzarse lo antes posible”, sin mayor determinación. Las partes procurarán, deberían esforzarse,… La libre actuación de las partes, de los Estados, tienen un peso enorme en la concreción del texto acordado. Nada se dice en el acuerdo de los combustibles fósiles que en ese mismo año proporcionaban el 86% de toda la energía que consumía en el mundo.

El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente nos informa de lo sucedido en estos últimos años, tras los Acuerdos de París. Se emitieron en 2016, 51,9 Gt de CO2-e; en 2017: 53,5; en 2018: 55,3. En 2019, según un informe preliminar preparado por la COP25 de Madrid referido solo al CO2, hubo un incremento del 0,6%. Así, pues, hasta la irrupción de la pandemia del coronavirus en 2020 las emisiones fueron creciendo. Los Acuerdos están muy lejos de cumplirse [8]. De los 900 Gt de CO2-2 de emisión entre 2010 y 2100 señalado por el IPCC, en los primeros diez años, entre 2010 y 2020, se han emitido más de 500 Gt. Por lo tanto, nos quedarían por emitir, como mucho, 500 Gt entre 2020 y 2100, es decir, a uno 6,2 Gt por año, menos de la octava parte de lo emitido estos últimos años. En resumen: la concentración de COy gases GEI afines en la atmósfera no ha dejado de crecer y ningún acuerdo climático ha servido de momento para detener ese crecimiento [9].

En los informes presentados a la COP25 de Madrid se afirmaron cosas parecidas. Un informe del el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señalaba que con las dinámicas actuales estaremos emitiendo 60 Gt anuales en 2030. De seguir como hasta ahora, vamos a un calentamiento en este siglo de entre 3,4 y 3,9º C. Cumpliendo a rajatabla los actuales compromisos de los gobiernos, situación muy distante de la realidad, se alcanzarán los 3,2º C. La revista de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, Proceeding of the National Academy of Science, en su número de agosto de 2020, publicó un estudio que señalaba que, con las actuales políticas podríamos estar en un escenario que nos llevaría a un calentamiento en 2100 de entre 3,3º C y 5,4º C.

En síntesis: la mayoría de los gobiernos del mundo (y de las multinacionales asociadas) hablan y hablan de limitar el calentamiento global a 2ºC, ¡incluso a 1,5º C!, pero lo que hacen o permiten hacer tiene poco que ver con ese objetivo. Miguel Pajares lo ha expresado así: “sufrimos una disonancia cognitiva que nos permite felicitarnos efusivamente por acuerdos como el de París, al mismo tempo que lamentamos que las emisiones de GEI y el correspondiente calentamiento global siga creciendo, sin que lo segundo nos leve a cuestionar la validez de lo primero.”

Esbocemos sucintamente algunos escenarios se futuro:

Con un calentamiento de 2ºC, según dos centros de investigación alemanes, los daños se repartirían de forma desigual. Son los países insulares y los tropicales empobrecidos los que sufrirían los mayores riesgos para su supervivencia. También los países ricos se verían afectados. Se darán situaciones generalizadas de escasez de alimentos, olas de calor sin precedentes, ciclones más intensos. Afectará a la disponibilidad de agua potable, a las cosechas, a la supervivencia de los bosques, a las ciudades costeras, a los recursos marinos, las cuencas de ríos muy importantes (Danubio, Misisipi, Amazonas) disminuirán entre un 20 y un 40%. Las pérdidas de bosque será extensa, por la temperatura excesiva y por la mayor incidencia de incendios. Los arrecifes de coral de verán afectados ya con un calentamiento de 1,5º C. Con ello, se perderá gran número de especies de peces que tienen ahí su habitat, así como la protección de muchas zonas costeras. Afectará fuertemente el desarrollo económico y comportará el riesgo de exceder la capacidad de adaptación de los sistemas más vulnerables. La salud de los seres humanos también se verá afectada por las olas de calor, incendios forestales, desnutrición (por menor producción de alimentos), expansión de enfermedades como la malaria y el dengue (los mosquitos que las propagan amplían sus rangos espaciales y temporales). Además, la pandemia del COVID ha puesto el tema sobre la mesa, posible auge de enfermedades zoonóticas por medio de virus, hongos o bacterias.

Con 4º C, los riesgos son superiores y generalizados. En palabras del que fuera presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, nada sospechoso de alarmismo anticapitalista, “tendremos un cuadro dramático de un mundo de fenómenos climáticos y metereológicos extremos que causan devastación y sufrimiento humano”.

En el período que va desde 2008 a 2018, ambos inclusive, 11 años en total, hubo un total de 265,3 millones de personas desplazadas por desastres repentinos. Una media de 24,1 millones por año. En esa media, el 86% son desplazados por desastres metereológicos (unos 20 millones por año) y el 14% por desastres geofísicos.  Para hacerse una idea comparativa, el número de desplazados internos por conflictos bélicos representan una media de 7,5 millones anuales. La mayoría de estos desplazados internos por desastre medioambientales repentinos vienen produciéndose en el sur, este y sudeste de Asia: India, China, Bangladesh, Vietnam y Filipinas.

No es necesario continuar. ¿Soluciones? ¿Las renovables y nuestra prudencia y racionalidad nos sacarán del apuro?

4. Las renovables y sus límites.

Abandono completo de los combustibles fósiles, renovables cien por cien, mayor eficacia energética, algo menos de desarrollismo, algunas pinceladas más… y a seguir más o menos como hasta ahora. ¿Es eso? No es eso.

Energías renovables son las que no se agotan con el paso del tiempo. Por ejemplo, la energía hidroeléctrica, la geotérmica, la eólica y la solar [10]. Durante las últimas tres décadas, la energía eólica ha experimentado un despegue sin precedentes. Representa en la actualidad el 1% de toda la energía primaria que se produce en el mundo. Aún así, ha señalado Turiel, un 1% es un porcentaje muy escaso y, si tenemos en cuenta las diversas limitaciones de la energía eólica (cuando se habla del potencial eólico pensamos solamente en la generación de electricidad -que no cubre todas las necesidades energéticas de nuestra civilización- por medio de aerogeneradores), es muy probable que nunca sobrepase el umbral del 5 o el 6% del actual consumo de energía primaria. Requiere además del consumo de grandes cantidades de energía fósil: para la elaboración (acero, hormigón armado) de los aerogeneradores (un mástil de 40 metros de altura y tres aspas de 20 metros de longitud), para el transporte a los puntos de instalación, para las excavadoras que preparan el terreno, para las reparaciones, para el desmantelamiento,..

La energía solar para la producción de electricidad representa actualmente menos del 0,5% del total de la energía primaria consumida en el mundo. Se señala en ocasiones que la energía que nos llega del Sol es casi 10.000 veces superior a la energía que consume actualmente la humanidad. Pero recordemos que el 80% del flujo electromagnético proveniente del Sol que llega a la Tierra no se puede aprovechar: o llega con demasiado ángulo o se refleja en la atmósfera o, directamente, en la superficie planetaria. Por lo demás, no es verosímil construir parques fotovoltaicos en mares y océanos, ni tampoco en desiertos o en zonas montañosas. Un estudio del GEEDS mostró que el potencial máximo fotovoltaico de la Tierra podría corresponderse con aproximadamente el 25% de nuestro consumo vigente global de energía primaria. Insuficiente si consideramos la sustitución completa del actual consumo de energía no renovable. Para Turiel, entre las energías renovables, es la tecnología con más problemas (escasea de materiales, de plata por ejemplo) y peor rendimiento. La energía solar de concentración (se basa en concentrar la energía del Sol en un único punto usando espejos) permite que se alcance en ese punto grandes temperaturas que pueden ser usadas para producir vapor o mover turbinas o con un motor Stirling. No requiere además de una alta tecnología ni tampoco echar mano de materiales escasos. Sin embargo, se trata de una instalación de gran envergadura que, al final, proporciona una cantidad de energía por metro cuadrado de ocupación que no es mejor que la fotovoltaica y que es, además, más propensa a sufrir las inclemencias del tiempo. Los materiales por otra parte sufren mucho desgaste debido a la altas temperaturas y, al cabo, su rendimiento resulta bastante mediocre.

Veamos el asunto del coche eléctrico. Richard Herrington y algunos otros científicos británicos expertos en materiales han calculado que para reemplazar todos los coches y camioneras del Reino Unido por vehículos eléctricos, sin incluir camiones ni vehículos pesados, harían falta al menos 207.900 toneladas de cobalto, 2,3 millones de toneladas de cobre, 264.600 toneladas de carbonato de litio y 7.200 toneladas de neodimio y disprosio. Con cifras de 2018 y sólo para un país, excluyendo los vehículos más pesados y suponiendo el uso de baterías muy eficientes, y sólo para un factor (el coche eléctrico) de la denominada transición ecológica, se necesitaría casi el doble de la producción mundial anual de cobalto, la casi entera producción mundial de neodimio y el 75% de la producción mundial de litio y al menos de la mitad de la producción mundial de cobre.[11]

Situémonos a nivel global y empleemos datos tan oficiales como son los del Banco Mundial (BM). El 11 de mayo de 2020, el BM publicó el informe Minerals for Climate Action: The Mineral Intensity of the Clean Energy Transition. Se describe en él qué se necesita para conseguir la transición energética, y detalla cuánto se debería aumentar la producción. Hacen falta, se afirma, 3.000 millones de toneladas de minerales y metales estratégicos: cobre, níquel, cobalto, litio, cromo, molibdeno, grafito, aluminio, indio, hierro, plomo, manganeso, neodimio, plata, titanio, vanadio y zinc, para desplegar la transición a eólica, solar y geotérmica. La producción de grafito, cobalto y litio, esenciales para el almacenamiento, debería aumentar un 500% hasta 2050 para hacer frente a la demanda de materiales para las tecnologías energéticas limpias que eviten el aumento de 2 ºC de la temperatura media de la biosfera.

En síntesis: la corteza terrestre no ofrece metales y minerales suficientes para una supuesta transición ecológica planteada en términos de sustitución de los combustibles fósiles por renovables de alta tecnología, sin olvidarnos, por otra parte, la devastación de ecosistemas que supondría la intensificación de la actividad minera.

Para Antonio Turiel, una estimación realista del potencial máximo que pueden proporcionar las energías renovables estaría entre un 30 y un 40% del consumo total mundial actual. Su análisis: la transición energética a las renovables implica forzosamente dejar de crecer, ir hacia economías de ‘estado estacionario’, incluyendo tres decenios de esfuerzo equiparables a una economía de guerra que eliminase toda actividad superflua y concentrase todos los recursos económicos en dicha transición, transición a nuevos sistemas de producción, distribución y consumo incompatibles con el actual sistema socioeconómico mundial.

Este es el reto. De nuevo: socialismo democrático en armonía con la Naturaleza o desastre, muerte y destrucción. Si llegásemos a la segunda mitad del siglo XXI, ha señalado Jorge Riechmann, “habiendo logrado evitar un descenso demográfico catastrófico y estuviéramos en camino de construir sociedades mucho más sencillas, frugales e igualitarias, basadas en tecnologías intermedias robustas, que se olvidasen del PIB como supuesta medida de bienestar, que usan muchos menos materiales y energía, lo habríamos hecho lo mejor posible en las difíciles circunstancias actuales”. Esta perspectiva es la que viene sugiriendo llamar ecosocialismo descalzo.

Katharina Pistor, profesora de Derecho Comparativo en la Facultad de Leyes de Columbia, nos ha advertido que la Tierra no nos rescatará cuando las cosas salgan mal. “Al depender solamente de declaraciones y del mecanismo de precios para lidiar con el cambio climático, estamos haciendo una enorme apuesta sobre la base de mediciones e indicadores que sabemos que son incompletos, si no absolutamente engañosos.” Podemos diseñar todas las protecciones que queramos contra los potenciales escenarios de cambio climático, ha añadido, “pero no hay ninguna protección para un episodio sistémico”. Al carecer de la voluntad política de confrontar nuestro propio comportamiento, “estamos suponiendo que el cambio climático se puede abordar con una actualización mínimamente disruptiva y financieramente neutra -o inclusive rentable— del sistema operativo actual”. La pandemia de la COVID-19nos ha advertido con claridad contra esta presunción.

Notas

1) Según la OMM (Organización Meteorológica Mundial), la concentración de CO2, NHy N2O en la atmósfera no tiene precedentes en los últimos 3 millones de años. Recordemos, por otra parte, que sin esos gases que atrapan calor la temperatura de la superficie terrestre sería de -18º. Su adecuada proporción es absolutamente imprescindible para la vida tal y como la conocemos.

2)Otra forma de computar nuestra hybris: según el IPCC y utilizando la unidad de medida CO2-e (CO2-equivalente), que incluye el CO y los demás GEI cuantificados por su potencial efecto invernadero como si fueran CO2, se han emitido, desde el inicio de la era industrial y hasta 2010, unas 2.000 Gt ( 1 Gigatonelada = mil millones de toneladas) de CO2 -e. La mitad desde 1970. USA ha emitido hasta la fecha más CO2 que cualquier otro país del mundo. Son responsables del 25% de las emisiones históricas.

3) El valor máximo de 1980 fue parecido al de 1990 pero el alcanzado en 2001 fue ligeramente inferior. Los ciclos solares, desde 2003 en adelante, han resultado ser significativamente más débiles que los anteriores.

4) La capa de suelo permanentemente congelada en regiones frías.

5) Micropartículas contaminantes con gran capacidad de penetración en el sistema respiratorio. Miden 0,0000025 m. de diámetro, entre 15 y 20 veces menos que el grosor de un cabello.

6) Ya se había acordado lo mismo en la COP15 celebrada en Copenhague seis años atrás, en 2009.

7) Los incrementos, por otra parte, no son homogéneos. En Cataluña, según Marc J. Prohom, del Área de Climatología del Servicio Meteorológico, “2020 ha tenido una anomalía de temperatura cercana a los 2 °C respecto a la media del periodo preindustrial”.

8) Según estos acuerdos, teniendo en cuenta los 2ºC a finales del XXI, o el preferible 1,5º C, ¿cuánto más GEI podemos arrojar a la atmósfera? El IPCC sostuvo en 2013 que para no superar los 2ºC sería necesario limitar a unas 2.900 Gt las emisiones acumuladas. Se habían arrojado ya 2.000 Gt hasta 2010. Quedarían por tanto 900 Gt por emitir. Es decir, ¡en 90 años deberíamos emitir menos CO2-e que el que se emitió en los 40 años anteriores! Tengamos en cuenta, por otra parte, que las 1.000 Gt entre 1970 y 2010 fueron emitidas a ritmos distintos. La media fue de 25 Gt por año, pero ¡en 2010 se estaba emitiendo ya cerca de 50 Gt por año!

9) Con otra medición: en junio de 2020, pese a la brusca reducción de actividad por la pandemia, se alcanzó la cifra de 417 ppm (partes por millón). Recordemos que en la era preindustrial, la proporción de CO2 en la atmósfera era de 280 ppm. El incremento ha sido, pues, del 48,92%. En los últimos 2,6 millones de año es probable que nunca se superasen los 300 ppm.

10) Estos tipos de energía sí se agotan con el paso del tiempo porque la materia del sol se está “quemando” y el sol acabará por extinguirse, de la misma manera que el interior de la Tierra acabará enfriándose. Pero, de hecho, estas fuentes energéticas se debilitan tan lentamente que pueden considerarse constantes, o 100% renovables.

11) Aproximadamente la mitad de todo el cobre de las minas existentes ha sido ya extraído.

Bibliografía mínima

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“Un enorme iceberg, del doble del tamaño de Madrid, se desprende de la Antártida” https://actualidad.rt.com/actualidad/384842-video-desprende-antartida-enorme-iceberg

“Los nueve puntos de inflexión climática activos que deben acelerar la acción política sobre las emisiones”. https://www.climatica.lamarea.com/los-nueve-puntos-de-inflexion-climatica-activos-que-deben-acelerar-la-accion-politica-sobre-las-emisiones/



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