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jueves, 16 de abril de 2026

¿Hacia dónde correr cuando no tenemos tiempo?


Fuentes: Climática [Foto: Yunus Tuğ.

«Ya hay muchas prácticas compartidas y sinergias en marcha entre el decrecimiento, la redistribución y la economía solidaria, pero es necesario repensar y profundizar esas alianzas. En la crisis gigantesca y multifacética actual, las sociedades están corriendo en tres direcciones distintas», señala el autor.

El ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán y el posterior bloqueo iraní del estrecho de Ormuz ha puesto sobre la mesa una cuenta atrás angustiante en la que vamos elucubrando día tras día cuánto nos faltará para notar en nuestras vidas la escasez de petróleo, gas natural, fertilizantes, azufre, helio o aluminio, todas ellas mercancías que salen del Golfo Pérsico a través de esa ruta y que son claves en la economía global. Vivimos con la sensación, muy real, de que tenemos muy poco tiempo para parar este sinsentido.

Pero en realidad lo más urgente en el suroeste asiático no es frenar las afecciones sobre nuestras vidas de la guerra, sino sobre las suyas: detener el genocidio palestino, la conquista del Líbano por Israel, la destrucción de Irán… Cada día que no lo conseguimos mueren decenas de personas.

Aunque, si nos ponemos a enumerar efectos en los que estamos, en el mejor de los casos en tiempo de descuento, nos salen otros de todavía mayor calado para las vidas humanas actuales y por venir, y las del resto de seres vivos: el caos climático se nos está a punto de ir de las manos y lo mismo pasa con la disrupción ecosistémica, cuya mayor expresión es la pérdida de biodiversidad masiva. Es urgente también abandonar los combustibles fósiles antes de que ellos nos abandonen fruto de su agotamiento (además de por sus afecciones ambientales, claro) y lo mismo pasa con una economía adicta a la minería de elementos cada vez más escasos.

Vivimos un momento histórico caracterizado no solo por la prisa con la que vivimos, sino especialmente por la ausencia de tiempo para realizar de manera pausada los cambios imprescindibles con los que encarar tanta crisis.

Cuando ya no hay margen, parece de perogrullo plantear que hay que correr todo lo que se pueda, pero en realidad mucho más importante que correr con celeridad es saber hacia dónde hacerlo, porque una mala elección puede ser fatal. En la crisis gigantesca y multifacética actual, las sociedades están corriendo en tres direcciones distintas.

La primera es hacia acaparar los crecientemente escasos recursos minerales y, sobre todo, fósiles. Es la descarada apuesta de EE. UU. y sus aliados. Es la opción a la que intentan obligarnos las extremas derechas (y las no tan extremas). Es una carrera por sostener los privilegios de un puñado pequeño de la población global a costa de millones de vidas cobradas en guerras, impactos del cambio climático y la pérdida de biodiversidad, o el racismo institucional. Una carrera que nos lleva colectivamente –también a quienes la promueven– con mucha velocidad al desastre más absoluto.

La segunda dirección es la del desarrollo irrestricto y acelerado de energías renovables de alta tecnología, coches eléctricos, reindustrialización verde, aviones movidos por agrocarburantes, ciudades inteligentes… Esta carrera está llena de incertidumbres: ¿habrá minerales para tanto molino y placa?, ¿alcanzarán para abastecer de energía a todas las personas o solo a unas pocas privilegiadas?, ¿no aumentarán las emisiones al menos a corto plazo (no olvidemos que no tenemos tiempo) con tanta nueva actividad industrial?, ¿apostar por transiciones dependientes de grandes empresas, no reproducirá las mismas injusticias?, ¿pasaremos de tener guerras por el petróleo a guerras por los metales estratégicos para las energías renovables?, ¿tanta necesidad de nuevos minerales no expoleará la pérdida de biodiversidad, el trabajo infantil, las guerras civiles en el Sur global o incluso el consumo de combustibles fósiles para mover las máquinas que escavan, transportan, refinan, centrifugan, muelen…?, ¿fiarlo todo al desarrollo de tecnologías que todavía no existen, como buenas baterías, no será demasiado arriesgado cuando no hay tiempo?, ¿será posible alcanzar una economía realmente circular cuando el grado de circularidad actual es del 9% y las tasas de reciclaje de la mayoría de los minerales están estancadas desde hace lustros? Tal vez son demasiadas dudas para que sea la dirección hacia la que correr más conveniente.

Así que queda una tercera opción. Es mucho menos espectacular. Tiene no pocos obstáculos que salvar en forma de imaginarios colectivos, intereses económicos e inercias sociales. Pero tiene una ventaja irresistible: es una dirección segura.

En lugar de la opción suicida de la primera dirección y la, cuanto menos, incierta de la segunda, reducir de forma drástica el consumo energético y material hasta los márgenes asumibles por los ecosistemas sabemos con total seguridad que tiene efectos sanadores ante las crisis ambientales que nos atenazan. Es más, existe una sólida evidencia científica de que es una media ineludible. También está sobradamente documentado que la satisfacción de las necesidades humanas requiere de menos, de mucho menos, consumo material y energético. El consumo suntuario actual no tiene nada que ver con nuestro bienestar, sino con el mantenimiento de una economía que tiene que crecer sin parar para no entrar en crisis. Así pues, corramos hacia el decrecimiento en el consumo material y energético con todas nuestras fuerzas.

Pero corramos sumando al decrecimiento más factores, pues sabemos que vivimos en sociedades muy desiguales. Desde luego, no todo el mundo debe reducir su consumo material y energético en la misma medida. De hecho, hay quien no puede porque vive en condiciones de miseria. De este modo, requerimos de un decrecimiento diferencial: mayor, mucho mayor, para quienes más tienen. Esto tiene varios nombres. Uno es redistribución de la riqueza.

Pero hay otro tipo de imposibilidad al que se enfrenta la población de cara a poner en marcha políticas decrecentistas: como consecuencia de los entornos sociales hay consumos que nos son muy difíciles de reducir. Por ejemplo, hay personas que necesitan (de verdad, no como excusa) el coche para ir a su puesto de trabajo y no puede renunciar a ese insostenible consumo energético.

De este modo, además de decrecer y redistribuir, es necesario cambiar nuestro sistema económico. Satisfacer nuestras necesidades no a costa de otras personas o del medio ambiente, algo que hacemos a diario incluso aunque no lo queramos al transportarnos a largas distancias, ingerir comida industrial o comprar una camiseta. Cambiarlo para poner como objetivo de la economía nuestro bienestar y el del resto de personas. Esto ya está inventado y en marcha. Existen una miríada de prácticas reales englobadas al rededor de la economía solidaria que muestran como otra economía es viable en vivienda, educación, alimentación, movilidad, obtención de energía, fabricación de bienes, salud, cuidado de personas dependientes, financiación, comunicación… Si no las conoces, búscalas y llama a su puerta.

Ya hay muchas prácticas compartidas y sinergias en marcha entre el decrecimiento, la redistribución y la economía solidaria, pero es necesario repensar y profundizar esas alianzas. Por ejemplo, la Red de Economía Alternativa y Solidaria (REAS) está dándole vueltas a cómo entrelazar estas miradas. Será uno de sus ejes de reflexión en su próximo encuentro de Idearia, que tendrá lugar en Pamplona/Iruña en mayo.

En conclusión, porque no tenemos tiempo, el decrecimiento, la redistribución y la economía solidaria son la dirección más segura hacia la que correr. Trabajemos para no tropezar en el camino y acelerar nuestra marcha.

Luis González Reyes es doctor en Ciencias Químicas y miembro de Ecologistas en Acción, Garúa, Fuhem y Entrepatios, entre otras.

Fuente: https://climatica.coop/opinion-hacia-donde-correr-cuando-no-tenemos-tiempo/



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lunes, 8 de agosto de 2022

¿Pueden los pequeños agricultores alimentar al mundo?



Una de las cosas sobre las que me solía preguntar durante mis primeros meses de trabajo en el sistema alimentario era la productividad. Al crecer en un país del mundo minoritario, prácticamente todos mis alimentos provenían de granjas industriales a gran escala. Como resultado, yo, como muchos otros, creí durante mucho tiempo que la agricultura industrial era un mal necesario, un requisito desafortunado dada la cantidad de personas que ahora habitan el planeta. Una vez que entendí la importancia de la agricultura a pequeña escala para la biodiversidad y la conservación cultural, todavía me preguntaba si estas granjas más pequeñas podrían “alimentar al mundo”.



Hoy quería tomarme un poco de tiempo para explorar esta pregunta. Existe un debate sobre el porcentaje de alimentos que producen los agricultores de pequeña escala y los campesinos. Es una pregunta difícil de responder, pero increíblemente importante. De hecho,  si resulta quela agricultura a pequeña escala alimenta a la mayoría del mundo, sería un gran golpe para el sistema agrícola industrial, dados los daños ambientales y sociales generalizados que produce. En los últimos años, los investigadores han intentado responder a esta pregunta. Pero han surgido un par de estudios clave que nos señalan en la dirección equivocada y crean consecuencias nefastas para la formulación de políticas. Veamos.

En 2009, el grupo ETC publicó un informe titulado ¿Quién nos alimentará?en el que cita la estadística de que los pequeños agricultores alimentan al 70 por ciento del mundo (es decir, producen el 70 por ciento de los alimentos que realmente se destinan a la alimentación humana, frente a los cultivos que se desvían para biocombustibles, alimento para animales u otros productos de uso no-alimentario). Esta distinción es importante: no afirman que los pequeños agricultores produzcan el 70 % de las calorías netas, sino el 70 % de los alimentos que terminan siendo consumidos por los humanos.

Afirman, según los datos disponibles, que el 50 por ciento de la producción mundial de cultivos para consumo humano se puede atribuir a granjas a pequeña escala de menos de 5 hectáreas (esto es relativamente poco controvertido en la investigación). Luego, agregaron alimentos resultantes de prácticas como la caza y la recolección, la pesca, el pastoreo, así como la producción de alimentos urbanos y periurbanos a pequeña escala, que representaron un 20 por ciento adicional de los alimentos consumidos. Estas formas de producción de alimentos son en su mayoría informales y crónicamente infravaloradas, por lo que es difícil determinar las cifras exactas, pero son, sin embargo, prácticas importantes con las que la gente se alimenta en todo el mundo.

En los últimos años se han publicado dos artículos que intentan “desacreditar” esta estadística del 70 por ciento. Los dos artículos, publicados por Vincent Ricciardi et al. (2018) y Sarah Lowder et al. (2021),  afirman que los pequeños agricultores representan solo el 30 % de la producción mundial de alimentos, bastante por debajo del 70 %. Esto ha dado lugar a una gran cantidad de titulares que implican que estos hallazgos prueban que la agricultura a pequeña escala es ineficiente e incapaz de alimentar al mundo y que, en su lugar, deberíamos invertir en métodos industrializados. Como resultado de estos documentos, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha cambiado su posición del 70 al 30 por ciento, a pesar de que los documentos están llenos de errores de método y suposiciones que requieren un mayor escrutinio antes de ser aceptados universalmente.

Echemos un vistazo a esta investigación, comenzando con el artículo de Ricciardi. Aunque su objetivo era desacreditar la estadística del Grupo ETC (llamándola «estadística zombi»), en realidad estaban respondiendo una pregunta completamente diferente a la que afirmaban estar abordando. Midieron la producción de cultivos para granjas a pequeña escala frente a granjas industriales, descuidando por completo la cantidad de esa comida que alimentará a la gente. La realidad es que las granjas industriales desvían un porcentaje significativo de los cultivos a biocombustibles, alimento para animales y otros usos no alimentarios. Incluso las calorías cultivadas para la alimentación animal, que se podría argumentar que todavía contribuyen a la seguridad alimentaria, son muy ineficientes; las organizaciones sin ánimo de lucro GRAIN e IATP estiman que por cada 100 calorías que se destinan a animales, solo de 17 a 30 terminan en la carne que consumen los humanos. Medir la producción por sí sola no nos dice mucho sobre la seguridad alimentaria, que es la pregunta implícita en cuestión.

Además de eso, su base de datos incluye solo 55 países (o dos quintas partes de la población mundial). De hecho, más de la mitad de estos países son europeos, donde la agricultura a pequeña escala es más marginal. Los investigadores ignoran grandes franjas de África, el Sudeste Asiático y otras regiones donde los pequeños agricultores representan un porcentaje significativo de la producción de alimentos. Y, sin embargo, hacen afirmaciones radicales sobre la producción mundial de alimentos por parte de los campesinos.

El equipo de Ricciardi hizo referencia a otro estudio que utiliza una base de datos que incluye muchos más países del Mundo Mayoritario. Descubrieron que si aplicaban su metodología a este conjunto de datos, llegarían a la conclusión de que el 76 por ciento de las calorías de los alimentos son producidos por granjas de menos de cinco hectáreas, lo que es significativamente más alto incluso que la estimación original del Grupo ETC. De cualquier manera, no tiene sentido confiar en una base de datos que borra la gran mayoría de los países donde existen pequeños agricultores, no incluye la mayoría de los métodos de producción de alimentos que emplean y luego hace afirmaciones sobre su capacidad para alimentar al mundo.

Al artículo de Lowder et al. no le va mucho mejor. Los autores asumieron que la tierra y la producción tienen una relación correlativa; si las grandes fincas constituyen el 80 por ciento de la tierra agrícola, entonces las grandes fincas deben constituir el 80 por ciento de la producción de alimentos.

Pero la realidad es que no todas las fincas son igualmente productivas. De hecho, Ricciardi y su equipo descubrieron más tarde que las fincas pequeñas tienden a producir más que las grandes por hectárea. En segundo lugar, para muchas fincas grandes (más que las fincas más pequeñas), un porcentaje significativo de las calorías producidas se desvía hacia biocombustibles, alimento para animales y otros usos. De nuevo, Ricciardi et al. encontraron que las fincas de menos de 2 hectáreas dedican una mayor proporción de su producción a la alimentación, mientras que las fincas de más de 1.000 hectáreas tienen la mayor proporción de pérdida poscosecha. La simple medición de la producción no nos dice mucho sobre la seguridad alimentaria. Y, sin embargo, la producción sigue siendo la métrica dominante.

En última instancia, el artículo de Lowder asume que, dado que los pequeños agricultores solo ocupan una pequeña porción de tierra, también deben producir solo una pequeña porción de los alimentos. Pero esa es la cuestión: mientras que los pequeños agricultores ocupan una pequeña porción de la tierra, (a) producen más por hectárea que las granjas a gran escala, y (b) dedican un mayor porcentaje de su producción a alimentar a las personas, en lugar de a usos no alimentarios. También pueden producir alimentos utilizando significativamente menos recursos y sin las enormes externalidades ambientales y sociales de la agricultura industrial.

Ambos documentos también definen una » finca pequeña» como una finca de menos de 2 hectáreas, cuando la propia FAO ha declarado que crear un límite estándar para el tamaño de la finca no es prudente porque lo que se considera «pequeño» varía de un país a otro.

Este debate es increíblemente importante. Estos dos documentos han dado lugar a una gran cantidad de titulares frustrantes como este de Hannah Ritchie de Our World in Data, que dice: «Los pequeños agricultores producen un tercio de los alimentos del mundo, menos de la mitad de lo que afirman muchos titulares». Cuando buscamos «qué cantidad de los alimentos en el mundo producen los pequeños agricultores», estos son los resultados que aparecen, basados en investigaciones que, en el mejor de los casos, son profundamente defectuosas.

Es importante explorar ambos lados del debate. Necesitamos más investigación para determinar qué vías agrícolas debemos seguir, teniendo en cuenta todas las externalidades y los impactos ambientales. Pero estos documentos aportan poco al debate. Sus suposiciones hacen que su investigación sea básicamente inútil para responder la pregunta en cuestión. Y las implicaciones de estos documentos para justificar la agricultura industrial son peligrosas. No podemos medir el éxito solo en la producción. Debemos comenzar a ampliar las métricas para incluir la biodiversidad, el impacto ambiental y la equidad.

Finalmente, la forma en que se ha enmarcado el debate hasta el momento coloca injustamente sobre los campesinos y los pequeños agricultores la responsabilidad de demostrar que pueden producir suficientes alimentos para alimentar al mundo (a pesar de que tenemos una gran cantidad de datos por países que muestran que las granjas de pequeña escala superan la producción de las granjas a gran escala). Debemos preguntarnos entonces por qué la agricultura industrial no tiene la responsabilidad de justificar por qué el porcentaje de las calorías que entregan a las personas es tan bajo; por qué hay tanto desperdicio; por qué se distribuyen tantas calorías de manera ineficiente mientras se usan cantidades tan grandes de tierra y recursos.

También es probable que un factor que contribuya sea que aquellos que están en posiciones de poder en la toma de decisiones estén en el Mundo de las Minorías, donde la mayoría de los alimentos se producen industrialmente. Simplemente les parece inverosímil que la agricultura a pequeña escala pueda realmente ser más productiva por hectárea que las grandes granjas industriales. Pero la mayor parte del mundo no obtiene sus alimentos de fuentes industriales. Algunos creen que deberían hacerlo. Pero la eficacia del sistema industrial está lejos de demostrarse, especialmente cuando se tienen en cuenta las pérdidas, el desperdicio y los usos no alimentarios. De hecho, la evidencia apunta directamente en la dirección opuesta.

Es importante que todos nos preguntemos, ¿qué implicaría que la agricultura industrial no pueda (y no lo hace) alimentar al mundo? A medida que la crisis climática se profundiza, nos estamos dando cuenta colectivamente de los inmensos daños del sistema industrial: degradación ambiental, consolidación corporativa, explotación y eliminación cultural. ¿Qué pasaría si en realidad estamos equivocados? De cualquier manera, el tiempo corre y el futuro de nuestros sistemas alimentarios depende de que encontremos la respuesta correcta.

Qué nos ha inspirado esta semana

Este artículo del Transnational Institute sobre pequeños agricultores y el potencial de la agroecología. Contiene la estadística absolutamente asombrosa de que “en la Unión Europea, alrededor del 80 % de los subsidios y el 90 % de los fondos para investigación se destinan a apoyar la agricultura industrial convencional”. Añade otra dimensión a la conversación porque la financiación desigual de la investigación contribuye a la infravaloración de los pequeños agricultores en los sistemas alimentarios.

Este artículo de la Alianza Global para el Futuro de los Alimentos llamado Política del conocimiento (que quizás hayamos compartido antes), pero es una mirada fantástica y profunda de esta conversación, y recomendamos encarecidamente su lectura.

Este recurso,  que también contiene un ensayo en video que explica el papel de los pequeños agricultores en la alimentación del mundo. Tiene mucha información excelente sobre el tema y la desglosa de una manera realmente accesible.

Fuente: https://agrowingculture.substack.com/p/can-small-scale-farmers-feed-the?fbclid=IwAR3HfJCRROW7KUxw4yj6jqv3ghOk4Q83FoTK-EqEigxtPelA7dUhVE8zyrY




Fuentes: Growing Culture

Traducido por Eva Calleja





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viernes, 19 de junio de 2020

Supermanzanas, un proyecto urbanístico para la ciudad poscovid

Expertos reclaman implementar un nuevo diseño urbano, donde la ciudad se organice en pequeñas islas ortogonales accesibles y libres de coches. 
Supermanzanas./ La Casa Encendida
Supermanzanas./ La Casa Encendida
El reto del siglo XXI es el de las ciudades. La situación de emergencia climática urge a la transformación radical de los espacios urbanos hacia un modelo saneado, donde el entorno cotidiano sea devuelto a la ciudadanía. Las áreas metropolitanas viven en una congestión permanente ligada a la supremacía del automóvil y el turismo. Uno de los mecanismos capaces de otorgar cierta quietud a la vida en los barrios es el proyecto de las supermanzanas, desarrollado con éxito en Barcelona o Vitoria, y con el interés de algunos de sus promotores de hacerlo recaer en Madrid, que presentan sus «bondades» en un taller virtual organizado por La Casa Encendida.
Ante problemas complejos como el del tráfico y la contaminación, soluciones sencillas y «baratas», explica José María Ezquiaga, arquitecto, urbanista y sociólogo que forma parte del grupo de especialistas que asesora al Ayuntamiento de Madrid para organizar la ciudad poscovid. Las supermanzanas se presentan como una solución sencilla que organiza la ciudad en células urbanas de unos 400 metros por 400 metros, en cuyo interior se reduce al máximo el tránsito de vehículos privados para dar preferencia al transporte activo a pie o en bicicleta.  
Los vehículos motorizados, como ya se ha implementado en Vitoria, solo transitarían por las vías perimetrales, de tal forma que la ciudad se organizara en una red de pequeñas islas o «pequeños pueblecitos pacificados» donde se dé seguridad al que camina y se puedan tejer nuevos espacios para el comercio local de los residentes, argumenta Salvador Rueda, biólogo experto en ingeniería ambiental y una de las personas que ha trabajado para asentar las supermanzanas en Vitoria-Gasteiz y Barcelona.
«Si queremos cambiar los usos del espacio público, necesitamos liberar el entorno. Ahora mismo el coche ocupa cerca 65% del espacio urbano, mientras que los transportes diarios son del 40% en una ciudad como Barcelona», valora Rueda. Con este proyecto basado en planimetría ortogonal, se permite que los lugares ocupados por coches aparcados o en tránsito sean destinados al paseo, al ocio o al desarrollo de nuevas infraestructuras verdes que den sombra y frescor a la ciudad.
«Si queremos cambiar los usos del espacio público, necesitamos liberar el entorno»
«Hace tiempo que las ciudades europeas pusieron limitaciones al acceso libre de los coches. Hay diversas soluciones y todas, incluida las supermanzanas, tienen en común que buscan disuadir», agrega Ezquiaga, quien señala que el proyecto no busca amurallar los espacios, sino restringir el tránsito de vehículos privados a través de diferentes mecanismos, como el la reducción de la velocidad hasta los 10 kilómetros por hora en las vías interiores. 
Pero no basta con ello. La nueva ciudad –la cual se empieza a articular en algunas zonas de Europa y España como consecuencia de la covid-19– debe ofrecer también alternativas a los residentes, de modo que se rediseñe el transporte público y se acomode a las nuevas circunstancias de la ciudad, además de favorecer la movilidad activa –el paseo o la bicicleta– y reducir el número de carriles reservados a los vehículos privados de combustión interna. «La vía fiscal también es necesaria», agrega Rueda, que pide incrementar, de forma leve y disuasoria, el precio del aparcamiento en el exterior a los residentes que tengan acceso a un parking de cubierto, sea privado o público. «El órgano más sensible de la especie humana es el bolsillo», ironiza el experto.
Con este tipo de medidas complementarias, las supermanzanas de Vitoria han conseguido reducir el tránsito diario de vehículos en cinco años del 37% al 23% y se espera poder disminuir su presencia en la ciudad hasta el 13%, tal y como indica Rueda, que enfatiza en la idea de que éste es el mejor momento para actuar: «No sólo atacamos el problema de la ciudad pospandemia, sino que entramos de cabeza a atajar el problema que tenemos con el reto de la emergencia climática».
La reducción del tráfico en la ciudad y su práctica desaparición –salvo reparto y residentes– en el interior de estas islas, permite rediseñar el espacio y cambiar el asfalto por otros materiales que sean más permeables. «En Madrid, las calles son muy sólidas y tienen una superficie muy importante de hormigón, sobre la que se aplica la capa de rodadura para soportar todo el tráfico. Si lo eliminamos, tenemos la oportunidad de buscar nuevos elementos permeables a la lluvia», indica Ezquiaga.
«Es un buen momento para repensar esto [el turismo] y habilitar la ciudad para residentes»
El asentamiento de este diseño urbano es un reto que se debe complementar de un cambio económico importante. En las grandes ciudades como Madrid o Barcelona, los espacios están entregados de manera permanente al turismo y otras actividades derivadas. Transformar el modelo turístico masivo es fundamental para que las supermanzanas sirvan a la ciudadanía. «Creo que es un buen momento para repensar esto [el turismo] y habilitar la ciudad para residentes. Si el centro urbano no tiene habitantes residentes no es sano y si, encima, carece de niños, lo que tiene es una patología bien grave«, incide Ezquiaga, para recordar como los efectos del turismo tienden a desplazar a los ciudadanos de sus residencias hacia el exterior, por la subida de precios de la vivienda.
Si se establece una analogía entre la pandemia y la crisis urbana, se entiende que los posibles remedios, lejos de ser complejos, pasan por simples métodos. El coronavirus ha demostrado que –hasta la llegada de una vacuna– no hay nada más efectivo que el distanciamiento y unas sencillas mascarillas quirúrgicas. En el caso de la ciudad congestionada y contaminada, las transformaciones pasan por cambios normativos y ordenanzas viales de bajo coste presupuestario.





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domingo, 14 de junio de 2020

¿Son las plataformas eólicas marítimas el futuro?

Las plataformas eólicas marítimas se presentan como una opción de futuro para la transición ecológica, ya que permiten aprovechar al máximo el potencial del viento.

Son las plataformas eólicas marítimas el futuro?

Plataforma eólica offshore. Richard Bartz y Kim Hansen.
La apuesta por la transición ecológica avanza, a pasos cortos y lentos, pero avanza. La inversión por la reconversión al uso de energías renovables es cada vez mayor, así como los esfuerzos destinados a la investigación. En el campo del desarrollo de la energía eólica, un equipo de la Universidad del País Vasco investiga cómo la Inteligencia Artificial (IA) puede ayudar a optimizar los procesos de simulación y de intercambio de datos. Para ello, acaban de lograr a una beca de financiación de Microsoft de 15.000 dólares por la cual podrán acceder a Microsoft Azure, un servicio de computación en la nube.
La idea es invertir en proyectos innovadores basados en la Inteligencia Artificial que puedan dar respuestas a los actuales problemas que nos pone de frente el cambio climático. Lander Galera, estudiante de Doctorado en Ingeniería Física y una de las personas que lidera el proyecto, se centra en el estudio de la dinámica de fluidos computacional (CFD, por sus siglas en inglés), y tiene como objetivo buscar la precisión para que las plataformas eólicas offshore -marítimas- flotantes trabajen de manera más óptima.
Plataformas eólicas terrestres vs plataformas eólicas offshore
Las plataformas eólicas marítimas, ya sean fijas o flotantes, permiten aprovechar más el potencial eólico que las plataformas terrestres. Como apunta a Climática Lander Galera, el potencial eólico es mayor en el mar que en la tierra, ya que allí “no hay obstáculos, tienes más velocidad y el viento es más constante”, por eso las turbinas de este tipo de plataformas suelen ser más grandes. También son más caras, tanto su instalación como su mantenimiento. Sin embargo, con una buena optimización de los recursos puede que se conviertan en la energía limpia con más futuro.
Por su parte, las plataformas eólicas offshore flotantes se presentan, tal y como indica Galera, como una opción de futuro importante en la transición ecológica para todos aquellos países que no tienen plataforma continental, como es el caso de España. “Países como Dinamarca, Bélgica o Gran Bretaña tiene un gran número de granjas eólicas fijas en el mar, porque tienen plataforma continental; ese no es el caso de la costa cantábrica, por ejemplo. Por eso hay que poner la mirada en las plataformas flotantes. La costa gallega o la de las islas Canarias tienen mucho potencial”, asegura. Las plataformas eólicas marítimas fijas suelen cimentarse en el suelo marino, mientras que las flotantes no.  
El papel de la Inteligencia Artificial
El objetivo del estudio del cual forma parte Lander Galera es usar la Inteligencia Artificial para optimizar los procesos en las plataformas eólicas offshore flotantes. “Una de las grandes trabas que tiene esta industria, habitualmente, es la competitividad económica. Al final, para sacar una plataforma flotante que aguante una turbina eólica tienes que probarla durante mucho tiempo y eso implica mucho dinero. Llevarlo a cabo en un laboratorio puede ser extremadamente caro y puede que la empresa interesada finalmente de el paso o no. Una vez se comprueba que todo está bien, se instala un prototipo en el mar, para probarlo en condiciones medioambientales reales, y luego, una vez comprobado que funciona, ya se puede empezar la instalación definitiva, a tamaño real. Todo este proceso es muy caro. Por eso proponemos una simulación computacional más leal a la realidad”, asegura.
Además de optimizar la simulación, el equipo de investigación con el que trabaja Galera, también se centra en la optimización del trasvase de datos entre los diferentes programas que se usan. “Los programas actuales tardan mucho en simular, por eso buscamos la competitividad en cuestión de tiempo”.
La costa gallega en el punto de mira
Esta semana, Ángel Mato, alcalde de Ferrol (PSdeG-PSOE), juntamente con Enrique Mallón, secretario general de la Asociación de Industriales Metalúrgicos (Asime), instaba a las administraciones a apostar por el establecimiento de un parque experimental de plataformas eólicas offshore flotantes en la costa gallega, dado su potencial. Mallón apuntó que la energía eólica debía ser una prioridad en el norte de España y que hay que apostar decididamente por su desarrollo.
Actualmente, en España hay una plataforma eólica con dos turbinas (la primera en el mundo de estas características) en la costa canaria, a 1,3 millas náuticas de la isla de Gran Canaria, la Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN). También en la costa de Vizcaya hay una plataforma de desarrollo para llevar a cabo este tipo de investigaciones, la Biscay Marine Enery Platform (Bimep).


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sábado, 13 de junio de 2020

LOS PÁRAMOS YUNGUEÑOS: ¿AGUA U ORO?

Por Blgo. Donovan F. Osorio Suárez

Docente-Investigador 




Generalmente, los páramos son ecosistemas tropicales húmedos de alta montaña que se encuentra por encima del límite altitudinal del crecimiento continuo del bosque, alrededor de la franja tropical del planeta, pudiendo limitar con las nieves y glaciares de las montañas nevadas tropicales; que están normalmente por encima de 4800 msnm, y  bosques nubosos en su límite inferior,  entre 3000-3500 msnm. Hablamos de áreas tropicales húmedas de alta montaña de América, África, Asia y Oceanía (Balslev& Luteyn, 1992, Moraes, 2006). 

Las formas de crecimiento de las plantas de altas montañas tropicales tienen numerosos ejemplos de convergencia evolutiva, entre  puna, páramo, y otros trópicos de altitud de África y Asia (Rauh 1988). 

Se trata de un conjunto de ecosistemas, por lo general no boscosos, adaptados a condiciones de casi permanente nubosidad, alta humedad, bajas temperaturas, alta radiación solar y baja presión atmosférica. Neblinas, lloviznas, granizos y nevadas.

A estos nuestros páramos australes, o páramos yungueños, también se los puede diferenciar por pisos de vegetación: subpáramo, páramo y superpáramo (pradera húmeda altoandina), pero de los Andes Tropicales centrales, que son parecidos en su composición, diversidad, estructura y fisionomía, a la flora de los Páramos “verdaderos” de los Andes Tropicales del hemisferio norte, pero cerca a la línea ecuatorial;  desde el norte peruano, Ecuador, Colombia Venezuela, Panamá y Costa Rica (Balslev& Luteyn, 1992). 

Los páramos yungueños, aquel tipo de vegetación se extienden desde el norte de Perú y en manchas cada vez más reducidas hacia el norte de Argentina (Halloy 1997, Rangel 2004).

Los páramos yungueños son un tipo de páramo NEOTROPICAL únicos del hemisferio sur, que como  otros páramos del norte, carecen de asteráceas o compuestas del género Espeletia spp. 

Los páramos de Costa Rica y Panamá también carecen de este género, pero son reconocidos como tal, a pesar de que en dichos páramos tampoco se distribuyen las rosáceas del género Polylepis spp. Este género de árboles si están presentes en páramos colombianos, ecuatorianos, sobre todo en aquellos páramos donde sí se distribuye la asteráceae Espeletia spp, pero tambíen en los páramos-jalcas peruanas  y páramos yungueños bolivianos, dónde  no se distribuye el Frailejón. Esta asterácea, de ampla distribución, se limitan a grandes áreas de los páramos de Venezuela, Colombia y Ecuador, pero no así a todos los páramos de esos países. 

Estos paísajes deberían ser visualizados por academia y estado para ser reconocidos como tal, y sean plasmados como ecorregión en los mapas.  Por lo tanto, no habría razón para no denominar a nuestras praderas parámicas húmedas y nubosas como PÁRAMOS yungueños. 


En el libro “PARAMO” -un ecosistema andino bajo influencia humana- editado por Balslev& Luteyn (1992), en un artículo llamado: Aspectos biogeográficos de Cladoniaceae en los páramos presenta un listado de 50 especies de Cladoniaceae (hongos ascomicetos que forman líquenes) registradas en los páramos y subpáramos andinos desde Costa Rica hasta Bolivia. Concluye que las Cladoniaceae son comunes en numerosas comunidades del páramo y del pajonal, pero menos abundantes en el subpáramo (Ahti, 1992). Esta información es importante para agregar a los páramos yungueños bolivianos dentro los demás páramos neotropicales.


UBICACIÓN, GEOMORFOLOGÍA Y FISIOGRAFÍA



Según Beck& García (2006), Ribera (1992), Paniagua-Zambrana, N, Maldonado, C Goyzueta & Claudia Chumacero-Moscoso. (2003), Fuentes (2005) Sevilla-Callejo, M (2012) una franja no continúa en la Cordillera Oriental, por encima de los bosques montañosos, entre 3000-3.300 msnm para el subpáramo, 3400-3.800 msnm para el páramo como tal, y por encima de 3800 hasta 4.300 (4500) msnm la pradera altoandina húmeda de los Yungas de La Paz, Cochabamba, y Santa Cruz (Siberia). 

Ocupa situaciones topográficas y climáticas particulares que permiten diferenciarla de la PUNA, pero en la vertiente oriental de la cordillera real, con un rango altitudinal similar, pero en una región montañosa de relieve mayormente abrupto a inclinado, con valles profundos de origen glaciar, no existen grandes extensiones planas. Suelos de origen fluvioglacial en los valles, superficiales primarios en laderas y crestas 





CLIMA


El páramo yungueño de La Paz se diferencia de la puna húmeda por sus condiciones casi hiper húmedas. En la estación meteorológica de Cotapata, a 3.200 m.s.n.m, se midieron precipitaciones por debajo de 100 mm solamente para los meses de junio y julio mientras que, para el periodo entre octubre 1995 y septiembre 1996, se registraron 3485 mm (Capra,1996).

La estación Incachaca en Cochabamba, a una altitud de 3800 msnm registra una precipitación media anual cercana a 2000 mm, repartidos en por lo menos 10 meses húmedos. Las condiciones climáticas de esta ecoregión en cuanto a termicidad son oligotérmicas con temperaturas promedio anuales desde menos de 5°C hasta 12 °C con fuerte influencia de los vientos cordilleranos y frecuentes heladas gran parte del año. (Ribera, 1992)





Una característica relevante es la presencia frecuente de neblinas mojadoras, finas lloviznas, las cuales se condensan entre las hojas produciendo un goteo hacia abajo. Las condiciones de alta humedad atmosférica y condensación aumentan según la mayor exposición de las laderas o crestas al paso de los vientos. La frecuencia alta de nubes y neblina, acompañada de lloviznas sobre las fuertes pendientes de sus laderas






ECOSISTEMAS, ECOREGIONES Y BIOGEOGRAFÍA


Comunidades y ecosistemas afines en estructura, función, compuestos por Pajonales, praderas, pastizales, herbazales, bosques y arbustales, turberas, bofedales, lagunas de origen glaciar, roquedales, etc., que forman paisajes de la ecoregión páramo yungueño (Ribero, Beck, Paniagua-Zambrana, Maldonado-Goyzueta & Chumacero-Moscoso) entre 3000- 4300 msnm que (Sevilla-Callejo, 2012) pertenecen al Reino Neotropical, Región Andes Tropicales (Navarro, 2011)

VIDEO





CONCEPTOS DE ECOSISTEMA, ECOREGIÓN Y BIOGEOGRAFÍA PARA ENTENDER LOS PÁRAMOS YUNGUEÑOS



VEGETACIÓN

Conjunto de comunidades, asociaciones de diferentes tipos de crecimiento y habito de plantas que conforman ecosistemas mayormente asociados a praderas y pastizales, con algunos bosques, y arbustos adaptados a las condiciones de frío y humedad. La vegetación se caracteriza por pajonales altos con especies de Cortaderia, Deyeuxia, Festuca, Calamagrostis, Carex y Poa, chusqueales con gramíneas bambusoides de Chusquea (Ch. depauperata y otras), especies no descritas de Neurolepis y ejemplares raros de otras gramíneas herbáceas como Aphanelytrum procumbens y Hierochloe redolens.  Entre esos pastos se aprecian arbustos de Chilcas y Tolas (Baccharis spp) y bromeliáceas del género Puya spp.

Entre los 3800-4300 (4500)  msnm, en el límite con el piso altoandino húmedo, está el  "superpáramo",  se aprecian pastos y pajonales de los géneros, Aciachne, Deyeuxia, Poa, Carex, Dielsiochloa, Anthochloa, hierbas como Nototriche, Perezia, Valeriana. Resalta en el paisaje uno de los pocos arbustos como Senecio rufescens. En los bofedales apreciamos Juncáceas como Distichia muscoides que forma cojines con Oxychloe andina y Plantago tubulosa. También se aprecian ciperáceas como Carex y Scirpus. La orquídea Myrosmodes paludosum junto con hierbas de Asteráceas o compuestas de los géneros, Cuatrecasasiella, Hypochaeris, Werneria, Oritrophium, Campanuláceas de los géneros Hypsela Lysipomia, Gentianaceas de los géneros Gentiana, Gentianella y Escrofulariáceas Castillea, Ourisia. Helechos del género Elaphoglossum y un tipo de yareta Azorella biloba. En los pastizales se distribuye Lachemilla pinnata. (Beck, Paniagua, 2010). 

Debajo de los pajonales o del césped bajo, sobre los 3.800 m.s.n.m en la franja de condensación y acumulación de nubes, se forman bosquecillos de Polylepis pepei con un tapiz de 50 cm de espesor, formado por especies del briófito Sphagnum spp (Beck, 2006)

En el páramo yungueño (3400-3800 msnm) se encuentran franjas y manchas de pajonales, matorrales casi siempre húmedos, con aporte hídrico mayormente horizontal, es decir niebla. Los géneros más comunes son Stipa, Festuca, Brachyotum, Satureja, Mutisia, Chuquiraga, Baccharis, Calceolaria y Gnaphalium. Destacan también comunidades de Puya raimondii y la presencia de muchas especies de la familia Ericaceae, estas últimas con uso potencial como alimento. En lugares abiertos por el pastoreo intenso se forma un césped bajo. Entre las matas de gramíneas crecen postradas sobre el suelo las siguientes especies: arbusto Miconia chionophylla, herbáceas de Arcytophyllum, Oriotrophium, Laedstadia, helecho Jamesonia,  y a veces unos helechos con un pequeño fuste, Blechnum (Lomariocycas) spp. Otros arbustos y subarbustos comunes del área son especies de las compuestas Baccharis, Gynoxys, Loricaria, Senecio, y arbolitos de Buddleja montana, Escallonia myrtilloides e Hypericum laricifolium. Por debajo de esta altitud aumenta las orquídeas y melastomatáceas.

En las manchas de bosque de ceja de monte, el subpáramo,  hacia el límite inferior, por debajo de 3400 msnm, abundan los chusqueales (Chusquea spp) y Gunnera spp. Se aprecian géneros de árboles tales como Morella, Oreopanax, Gaultheria, Weinmannia, Alnus, Clusia, Miconia, Nectandra, Clethra, Cedrela, Prunus, Myrica, Myrsine,  y coníferas nativas Pectinopitys, Prumnopitys, Retrophyllum. Incluso se ha reportado tres especies de palmeras que llegan a distrbuirse hasta 3000-3200 msnm,  como Geonoma megalosphapata,  y dos especies del género Ceroxylon;  C. pityrophyllum y C. parvifrons. (Moraes, 2014)






















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FAUNA


Mamíferos característicos del Reino Neotropical, Región de los Andes tropicales, propios (no necesariamente exclusivos) de los páramos,  que pueden actuar como especies claves o bandera para la conservación,  y manejo de grandes paisajes, por ende, del resto de la biodiversidad; tenemos al Jucumari(Tremarctos ornatus), Taruca (Hippocamelus antisensis) Zorro (Lycalopex culpaeus) Cóndor (Vultur gryphus), Puma (Puma concolor), Titis o gatos andinos (Leopardus spp) conejo (Sylvilagus brasiliensis), venado de cola blanca (Odocoileus virginianus), varias especies de roedores, murciélagos, y varias especies de águilas, gaviotas, patos, búhos y colibríes, así como una importante diversidad de otros reptiles, anfibios, peces, moluscos y artrópodos andinos de ambientes húmedos. Existen poblaciones de caballos asilvestrados (Ríos-Uzeda, 2001, Ribero& Liberman 2006)








VÍDEO BIODIVERSIDAD



DIVERSIDAD ENFOCADA A FUNCIONES ECOLÓGICAS Y SERVICIOS SOCIO-AMBIENTALES PARA ENTENDER LOS PÁRAMOS EN BOLIVIA.


RELACIÓN CON LOS HUMANOS: PAISAJES CULTURALES-NATURALES


Pocos trabajos se publicaron para estos ecosistemas en Bolivia (Ribera 1992, Capra 1996, Beck 1995, 1998) a pesar que numerosos viajeros y exploradores a lomo de mula de los siglos pasados, se refirieron a ellos, como lo hizo Troll (1959).


En estos páramos yungueños no se tienen las condiciones climáticas favorables para el uso agropecuario extensivo. En la actualidad casi no vive gente allá, pero el paisaje y la cobertura vegetal muestran signos de la presencia humana. Ocasionalmente se encuentran senderos empedrados y escalonados, llamados caminos del Inca, con restos de muros de las casas construidas por culturas pasadas. En la época de la Conquista y con el auge de la minería aumentaron los senderos. 

La explotación minera favoreció los asentamientos permanentes, donde vivían familias con cultivos y hatos de ganado (García & Beck, 2006)


Prevalecen cultivos de papa (Solanum tuberosum), Isaño (Tropaeolum tuberosum), oca (Oxalis tuberosum) Papalisa (Ullucus tuberosus), habas (Vicia faba) Tarwi (Lupinus mutabilis) cebada y avena. Cerca de la casas y caminos se pueden ver con frecuencia árboles de Uvilla (Sambucus peruviana)



Es casi seguro que esta influencia humana puntual no es la causa de la transformación del paisaje boscoso de estos ambientes en un pajonal,  ni el pastoreo incipiente, sino más bien las quemas ocasionales. Hasta hoy en día –en años de extrema sequía– los incendios mantienen estos ecosistemas (Laegaard 1992). 

En varias zonas del páramo yungueño continúa el pastoreo y la explotación de maderas, cañas y leña. La comparación de la vegetación en el mismo piso altitudinal muestra ecosistemas distintos: El bosque bajo natural con numerosas especies endémicas y de distribución restringida fue cambiado a un mosaico de pajonal y bosque con especies, en su mayoría de distribución amplia y resistente a las quemas periódicas. La tendencia en el aumento de las sequías amenaza la sobrevivencia de estos fragmentos y de los bosques húmedos de la ceja de monte.

FUNCIÓN ECOLOGÍA Y SERVICIOS SOCIOAMBIENTALES


Debido a su gran altitud, cercanía a la línea ecuatorial,  pero sobre todo a la exposición (barlovento) que tienen las masas montañosas a los vientos alisios, que al ascender se enfrían y condensan, produciendo lluvias orográficas, en formas de llovizna y neblinas, casi todo el año, es sin duda el mayor valor de estos paisajes sombríos: generació de agua.

Sin duda, son paisajes que ameritan una planificación estratégica para su  conservación y manejo, sobre todo lo relativo a cuencas y biodiversidad:  paisajes y seres vivos asociados a la captación de agua. Tiene un potencial para los sistemas agroforestales y permaculturales dado sus suelos profundos y orgánicos, e inmensa cantidad de agua disponible. Se podría implementar energía hidroeléctrica en pequeñas centrales,  aprovechando la pendiente sin tener que dañar las cuencas con mega represas.


AMENAZAS


Se tratan de paisajes naturales y culturales de inminente recarga hídrica, cabeceras y divisorias de cuencas, donde se esta practicando una actividad minera descontrolada, que contamina por uso ineficiente de mercurio, y otras tecnologías obsoletas. 

Esta economía, que no resuelven problemas sociales de las poblaciones que habitan la ecorregión, estaría mas bien agravándo la situación a largo plazo, dada la contaminación que provoca el uso de mercurio,  sin considerar la cualidad y cantidad de agua que estos ecosistemas generan,  perjudicando a otras poblaciones aguas abajo. Áreas protegidas como los parques nacionales, y áreas naturales de manejo integrado;  Madidi y Cotapata están siendo afectadas por estas actividades.


¿QUÉ SON LOS PÁRAMOS YUNGUEÑOS?




Ve este vídeo hasta el minuto 23 y entra al siguiente vídeo:  

Que son los Paramos?




VEGETACIÓN PAISAJES NATURALES Y CULTURALES DE LA ECOREGIÓN PÁRAMO YUNGUEÑO.






BIBLIOGRAFÍA

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García. E & S. Beck (2006). Puna. Botánica Económica de los Andes Centrales Editores: M. Moraes R., B. Øllgaard, L. P. Kvist, F. Borchsenius & H. Balslev Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, 2006: 51-76.

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