Fuentes: Virginia Bolten [Foto: Verónica Raffaelli]
En los últimos días se dio a conocer un avance en las negociaciones para la construcción e instalación de una nueva central nuclear —con fondos e inversión China— donde mediante reunión virtual estuvieron el secretario de Energía, Darío Martínez, el embajador argentino en China, Sabino Vaca Narvaja y el director de Nucleoeléctrica Argentina, Isidro Baschar, con directivos de la Agencia Nacional de Energía de China (NEA) y la Corporación Nuclear Nacional de China (CNNC).
Sin embargo, también se supo que Rusia intenta hacer presencia fuerte en argentina, impulsando la construcción de una central flotante con fondos rusos, aprovechando la extensa plataforma marina que posee el territorio, y con el actual respaldo de la vacuna Sputnik V.
Esto ratifica la insistencia de los gobiernos en este territorio de seguir apostándole a lo nuclear como salida a las necesidades energéticas, pero a su vez, a lavar la cara a una industria que amenaza al medioambiente y a la humanidad. A continuación, se explican las amenazas que trae este pronunciamiento.
La ley 25022, sancionada en el año 1998, aprueba la total prohibición de ensayos nucleares a nivel mundial, adoptada a partir de la recomendación de la Asamblea General de Naciones Unidas. Sin embargo, fue necesario el tratado de prohibición de armas nucleares, cuyo acuerdo internacional se realizó en el año 2017, que prohíbe el desarrollo, producción y almacenamiento de armamento nuclear con miras a su total eliminación.
Para su entrada en vigor, fue ratificado por 50 países en octubre de 2020, lo necesario para convertirlo en ley internacional, que tendría vigencia a partir del 22 de enero del año 2021. Lo preocupante es que dicho acuerdo no ha sido firmado por las potencias atómicas: Francia, Reino Unido, China, Rusia y Estados Unidos. Y según un informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), se calcula que estos cinco países, junto con India, Pakistán, Israel y Corea del Norte, poseen un arsenal de 13.400 armas nucleares. Así como tampoco fue ratificado por ciertos países miembros de la OTAN.
Para la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), este tipo de actividades sigue proliferando en países como Bélgica, Alemania, Países Bajos, Italia y Turquía, albergando entre todas, alrededor de 150 armas nucleares estadounidenses.
Existen actualmente alrededor de 440 centrales nucleares en todo el mundo, y están camino a construcción 50 más, en países como China, India, Pakistán, Bangladesh, Bielorrusia, Turquía y Emiratos Árabes.
Pese a la actual pandemia de covid-19, las nueve naciones nucleares del planeta aumentaron en 2020 el gasto en arsenales de armas atómicas a 1.400 millones de dólares, revela un nuevo informe también de (ICAN). Según el documento, publicado este lunes, las nueve potencias gastaron el año pasado un total de 72.600 millones de dólares en sus armas nucleares.
América Latina, en particular, viene desarrollando un papel importante avalando la prohibición de armas nucleares en toda la región, y varios de esos países han firmado el tratado internacional. Pero en el caso del territorio denominado Argentina, decidió no suscribir al último acuerdo.
El territorio cuenta ya con la Central Nuclear Atucha I que aporta energía desde 1974, situada en la localidad de Lima, partido de Zárate. La Central Nuclear Atucha II es una nucleoeléctrica con una potencia bruta de 745 MW, a base de uranio natural y agua pesada, y está situada en el mismo complejo que Atucha I. Y la Central Nuclear Embalse se encuentra situada en la costa sur del Embalse del Río Tercero, provincia de Córdoba, a 665 msnm., siendo de tipo CANDU (Canadian Uranium Deuterium), y pertenece al tipo de centrales de tubos de presión, que utiliza como combustible el uranio natural y su refrigerante y moderador es el agua pesada.
Repasando, allá por el año 2015, y durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, cabe recordar, se aprobó mediante un convenio, la instalación de dos centrales nucleares más: proyecto Atucha III con una tecnología canadiense, y otra con tecnología china.
El acuerdo nuclear está en línea con la “alianza estratégica integral” firmada entre Argentina y China. Durante dicho gobierno, los dos países firmaron más de 20 tratados.El proyecto Atucha III contempla la construcción de una central nuclear de tecnología china, Hualong que se trata de un reactor de 1.200 MW que permitiría sostener la capacidad instalada de origen nuclear en la matriz energética, y se ubicaría en el Complejo Nuclear Atucha situado en la localidad de Lima, Provincia de Buenos Aires.
Más tarde durante el año 2018 —ya con la presidencia de Mauricio Macri— en la cumbre del G20, Argentina y Rusia firmaron un documento estratégico de colaboración en el uso de energía nuclear, el mismo incluyó la posibilidad de construir una central nuclear flotante y otra de alta potencia.
Pero fuera del debate si es con fondos chinos o rusos, existe otro del cual se habla poco, que es acerca de los verdaderos fines de las centrales nucleares, sus impactos socio-ambientales y la amenaza escalofriante que representa.
Existe un discurso, sobre la supuesta importancia de las centrales como proveedoras de energía, así como también por ser consideradas como “seguras y baratas”. Pero, ¿es realmente esto así?
La tecnología pacífica y la tecnología militar son en verdad la misma cosa, es decir, se construyen centrales nucleares que producen electricidad, para luego fabricar bombas, como explica el economista Antonio Brailovsky.
La materia prima para la fabricación de las mismas es el plutonio (utilizado para recubrir todo tipo de munición), elemento que no se encuentra en la naturaleza, y que sólo se genera en las centrales eléctricas nucleares, quemando el combustible de las mismas (reprocesamiento). Y es por ello, que se sustenta con el gran apoyo financiero, por parte de ciertos gobiernos.
Un informe de la Agencia Internacional de Energía (IEA) muestra que en 2008 a nivel mundial, “la fisión y fusión nuclear atrajo el 40% del presupuesto gubernamental destinado a investigación y desarrollo de energías (78% del cual fue destinado a reactores de fisión tradicionales)”. Para el caso de argentina, entre 2003 y 2014, se invirtieron en el país más de U$S 11.000 millones en materia nuclear. Pero, ¿por qué no se invierte eso mismo en energías renovables?
Y lo cierto es que —tal como lo ha expresado la revista francesa ”Mundo Científico”— todos los países que dominan esta tecnología disponen, aunque sea a nivel laboratorio, de los medios para fabricar armamento nuclear. Y la historia nos da ejemplos de ello, países que comenzaron con el mismo discurso “pacífico” pero que, en cuanto tuvieron las condiciones políticas, detonaron las primeras bombas (Antonio Brailovsky).
Entonces, sabiendo que existen otras formas de generar energía, menos peligrosas como las renovables, es evidente porqué se sigue destinando presupuestos irrisorios para tal fin.
Impactos y consecuencias
Además de la amenaza bélica que representa la construcción de centrales nucleares, existen otros riesgos de los que poco se habla. Tal es así los ya conocidos accidentes nucleares con pérdidas de radiactividad al exterior, como fue el caso de: Francia (1969), Estados Unidos (1979), Ucrania, Chernóbil (1986) el mayor accidente conocido, Japón (1999), Estados Unidos (2000).
Las centrales nucleares en funcionamiento normal (como Atucha) descargan radionucleidos al ambiente, el más significativo es el tritio, y se han detectado en algunas muestras de sedimentos y de suelos, trazas de cobalto-60, un producto de activación formado principalmente en el viejo reactor.
Debemos hablar también de impactos por contaminación con uranio de aguas, ríos y napas subterráneas, acumulación de residuos tóxicos, basureros nucleares, enterramiento de plutonio, que conlleva a enfermedades cancerígenas, malformaciones, infertilidad, problemas neurológicos, mutación de especies animales, hacia la población circundante.
Y no olvidemos tampoco que otra pieza aquí fundamental es la minería de uranio, que cumple una función importante para poder armar las barras de combustibles para los reactores y generar así el subproducto de plutonio. Por lo que la fuerte y constante presencia de este tipo de minería en territorio sudamericano tiene su elocuente motivo.
Por último y como dato no menor, una central atómica tiene una vida útil de unos 30 años, la cual luego se convierte en un gran basurero radiactivo. Sumado a la enorme cantidad de agua que se requiere, y por lo tanto a su ubicación en lugares estratégicos, de gran presencia poblacional, generan una verdadera amenaza que parecen no contemplar los gobiernos.
Pero paradójicamente desmantelar una central nuclear es mucho más costoso que instalarla, por lo que destinar presupuesto a ello, tampoco está en la agenda.
Fuentes:
Antonio Brailovsky, Esta, nuestra única tierra (2009). Ed. Maipue
Noam Chomsky advertía recientemente de que, una vez superada la emergencia del covid19, habrá que enfrentarse con la amenaza nuclear y con el calentamiento global. Alejandro Pedregal, escritor, cineasta y profesor, autor de Evelia: testimonio de Guerrero (Akal/Foca, 2019) analiza los desafíos del ecologismo ante la amenaza de la nueva carrera nuclear y la geoingeniería.
A finales del pasado enero, el Boletín de Científicos Atómicos —que desde 1945 es un referente ineludible acerca de aquellas cuestiones científicas y de seguridad que los avances tecnológicos tienen sobre la humanidad—, publicó su Declaración del Reloj del Juicio Final 2020. En esta Declaración, el Boletín advertía que “la situación de la seguridad internacional es ahora más peligrosa de lo que ha sido nunca, incluso en el apogeo de la Guerra Fría”.
Asimismo, destacaba que la humanidad “continúa enfrentando dos peligros existenciales simultáneos: la guerra nuclear y el cambio climático, que se ven agravados por un multiplicador de amenazas, una guerra de información cibernética, que socava la capacidad de respuesta de la sociedad”. Y subrayaba que la situación se veía agravada “porque los líderes mundiales han permitido que la infraestructura política internacional para gestionarlos se erosione”, alertando sobre la absoluta ausencia de planes por parte de Estados Unidos para reanudar las conversaciones sobre el control de armas nucleares con Rusia, país contra el que, junto a China, “se ha adoptado un tono intimidatorio y burlón”.
Para reflejar lo alarmante de la situación, el Boletín situó su Reloj del Juicio Final a cien segundos de la medianoche. Este reloj, creado en 1947 y reconocido “universalmente como indicador de la vulnerabilidad del mundo ante la catástrofe por armas nucleares, cambio climático, y tecnologías disruptivas en otros ámbitos”, relaciona simbólicamente, para expresar la situación de “las amenazas a la humanidad y al planeta”, la cuenta atrás previa a toda explosión nuclear con la medianoche que anuncia la llegada del Apocalipsis en el libro de las Revelaciones del Nuevo Testamento.
Al adelantar el Reloj del Juicio Final 20 segundos en 2020, hasta las 23:58:20, nunca antes había estado tan cerca de la medianoche. El Boletín advertía así de la alarmante proximidad de la humanidad a su autodestrucción
El Reloj posiciona su hora cada año de acuerdo al criterio del Consejo de Ciencia y Seguridad del Boletín y su Consejo de Patrocinadores, que incluye a trece Premios Nobel. Estaba en 2017 a dos minutos y medio para la medianoche, y pasó a dos en 2018, distancia a la que se mantuvo en 2019. Al adelantarlo en 2020 veinte segundos, hasta las 23:58.20, nunca antes había estado tan cerca de la medianoche. El Boletín advertía así de la alarmante proximidad de la humanidad a su autodestrucción.
Como ha señalado Noam Chomsky, la crisis del coronavirus pasará y, a pesar de sus “consecuencias aterradoras”, entonces continuarán frente a nuestros ojos los dos desafíos más amenazadores de nuestra época: la guerra nuclear y el calentamiento global
La Declaración obtuvo una cierta atención mediática, pero pronto sus implicaciones quedaron enterradas bajo la emergencia sanitaria del covid19. Sin embargo, como ha señalado Noam Chomsky a DiEM25 haciéndose eco del informe del Boletín, la crisis del coronavirus pasará y, a pesar de sus “consecuencias aterradoras”, entonces continuarán frente a nuestros ojos los dos desafíos más amenazadores de nuestra época: la guerra nuclear y el calentamiento global. Ante este panorama conviene repasar ciertos acontecimientos recientes, los cuales parecen proyectar escenarios que algunos creían pasados, para así reposicionar la inquietante amenaza nuclear en tiempos de cambio climático.
Por si esto fuera poco, la relación entre el campo de la investigación armamentística nuclear y el de algunas propuestas para resolver la actual catástrofe ecosocial —que podrían ganar relevancia ante la probable agudización de esta después del impasse productivo actual—, manifiesta concepciones y prácticas preocupantes, sobre las que un movimiento ecologista en crecimiento —organizativo y espontáneo— como el actual, debe ahondar para preparar su acción. Al mismo tiempo, estos elementos podrían servir incluso para redescubrir vínculos y preocupaciones que parecían ya olvidados, y así repensar y reformular aspectos esenciales para afrontar algunas cuestiones tácticas y estratégicas en la larga lucha por un reequilibrio entre las esferas de la vida social y natural.
LA EXCUSA PARA UNA NUEVA CARRERA NUCLEAR
A los pocos días de la publicación de la Declaración del Boletín, mientras los espectadores del mundo entero se entretenían con la teatralidad de un impeachment del que ya conocían su resolución, la Federación de Científicos Estadounidenses (FAS, por sus siglas en inglés) desvelaba, en un artículo de Hans M. Kristensen, director del Proyecto de Información Nuclear de FAS, y el periodista y consultor para la organización, William M. Arkin, que a finales de 2019 la Marina había movilizado un submarino Trident armado por primera vez con el nuevo misil nuclear de bajo rendimiento (low-yield nuclear warhead) W76-2, con un tercio de la capacidad destructora de la bomba lanzada sobre Hiroshima.
La fabricación de este misil se había anunciado en 2018 por medio de una nueva Revisión de la Postura Nuclear (NPR). Las NPR sirven para definir el papel del armamento nuclear en la estrategia de seguridad de los Estados Unidos. En esta NPR, Trump había indicado que Estados Unidos no contaba con una capacidad nuclear “rápida” para disuadir a Rusia de utilizar su armamento nuclear táctico. Y así, el nuevo W76-2 debía “ayudar a contrarrestar cualquier percepción errónea de una ‘brecha’ explotable en las capacidades de disuasión regional de Estados Unidos”, en clara alusión a Rusia.
De este modo, esta iniciativa señalaba a una presunta táctica rusa de “escalar-para-desescalar” (escalate-to-deescalate), según la cual, entre sus planes en un conflicto regional, Rusia consideraba la posibilidad de escalar sus ataques convencionales a nucleares de manera limitada, con el fin de sorprender a su adversario para posteriormente negociar la paz en ventaja.
Sin embargo, Kristensen y Arkin advertían de que “no hay ninguna evidencia firme de que una decisión nuclear rusa sobre el riesgo que involucra una escalada nuclear dependa del rendimiento de algún arma nuclear estadounidense”. Y añadían que “Estados Unidos ya dispone de una gran cantidad de armas en su arsenal nuclear que tienen opciones de bajo rendimiento, alrededor de 1.000 según nuestra estimación”.
En 2019, Trump sacó a EE UU del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio, vigente desde 1988, por el que se limitaba un amplio tipo de misiles balísticos y de crucero. A los pocos meses, EE UU comenzó una serie de pruebas con misiles prohibidos en el tratado
La fabricación del misil W76-2 y la amenaza de que, por sus cualidades de despliegue rápido y su relativamente baja capacidad destructiva, sea más factible que se haga uso de él con fines “preventivos” —para utilizar un eufemismo de la política militar—, es solo una más de las múltiples noticias preocupantes relacionadas con la industria militar nuclear estadounidense en los últimos años.
Y es que en el mismo 2019, Trump sacó a Estados Unidos del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF), vigente desde 1988, por el que se limitaba un amplio tipo de misiles balísticos y de crucero. A los pocos meses, Estados Unidos comenzó una serie de pruebas con misiles prohibidos en el tratado —ensayos que han continuado y a los que hay que añadir otros igualmente amenazadores, incluso durante la crisis del covid19—.
El presidente estadounidense también se ha mostrado contrario a extender el acuerdo New START con Rusia, que expira en 2021, el último de los tratados que aún limita los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia. A este respecto, Richard Burt, antiguo embajador con George Bush padre que negoció el acuerdo original START I, firmado en 1991, ha mostrado su preocupación por la pasividad con la que Trump permite expirar el New START, ya que esto “elimina las vallas de contención nucleares”.
No es la única voz autorizada que ha manifestado su preocupación. Scott Ritter, antiguo inspector de armas de la ONU y oficial de Marines que ayudó a implementar el INF, ha mostrado su preocupación por “el fin del control armamentístico y el principio de una nueva carrera que sería muy desestabilizadora”, después de la Guerra Fría.
Por su parte, el Premio Pulitzer y especialista en política exterior estadounidense, Fred Kaplan, ha destacado “el peligroso sin sentido” del nuevo misil nuclear ante la idoneidad de “mantener el umbral entre la guerra convencional y la nuclear lo más alto posible”. Del mismo modo, William M. Arkin, coautor del artículo de FAS y autor de importantes libros sobre el tema, ha señalado que las nuevas armas permitirían a Trump escalar la crisis con Irán a nivel nuclear, “casi al estilo de Hiroshima, (…) para prevenir una guerra total más amplia y teóricamente más destructiva”.
En febrero Trump desveló el plan para crear un nuevo misil nuclear W93 para submarinos, como parte de un incremento en 19.800 millones de dólares para la Administración Nacional de Seguridad Nuclear
Además, en febrero Trump desveló el plan para crear un nuevo misil nuclear W93 para submarinos, como parte de un incremento en 19.800 millones de dólares para la Administración Nacional de Seguridad Nuclear. El presupuesto de esta agencia, dedicada al mantenimiento y desarrollo del arsenal, ha aumentado en más de un 50% desde que Trump accediera a la presidencia en 2017, mientras la inversión militar general continúa desbocada.
Y estas cifras resultan aún más inquietantes a la luz del perfil del inquilino de la Casa Blanca, porque, a pesar de que, como dice Ritter, Trump “heredó el fracaso de la visión de Obama” —quien promulgó el New START, pero lanzó un programa billonario de modernización del arsenal nuclear y permitió que se alimentara la idea falsa de que Irán buscaba desarrollar armas nucleares—, según recoge Arkin varios oficiales del Pentágono han subrayado que “si le presentamos a Trump un centenar de opciones sobre qué hacer en una determinada crisis, y solo una de ellas es nuclear, podría ir hasta el final de la lista y elegir la más catastrófica”. Y para militares con más de 35 años en el ejército, resulta una sombría novedad tener que preocuparse por primera vez por “la personalidad del presidente al presentarle opciones militares” y sus “inseguridades nucleares”.
Así, la particular carrera nuclear que Estados Unidos ha reanudado aparece hoy como una de las políticas más amenazadoras en su confrontación con Rusia —y, en otro nivel, con China—. La excusa estadounidense del escalate-to-deescalate ruso con el fin de escalar su propia carrera armamentítica replica así la misma lógica de desconfianza propia de los peores tiempos de la Guerra Fría que condujo a la escalada infinita que durante tanto tiempo amenazó la existencia de toda la humanidad.
El hecho de que además esta carrera reciba una atención mediática menor debilita una respuesta crítica potencial a diferentes niveles. Y entre estos, el desconocimiento generalizado en buena parte de la ciudadanía amortigua su propia capacidad para contrarrestar la turbadora combinación que pudiera darse entre la amenaza nuclear y la práctica despótica del poder.
DE LA CARRERA NUCLEAR A LA GEOINGENIERÍA
No es esta lógica desestabilizadora, sin embargo, la única reminiscencia de la Guerra Fría que este escenario nos ofrece. Para aquellos preocupados por el nexo aún latente entre la amenaza nuclear y el cambio climático, y las sombras que este proyecta sobre la vida en el planeta hoy, otros elementos residuales de aquella época en ciencia y política pueden resultar incluso más perversos.
Y es que, más allá del vínculo entre el desarrollo del militarismo nuclear y el principio de la Gran Aceleración —la extrema alteración de los ecosistemas terrestres provocada por la actividad humana a partir de mediados del siglo XX—, sigue dominando en la actualidad, entre amplios estamentos del poder político y fáctico, una concepción hegemónica sobre la relación con nuestro entorno de gran impacto para enfrentar la catástrofe ecosocial que vivimos. Para dar cuenta de ella, recurriré al ejemplo del Lawrence Livermore National Laboratory (LLNL) por medio del trabajo del profesor de ética pública de la Universidad de Canberra, Clive Hamilton.
El LLNL fue un ente clave del complejo industrial-militar estadounidense en la Guerra Fría, fundado en 1952 para competir con el laboratorio de armas nucleares Los Alamos National Laboratory, que se estableció en 1942 como parte del Proyecto Manhattan. Mientras el primer director de este, J. Robert Oppenheimer, considerado el padre de la bomba atómica, abandonaba Los Alamos al final de la guerra y apostaba por limitar la proliferación de las armas nucleares, sus subordinados en el Proyecto Manhattan, Edward Teller y Ernst Lawrence, cofundaban el LLNL. Teller, uno de los padres de la bomba de hidrógeno, fue quien pujó más fuerte por crear este segundo laboratorio.
Pero la relación entre Oppenheimer y Teller refleja también la compleja relación entre la investigación científica y la política. En medio de las persecuciones anticomunistas de los años 50, Teller declaró contra su antiguo superior ante la Comisión de Energía Atómica (AEC) para que se le revocara su acceso a información clasificada.
Oppenheimer sería apartado de todo programa público, mientras Teller —como Lawrence y tantos otros— vería crecer su influencia política de manera significativa. A lo largo de una extensa carrera en la que llegó a abogar por el uso de armas nucleares para la ingeniería civil, Teller traduciría esta influencia en abundantes apoyos a la investigación nuclear con fines militares. Su papel decisivo sobre la carrera armamentística —hasta el punto de recibir el apoyo de Ronald Reagan para la Iniciativa de Defensa Estratégica (o Guerra de las Galaxias), que recibió múltiples burlas de la comunidad científica— le llevó a ser considerado “el científico más poderoso del mundo” y “el héroe de la ciencia para la derecha republicana”.
Sin embargo, con los tratados que limitaban la proliferación y creación de armas nucleares y el fin de la Guerra Fría, el LLNL tendría que reconvertirse. Y en junio de 1991, un “milagro” le dio una nueva oportunidad: el monte Pinatubo, en Filipinas, entró en erupción con tal potencia que inyectó la estratosfera con el mayor volumen de aerosol de ácido sulfúrico jamás registrado. El fenómeno redujo la luz que entra en la Tierra en un 10%, y así la temperatura se redujo en 0.4 grados centígrados aquel año, al tiempo que una gran destrucción de ozono en la atmósfera disminuía su presencia hasta los niveles más bajos. Teller y sus discípulos, muchos de ellos vinculados al LLNL, comenzaron entonces a promover la idea de esparcir aerosol de sulfato para paliar el calentamiento global —una propuesta realizada por primera vez en 1974 por el climatólogo soviético Mijaíl Budyko, aunque en su caso era para proteger al planeta del crecimiento insaciable capitalista—. Ensalzando la intervención tecnológica frente a las “medidas internacionales centradas en las prohibiciones”, Teller y los suyos se metieron de lleno a promocionar proyectos de intervención a gran escala sobre los sistemas naturales para contrarrestar el cambio climático; es decir, a promocionar la geoingeniería.
En las últimas décadas, la geoingeniería ha continuado siendo debatida dentro de la comunidad científica, con enfrentamientos entre apologistas, como el físico David Keith de la Universidad de Harvard —y propietario de una empresa pionera en el sector—, y escépticos, como el climatólogo Alan Robock de Universidad Rutgers.
El capitalismo fósil ve en estos proyectos de “destrucción creativa” de la geoingeniería una alternativa a las limitaciones de las emisiones, con la jugosa perspectiva de la recuperación mejorada de petróleo por medio del CO2 capturado en el horizonte
Además, ha aumentado su menú de propuestas, tanto en la Gestión de la Radiación Solar (SRM) como en lo que se llaman Tecnologías de Emisiones Negativas (NETs) o Eliminación de Dióxido de Carbono (CDR) —que tienen un precedente histórico en una idea realizada en 1977 por el físico italiano Cesare Marchetti de capturar dióxido de carbono industrial y retenerlo en profundidades oceánicas—. Se trata en todos los casos de propuestas caras, poco contrastadas y que no responden con claridad a las incógnitas sobre los ámbitos y condiciones para llevarlas a cabo, ni a los efectos que cualquier posible negligencia pudiera acarrear sobre distintos ecosistemas y poblaciones.
Cabe señalar que el capitalismo fósil ve en estos proyectos de “destrucción creativa” una alternativa a las limitaciones de las emisiones, con la jugosa perspectiva de la recuperación mejorada de petróleo por medio del CO2 capturado en el horizonte. Por ello, no resulta extraño que la investigación de la geoingeniería haya sido ampliamente apoyada por figuras como Bill Gates o think tanks neoliberales vinculados a las industrias petroquímicas, como el American Enterprise Institute, el Cato Institute o el Heartland Institute.
Como ha señalado Hamilton, resulta paradójico que organizaciones de este perfil, que han rechazado por tanto tiempo la validez de la ciencia climática, apoyen con tanta vehemencia aplicaciones científico-técnicas como “solución a un problema que decían que no existía”. Y no son pocas las voces que, desde el ecologismo —y a pesar de ciertas posiciones controvertidas—, han alertado sobre los riesgos de estas prácticas.
Pero además, la geoingeniería plantea varias cuestiones controvertidas desde el punto de vista científico, político y ético. Y es que, aparte de que el calentamiento del planeta no es el único aspecto disruptivo de nuestra época geológica —ya la denominemos Antropoceno, como propuso el premio Nobel de química Paul Crutzen en el año 2000 y se le ha pedido reconocer a la Comisión Internacional de Estratigrafía; o Capitaloceno, como prefieren denominarla algunos críticos desde las humanidades—, Hamilton ha planteado la dificultad para estimar la validez técnica de estas soluciones ante la imposibilidad de aislarlas de los efectos naturales variables —como corrientes o monzones, por ejemplo— y del propio impacto del calentamiento provocado por la humanidad.
Voces críticas con la geoingeniería plantean la dificultad para estimar la validez técnica de estas soluciones ante la imposibilidad de aislarlas de los efectos naturales variables —como corrientes o monzones, por ejemplo— y del propio impacto del calentamiento provocado por la humanidad
Asimismo, si como plantean los apologistas de la geoingeniería, después de su despliegue se podrían tardar décadas en recoger suficientes datos con los que juzgar la validez de las propuestas, en un mundo amenazado por la incertidumbre climática, la labor de los científicos para dar respuesta a la constante aparición de contingencias se vería extremadamente limitada.
En los ámbitos político y ético, como también ha indicado Hamilton, la geoingeniería ofrece un panorama potencial igualmente sombrío. Por un lado, porque ante la regulación climática global, su implementación colocaría a la clase política en una situación de enorme dependencia de una élite tecnócrata. Y ya que estas tecnologías regularían nuestras condiciones de vida, es difícil confiar en que, una vez participen de ellas entes políticos, corporativos o militares, los geoingenieros pudieran mantener la neutralidad técnica con que defienden sus propuestas. Esto afectaría a la credibilidad de esas mismas instituciones públicas que, por medio de decisiones político-económicas, llevaron al desastre que ahora pretenden paliar; lo que desembocaría en una desconfianza irreparable en toda forma de democracia, por laxa que esta fuera.
Así pues, en este escenario hipotético, cabe preguntarse: ¿en quién confiaría una clase política dominante dependiente de una élite científica? ¿En aquellos cuya experticia fuera crítica o en aquellos afines políticamente, aduladores o serviles? Y si este control climático se tradujera —como es más que factible— en una aspecto fundamental para el control estratégico global, del que además dependería toda una carrera profesional, ¿qué camino tomarían los apologistas de la geoingeniería? ¿El de los Oppenheimer o el de los Teller?
LA ESCALADA MILITAR Y LA TECNOLOGÍA
La relación entre la investigación militar nuclear y la geoingeniería trasciende el vínculo histórico entre instituciones y figuras destacadas en ambos campos. Y es que, más allá de que la geoingeniería proponga soluciones difícilmente contrastables para atajar apenas algunos síntomas —sin un análisis sistémico de lo que implica la catástrofe ecosocial de nuestra época—, su mirada estrecha replica muchos otros ingredientes de la concepción del mundo característica de la Guerra Fría; una visión que se manifestó y se sigue manifestando también en la carrera nuclear.
Así, como si se adaptaran al ámbito militar o climático las doctrinas económicas liberales, según las cuales la “mano invisible” del mercado regula la economía, la escalada armamentística se propone como la “mano invisible” de la política militar para prevenir la guerra —aunque no garantice la paz—, mientras la geoingeniería confía en la tecnología como la “mano invisible” de la ciencia frente al calentamiento global —aunque no resuelva la fractura ecosocial—.
En su desatención a las variables sociales y naturales, esta concepción abraza un universalismo idealista, ahistórico, propio de aquellas prácticas y metodologías dominantes que reducen la economía, la política o la ciencia a ámbitos exclusivamente técnicos, neutros en su “esencia”.
Replicando comportamientos análogos de los apologistas del liberalismo económico o de la escalada nuclear, los de la geoingeniería, como ha señalado Hamilton, “prometen convertir un fracaso drástico del sistema de la libre empresa en un triunfo del ingenio humano” al tiempo que “piden un mayor dominio sobre la naturaleza”. Destaca así en esta mentalidad, la reconversión actual de una lógica de la Guerra Fría en la que las élites científicas, autoconcebidas como tecnócratas neutrales —y a los que nadie ha elegido— al mando del futuro de todos, se nos presentan como dominadores absolutos sobre la Tierra, en perfecto control sobre el planeta.
Por medio de la aplicación del conocimiento acumulado sobre la reacción del medio al armamento nuclear, la tecnología se nos propone como solución neutral; limpia de toda impureza social, indiferente a toda contingencia natural. Paradójicamente, esta visión tan propia de la Guerra Fría es inseparable del origen y las causas de la Gran Aceleración que ha llevado a la catástrofe que se pretende corregir; cuyo inicio, no por casualidad, coincide con el de la propia Guerra Fría. Resulta por ello coherente que las soluciones que se promueven desde estas esferas se hagan para continuar como si no hubiera pasado ni pasara nada: ante “el fin de la Historia”, no abogan por cambios estructurales, sino por ajustes que permitan ganar tiempo y perpetuar el business as usual.
El problema no sería solo el de los tecno-fetichistas encerrados en la Guerra Fría con olor a naftalina, que también, sino una ambición insaciable por controlar el planeta y ejercer sobre él un dominio autófago, con el capital como principal beneficiario
Pero esta no es una lógica exclusiva de la Guerra Fría. Responde a una forma particular de practicar y comprender nuestra relación social con la naturaleza en términos de superioridad absoluta, alimentada exponencialmente por la necesidad de crecimiento infinito del capitalismo, que ejerce de combustible constante sobre esta visión. Se trata de la lógica del derecho unilateral del hombre —preferiblemente blanco— a ejercer su maestría sobre el planeta sin límites, a experimentar con sus posibilidades como el doctor Frankenstein en su laboratorio; en definitiva, se trata de un fundamentalismo del progreso y un prometeismo teleológico que abrasa a cualquier otro posible, ilustrado y secular. Y al no ser tan solo una lógica histórica —en este caso de la Guerra Fría—, no se trataría únicamente de un regreso a una concepción exclusiva de la segunda mitad del siglo XX.
Estaríamos hablando, por tanto, de una visión tanto histórica —en la que las particularidades tecnológicas de la Guerra Fría habrían propiciado el desarrollo de ciertas prácticas— como transhistórica —vinculada a aquellas otras que forjaron nuestra atrofiada relación con el entorno natural—. El problema no sería solo el de los tecno-fetichistas encerrados en la Guerra Fría con olor a naftalina, que también, sino una ambición insaciable por controlar el planeta y ejercer sobre él un dominio autófago, con el capital como principal beneficiario.
El movimiento ecologista surgió durante la Guerra Fría en íntima relación con una creciente preocupación y resistencia a la amenaza nuclear. A pesar del impacto de esta, no son pocos los que ven en ella un episodio del pasado con pocas posibilidades de que se replique hoy. Nada podría estar más lejos de la realidad.
Lógicas como la del control absoluto del destino del planeta por parte de una élite tecnócrata siguen presentes en nuestro escenario actual. Ante el avance de la catástrofe ecosocial, las perspectivas ciertas de una regresión antidemocrática que, como parte de las ambiciones geopolíticas de dominación global, puedan darse en relación a una nueva escalada nuclear o a la implementación de propuestas de geoingeniería, resultan hoy incluso más peligrosas, por su combinación con el desarrollo tecnológico y las necesidades críticas del capitalismo actual.
Resulta imprescindible que el ecologismo contemporáneo recupere y reformule ciertas inquietudes históricas que vuelvan a situar en un plano visible tanto su pacifismo combativo y antiimperialista como su internacionalismo anticapitalista
Por ello, si la preocupación por el destino de la humanidad frente a la amenaza nuclear sirvió en su momento para que intelectuales como Barry Commoner, Rachel Carson, E.P. Thompson o Manuel Sacristán se cuestionaran los destinos ecológicos de nuestro planeta bajo la economía capitalista, resulta imprescindible que el ecologismo contemporáneo —en cuyo esperanzador crecimiento se encuentran el avance de las ciencias climáticas, la espontaneidad civil y un renovado sentido de organización— recupere y reformule ciertas inquietudes históricas que vuelvan a situar en un plano visible tanto su pacifismo combativo y antiimperialista como su internacionalismo anticapitalista.
De este modo, a la hora de exponer la concepción que domina tanto en la nueva carrera nuclear como en las propuestas técnicas que los poderes fácticos hacen para aliviar ciertos síntomas de la catástrofe ecosocial, en la connivencia de estos campos y muchos otros con multinacionales petroquímicas y think tanks neoliberales, o en su condescendencia con el poder político despótico, resultará más sencillo comprender que los principios antimilitaristas y anticapitalistas son aspectos que todo ecologismo con verdadero carácter transformador nunca debe abandonar.
Como ha indicado Chomsky, una vez superada la emergencia del COVID-19, tanto la amenaza nuclear como la del calentamiento global deberán ser abordadas, “pero no hay mucho tiempo”; y si no se enfrentan con la adecuada concienciación y contundencia, “habremos terminado”. Solo con esta determinación el movimiento ecologista podrá constituirse como una verdadera fuerza social con capacidad para frenar el avance, que hoy parece inexorable, del Reloj del Juicio Final hacia una medianoche que nos sumergiría en la más absoluta oscuridad.
El gobierno del izquierdista Andrés Manuel López Obrador ha detenido el avance de la energía renovable en México, para promover los combustibles fósiles y pretende construir otra planta nuclear. En la imagen, paneles solares en la ciudad de Mérida, en el sudoriental estado de Yucatán. Crédito: Cortesía.
MÉXICO, 10 ene 2020 (IPS) - El gobierno del izquierdista Andrés Manuel López Obrador desea ampliar la generación eléctrica de energía nuclear, a pesar de los riesgos de la tecnología y de que no contribuye a la lucha contra la crisis climática.
La estatal Comisión Federal de Electricidad (CFE) informó el 10 de diciembre de sus planes de construir otra planta, preferiblemente donde opera la Central Nuclear Laguna Verde (CNLV), en el municipio de Alto Lucero de Gutiérrez Barrios, en el sudoriental estado de Veracruz, a unos 250 kilómetros de la capital mexicana.
Gustavo Ampugnani, director ejecutivo de la oficina mexicana de la no gubernamental Greenpeace , calificó el plan de “pésima idea”.
“Lejos de ser una solución al problema climático, es una falsa solución. Es una tecnología o apuesta política que desvía la atención de lo que realmente se tiene que hacer, reducir los combustibles fósiles, descarbonizar procesos productivos y promover energías renovables.
Es una visión obsoleta”, dijo a IPS.
La intención inicial de la CFE es edificar dos reactores de 1.400 megavatios (Mw) de capacidad cada uno, a un costo de unos 7.000 millones de dólares por unidad, en el terreno de la CNLV, que posee dos generadores con capacidad conjunta de 1.600 Mw. La Unidad 1 inició operaciones en 1990 y la 2, en 1995, para las cuales la empresa inició en 2015 el trámite de renovación de licencia por otros 30 años.
Para delinear la estrategia y el diseño de la obra, la CFE pidió al no gubernamental Instituto de Investigación de Energía Eléctrica (EPRI, en inglés), con sede en California, la elaboración de un estudio técnico-económico sobre costos, opciones tecnológicas y ubicación para instalar la generadora, que estaría listo en 2020.
El argumento del gobierno a favor de la nucleoelectricidad gira en torno a las cuantiosas importaciones de gas natural de Estados Unidos y su poca inclinación hacia las alternativas renovables. El plan de López Obrador es fortalecer a la CFE y la también pública Petróleos Mexicanos (Pemex) y profundizar la explotación y quema de combustibles fósiles.
Pemex, en el puesto 12 como productor mundial de petróleo y en el 17 de gas natural , y sus socios privados obtuvieron hasta noviembre pasado un promedio diario de 5.015 millones de pies cúbicos de gas, cinco por ciento más que el volumen extraído en el mismo mes de 2018. Mientras, el país importó 1.024 millones, principalmente de Estados Unidos, el mismo nivel que en 2018.
En esa línea, la adición de energía nuclear podría minimizar la dependencia mexicana del gas natural y diversificar la cartera energética del país, según EPRI.
México necesita satisfacer una demanda eléctrica que crece cuatro por ciento al año y que a inicios de 2020 se ubica en 32.046 megavatios (Mw).
En el primer trimestre de 2019, la generación bruta totalizó 80.225 gigavatios-hora (Gwh), por encima de los 78.167 del mismo periodo del año anterior. Las plantas de ciclo combinado a gas aportaron 40.094, la termoeléctrica convencional, 9.306 y la carboeléctrica, 6.265.
Las hidroeléctricas contribuyeron con 5.137 Gwh, los campos eólicos, con 4.285; CNLV con 2.382, 32 por ciento menos que el año anterior, y las estaciones solares con 1.037. Las variantes renovables mostraron el mayor repunte.
La Ley de Transición Energética de 2015 estipula que la energía limpia debe representar 25 por ciento de la generación para 2018, 30 por ciento para 2021 y 35 por ciento para 2024. La generación nucleoeléctrica puede ayudar a alcanzar esas metas, según el gobierno mexicano.
La CNLV, que representa cuatro por ciento de la generación eléctrica y dos por ciento de la capacidad instalada, enfrenta problemas técnicos, paros forzados no programados, riesgo de saturación de desechos radiactivos y exposición de trabajadores a emisiones radiactivas, según documentos de CFE y de la gubernamental Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias (CNSNS).
Si bien la energía atómica no genera dióxido de carbono, la minería del uranio, que México importa de Estados Unidos y Rusia, es contaminante y el carburante requiere de transporte desde su lugar de origen.
Además, la energía nuclear no puede competir económicamente con las energías fotovoltaica y eólica, cuyo costo ha caído en años recientes.
El índice Global de Infraestructura 2018, una encuesta realizada en 28 países por la Asociación de Inversionistas en Infraestructura Global y el Instituto de Investigación Social Ipsos MORI, con sede en Londres, halló que solo 30 por ciento de los consultados en México considera buena o muy buena la infraestructura de generación nuclear en el país, en línea con la percepción global, y 51 por ciento respondió “mala o muy mala”.
Esa visión concuerda con la visión social mexicana respecto de la viabilidad de la nucleoenergía, aversión que el gobierno tendrá que vencer. De hecho, desde 2006 se registra un incremento paulatino de oposición a la variante atómica.
Una encuesta realizada por la CFE y el también estatal Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares concluyó que 61 por ciento de los consultados se oponían a la construcción de más centrales atómicas y 50 por ciento, a su uso para producir fluido.
“El rechazo social siempre ha sido un elemento que complementa otros esfuerzos e información técnica y científica existente. Es un elemento que puede hacer que el plan nuclear no prospere. Tendríamos que estar discutiendo el plan de cierre y contención” de la CNLV, planteó Ampugnani.
Desde la administración del conservador Enrique Peña Nieto (2012-2018), este país latinoamericano consideró la ampliación de la capacidad nuclear. El Programa de Desarrollo del Sistema Eléctrico Nacional 2016-2030 (Prodesen) incluyó la construcción de tres reactores para 2028 en Veracruz y uno de los temas electorales de la Estrategia Nacional de Energía 2013-2027 era definir el alcance del programa atómico.
Ese apartado contempló la expansión de Laguna Verde, elaborar estudios para la construcción de centrales nucleares y fortalecer a la CNSNS, el regulador nuclear. Pero la versión 2019-2033 del Prodesen no incluye más capacidad nuclear.
La CNSNS calcula que la construcción de una estación nuclear podría llevar menos de cuatro años, pero podría extenderse a ocho, si se toma en cuenta el tiempo necesario para organizar licitaciones públicas.
La estatal pero autónoma Comisión Reguladora de Energía dibujó un escenario energético alterno, en el cual el abandono de combustibles fósiles implica que la nucleoenergía llegue a casi cuatro por ciento. En el decenio 2017-2027, las inversiones nucleares tendrían que alcanzar casi 6.400 millones de dólares.
El “Reporte ambiental” de la instalación, que forma parte del expediente de renovación de licencia consultado por IPS, indica que el reemplazo por una nueva estación es posible, pero inviable, pues la autorización, la construcción y los costos de arranque no son comparables con los de la continuación de la generación de la CNLV.
Su sustitución por una planta alimentada con fósiles es técnicamente posible, pero inviable por razones ambientales y operativas. También son inviables las alternativas renovables, pues no hay suficiente irradiación solar ni condiciones climáticas para una granja fotovoltaica o un campo eólico.
Para legitimar sus megraproyectos, López Obrador ha recurrido a consultas públicas que no cumplen con estándares internacionales, y la construcción de una planta nuclear no sería la excepción.
Hace unos días me reuní con un compañero del disuelto colectivo con el que intentamos impulsar la ILP contra la prórroga de los siete reactores nucleares que funcionan en España.
Este compañero, excelente persona y generoso activista voluntario, participa en los encuentros (en su mayoría de gente joven) que " Extinction Rebellion " (ER) realiza en Barcelona desde hace unos meses, y me comentó que la mayoría de esa juventud preocupada por las consecuencias devastadoras del cambio climático, se pronunciaban favorablemente sobre la energía nuclear, considerándola una "alternativa libre" de emisiones de gases de efecto invernadero y, por tanto, un medio para paliar la catástrofe en curso. El compañero veía necesario hacer algo ante una irracionalidad ecológica tan evidente.
Anticipo: este artículo no va de ese "algo". El "algo" (que se debe hacer al margen de que sirva o no para "algo") sólo puede surgir de una actividad colectiva (si hay base social para impulsarla). Aquí se trata de aproximarnos a el actual estado de las cosas y apuntar algunas de las causas por las que una parte de esa juventud apoya a un monstruo tecnológico como la energía nuclear, con un historial —que se acrecienta día tras día— de sufrimiento, muerte y destrucción; con dos catástrofes globales e irreversibles que siguen activas (Fukushima y Chernóbil), más un número difícil de determinar de catástrofes regionales con proyección global . Porque sin entender cómo hemos llegado a este punto difícilmente podremos plantearnos hacer «algo» para cambiarlo.
La industria nuclear ha madurado
Superadas las locuras de infancia y juventud (aquella propaganda de que la electricidad nuclear eliminaría los contadores por ser "demasiado barata para medirla"), y superadas las maniobras para presentarse como alternativa total en el conflicto energético (el "renacimiento" como respuesta a la escasez de combustibles fósiles), hemos llegado a un punto en que la industria es consciente de las limitaciones impuestas por las reservas de uranio y la escasez de materias primas y, al mismo tiempo, sabe que mantener el despilfarro energético que exige el capitalismo neoliberal en la situación actual de agotamiento progresivo de los recursos energéticos fósiles bloquea el desarrollo de modelos alternativos.
La economía exige echar mano de todo lo que hay, y la industria nuclear lleva ocho años desplegando una estrategia discreta: alargamiento al máximo del funcionamiento de reactores activos mediante pactos económicos y políticos (caso por caso, si es necesario), e impulso de un programa de construcciones adaptado a las exigencias de la geopolítica global con varios centros de poder, y todo ello sin ruido mediático.
Dos ejemplos para ilustrar esta madurez: las nucleares en China y Rusia, y la política de las potencias emergentes en zonas de interés económico.
Rusia botó, en agosto de 2019 la llamada "primera central nuclear flotante del mundo" que, y no por casualidad, ha puesto rumbo a la zona del Ártico . La central fue rápidamente adjetivada como un "Chernóbil flotante" desde el movimiento ecologista occidental; y por cierto, pese a ser rusa uno se pregunta por qué no llamarla una "Fukushima flotante", ya que tiene una mayor relación con el mar, pero ¿sería eso políticamente correcto?
El segundo ejemplo es la construcción de nucleares en potencias emergentes como la India o Egipto , se trata de sociedades marcadas por fuertes desigualdades, pero decididas a seguir los patrones de crecimiento y a hacer valer su peso demográfico en la geopolítica global.
El resultado: mientras el movimiento ecologista occidental sigue anclado en el discurso crítico tolerado la nuclear se estabiliza. Una prueba es la página del WNISR actualizada en septiembre de 2019 , donde se informa de que hay 415 reactores nucleares funcionando en julio de 2019, es decir, 2 reactores más que en el recuento de 2018 (en julio eran 4 más, lo que indica la fluctuación). Una consulta al seguimiento de informaciones permite una visión más ajustada de lo que está pasando más allá de Occidente. Así como el Informe 2019 , que dedica un apartado especial a China.
La realidad es que la energía nuclear va ocupando su lugar en un mundo en que la geopolítica manda.
Pero, al margen de si los nuevos reactores, o los nuevos proyectos, se sitúan en Asia, Oriente Medio o Extremo Oriente , la propaganda nuclear se ha centrado en su supuesta contribución a la reducción de los GEI y, en ese campo, también han pulido sus técnicas.
Los propagandistas
Entre 2001 y 2011, el renacimiento nuclear fue apoyado por personas del mundo científico, algunas con historial ecologista, que multiplicaron declaraciones y libros en su defensa, con la amenaza del cambio climático (y para algunos, el impacto visual de los aerogeneradores) como telón de fondo, en su mayoría se trataba de personas de edad avanzada, Hansen y Lovelock fueron los más publicitados.
Pero desde Fukushima la estrategia ha cambiado, los perfiles de calidad, de peso y prestigio han sido sustituidos por una multiplicidad de portavoces jóvenes, o de mediana edad, y una constelación de ONG.
Los medios también han cambiado, en vez de libros y artículos extensos, se recurre a destellos informativos en internet, a notas propagandísticas que no permiten margen de duda o de debate, y a presentaciones simples y divulgativas de amplio despliegue en clave yo. Las charlas TED , uno de los vehículos de dispersión de ideas y discursos progresistas, son un buen indicador: en 2016 se publicaron tres conferencias TED sobre bondades nucleares que tuvieron un amplio seguimiento y que estaban, además, subtituladas en varios idiomas (más de 10 habitualmente). Así, en el momento de redactar este artículo, la de Kirk Sorensen , tenía 574.620 visionados; las de Michael Shellenberger, 1.563.439 y 847.377 , respectivamente; y también está la de Joe Lassiter , 1.164.776, y Jam Pedersen (438.542), o antes (2013), Sunniva Rose (334.659), y más…; todas son personas que se declaran preocupadas por el medio ambiente y por el futuro, vinculadas a ONG, muy comunicativas y con un elevado perfil técnico. En varias charlas comienzan confesando haber sido críticas con la energía nuclear bien por educación (las de mediana edad son hijas e hijos de la contracultura), bien por convencimiento, pero que la necesidad les ha obligado a cambiar de opinión.
Aunque hay críticas a la dinámica impuesta por las charlas TED (una de las más completas puede leerse aquí en inglés , o aquí en traducción castellana automática , con limitaciones), no existe proporción entre la difusión de esas críticas y la difusión de las charlas.
Pero la propaganda va más allá de conferencias y videos, se mantiene un trabajo permanente de interrogación con potente apoyo mediático que vuelve una y otra vez a insistir en el argumentario de la industria. Las instituciones que apoyan a la industria nuclear no descansan .
¿Y las/los ecologistas?
Lo expuesto hasta ahora sólo es una cara, la otra es la responsabilidad de aquellas entidades que debían poner el interés común de la sociedad por delante de cualquier otra consideración.
A diferencia de las proclamas en los documentos de ER, no podemos saldar este conflicto con la declaración de que " no existen culpables ". Por supuesto que existen culpables de que la nuclear sea considerada como parte de la "solución" del cambio climático. Para empezar, el propio autor de este texto, miembro durante años de colectivos ecologistas que debían haber cumplido un papel en los 65 años que han pasado desde que la primera central nuclear entró en funcionamiento. Algo que no hicimos, que no hicieron.
Pues asumida la cuota de responsabilidad es necesario decir que no todas las personas o grupos del llamado movimiento ecologista somos culpables por igual; la responsabilidad principal recae en las grandes organizaciones ecologistas institucionalizadas, aquellas que durante la campaña del "renacimiento" nuclear, entre 2001 y 2011, decidieron adaptar el discurso crítico a las pautas dictadas por la industria para ganar visibilidad . Así que suprimieron de sus denuncias las referencias al impacto de las radiaciones sobre la salud y el medio ambiente, silenciaron la dispersión cotidiana de radiaciones en el funcionamiento normal de los reactores (o en averías y accidentes), y callaron las consecuencias irreversibles de Chernóbil primero (y Fukushima después), no mencionaron la vinculación entre la nuclear civil y militar, o a las emisiones de gases de efecto invernadero del ciclo nuclear, etc.
En su lugar, las organizaciones ecologistas institucionalizadas centraron su denuncia en la falta de viabilidad económica de la nuclear frente a los mecanismos de mercado, en los "problemas técnicos" y de seguridad de reactores actuales o de modelos futuros o, como mucho, en el problema de los residuos. No es de extrañar que con esa línea se dé la desinformación actual. No es de extrañar que quiénes siguen el discurso dominante, entre las que se encuentran una parte de las participantes en ER, crean que la nuclear está limpia de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Es normal de que muchas se limiten a considerar que lo nuclear se reduce a un problema de costes excesivos, que lo de los residuos ya lo arreglará la tecnología, y que acepten, sin cuestionarlas, todas las barbaridades que se publican sobre "fusión", "torio", o "reactores intrínsecamente seguros". Con la línea de denuncia seguida en los últimos 18 años (como mínimo) todo eso de lo más normal. Y sin contar con la continuada banalización de las referencias a "Chernóbil" [1] y el silencio sobre Fukushima.
Pero todo esto son lamentos por hechos pasados que, como mucho, sirven para evitar repetir errores.
Conclusiones
Centrándonos en el marco de Extinction Rebellion tenemos, que la industria sigue fuertemente organizada, y ha tenido éxito en aprovechar el cambio climático para difundir su propaganda; que han logrado silenciar la catástrofe de Fukushima (los próximos JJOO 2020 son la prueba) y hacer desaparecer la realidad de Chernóbil, y que sus mensajes simplistas conectan fácilmente con las visiones, también simples, que una parte de la sociedad tiene del cambio climático y sus consecuencias.
Por otra parte, tenemos que el impacto de la radiactividad no es fácil de explicar; que no hay una reacción de la ciencia médica y sus instituciones al envenenamiento radiactivo (la OMS continua, en la práctica, subordinada a la AIEA); que el debate se produce en medios que eliminan la complejidad y, por tanto, faltan a la verdad, y que se produce en un entorno en que el recurso a la sentimentalidad, y la apelación al tú (por encima del nosotros) es la pauta dominante.
Hay que asumir, por tanto, que ese algo que se debe hacer tiene un margen de intervención muy limitado. Que sólo podremos incidir a nivel regional, difundir información, y cruzar los dedos.
Nota: [1] La banalización de Chernóbil implica dos líneas, la más general, en la que en ocasiones cae el propio movimiento ecologista, es el uso de la palabra «Chernóbil» para calificar cualquier amenaza ambiental tenga a ver o no con la energía nuclear, así se han dado casos que aplican "Chernóbil" a amenazas que van desde presas hidráulicas a procesos de desforestación o contaminaciones químicas. La segunda, representada por la serie «Chernóbil», como caso extremo pero no único, es la reelaboración falsificada de la catástrofe como instrumento político. Puede leerse un análisis en profundidad de esa variante en este artículo .