jueves, 9 de julio de 2026

Un planeta habitable es posible, pero para ello debemos enfrentarnos a los más ricos





Traducido del neerlandés por el autor



El futuro no tiene por qué ser caos climático y destrucción social. El «Global Justice Report», elaborado entre otras personas por Thomas Piketty, ofrece una alternativa concreta, pero una que se enfrenta frontalmente al poder de los multimillonarios.

El Global Justice Report traza una senda de transición esperanzadora y concreta para la humanidad desde 2026 hasta el año 2100. La conclusión principal es sencilla: es posible unir el bienestar para todos con una Tierra habitable. Pero esa transformación se apoya en tres pilares igualmente importantes.

En primer lugar, es necesaria una rápida descarbonización de nuestros sistemas energéticos. En segundo lugar, debemos pasar drásticamente al principio de «suficiencia»: suficiente para vivir bien sin sobrecargar el planeta. Eso significa menos horas de trabajo, una huella material más pequeña y otros patrones de consumo. En tercer lugar, se debe abordar la desigualdad mundial de forma drástica y estructural, tanto entre países como dentro de ellos.

Esa reducción de la desigualdad no es simplemente una idea socialmente deseable. Es una condición para poder financiar las inversiones climáticas necesarias y mantener el apoyo social a una transformación semejante. Sin igualdad no hay futuro habitable.

El informe se publicó en junio de 2026 y está escrito por un equipo central de siete investigadores, entre ellos los conocidos economistas Thomas Piketty y Lucas Chancel. Es una iniciativa colectiva del World Inequality Lab y se basa en datos recogidos por más de 200 científicos en todo el mundo.

Cinco mil euros al mes

¿Qué propone concretamente el informe? El plan prevé que el ingreso mensual medio por persona en cada país llegue a 5.000 euros en 2100. Hoy todavía se abre una brecha que va desde los 290 euros en el África subsahariana hasta los 4.590 euros en Norteamérica. Un ingreso mundial de 60.000 euros al año se convierte en la nueva normalidad.

Esa convergencia de ingresos va acompañada de una verdadera revolución en la distribución de la riqueza. La parte del 50 % más rico de la población mundial en la riqueza total desciende del 6 % al 0,05 %. Al mismo tiempo, la parte de la mitad inferior sube del 2 % hasta nada menos que el 30 %. Casi el 90 % de la población mundial duplica sus ingresos.

Trabajar menos, vivir más

Una de las propuestas más llamativas es la reducción drástica del tiempo de trabajo. Mientras que ahora trabajamos de media en todo el mundo 2.100 horas al año, debería bajar a 1.000 horas en 2100. Es una tendencia histórica que podemos continuar, aunque exige una fuerte movilización colectiva.

El tiempo ganado no se llena simplemente con no hacer nada. El plan prevé un desplazamiento desde los sectores materiales hacia sectores más inmateriales como la educación y la sanidad. La parte de las horas de trabajo mundiales dedicada a estos sectores sube del 11 % al 43 %. Países como Noruega y Suecia ya muestran que es alcanzable.

A ello se suma también la aspiración a una igualdad de género completa: igual participación laboral, iguales horas de trabajo remunerado y no remunerado, e igual salario. Eso significa una redistribución fundamental del poder y del tiempo, vinculada a menores diferencias de ingresos.

El mundo se enfría

El plan muestra que podemos limitar el calentamiento a 1,8 °C en 2100. Eso es bastante mejor que los más de 4 °C que nos esperan si no hacemos nada. La combinación del principio de suficiencia (trabajar y consumir menos) y una rápida transición energética es el único camino.

Esa transición exige una inversión del 3 al 4 % del PIB mundial al año durante las próximas tres décadas. Ese dinero debe venir sobre todo de los ricos globales, que se han beneficiado de manera desproporcionada del crecimiento económico y cargan con una gran responsabilidad por las emisiones históricas.

Importante: el plan no opta por una simple contracción de la economía. Un desplazamiento dirigido hacia sectores menos materiales y otra producción de alimentos es más efectivo que una reducción general del bienestar. Así, un nivel de bienestar de 60.000 euros por cabeza puede combinarse con un aumento de temperatura menor que en una contracción general.

Fondo Mundial de Justicia

El motor detrás de esta transformación es el Global Justice Fund (GJF). Esta nueva institución internacional debe recaudar y gestionar los ingresos de impuestos mundiales sobre la riqueza y los ingresos. Esos impuestos afectan solo al 1 % más rico de la población mundial y se suman a los impuestos nacionales.

El fondo paga dividendos nacionales sobre la base de cantidades iguales por habitante. Para los países pobres eso puede llegar hasta el 9 % de su PIB, mientras que para los países ricos es solo del 2 al 3 %. Sin embargo, esos dividendos no carecen de un compromiso: están vinculados a condiciones estrictas en materia de clima, educación, salud y desigualdad.

Los gastos anuales del fondo ascienden de media al 10,3 % del PIB mundial. Es una cantidad gigantesca, comparada con el 0,4 % actual que va a la ayuda al desarrollo. Pero el desafío también es inédito: solo las inversiones climáticas ya requieren entre el 3 y el 4 % del PIB.

La mayoría gana, una pequeña parte pierde

¿Quién se beneficia ahora de este plan? Una mayoría abrumadora: el 89 % de la población mundial duplica sus ingresos. En el Sur global llega incluso al 95 o 98 % de la población. En el Norte se beneficia entre el 85 y el 95 %. Solo una pequeña minoría, principalmente los ricos, ve caer sus ingresos.

Si también contabilizamos el valor del tiempo libre y de un planeta habitable, sale ganando más del 99 % de la población mundial. Aun así, el plan chocará con una fuerte resistencia, no solo de los multimillonarios. También una parte de la clase media en los países ricos puede oponerse a la elección de más tiempo libre en lugar de más consumo.

Orden mundial democrático

La ejecución de este plan requiere una democratización fundamental de las instituciones internacionales. Europa y Norteamérica tienen hoy cuatro veces más derecho de voto en el FMI y el Banco Mundial que su proporción de la población. El plan aboga por un voto por persona: una transición de la plutocracia mundial a la democracia mundial.

Eso significa también el fin de los «privilegios exorbitantes» de los países ricos, que ahora se benefician de rendimientos más altos sobre sus posesiones extranjeras que los que pagan por sus deudas. Una nueva moneda internacional y una Unión Internacional de Compensación deben poner fin a eso, y obligar no solo a los países deudores, sino también a los países con grandes superávits, a ajustar su economía.

Déficits

El informe es único y muy importante porque es el primer intento de presentar un plan completamente cuantificado. Combina la redistribución a escala mundial, la reforma del orden financiero, la transición energética y los cambios en el consumo. Mientras que los escenarios climáticos tradicionales, como los del IPCC, separan estas cosas, este modelo las reúne. En cuanto a material estadístico, el informe es monumental.

Según las tendencias macroeconómicas actuales, el mundo se dirige hacia un calentamiento catastrófico de más de 4 °C. El modelo integral propuesto consigue limitar el calentamiento a 1,8 °C para 2100. Con ello, el informe ofrece una alternativa científica realista al capitalismo contemporáneo destructivo.

Aun así, el informe contiene una serie de déficits fundamentales. El primero es que la línea de tiempo no es suficientemente urgente. El Global Justice Report apunta a grandes cambios de cara a 2100. Eso lo hace ambicioso sobre el papel, pero al mismo tiempo también muy lento, vista la urgencia climática, la crisis social y la destrucción ecológica que ya están en marcha hoy.

Para miles de millones de personas en la pobreza, para los países que ya son golpeados por desastres climáticos y para ecosistemas que están al borde del colapso, 2100 no es un horizonte tranquilizador. La pregunta no es solo si un mundo justo es posible, sino por qué no debe ser impuesto mucho más rápidamente.

Un segundo punto débil del informe es que apuesta sobre todo por la redistribución de la riqueza, pero toca poco o nada las causas del problema. Gravar a los multimillonarios y redistribuir la riqueza está bien y es necesario, pero mientras las grandes empresas, bancos, compañías energéticas y gigantes tecnológicos sigan controlando las decisiones de inversión, la economía seguirá girando en torno al beneficio en lugar de las necesidades sociales y ecológicas.

El hecho de centrarse en los impuestos, la redistribución y los fondos públicos no cambia nada de las relaciones de propiedad ni de la lógica del beneficio que causa y agranda estructuralmente la brecha entre ricos y pobres, y hace degenerar el clima. Aun siendo importantes, estas medidas permanecen atrapadas dentro de la misma lógica de sistema que ha causado los problemas actuales y los seguirá causando.

Un tercer déficit es el débil análisis del poder. El informe demuestra de manera técnicamente convincente que un mundo más justo es posible, pero sigue siendo mucho más vago sobre quién tiene el poder para imponerlo. Según el profesor Duncan Green, de la London School of Economics, el informe no ofrece una teoría del cambio convincente.

Un núcleo dominante de 147 empresas posee conjuntamente, a través de ramificaciones en otras empresas, el 40 % de la riqueza mundial. 737 empresas poseen el 80 % de la riqueza total. Estos gigantes, las empresas fósiles y las élites financieras no cederán voluntariamente su enorme poder porque un informe demuestre que otro mundo sería mejor y necesario.

Para eso hace falta un contrapoder organizado: sindicatos, movimientos sociales, movimientos climáticos, partidos políticos, huelgas, boicots y solidaridad internacional.

El Global Justice Report es fuerte como brújula matemática y moral, pero más débil como estrategia de lucha. Entre lo «posible» y la «realidad» están la lucha de clases, la geopolítica, la fuga de capitales, la extrema derecha, los intereses fósiles, las economías de guerra y la débil solidaridad internacional. Quien quiera un planeta habitable y una vida digna para todos no solo debe demostrar que es posible. También tendrá que organizar el poder para imponerlo.

Se habla ciertamente de una sociedad civil organizada, pero sin analizar concretamente qué coaliciones, organizaciones y relaciones de poder son necesarias para imponer el cambio propuesto.

Con ello, el informe sigue siendo en parte tecnocrático. Los impuestos, las reformas institucionales y los procedimientos democráticos son necesarios, pero no bastan si siguen funcionando dentro de la misma lógica de sistema que ha causado la crisis. El informe muestra que un futuro mejor sí es matemáticamente posible, pero la pregunta abierta es cómo se construirá la fuerza social para hacer realidad también ese futuro.

El Global Justice Report es importante porque muestra que el futuro no está fijado. Sin embargo, el camino hacia él es menos claro que los propios cálculos. El verdadero desafío no reside solo en diseñar medidas justas, sino en quebrar el poder que hoy las impide. Todavía queda mucho trabajo por hacer.

Texto original: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2026/07/07/een-leefbare-planeet-kan-maar-dan-moeten-we-de-rijksten-aanpakken




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miércoles, 8 de julio de 2026

Cuando la economía une trabajo, conocimiento y compromiso con el territorio




Desde Tandil

Donde muchos ven basura, Coopraee construye comunidad y cuidado ambiental. Es una cooperativa surgida de la universidad pública que recupera residuos electrónicos, genera empleo, promueve la educación y desarrolla nuevos materiales a partir de plásticos descartados. Una experiencia de economía circular que une ciencia, investigación y desarrollo local.

Todo comenzó con una computadora que parecía inútil. A fines de la década del 2000, un grupo de estudiantes y docentes de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Unicen) empezó a reparar equipos desechados por instituciones públicas. Así nació el proyecto llamado Reutilización Eficiente de Hardware Tecnológicamente Obsoleto (Rehto), una iniciativa de extensión que buscaba darle nueva vida a los aparatos, y con ellos, también a los vínculos sociales.

“Recuperar tecnología no es solo una tarea técnica, es también una forma de inclusión”, sostiene Sebastián Barbieri, docente universitario y actual presidente de la Cooperativa para la Revalorización de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (Coopraee), que surgió años después como continuidad y profundización de aquel proyecto inicial. “Lo que empezó como un pequeño espacio en la facultad terminó convirtiéndose en una estructura cooperativa con impacto regional”, valora.

Durante más de una década, el proyecto Rehto consolidó una forma de trabajo al recuperar, reacondicionar y entregar computadoras a escuelas, organizaciones sociales y estudiantes de bajos recursos.

Más de 2.000 equipos fueron donados desde entonces. Pero también el proyecto fue semilla de prácticas educativas, investigaciones académicas, alianzas institucionales y decisiones políticas que apuntaban a formalizar y escalar la experiencia. En 2020 se constituyó formalmente Coopraee con sede en Tandil y alcance regional.

Un problema ambiental con potencial transformador

En Argentina, el consumo de tecnología se ha acelerado al ritmo de la globalización. Sin embargo, pocos se detienen a pensar qué ocurre cuando un celular deja de funcionar o una computadora se vuelve obsoleta. Los RAEE (Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos) contienen metales pesados y sustancias tóxicas, y requieren un tratamiento específico para evitar la contaminación del suelo, el agua y el aire.

Según el informe mundial elaborado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y el Instituto de las Naciones Unidas para la Formación Profesional e Investigaciones (Unitar), en 2022 se generaron 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en todo el mundo, una cifra récord. Apenas el 22 por ciento fue recolectado y reciclado formalmente. La advertencia es que la generación de residuos electrónicos crece cinco veces más rápido que su reciclaje.

“Estos residuos no son como cualquier otro. Un mal manejo puede generar impactos gravísimos para el ambiente y la salud”, señala Barbieri. Sin embargo, también constituyen una fuente de materiales estratégicos: cobre, aluminio, plásticos, circuitos que pueden reintegrarse al circuito productivo si son recuperados con criterio.

En este escenario, Coopraee se posiciona como un actor clave. Es la única cooperativa habilitada por el Ministerio de Ambiente de la Provincia de Buenos Aires fuera del AMBA para gestionar los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE), en cumplimiento de las leyes provinciales y ordenanzas locales que regulan su disposición.

Procesan actualmente más de 150 toneladas por año y acumulan más de 550 toneladas desde su creación. “Cada equipo que logramos recuperar implica menos residuos y más oportunidades”, afirma el presidente de la cooperativa.

Más que reciclaje: formación, empleo y territorio

Lo que distingue a Coopraee no es solamente su capacidad técnica, sino su mirada integral. Funciona bajo una lógica de triple impacto: ambiental, económico y social. Su sede en Tandil reúne a más de 20 personas entre socios, pasantes, becarios y técnicos, y articula con empresas que reutilizan componentes y materiales.

El objetivo no es solo reciclar, sino generar trabajo digno, conocimiento y redes comunitarias”, resalta Barbieri. Por eso, más de 90 alumnos de escuelas técnicas han realizado prácticas profesionales en el espacio, y cada año más de 2.000 estudiantes de todos los niveles participan de visitas guiadas, talleres y actividades educativas.

La cooperativa también ha sido semillero de tesis universitarias, investigaciones aplicadas, proyectos de extensión y prácticas socioeducativas, muchas de ellas con foco en sustentabilidad, economía circular y tecnologías sociales.

En ese marco, un estudio realizado por Agostina Flores Medrano, Salomé Laborde, Carina Morando y Osvaldo Fornaro, investigadores vinculados al Centro de Investigaciones y Estudios Ambientales (Cinea) y al Instituto de Física de Materiales Tandil (Ifimat), analizó las placas electrónicas acumuladas por Coopraee entre 2017 y 2022. El trabajo relevó unas 2,25 toneladas de placas de circuito impreso almacenadas por la cooperativa y aportó información clave para diseñar estrategias de recuperación y aprovechamiento de esos materiales.

Entre otros resultados, identificó que el 90 por ciento correspondía a tecnologías más antiguas presentes en electrodomésticos y equipos de audio y video, mientras que los componentes más abundantes eran capacitores y resistencias. Los investigadores destacan que este tipo de estudios permite fortalecer procesos de economía circular y optimizar la gestión de residuos electrónicos.

Asimismo, la mutual cuenta con dos laboratorios de reparación, un espacio de acopio y clasificación, y una línea de producción propia desarrollada con años de gestión y formación. Además, entrega los dispositivos recuperados al programa Rehto, que continúa activo y sigue donando computadoras reacondicionadas. En cada una de esas máquinas entregadas se condensa una cadena de valor que empieza en el descarte y termina en un aula, una biblioteca o una organización barrial.

El desafío legal, una deuda pendiente

Pese al enorme potencial de estos modelos, el contexto legal es adverso en Tandil y el resto de Argentina. A diferencia de otros países, aquí no se cuenta con una ley nacional que regule el tratamiento de RAEE, aunque distintos sectores ambientales, académicos y legislativos vienen impulsando la incorporación de la Responsabilidad Extendida del Productor (REP), un principio que establece que fabricantes e importadores deben asumir responsabilidades legales y financieras sobre los residuos derivados de los productos que comercializan.

“En la práctica, nos enfrentamos a un vacío legal. Eso nos limita para proyectar a largo plazo, acceder a financiamiento o coordinar con industrias”, advierte Barbieri. Aun así, la cooperativa ha sabido tejer alianzas y participar en redes que impulsan una economía más circular y justa.

El acompañamiento de organismos provinciales, universidades y municipios ha sido clave. “La articulación con el Estado es fundamental. Sin políticas públicas que valoren el trabajo cooperativo, este tipo de proyectos no podrían sostenerse”, agrega.

Más redes, más comunidad

Los próximos pasos de la cooperativa incluyen fortalecer la producción de Ecomadera, abrir nuevos mercados para sus productos y consolidar una federación regional de cooperativas que trabaje sobre materiales descartados. De hecho, ya se han vinculado con proyectos de la zona y sueñan con replicar el modelo en otras ciudades.

También aspiran a participar activamente del diseño de políticas públicas. “Tenemos conocimiento técnico, experiencia de base y datos. Queremos ser parte de la discusión nacional sobre cómo tratar los RAEE en forma responsable”, revela Barbieri y, en este sentido, asegura que la creación de una ley nacional de RAEE y la implementación de la REP serían “pasos decisivos para ampliar el impacto”.

Esperan acceder a programas como el Desarrollo Productivo Verde, que destina fondos a cooperativas sustentables. “Con más apoyo podríamos ampliar la escala, generar empleo joven y llegar a más comunidades”, concluye.

Ante la dinámica mundial del descarte con rapidez, Coopraee ofrece una lección sencilla y poderosa: todo puede tener una segunda vida si se lo mira con compromiso y se lo trabaja en comunidad.

Ecomadera: una segunda vida para los plásticos

Además del trabajo con electrónicos, Coopraee dio un nuevo paso en 2023 con el lanzamiento del Proyecto Ecomadera, que apunta a reutilizar plásticos de difícil reciclado, como autopartes, envases y utensilios de bazar, para fabricar mobiliario urbano y productos para exteriores.

El proyecto fue posible gracias al programa “Impulso Cooperativo” del gobierno bonaerense, y a fondos nacionales gestionados a través de la Secretaría de Desarrollo Humano y Hábitat del Municipio de Tandil. La maquinaria fue adquirida y puesta en marcha con el respaldo de la convocatoria “Huella Joven 2025”.

El desarrollo de los prototipos se realiza en colaboración con el Centro de Innovación Ciudadana (CUIC) de Exactas Unicen, el Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad Nacional de Mar del Plata, y el Instituto de Física y Materiales (Uncpba-Conicet), encargado de testear y validar la resistencia mecánica de los productos.

“Ecomadera busca transformar lo que nadie quiere en algo útil, estético y duradero”, dice Barbieri. Esperan desarrollar líneas de juegos infantiles, bancos, cercos y señalética para espacios públicos, integrando diseño, ingeniería y cuidado ambiental.

¿Qué hacer con nuestros electrónicos en desuso?

CooPRAEE no es una experiencia aislada. En distintos puntos del país surgieron cooperativas, organizaciones comunitarias y proyectos de economía circular que trabajan sobre la recuperación de residuos electrónicos, la reparación de tecnología y la inclusión social. Un breve repaso:

Cooperativa Tau (Rosario, Santa Fe). Es una de las experiencias más consolidadas del país. Se define como una organización de “triple impacto”: ambiental, económico y social. Según la propia cooperativa, su objetivo es brindar “una solución para el tratamiento de residuos electrónicos y equipos en desuso desde la economía circular”.

TecnoRAEE (Pilar, Buenos Aires). Fue la primera planta cooperativa bonaerense dedicada a la gestión y refuncionalización de residuos electrónicos bajo normativa provincial. Además, desarrolla programas de inclusión laboral para personas que estuvieron privadas de la libertad.

Cooparsi (Azul, Buenos Aires) (). Dedicada originalmente a servicios informáticos, comenzó a trabajar junto al Municipio de Azul en campañas de recepción y tratamiento de residuos electrónicos. En 2026 anunció su objetivo de convertirse en una cooperativa especializada en refuncionalización de RAEE, ampliando su perfil ambiental y productivo.

Cybercirujas (Córdoba). Se trata de un colectivo comunitario orientado a la recuperación tecnológica. Recolectan computadoras, televisores y otros dispositivos descartados, los reparan y los redistribuyen a organizaciones o personas que los necesitan. Su premisa es extender la vida útil de los equipos y combatir la lógica del descarte permanente.

¿Qué hacer con los residuos electrónicos?

– No los tires a la basura común: pueden contaminar y su tratamiento requiere protocolos especiales.

– Revisá qué puede repararse antes de comprar uno nuevo. Una notebook de 2012 puede seguir siendo útil.

– Participá de actividades abiertas: capacitaciones, visitas educativas o talleres.

– Cada acción cuenta. Al evitar que un celular o una PC terminen en un basural, estás cuidando el planeta y colaborando con un proyecto colectivo.

Edición: Darío Aranda.

Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/cuando-la-economia-une-trabajo-conocimiento-y-compromiso-con-el-territorio/


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martes, 7 de julio de 2026

El próximo saqueo del Congo repercutirá en el planeta




 


¿Qué nos parecería si a este mundo nuestro sacudido cada vez más por el desorden climático que alimentan las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero le añadieran en poco tiempo… 29.000 millones de toneladas extras de CO2?

Ésa es una de las graves consecuencias que puede tener que se empiece a extraer petróleo de la República Democrática del Congo (RDC). Esta vez el saqueo de la riqueza congoleña no solo destruiría su medio ambiente y dañaría a su pueblo. Nos lo haría pasar muy mal a todos

En las dos anteriores partes de este reportaje, que se pueden leer a través de los enlaces que se encuentran al final de este artículo, hemos hablado de la producción petrolífera actual del Congo, pequeña en comparación con las de sus vecinos, y las desastrosas consecuencias para la zona donde se desarrolla. Hemos detallado los planes del gobierno congoleño para extraer la totalidad de sus reservas y dónde están, con un estrepitoso fracaso inicial -tras querer subastar sin suerte 27 yacimientos (bloques) petrolíferos- y su nuevo intento, mucho más ambicioso, y hemos dado un repaso inicial a las consecuencias que ello tendría.

Toca ahora detallar esas consecuencias, tan dañinas, no solo para las víctimas habituales del saqueo del Congo -su pueblo, sus tierras, sus ríos…- sino para el planeta entero -o mas bien para quienes lo habitamos- que convierte este artículo, dentro de su modestia, no solo en una obligada lectura sino en una necesaria reflexión para evitar males mayores en nuestro revuelto mundo.

EMPECEMOS HABLANDO DE TURBERAS PARA ENTENDER MEJOR LAS COSAS

La turba es un tipo de suelo húmedo formado por materia orgánica vegetal parcialmente descompuesta. Debido a la presencia de agua y la falta de oxígeno, la descomposición es muy lenta, por lo que la incorporación de materia vegetal procedente de la selva hace que se vayan formando depósitos de turba cada vez más profundos. Esto hace que las turberas actúen como excelentes sumideros de carbono. Las plantas de la selva en crecimiento eliminan el carbono de la atmósfera, pero cuando mueren, normalmente se descomponen y devuelven el carbono a la atmósfera. En un pantano tropical anegado durante todo el año la descomposición es solo parcial, lo que lleva a una acumulación de carbono en forma de turba (Nanqui Soto, de Greenpeace España, 20-11-2017)

En 2017 un equipo de científicos liderado por los profesores Simon Lewis  y Bart Crezee, de la Universidad de Leeds, descubrió las inmensas turberas que se encontraban bajo la selva tropical de la cuenca del río Congo, que cubrían -según una medición posterior- más de 16,7 millones de hectáreas -superficie mayor que la que ocupa Túnez- y una profundidad de hasta 3,5 metros, lo que las convertía en el complejo de turberas tropicales más extenso del mundo.

En 2022 descubrieron algo peor: que los 16 bloques petrolíferos que se proponía subastar el gobierno congoleño cubrían un millón de hectáreas de bosques pantanosos de turberas, además de poner en riesgo once millones de hectáreas de la segunda selva tropical del planeta -solo superada por la amazónica-. Referido solo a la extensión de turberas afectadas, Simon Lewis escribía el 22 de julio de 2022:

Si se destruyera por la construcción de carreteras, oleoductos y demás infraestructura necesaria para extraer el petróleo, estimamos que se podrían liberar hasta 6.000 millones de toneladas de CO, lo que equivale a las emisiones actuales de gases de efecto invernadero del Reino Unido durante 14 años

Como explicábamos en el anterior artículo, la oferta de 27 bloques petrolíferos -que eran 16 en un principio- acabó en un completo fracaso y el gobierno las retiró… Pero en mayo del 2025 volvió a la carga con mucha más fuerza, poniendo para licitación internacional 52 bloques petrolíferos. Los cálculos de Simon Lewis se realizaron cuando eran 16 los yacimientos a subastar, por lo que todo puede ser mucho peor.

MÁS MADERA. DEFORESTACIÓN Y EMISIONES DE CO2 POR TODOS LADOS

Sin tener en cuenta los futuros yacimientos petrolíferos, la deforestación por tala o cambio de uso del terreno ya aporta astronómicas cantidades de CO2 a la atmósfera. En 2002 el gobierno congoleño estableció una moratoria sobre la tala de madera en sus bosques. Por supuesto, esta moratoria fue repetidamente violada, entre otros, por grupos armados en los Parques Nacionales, por algún alto oficial del Ejército e, incluso, por militares ugandeses miembros de las fuerzas de paz de la Comunidad de África Oriental. El propio gobierno, utilizando todo tipo de trampas, se saltó su limitación de no realizar concesiones superiores a 500.000 hectáreas, y concedió varios millones.

Finalmente el 9 de julio de 2021, en Consejo de ministros se aprobaron diez medidas «urgentes para la gestión sostenible de los recursos naturales de la RDC» que, paradójicamente, acababan con la moratoria de tala de los bosques. Según la ministra de Medio Ambiente, Eve Bazaiba, «está motivada por el deseo de mejorar la gobernanza ambiental y de alinear a la República Democrática del Congo con sus pares, en vista del contexto global dominado por el cambio climático y los problemas políticos, económicos y financieros que de él se derivan».

A estas alturas los bosques y selvas de la cuenca del río Congo ya están suficientemente degradados, especialmente los de la RDC, pero la enormidad de este espacio tropical aún deja margen para empeorar las cosas. Un informe de Greenpeace cifraba en 34.400 millones de toneladas de CO2 el coste de la deforestación de África Central para 2050. Una buena ayuda para abocarnos al colapso como especie.

EL DOBLE JUEGO DEL PRESIDENTE CONGOLEÑO TSHISEKEDI Y SU «PAÍS SOLUCIÓN».

Con sus bosques, agua y recursos minerales, la República Democrática del Congo representa una verdadera solución a la crisis climática. Para proteger nuestros bosques y promover su gestión sostenible, nuestra prioridad en esta nueva alianza es fortalecer la gobernanza y la transparencia en todos los sectores del uso de la tierra. Esta alianza también respaldará nuestra ambición de abordar el doble desafío de la seguridad alimentaria y el cambio climático mediante la agricultura sostenible, principalmente en las sabanas

Estas declaraciones las hacía el presidente congoleño Felix Antoine Tshisekedi durante la COP26 celebrada en Glasgow y tras realizar con el primer ministro británico Boris Johnson  una declaración conjunta en nombre de la Iniciativa Forestal de África Central (CAFI), un ambicioso proyecto para proteger la selva tropical durante diez años. Era la presentación oficial del Congo como «país solución» ante la crisis climática. Con sus selvas tropicales, sus turberas, el 10% del agua dulce del planeta y capturando cada año 1.500 millones de toneladas de CO2, la RDC debía seguir tal como estaba para no desequilibrar aún más el clima del planeta, pero estos recursos no utilizados debía ser compensados por el resto de países que se beneficiarían de ello. Para  la CAFI, Tshisekedi consiguió en aquella COP 500 millones de dólares para proteger los bosques congoleños durante diez años.

De hecho, gracias a su riqueza en recursos naturales, la RDC desempeña un papel fundamental en la lucha contra el cambio climático. Los recursos naturales de la República Democrática del Congo fueron clave en la actual transición ecológica y ahora son esenciales en el debate sobre la lucha contra el cambio climático

afirmó en la misma cumbre Eve Bazaiba, viceprimera ministra y responsable de medio ambiente en el gobierno.

El presidente, la responsable de medio ambiente… todo el mundo con un mínimo de conocimiento del país sabía y sabe que lo que guarda el Congo, mal utilizado, puede provocar una catástrofe en todo el planeta… y que debe preservarse. Pero ese mismo gobierno y el presidente del país son los que impulsaron en 2022 abrir esas selvas y esas turberas, contaminar  ese agua dulce y reducir esa capacidad «secuestradora» de carbono como inevitablemente ocurriría al abrir 27 yacimientos petrolíferos como pretendían y, fracasado ese intento, son los mismos que apuestan por lo mismo, corregido y aumentado, con 52 nuevos proyectos. La explicación es más sencilla de lo que parece y no es la que han argumentado.

TODO EL DAÑO QUE EL SAQUEO DEL PETRÓLEO CONGOLEÑO PUEDE PROVOCAR

A nivel mundial las turberas ya están sufriendo importantes daños por su utilización agrícola o por degradación al eliminar o alterar la vegetación; las consecuencias son unas emisiones anuales de 2.000 millones de toneladas de CO2, el 5% de nuestras emisiones. Tan evidente resulta lo nocivo que es la destrucción de una zona de turberas que la República Democrática del Congo, sus vecinos de la República del Congo -con una producción mucho mayor de petróleo- e Indonesia -aportando su experiencia en daños y conservación- firmaron en 2018 un acuerdo, que desde la ONU calificaban de «histórico», para protegerla, sin menoscabo del desarrollo de ambos países.

La conservación y el desarrollo pueden ir de la mano. Lograremos conservar las turberas si priorizamos las necesidades de las personas. Podemos ayudar a los países a comprender mejor la naturaleza única de las turberas y a planificar cuidadosamente cualquier uso potencial. (Erik Solheim, director de ONU Medio Ambiente)

Pero, como es sabido, nada es más fácil de incumplir que una tregua en una guerra o un acuerdo internacional histórico para la protección del medio ambiente… y la realidad es la que estamos contando.

Los primeros damnificados de abrir turberas y selvas a las explotación petrolífera, a sus infraestructuras como kilométricos oleoductos y carreteras, transporte, etc. serán el pueblo congoleño, la fauna y el medio ambiente; nada nuevo. Puede servir como referencia el desastre creado en Muanda, la única zona congoleña explotada petrolíferamente y cuya realidad ya comentamos en la segunda parte de este reportaje.

Pero esta vez el resto del mundo no se librará de unas consecuencias terribles. De una parte tenemos todo ese carbono almacenado, que puede convertirse en nuevas emisiones que sumar a las que ya tenemos y somos incapaces de reducir. Para hacernos una idea del impacto que esos 29.000/30.000 millones de toneladas que guardan las turberas podrían tener en nuestra saturada atmósfera, pensemos que son una cantidad similar a la que uno de los grandes contaminadores mundiales, Estados Unidos, expulsa en mas de seis años.

El daño no se limita al carbono acumulado que desde turberas y selvas volvería a la atmósfera, sino al que es capturado cada año y que permanecería calentando el planeta. Y la cuenca del Congo absorbe cada año 1.500 millones de toneladas de dióxido de carbono.

La cuenca del Congo es una de las últimas regiones del mundo que absorbe más carbono del que emite. Debemos encontrar la manera de satisfacer las necesidades energéticas cruciales para el desarrollo sin sacrificar las turberas ni los servicios esenciales que estas proporcionan a las personas y a la economía (Doreen Robinson, jefa de Biodiversidad y Tierras del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA))

Las turberas, junto a los humedales, son los mejores sumideros de CO2. Si las dañamos severamente y aumentamos la deforestación de la selva congoleña… aumentamos las emisiones y reducimos las capturas de dióxido de carbono. La cuenta es fácil y podemos olvidarnos, si alguna posibilidad quedaba, de no sobrepasar los 2º centígrados. Lo que viene después ya lo vamos intuyendo.

No hay posibilidad de limitar el calentamiento global a 2 °C o 1,5 °C si no conservamos los sumideros de carbono existentes, como las turberas… (Mark Radka, jefe de la Subdivisión de Energía y Clima del PNUMA)

¿CÓMO SE VA A PERMITIR EL MUNDO DEJAR BAJO TIERRA TODO ESE PETRÓLEO? 

Es una buena pregunta cuando en estos momentos guerras de por sí destructivas por conseguir el control del petróleo de las grandes reservas mundiales están poniendo al borde de la peor de las guerras a todo el planeta. ¿Nos podemos permitir el lujo de dejar enterrado un bien que va escaseando y sobre el que tenemos montado nuestro mundo? ¿Se lo puede permitir el pueblo congoleño? Empecemos por ahí.

La RDC emite poco más de seis millones de toneladas de CO2 por quema de combustibles fósiles y tiene una huella de carbono de 0,06 toneladas por persona -mientras que en España está en torno a las 6 toneladas- a la par que solo un 22% de la población tiene acceso a la electricidad en sus hogares. Y recordemos que la cuenca del río Congo absorbe cada año unos 1.500 millones de dióxido de carbono… ¿Hay derecho, entonces, a impedir que este país extraiga el petróleo que posee y se eleve su desarrollo socioeconómico para proteger el planeta que hemos alterado con nuestro consumo y elevado nivel de vida? Sería una nueva injusticia.

La explotación petrolera se presenta a menudo como una solución a las necesidades de desarrollo. Pero en realidad, la mayor parte de la riqueza termina en manos de empresas de combustibles fósiles, bancos y otros intereses especiales o corruptos (La amenaza inminente de la expansión del petróleo y el gas en África  noviembre 2022, RFUK)

Pero el petróleo que se extraiga va a ir principalmente a la exportación, a nuestro consumo y a elevar o mantener un nivel de vida basado en el derroche energético. El dinero que por ello ingrese el erario público congoleño, aunque cada uno de sus millones de dólares acabara en él, no podría compensar los daños para el medio ambiente y la población que los bloques petrolíferos subastados provocarían. Entre otros contaminarían la tierra, el agua y el aire del que y en el que viven millones de personas durante décadas y arruinaría los medios de vida -o supervivencia- de todas esas personas. Las riquezas del Congo siempre han traído más sufrimiento que desarrollo a su pueblo y esta vez no tiene porqué ser diferente.

Se estima que más de un millón de congoleños que viven en la zona de subasta podrían verse directamente afectados por la grave contaminación petrolera, así como los centros de población ubicados aguas abajo, incluyendo Kinshasa (La amenaza inminente de la expansión del petróleo y el gas en África  noviembre 2022, RFUK)

Si lo vemos desde nuestro punto de vista, más petróleo en el mercado abarataría el precio no solo del combustible de nuestros coches, sino de la producción de alimentos y demás bienes que consumimos.

Los costos económicos a largo plazo de los daños a los ecosistemas superan con creces las ganancias financieras a corto plazo derivadas de la explotación de los recursos (Doreen Robinson, jefa de Biodiversidad y Tierras del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA))

Y eso hablando en términos financieros o monetarios. Lo que es incalculable es la repercusión que la entrada de miles de millones de toneladas de dióxido de carbono en la atmósfera puedan tener para el clima planetario y sus repercusiones en forma de eventos climáticos catastróficos -huracanes, olas de calor o frío, sequías, inundaciones…- además de asegurarnos que las líneas rojas marcadas por la ciencia para no entrar en una situación de no retorno y de caos climático se verían superadas. No podemos permitirnos el lujo de emitir millones de toneladas de CO2.

CONCLUSIONES QUE NO DEBERÍAN QUEDAR OLVIDADAS TRAS SU LECTURA

Esclavos, marfil, caucho, madera, cobre, uranio, coltán, tungsteno, cobalto, níquel, oro, casiterita… El mundo no sería como es sin la inmensa cantidad de recursos humanos, forestales, minerales que llevamos «recibiendo» desde hace décadas del Congo pese a lo que -o gracias a lo que- su pueblo vive en la miseria y la guerra. Esto, salvo honrosas excepciones, no le ha importado a nadie en tanto el flujo no se ha detenido, independientemente de las condiciones en que se han obtenido.

Ahora es distinto… Destrucción de selvas, de biodiversidad, de lugares y medios de vida para millones de personas, de gorilas, okapis, elefantes… Nuestro mundo podría asumirlo y le sale a cuenta si la explotación del petróleo congoleño a costa de sus selvas y turberas no nos impactara desastrosamente, nos guste o no, creamos en ello o no, por mucho que en un principio nos pueda «alegrar» la economía y sus efectos, obviamente, no se manifiesten de la noche a la mañana.

Quienes estamos preocupados por a dónde va este mundo y quienes lo habitamos, más allá de lo cercano o lo inmediato, leemos cada día noticias descorazonadoras que muestran cómo estamos haciendo exactamente lo contrario de lo que debiéramos para no acercarnos al desastre. Pero ésta no debe ser una más ni nuestra reacción debería quedar en llevarnos las manos a la cabeza. Habrá un antes y un después si los bloques petrolíferos son subastados y puestos en explotación… y el después no tendrá marcha atrás.

Cada cual debe hacer lo que pueda -y países, organismos internacionales, organizaciones, etc. etc. deberían hacer lo mismo- para que el petróleo congoleño no se toque. El Congo, tal y como está en cuanto a sus selvas, turberas, etc. beneficia más al mundo que la explotación de su petróleo y su gas, y el mundo debe compensar justamente al pueblo congoleño por ello. Transformar extensas zonas de «captadoras» de CO2 a emisoras y liberar miles de millones de toneladas en un tiempo relativamente corto arruinará al Congo y nos salpicará al resto de una manera dolorosa.

@CongoActual

visita la 1ª parte de este reportaje (cortesía de Cleophas Singizwa) Cuatro razones para no explotar el petróleo de la Falla Albertina

y la 2º parte: En el Congo también hay petróleo… y quieren sacarlo todo

Fuente: https://elcongoenespanol.blogspot.com/2026/06/petroleo-en-el-congo-3-el-proximo.html



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lunes, 6 de julio de 2026

El poder y la urgencia en la crisis ecológica




La situación no admite matices: estamos al borde de un desastre climático irreversible 1. En 2025 se estimó que ya se han traspasado siete de los nueve límites planetarios 2. Básicamente eso hace que toda la crisis ecológica se acelere y empeore. Las emisiones globales de CO2 y su concentración en la atmósfera superan año a año los máximos históricos. Mientras no se cierre el grifo, el desagüe no reduce su tamaño. Recientemente se ha observado que los océanos están reduciendo su capacidad de absorber emisiones de CO2 3. Lo mismo sucede con los bosques: en 2023 y 2024 la deforestación y los grandes incendios forestales redujeron al mínimo las absorciones de carbono de los bosques 4. En Finlandia, los bosques han dejado de ser un sumidero y se han convertido en un emisor de carbono 5.

Al mismo tiempo, la pérdida de biodiversidad alcanza cifras catastróficas. Desde 1970, la población de animales salvajes se ha reducido en un 73 % 6. Casi un millón de especies están en peligro de extinción. El descenso en la población de insectos ya está reduciendo la producción alimentaria. Junto a ello, el uso masivo de fertilizantes químicos en la agroindustria está agotando la fertilidad del suelo cultivable.

Además, no podemos analizar la urgencia ecológica de forma aislada: esta se produce en un contexto socioeconómico y geopolítico global inestable. La invasión de Ucrania, el genocidio en Palestina, las intervenciones militares de EE UU en América Latina, las tensiones en el Mar de la China Meridional, las revueltas, los golpes de Estado y las guerras por recursos en África, etc., describen el desorden global. Pero también el auge de las migraciones, las desigualdades, la subida del coste de la vida, la derechización de la sociedad, la represión y la violencia (que tienen un impacto más acusado en personas racializadas, mujeres, LGTBIQ, activistas, etc.) muestran una serie de urgencias sobrepuestas, y en gran medida interconectadas, que debemos atender de forma conjunta.

Aunque dejemos de mirar, todo esto sigue ocurriendo. Cada vez más rápido, cada vez más grave, cada vez más irreversible. Pero el conocimiento detallado sobre la catástrofe no asegura ninguna transformación. La discusión real sobre la crisis ecosocial nunca fue sobre la ciencia, sino sobre el poder. Es ahí donde se sitúa la reflexión que queremos abordar en este artículo: en el poder y la urgencia.

La cuestión de la urgencia

En el actual escenario, es lógico que aumenten las dudas sobre qué estrategia política responde mejor a la urgencia de la crisis ecológica. Los plazos temporales en los que deben completarse transformaciones inmensas son de apenas una y dos décadas. Las consecuencias de la inacción son cada vez más catastróficas. En este contexto, la ausencia de certezas estratégicas está dando lugar a diferentes respuestas, que comparten el reconocimiento de la urgencia, pero que plantean enfoques dispares y a menudo contradictorios. Analizaremos los que están teniendo influencia en el contexto del Estado español.

Los intelectuales del progresismo verde español han insistido recientemente en la cuestión de los tiempos para justificar su proyecto político. Emilio Santiago afirma que ningún freno a la descarbonización es admisible y que la izquierda ya no puede permitirse ampararse en excusas ideológicas como la desigualdad o los beneficios de las grandes empresas privadas 7/. José Luis Rodríguez reivindica la importancia de establecer una alianza con la fracción verde del capital 7. Xan López considera que la izquierda debe soltar los lastres teóricos e intervenir en el capitalismo realmente existente para reforzar la democracia liberal verde 8. César Rendueles defiende que los tiempos de la crisis ecológica convierten el legado del marxismo en una fantasía mórbida y políticamente catastrófica 9.

Todos ellos insisten en el mismo punto: no es realista esperar la abolición del capitalismo para superar la crisis climática. Desde ahí apelan a un pragmatismo verde que se comprometa en la gestión verde de lo existente. Si bien hace unos años justificaban ese pragmatismo porque iba en favor del viento de los tiempos, ahora lo justifican como la única vía para enfrentarse al auge del fascismo fósil.

En el campo de los movimientos sociales, a pesar de que el auge climático pre-pandemia no se ha recuperado, vemos como sí que se ha dado una radicalización de algunos sectores. Colectivos como Extinction Rebellion o Futuro Vegetal han utilizado tácticas de desobediencia civil para llamar la atención sobre la urgencia. También hay una creciente influencia del movimiento francés Les soulèvements de la terre en los grupos ecologistas autónomos y de defensa territorial. Esto ha llevado al surgimiento de Revoltes de la Terra en Catalunya. Sin olvidar las revueltas campesinas en toda Europa, que, a pesar de que sus reivindicaciones no siempre son ecologistas, sí que evidencian uno de los síntomas de esta crisis.

Miembros del colectivo portugués Climáximo interrogan las actuales estrategias de los movimientos desde el prisma de la urgencia 10. Critican cómo la mayoría de organizaciones reproducen comportamientos escapistas y distracciones que ignoran la cuestión de los plazos climáticos. Consideran que ni la construcción gradual de poder y la organización comunitaria, ni el tacticismo de las grandes movilizaciones, ni las demandas concretas y ganables responden satisfactoriamente a la prueba de la urgencia. Junto a ello, señalan cómo a la abrumadora sensación de amenaza muchas veces se responde con una renuncia a la lucha por el poder, concentrándose en otros proyectos locales. Afirman que: “si queremos planificar el desmantelamiento del capitalismo dentro de los plazos climáticos necesitamos una teoría del cambio y un modelo organizativo en el que esta tarea pueda parecer plausible”.

Insisten en reforzar el ecosistema de movimientos y organizaciones comprometidas con la ruptura revolucionaria. Proponen interiorizar un enfoque de guerra y emergencia climática a nivel organizativo: toda estrategia, táctica y proceso interno debe probar su eficacia, debe recorrer ciclos rápidos de aprendizaje y debe ser escalable.

Si analizamos las diferentes respuestas planteadas, podemos decir que, en el caso de los progresistas verdes se adopta directamente una posición ideológica contraria a cualquier proyecto revolucionario. Ponen en la diana las posiciones anticapitalistas como obstáculo para la resolución de la crisis ecológica, mientras los resultados de su pragmatismo siguen sin llegar. Además, su utilización tramposa de la urgencia para imponer su proyecto político, recuerda demasiado a la famosa no hay alternativa, legitimando salidas antidemocráticas y olvidando que sin los sujetos más afectados por esta crisis ecosocial no podremos activar los procesos de radicalización necesarios para la transformación ambiciosa que necesitamos.

En el caso de Climáximo, aunque el esfuerzo es loable, seguramente se caiga en un exceso de voluntarismo. En su desarrollo práctico, vemos como la necesidad de escalar rápido desdibuja el contexto concreto de los movimientos y las dinámicas territoriales que les atraviesan. A pesar de que la radicalización es un buen síntoma de la urgencia, podemos decir que el panorama de los movimientos sociales sigue estando demasiado fracturado y sin capacidad de interpelar a amplias capas de la población. Vemos cómo se formulan propuestas útiles para la reorganización y fortalecimiento de los movimientos, pero sin una propuesta clara sobre cómo afrontar la cuestión del poder. 

En lo que sigue, intentaremos abocetar nuestra respuesta a la crisis ecosocial. Señalaremos algunas ausencias del pensamiento ecosocialista y desarrollaremos nuestras reflexiones sobre el poder y la urgencia ante la crisis ecosocial.

Fertilizar el pensamiento ecosocialista

Las discusiones sobre crisis ecológica en el pensamiento marxista se inician en la segunda mitad del siglo XX. Más de medio siglo de pensamiento ecosocialista ha dejado un valioso legado. Ha jugado un papel importante tanto en las organizaciones de tradición marxista como en el movimiento ecologista. Sin embargo, reconocer este legado no nos impide reconocer y señalar algunas limitaciones que ha tenido.

En la mayoría de casos, el pensamiento ecosocialista se ha ocupado únicamente de la parcela ecológica de la discusión. No se han abordado desde este prisma algunas preguntas centrales del marxismo: sobre el Estado, la crisis, la organización o la transición. Esto hace que sus aportaciones se deban completar con otras escuelas de pensamiento marxista. Lamentablemente, la apariencia de este puzzle no siempre genera un resultado satisfactorio y coherente. Es ahí donde debe fertilizarse el pensamiento ecosocialista. En el ámbito de los tiempos políticos ocurre algo similar. Existe un rico legado de discusiones sobre los tiempos políticos, la organización y la estrategia en el marxismo. Pero todavía falta desarrollar una relectura ecosocialista al respecto.

La reflexión sobre los tiempos políticos y la organización en el marxismo occidental se remonta a las discusiones en el seno de la II Internacional y el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Eduard Bernstein defendía el parlamentarismo como una larga marcha de conquista gradual al poder. Para Karl Kautsky, la revolución consistía en un desplazamiento de las fuerzas en el Estado y el crecimiento de la masa obrera. Por eso apostaba por una acumulación pasiva de fuerzas, por “avanzar pacientemente por las rutas del poder hasta que el poder caiga como fruta madura”. Estas concepciones situaban al partido en el papel de pedagogo que cultiva y organiza a la clase trabajadora.

Esto es lo que Walter Benjamin acusó de quietismo histórico. La socialdemocracia alemana asumía un tiempo homogéneo y vacío, un tiempo de progreso mecánico sin crisis ni rupturas. Una temporalidad sin acontecimiento. Para Benjamin, esto había adormecido la vigilancia revolucionaria frente a las amenazas. En su concepción, el tiempo estratégico de la política no es lineal ni vacío: es un tiempo discontinuo, inconexo y fracturado, lleno de nudos y sucesos impregnados de significado.

La ruptura más significativa la formuló Lenin a través de dos aportaciones fundamentales: su noción de crisis revolucionaria y su concepción del partido. Para el revolucionario ruso, el partido no es un pedagogo que acumula fuerzas pacientemente, sino un operador estratégico que reacciona ágilmente a la coyuntura. Considera que la revolución debe prepararse construyendo una organización capaz de actuar en situaciones extremas, sin quedar paralizada ante los primeros retos. Por eso, el partido debe permanecer siempre disponible a la improvisación del acontecimiento y preparar todos los terrenos. Como lo describe Daniel Bensaïd, la política de Lenin es una política de la impaciencia 12/. El tiempo roto de la estrategia leninista es un tiempo ritmado por la lucha e interrumpido por la crisis. En este tiempo roto, el partido actúa como caja de cambios de la revolución.

¿Ofrecen estas discusiones respuestas satisfactorias al problema de la urgencia de la crisis ecológica? Sería tramposo decir que sí. Aunque resuene bien y sean sugerentes, no podemos aplicarlas mecánicamente al problema de los tiempos políticos de la crisis ecológica.

Poder, crisis y transición

Trataremos de abocetar nuestra respuesta con tres aproximaciones: el poder, la crisis y la transición.

En primer lugar, hablar de cómo tomar el poder nos parece fundamental en un contexto en el que los movimientos ecosociales eluden de forma constante esta pregunta. Ya sea por la influencia del autonomismo, por el miedo al reformismo, o simplemente por la impotencia e incapacidad de imaginar escenarios rupturistas, no se concibe una relación con el Estado que no se base o en una simple lógica de presión y demandas o, por lo contrario, en una lógica de confrontación que no busca transformar el poder, sino simplemente desgastarlo.

Necesitamos hablar de cómo transformar el Estado ante la urgencia. Porque la asunción de que no hay tiempo para grandes transformaciones y que, por tanto, es mejor adaptarnos y pactar nos lleva a un callejón sin salida en el que el capitalismo sigue operando con normalidad. Pero eludir este reto y centrarse exclusivamente en la construcción de espacios autónomos, también supone abandonar las herramientas de intervención en la economía que necesitamos activar de forma urgente.

Dicho esto, ¿qué significa la toma del poder para un proyecto ecosocialista en una democracia liberal occidental? La concepción de crisis revolucionaria de Lenin se basaba en la dualidad del poder y en una campaña político-militar de derrocamiento del aparato de dominación estatal. Este modelo tiene difícil aplicación en los países con una sociedad civil robusta y entrelazada, en las que el Estado ejerce una fuerte hegemonía y goza de fuerte legitimidad.

En estos terrenos, la discusión de la Internacional Comunista formuló otros modelos: el gobierno obrero y el enfoque transitorio 11. Se observaba cómo la radicalización social de la clase trabajadora se traducía primero en la aspiración reformista a un gobierno democrático que respondiera a las reivindicaciones defendidas. En esas condiciones, el acceso electoral al gobierno por fuerzas socialistas puede cumplir un papel provisional y transitorio. Sin embargo, ese gobierno deberá hacer frente a las medidas de sabotaje económico de los capitalistas, a una creciente impotencia y desilusión, y a una dinámica creciente de conflictos de clase. De ahí el enfoque transitorio: ese gobierno puede cumplir un papel de puente, pero debe desbordar la política reformista y reforzar la radicalización. 

Además, en un contexto de crisis ecosocial, el éxito de esta estrategia dependerá especialmente de la capacidad de construir instituciones de contrapoder. Estas instituciones son fundamentales para fortalecer las clases populares en un contexto de empobrecimiento y recrudecimiento de las violencias, pero también para crear autonomía y desactivar los chantajes del capital, además de construir experiencias de construcción de poder que no pasen por la delegación típica de las democracias liberales, facilitando la radicalización y el desborde de los marcos conocidos. 

La instauración de un gobierno transitorio con fuertes estructuras de contrapoder es algo que tiene una fácil traducción a los tiempos de la crisis ecológica. No hace falta tener fe en la abolición del capitalismo a escala global en la próxima década para asumir una estrategia revolucionaria. Demandas transitorias que avancen significativamente en la transición ecológica pueden desarrollarse desde un gobierno obrero –entendiendo la clase en toda su amplitud– que llegue electoralmente al poder en un momento de radicalización social. La nacionalización de las empresas energéticas, una reforma agraria agroecológica, la extensión masiva del transporte público, una reducción drástica de la jornada laboral, la regularización de las personas migrantes, la expropiación de las viviendas en manos de empresas y fondos de inversión o acabar con la sanidad privada. Esa actuación se encontrará con límites y sabotajes, que deberán responderse profundizando en la ruptura. En virtud del pragmatismo, si algo enseña el siglo XX es que un programa de reformas significativo únicamente ha sido efectivo cuando la revolución era una amenaza creíble.

En segundo lugar, ¿qué implicaciones tienen la crisis y los estallidos sociales? En el tiempo roto de la crisis ecosocial, aparecen como un acontecimiento central. Esto tiene varias caras. En su faceta económica, sabemos que durante la próxima década enfrentaremos una nueva crisis económica. La acumulación capitalista no goza de buena salud, y desde los años 70 el Norte Global ha sufrido una crisis cada década. Lejos de lecturas izquierdistas, las crisis no son una oportunidad para el estallido revolucionario. En las crisis los capitalistas restauran su tasa de beneficio y refuerzan su dominación sobre la clase trabajadora. Las crisis no son síntoma de agotamiento catastrófico, sino que revitalizan la acumulación capitalista.

Ståle Holgersen defiende que el ecosocialismo no puede ni escapar ni ignorar las crisis 12. Para evitar acabar reproduciendo recetas keynesianas en búsqueda de restaurar la competitividad y rentabilidad del capital, debemos preparar estrategias y programas socialistas contra la crisis. Debemos tener planes de acción concretos para la gestión inmediata de la crisis, para minimizar el daño social y aplicar la política de clase a los momentos de shock. La característica principal está en asumir que se acentuará la lucha de clases, y que inevitablemente entrará en conflicto con el beneficio y la propiedad privada. Las estructuras de contrapoder que sostengan a las clases populares serán claves, pero también la capacidad de articular estrategias que logren convertir los nuevos sentidos comunes generados en estos contextos en transformaciones reales.

Por otro lado, se encuentra el estallido social. Este opera independientemente de la crisis económica. De hecho, durante el último siglo la dinámica ha sido que el estallido suele preceder la crisis. Joshua Clover defiende que la forma a través de la que se expresa la lucha de clases en nuestro periodo es el disturbio 13. El disturbio es una forma de acción colectiva que lucha para “fijar el precio” de los bienes de mercado, e involucra a cada vez más poblaciones que han sido expulsadas de los circuitos del trabajo asalariado. Destaca los disturbios masivos por el precio de los combustibles y del transporte durante la última década en Francia, Brasil, México o Haití. Examinando un fenómeno similar, Vincent Bevins hace un balance amargo sobre la década de 2010-2020 de protestas masivas 14. Tras repasar los estallidos sociales en Túnez, Egipto, Turquía, Brasil, Corea del Sur y Chile, concluye que estas protestas hicieron un buen trabajo creando vacíos políticos, pero fueron incapaces de aprovechar las situaciones revolucionarias. Mientras que las protestas masivas y sin líderes no estaban en disposición de tomar el poder, las élites económicas organizadas aprovecharon el vacío de poder para reforzar su posición.

Crisis, disturbios y protestas masivas son tres fenómenos que ocurrirán en los próximos años. Son acontecimientos que fracturarán el tiempo político. La urgencia ecológica se relaciona directamente con nuestra capacidad de intervenir en estos momentos. Si nuestras organizaciones quedan bloqueadas o marginadas, habremos perdido una década que no nos podíamos permitir. Además, no podemos descartar que estos acontecimientos se desarrollen en un sentido contrarrevolucionario. Richard Seymour describe con el concepto “nacionalismo del desastre” cómo la extrema derecha está aprovechando las catástrofes reales e inventadas para ampliar y radicalizar su base social 15, organizando los deseos y emociones en una dirección reaccionaria, ofreciendo fantasías violentas como salida a la frustración social. Prepararnos para intervenir en las crisis y estallidos, requiere ampliar nuestras bases, fortalecer las alianzas, pero sobre todo tener capacidad de leer la realidad social para adelantarnos y construir salidas emancipadoras a las frustraciones.

Por último, ¿qué conquistas exige una transición ecosocialista partiendo del momento actual? Por un lado, Soulèvements de la Terre ha popularizado el concepto “desarme”, como una estrategia defensiva para desarticular y frenar las infraestructuras que nos llevan al colapso 16. Una estrategia que ha sido exitosa marcando el debate público y frenando algunos grandes megaproyectos. Aunque para extenderla deberíamos abordar algunos debates tácticos sobre las formas, el tipo de infraestructuras a atacar y las implicaciones para la clase trabajadora. Por otra parte, Kai Heron, Keir Milburn y Bertie Russell defienden la construcción de herramientas de propiedad público-comunitaria en sectores clave para la reproducción social 17. Cuidados, vivienda, energía o alimentación. Esto genera una institucionalidad que utiliza el protagonismo popular para satisfacer necesidades sociales y reducir el dominio del capital. No son el resultado de una revolución ecosocialista, sino una apuesta para construir poder popular y avanzar en la transición ecológica. Una apuesta tangible y realizable en la que se pueden concentrar fuerzas organizativas.

Las conquistas ecosocialistas deben combinar ese doble movimiento destituyente y constituyente de nuevas formas de organizar la economía y la sociedad. Mejorando las formas de combinarlos para que se retroalimenten mejor en vez de contraponerse.

En este caso, vemos de nuevo cómo una apuesta organizativa ecosocialista puede relacionarse con la urgencia de la crisis ecosocial. La consolidación y expansión de instituciones de contrapoder, junto a la capacidad de imponer demandas transitorias en el plano estatal se puede traducir en la conquista de este tipo de herramientas que resuelvan necesidades sociales al mismo tiempo que debilitan el dominio del capital. Los procesos de lucha social y de victoria electoral articulados dialécticamente pueden dar respuesta a la urgencia ecosocial. La transformación urgente y el objetivo de escalar las herramientas populares no queda pospuesto a un futuro indefinido, sino que forma parte de la acumulación de fuerzas revolucionarias.

Ecosocialismo en la barbarie

Las discusiones sobre el poder, la crisis y la transición ofrecen algunas respuestas al problema de la urgencia. Unas organizaciones revolucionarias ecosocialistas deben reaccionar ágilmente a la coyuntura, deben impulsar demandas transitorias, deben preparar programas para hacer frente a las crisis, deben intervenir en los estallidos sociales y deben construir herramientas de transición que satisfagan las necesidades sociales. También debe utilizar un gobierno obrero como puente entre las aspiraciones populares y el horizonte de ruptura. Todo ello se relaciona con los tiempos de la crisis ecológica.

Partimos de un convencimiento: no hay atajos, pero importan mucho las victorias parciales que logremos en el camino. No hay atajos en los medios ni en los fines: la toma del poder político por la clase trabajadora. Pero debemos ganar transformaciones enormes mientras tanto. Es probable que un programa ecosocialista no se complete antes de superar los plazos para una reducción drástica de emisiones de CO2. También es probable que un programa de reformismo pragmático tampoco lo cumpla. Entre otros motivos, porque ya estamos superando peligrosos puntos de no retorno.

Eso hace que la manida expresión Ecosocialismo o barbarie se deba repensar en términos de Ecosocialismo en la barbarie. O, más bien: construir el ecosocialismo a través de la barbarie. No nos enfrentamos a un escenario de todo o nada. Nos enfrentamos a un escenario volátil, cada vez más catastrófico y en el que ningún futuro está asegurado. Debemos evitar los peores desenlaces y para ello debemos fortalecer nuestro poder. Sabemos que la lucha de clases se va a intensificar y que la organización popular es la única garantía para lograr avances y evitar retrocesos.

Esta garantía es esencial. Como decíamos, la extrema derecha está logrando dirigir la frustración hacia una radicalización reaccionaria No incluir esto en nuestro análisis sería un terrible error. El contagio social de posiciones reaccionarias y racistas anula cualquier avance parcial de la transición ecológica. La respuesta popular a la Dana en el País Valencià ofrece un ejemplo. Las personas involucradas lo tienen claro: lo que marcó la capacidad de respuesta fue la existencia de estructuras populares previas. En su ausencia, la combinación de catástrofes climáticas y una extrema derecha envalentonada, se destruirán lazos de solidaridad comunitaria y el malestar se radicalizará en el peor sentido.

Al igual que las crisis y los estallidos, podemos dar por seguro que estas catástrofes y ataques de la extrema derecha ocurrirán en el futuro próximo. Por eso, una organización ecosocialista que se tome en serio la urgencia debe prepararse para responder. Aquí, de nuevo, una derrota nos hará perder años que no nos podemos permitir.

Notas:

1 William J. Ripple y colaboradores. “The 2025 state of the climate report: a planet on the brink”, BioScience, Volume 75, Issue 12, 2025, 1016–1027.

2 Planetary Boundaries Science (PBScience). 2025. Planetary Health Check 2025. Potsdam Institute for Climate Impact Research (PIK), Potsdam, Germany.

3 Müller, Jens D., Gruber, Nicolas; Schneuwly, Aline et al. “Unexpected decline in the ocean carbon sink under record-high sea surface temperatures in 2023”. Nat. Clim. Chang. 15, 978–985 (2025)

4 Nancy Harris y Melissa Rose. “World’s Forest Carbon Sink Shrank to its Lowest Point in at Least 2 Decades, Due to Fires and Persistent Deforestation”. World Resource Institute. 24 de julio de 2025

5 Natural Resources Institute Finland. 2025. “Preliminary greenhouse gas inventory results for 2023: Forest land has turned into an emission source because the carbon sink of trees no longer cover emissions from forest soil”

6 WWF. Living Planet Report 2024

7 José Luis Rodríguez (2024). “¿Qué es una alianza? Apología de la incomodidad”. Corriente Cálida.

8 Clemente Álvarez (2025). Xan López, activista: “No es realista esperar a la abolición del capitalismo para superar la crisis climática”. El País

9 Cesar Rendueles (2025). “La extinción del marxismo (el marxismo político ante la crisis ecosocial)”. Cuaderno digital de cultura.

10 Mariana Rodrigues y Sinan Eden (2025). All In: a revolutionary theory to stop climate collapse. Now.

11 Martín Mosquera (2023). “Lecciones desde lejos: frente único y gobierno obrero en la Internacional Comunista”, viento sur 186.

12 Ståle Holgersen (2025). Against the Crisis: Economy and Ecology in a Burning World. Verso.

13 Joshua Clover (2025). Disturbio. Huelga. Disturbio. La nueva era de los levantamientos. Traficantes de Sueños.

14 Vincent Bevins (2025). Si ardemos. La década de las protestas masivas y la revolución que no fue. Capitán Swing.

15 Richard Seymour (2024). Disaster Nationalism: The Downfall of Liberal Civilization. Verso.

16 Stathis Kouvelakis (2023). “Sublevaciones de la Tierra: composición y estrategia de la acción de masas”. viento sur

17 025). Radical Abundance. How to Win a Green Democratic Future. Pluto

Júlia Martí es activista ecofeminista y forma parte de la redacción
de viento sur. Martín Lallana es sindicalista y miembro de la redacción de viento sur.

Fuente: https://vientosur.info/el-poder-y-la-urgencia-en-la-crisis-ecologica/



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