sábado, 11 de julio de 2026

Fascismo fósil, indiferencia climática



«Dejen de quejarse. Siempre hay más gente que muere en invierno que en verano, porque el frío mata muchísimo más que el calor».

Estas son las palabras del secretario de Energía de los Estados Unidos, Chris Wright, pronunciadas el sábado 27 de junio en un mensaje de vídeo dirigido a la Alianza para la Ciudadanía Responsable (ARC), una conferencia de escépticos del cambio climático, en la que también estuvo presente Nigel Farage. Wright ha realizado estas declaraciones justo cuando una ola de calor sin precedentes está asfixiando y matando a muchas personas por toda Europa Occidental.

Wright es un hombre blanco, multimillonario y cabildero de la industria de la fracturación hidráulica [fracking], cedido a la Casa Blanca de Donald Trump. Encarna el cinismo absoluto de la derecha sociópata en el poder. Su retórica es tan agresiva como mendaz. En países donde las temperaturas se disparan, las muertes relacionadas con el calor han aumentado a un ritmo alarmante durante años, superando con creces los promedios históricos de invierno. El vínculo entre calor extremo y mortalidad es directo, agudo e inmediato. Esto también está ocurriendo en los Estados Unidos, donde Trump sigue recortando la financiación destinada a emergencias climáticas.

La actitud de Wright y sus secuaces no se basa en la ignorancia. Se trata de una estrategia ideológica que el Colectivo Zetkin ha bautizado como «fascismo fósil». Es una alianza orgánica entre la extrema derecha política y el capital extractivo, unidos para defender —utilizando todos los medios que ofrece el Estado y el mercado— los privilegios de un capitalismo basado en los combustibles fósiles, principalmente el gas y el petróleo, los principales causantes del cambio climático en el planeta.

Wright ha atacado asimismo a la Unión Europea en su momento más vulnerable. Lo hizo después de que Trump amenazara con aranceles del 100% si Bruselas imponía impuestos a las grandes empresas tecnológicas norteamericanas. Para él, los objetivos de reducir las emisiones contaminantes a cero son «ridículos». Esta idea la comparten todas las fuerzas que forman parte de la derecha de los combustibles fósiles.

El gobierno italiano también opina de este modo, tras haber mantenido discrepancias con Bruselas sobre el debilitamiento del Sistema de Comercio de Emisiones (ETS). Para los políticos trumpistas de todas las tendencias, Europa debe abandonar la transición ecológica y transformarse en un mercado para el gas natural licuado (GNL) estadounidense, del cual el propio Wright es productor. La primera ministra Giorgia Meloni se hace eco de este objetivo al afirmar que quiere convertir a Italia en un «centro de gas». Lo hizo oficial en Washington al declararse aliada de Trump, y desde entonces lo ha reiterado en numerosas ocasiones.

La indiferencia climática y el negacionismo que actualmente imperan en Washington también se manifiestan, de forma más atenuada, en Europa. Lo hemos visto durante estos días de temperaturas «máximas». Los gobiernos se limitan a emitir declaraciones vacías y poco creíbles, y a aprobar decretos fallidos que sólo entrarán en vigor con las previsibles demoras. Sin estrategia, sólo mucha indiferencia. Hace calor. Pasará. El resto queda en manos de las «guerras de memes» sobre los aires acondicionados que supuestamente odia la izquierda.

Esta es la nueva escaramuza moralista que ha invadido la esfera digital afín al fascismo en las últimas horas, tanto en Italia como en otros lugares. Para desmantelarla, basta con señalar que, si los aires acondicionados funcionaran con paneles solares instalados en los tejados, serían más útiles, más baratos y más eficaces.

El fascismo fósil y la indiferencia climática son las dos caras de una estrategia destinada a que el ciudadano-consumidor se adapte a una realidad infernal. Puesto que la gente sufre de todos modos, y debemos abandonarla a su suerte, el objetivo consiste en encontrar paliativos que permitan gestionar temporalmente la ola de calor sin alterar la contradicción subyacente: el capitalismo, basado en combustibles fósiles o no, es incompatible con la preservación del planeta.

Lo que queda es apatía, agotamiento y desconcierto. Algunos anunciarán huelgas; para otros, no serán suficientes las medidas a medias. Nos conmueve la difícil situación de los repartidores que corren de un pedido a otro. Pero vámonos a la playa. Mañana podemos hablar más sobre la violencia de clase.

Roberto Ciccarelli, periodista del diario il manifesto e investigador asociado al Laboratoire d’études et de recherches sur les Logiques Contemporaines de la Philosophie de la Universidad París 8, es autor de “Divenire rivoluzionari.e. Gilles Deleuze, Félix Guattari e noi” (2025), “L’odio dei poveri” (2023), “Il Quinto Stato” [con Giuseppe Allegri] (2013), “La furia dei cervelli” [con Giuseppe Allegri] (2011), “Fuga dal precariato” (2011), “Immanenza. Filosofia, diritto e poltica della vita dal XIX al XX secolo” (2009) o “Forza lavoro: il lato oscuro della rivoluzione digitale” (Derive Approdi, 2018).

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/fascismo-fosil-indiferencia-climatica

Fuentes: Sin permiso [Foto: Chris Wright, secretario de Energía de EEUU]



Para mayor información comunicate con nosotr@s al mail: madalbo@gmail.com

viernes, 10 de julio de 2026

Cambio climático y crisis existencial en la juventud



Para la juventud mundial en 2026, el cambio climático ha dejado de ser una «preocupación medioambiental» para consolidarse como una crisis existencial, sistémica y de justicia social.

A diferencia de generaciones anteriores, los jóvenes no solo exigen conciencia, sino que demandan responsabilidad legal, acción política vinculante y una transformación radical de los modelos económicos. Sin embargo, también reflejan un aumento de la fatiga climática y la frustración ante los retrocesos políticos (el llamado greenlash) observados a mediados de la década de 2020.

Diversos estudios sociológicos muestran que la inmensa mayoría de los jóvenes (frecuentemente por encima del 80% en diversas encuestas de la UE) consideran el cambio climático como uno de los problemas más urgentes del mundo, que les crea sentimientos de traición y ecoansiedad generalizada, por percibir que las generaciones mayores y los líderes políticos actuales les están «robando el futuro», priorizando el crecimiento económico a corto plazo sobre la supervivencia del planeta, lo que les causa sentimientos de miedo, impotencia y angustia ante la degradación de los ecosistemas y los fenómenos meteorológicos extremos (olas de calor, sequías e incendios en el sur de Europa).

Esto les lleva a su desconfianza política de las instituciones, al considerar insuficientes sus proyectos como el Pacto Verde Europeo (Green Deal) o por retrocesos, como las concesiones políticas realizadas a partir de 2024 (relajación de normativas agrícolas o de restauración de la naturaleza para apaciguar a sectores conservadores) que son consideradas pruebas de que los políticos ceden ante los lobbies económicos, lo que se traduce en exigencia de coherencia, con blindaje de  las leyes climáticas contra los ciclos electorales, que modifican los objetivos de emisiones según el color político del gobierno de turno.

 A la luz de las evidencias más recientes publicadas en The Lancet Planetary Health, 2026 (1), la percepción del cambio climático por parte de la juventud (incluyendo el contexto europeo) debe entenderse no solo como una demanda política, sino como una crisis de salud mental pública sin precedentes. La angustia climática (ecoansiedad, duelo ecológico, miedo al futuro) es una respuesta racional y adaptativa a una amenaza existencial real. En este contexto, el activismo climático ha dejado de ser solo una herramienta de protesta para convertirse en una estrategia terapéutica fundamental que permite a los jóvenes transformar la parálisis en agencia. Sin embargo, el informe advierte sobre el grave riesgo de burnout (agotamiento) y daño moral si esta carga psicológica recae exclusivamente sobre ellos.



El cambio climático como crisis de salud mental juvenil

La adolescencia y la juventud temprana (13-25 años) son etapas críticas para el desarrollo neuropsicológico y la formación de la identidad. El cambio climático está alterando las condiciones necesarias para un desarrollo saludable, como muestran los estudios globales citados en el artículo del “Lancet PlanetaryHealth”, donde el 75% de los jóvenes considera que «el futuro es aterrador»;y que les ocasiona preocupación constante y sentimientos de tristeza, impotencia, incertidumbre, e incluso ideación suicida y dudas sobre si tener hijos.

Por otra parte, la juventud está expuesta a narrativas de la industria de los combustibles fósiles y a la inacción política que promueven el «doomismo» (la idea de que es demasiado tarde para actuar), lo que exacerba la desesperanza y los síntomas depresivos.

Ante ello destaca el estudio de The Lancet que la angustia que sienten los jóvenes no es un trastorno mental en sí mismo, sino una respuesta emocional válida y racional ante la destrucción ecológica, la injusticia climática y la falta de acción por parte de los gobiernos y líderes industriales que no solo genera ansiedad, sino que les provoca una sensación de traición y abandono por sentir que las instituciones que deberían protegerlos están fallando.

Junto a ello existe un «silencio socialmente construido» en torno a estas emociones, que a menudo disuade a los jóvenes de expresar su dolor por miedo a no ser tomados en serio o a ser incomprendidos.

Frente a la inacción institucional, el artículo destaca que la participación en el activismo y la acción colectiva funciona como una poderosa intervención de prevención primaria y salud mental. El activismo actúa como amortiguador psicológico, transformando la angustia abrumadora en acción con propósito. Al participar en esfuerzos colectivos, los jóvenes recuperan su sentido de agencia y autoeficacia, contrarrestando la parálisis que genera la ecoansiedad.

Junto a ello el activismo permite a los jóvenes alinear sus acciones diarias con sus valores más profundos (justicia, sostenibilidad, empatía). Esta «esperanza activa» o afrontamiento centrado en el significado ayuda a procesar el duelo ecológico, permitiendo que convivan la desesperación por el estado del planeta y la esperanza por el futuro, lo que se une al hecho de que la acción climática colectiva fomenta redes de apoyo social. En un contexto donde los jóvenes se sienten aislados por su preocupación (a menudo incomprendidos en sus entornos familiares o educativos), los movimientos climáticos ofrecen un sentido de comunidad, solidaridad y pertenencia que es vital para la salud mental.

Más allá de la protesta, surgen intervenciones comunitarias como los Climate Cafés (Cafés Climáticos) o grupos de pares (como Force of Nature o Good Grief Network). Estos espacios descentralizados permiten a los jóvenes procesar sus emociones, compartir experiencias vividas y construir resiliencia psicosocial colectiva en un entorno libre de juicios.

Pero es importante destacar que el artículo de The Lancet introduce una advertencia crucial: el activismo no puede ser el único sustento de la salud mental de los jóvenes, ni puede reemplazar la responsabilidad sistémica.

Cuando los jóvenes participan en la acción climática bajo la premisa de que la situación es «demasiado urgente como para descansar», pueden ser llevados al burnout (agotamiento crónico). El agotamiento es severamente agravado por la inacción percibida de los líderes políticos y corporativos. Cuando los jóvenes luchan incansablemente y son ignorados o traicionados por las instituciones, sufren una «lesión moral», un daño psicológico profundo derivado de transgredir sus propios valores o de presenciar injusticias sistémicas sin poder detenerlas.

Por ello The Lancet plantea que las intervenciones terapéuticas y los movimientos sociales deben enseñar a los jóvenes a equilibrar el activismo con otras facetas de sus vidas, normalizando el descanso y el autocuidado no como una rendición, sino como una necesidad de sostenibilidad a largo plazo. Para ello además del activismo, deben fomentarse las intervenciones basadas en la naturaleza, pasando tiempo en la naturaleza o participando en actividades de conservación, que  ayudan a reducir el estrés, aunque se advierte que la naturaleza degradada también puede ser fuente de dolor), para lo que son adecuadas terapias de aceptación y compromiso (ACT) que ayudan a los jóvenes a aceptar pensamientos dolorosos sin rumiarlos, aclarar sus valores y comprometerse en acciones significativas, o terapias conductuales  para regular las emociones intensas y  tolerar la angustia sin quedar paralizado por ella.

También es de interés la regulación del consumo de medios, ya que las redes sociales son una espada de doble filo (conectan a los activistas pero también bombardean con imágenes apocalípticas) y  es vital desarrollar habilidades para gestionar la exposición a noticias catastróficas.

En síntesis: para la juventud, el activismo climático es un mecanismo de supervivencia psicológica. Les permite transformar el terror paralizante en comunidad, propósito y esperanza activa. Sin embargo, para que esta resiliencia sea sostenible, la sociedad y las instituciones deben apoyar su activismo, asumiendo al mismo tiempo la responsabilidad sistémica que les fue arrebatada.

Nota:

(1) Therapeutic strategies to manage climate distress among young people (Gunasiri et al., The Lancet Planetary Health, Mayo 2026).

J. Luis Carpintero, médico jubilado



Para mayor información comunicate con nosotr@s al mail: madalbo@gmail.com

SimoneBecker

jueves, 9 de julio de 2026

Un planeta habitable es posible, pero para ello debemos enfrentarnos a los más ricos





Traducido del neerlandés por el autor



El futuro no tiene por qué ser caos climático y destrucción social. El «Global Justice Report», elaborado entre otras personas por Thomas Piketty, ofrece una alternativa concreta, pero una que se enfrenta frontalmente al poder de los multimillonarios.

El Global Justice Report traza una senda de transición esperanzadora y concreta para la humanidad desde 2026 hasta el año 2100. La conclusión principal es sencilla: es posible unir el bienestar para todos con una Tierra habitable. Pero esa transformación se apoya en tres pilares igualmente importantes.

En primer lugar, es necesaria una rápida descarbonización de nuestros sistemas energéticos. En segundo lugar, debemos pasar drásticamente al principio de «suficiencia»: suficiente para vivir bien sin sobrecargar el planeta. Eso significa menos horas de trabajo, una huella material más pequeña y otros patrones de consumo. En tercer lugar, se debe abordar la desigualdad mundial de forma drástica y estructural, tanto entre países como dentro de ellos.

Esa reducción de la desigualdad no es simplemente una idea socialmente deseable. Es una condición para poder financiar las inversiones climáticas necesarias y mantener el apoyo social a una transformación semejante. Sin igualdad no hay futuro habitable.

El informe se publicó en junio de 2026 y está escrito por un equipo central de siete investigadores, entre ellos los conocidos economistas Thomas Piketty y Lucas Chancel. Es una iniciativa colectiva del World Inequality Lab y se basa en datos recogidos por más de 200 científicos en todo el mundo.

Cinco mil euros al mes

¿Qué propone concretamente el informe? El plan prevé que el ingreso mensual medio por persona en cada país llegue a 5.000 euros en 2100. Hoy todavía se abre una brecha que va desde los 290 euros en el África subsahariana hasta los 4.590 euros en Norteamérica. Un ingreso mundial de 60.000 euros al año se convierte en la nueva normalidad.

Esa convergencia de ingresos va acompañada de una verdadera revolución en la distribución de la riqueza. La parte del 50 % más rico de la población mundial en la riqueza total desciende del 6 % al 0,05 %. Al mismo tiempo, la parte de la mitad inferior sube del 2 % hasta nada menos que el 30 %. Casi el 90 % de la población mundial duplica sus ingresos.

Trabajar menos, vivir más

Una de las propuestas más llamativas es la reducción drástica del tiempo de trabajo. Mientras que ahora trabajamos de media en todo el mundo 2.100 horas al año, debería bajar a 1.000 horas en 2100. Es una tendencia histórica que podemos continuar, aunque exige una fuerte movilización colectiva.

El tiempo ganado no se llena simplemente con no hacer nada. El plan prevé un desplazamiento desde los sectores materiales hacia sectores más inmateriales como la educación y la sanidad. La parte de las horas de trabajo mundiales dedicada a estos sectores sube del 11 % al 43 %. Países como Noruega y Suecia ya muestran que es alcanzable.

A ello se suma también la aspiración a una igualdad de género completa: igual participación laboral, iguales horas de trabajo remunerado y no remunerado, e igual salario. Eso significa una redistribución fundamental del poder y del tiempo, vinculada a menores diferencias de ingresos.

El mundo se enfría

El plan muestra que podemos limitar el calentamiento a 1,8 °C en 2100. Eso es bastante mejor que los más de 4 °C que nos esperan si no hacemos nada. La combinación del principio de suficiencia (trabajar y consumir menos) y una rápida transición energética es el único camino.

Esa transición exige una inversión del 3 al 4 % del PIB mundial al año durante las próximas tres décadas. Ese dinero debe venir sobre todo de los ricos globales, que se han beneficiado de manera desproporcionada del crecimiento económico y cargan con una gran responsabilidad por las emisiones históricas.

Importante: el plan no opta por una simple contracción de la economía. Un desplazamiento dirigido hacia sectores menos materiales y otra producción de alimentos es más efectivo que una reducción general del bienestar. Así, un nivel de bienestar de 60.000 euros por cabeza puede combinarse con un aumento de temperatura menor que en una contracción general.

Fondo Mundial de Justicia

El motor detrás de esta transformación es el Global Justice Fund (GJF). Esta nueva institución internacional debe recaudar y gestionar los ingresos de impuestos mundiales sobre la riqueza y los ingresos. Esos impuestos afectan solo al 1 % más rico de la población mundial y se suman a los impuestos nacionales.

El fondo paga dividendos nacionales sobre la base de cantidades iguales por habitante. Para los países pobres eso puede llegar hasta el 9 % de su PIB, mientras que para los países ricos es solo del 2 al 3 %. Sin embargo, esos dividendos no carecen de un compromiso: están vinculados a condiciones estrictas en materia de clima, educación, salud y desigualdad.

Los gastos anuales del fondo ascienden de media al 10,3 % del PIB mundial. Es una cantidad gigantesca, comparada con el 0,4 % actual que va a la ayuda al desarrollo. Pero el desafío también es inédito: solo las inversiones climáticas ya requieren entre el 3 y el 4 % del PIB.

La mayoría gana, una pequeña parte pierde

¿Quién se beneficia ahora de este plan? Una mayoría abrumadora: el 89 % de la población mundial duplica sus ingresos. En el Sur global llega incluso al 95 o 98 % de la población. En el Norte se beneficia entre el 85 y el 95 %. Solo una pequeña minoría, principalmente los ricos, ve caer sus ingresos.

Si también contabilizamos el valor del tiempo libre y de un planeta habitable, sale ganando más del 99 % de la población mundial. Aun así, el plan chocará con una fuerte resistencia, no solo de los multimillonarios. También una parte de la clase media en los países ricos puede oponerse a la elección de más tiempo libre en lugar de más consumo.

Orden mundial democrático

La ejecución de este plan requiere una democratización fundamental de las instituciones internacionales. Europa y Norteamérica tienen hoy cuatro veces más derecho de voto en el FMI y el Banco Mundial que su proporción de la población. El plan aboga por un voto por persona: una transición de la plutocracia mundial a la democracia mundial.

Eso significa también el fin de los «privilegios exorbitantes» de los países ricos, que ahora se benefician de rendimientos más altos sobre sus posesiones extranjeras que los que pagan por sus deudas. Una nueva moneda internacional y una Unión Internacional de Compensación deben poner fin a eso, y obligar no solo a los países deudores, sino también a los países con grandes superávits, a ajustar su economía.

Déficits

El informe es único y muy importante porque es el primer intento de presentar un plan completamente cuantificado. Combina la redistribución a escala mundial, la reforma del orden financiero, la transición energética y los cambios en el consumo. Mientras que los escenarios climáticos tradicionales, como los del IPCC, separan estas cosas, este modelo las reúne. En cuanto a material estadístico, el informe es monumental.

Según las tendencias macroeconómicas actuales, el mundo se dirige hacia un calentamiento catastrófico de más de 4 °C. El modelo integral propuesto consigue limitar el calentamiento a 1,8 °C para 2100. Con ello, el informe ofrece una alternativa científica realista al capitalismo contemporáneo destructivo.

Aun así, el informe contiene una serie de déficits fundamentales. El primero es que la línea de tiempo no es suficientemente urgente. El Global Justice Report apunta a grandes cambios de cara a 2100. Eso lo hace ambicioso sobre el papel, pero al mismo tiempo también muy lento, vista la urgencia climática, la crisis social y la destrucción ecológica que ya están en marcha hoy.

Para miles de millones de personas en la pobreza, para los países que ya son golpeados por desastres climáticos y para ecosistemas que están al borde del colapso, 2100 no es un horizonte tranquilizador. La pregunta no es solo si un mundo justo es posible, sino por qué no debe ser impuesto mucho más rápidamente.

Un segundo punto débil del informe es que apuesta sobre todo por la redistribución de la riqueza, pero toca poco o nada las causas del problema. Gravar a los multimillonarios y redistribuir la riqueza está bien y es necesario, pero mientras las grandes empresas, bancos, compañías energéticas y gigantes tecnológicos sigan controlando las decisiones de inversión, la economía seguirá girando en torno al beneficio en lugar de las necesidades sociales y ecológicas.

El hecho de centrarse en los impuestos, la redistribución y los fondos públicos no cambia nada de las relaciones de propiedad ni de la lógica del beneficio que causa y agranda estructuralmente la brecha entre ricos y pobres, y hace degenerar el clima. Aun siendo importantes, estas medidas permanecen atrapadas dentro de la misma lógica de sistema que ha causado los problemas actuales y los seguirá causando.

Un tercer déficit es el débil análisis del poder. El informe demuestra de manera técnicamente convincente que un mundo más justo es posible, pero sigue siendo mucho más vago sobre quién tiene el poder para imponerlo. Según el profesor Duncan Green, de la London School of Economics, el informe no ofrece una teoría del cambio convincente.

Un núcleo dominante de 147 empresas posee conjuntamente, a través de ramificaciones en otras empresas, el 40 % de la riqueza mundial. 737 empresas poseen el 80 % de la riqueza total. Estos gigantes, las empresas fósiles y las élites financieras no cederán voluntariamente su enorme poder porque un informe demuestre que otro mundo sería mejor y necesario.

Para eso hace falta un contrapoder organizado: sindicatos, movimientos sociales, movimientos climáticos, partidos políticos, huelgas, boicots y solidaridad internacional.

El Global Justice Report es fuerte como brújula matemática y moral, pero más débil como estrategia de lucha. Entre lo «posible» y la «realidad» están la lucha de clases, la geopolítica, la fuga de capitales, la extrema derecha, los intereses fósiles, las economías de guerra y la débil solidaridad internacional. Quien quiera un planeta habitable y una vida digna para todos no solo debe demostrar que es posible. También tendrá que organizar el poder para imponerlo.

Se habla ciertamente de una sociedad civil organizada, pero sin analizar concretamente qué coaliciones, organizaciones y relaciones de poder son necesarias para imponer el cambio propuesto.

Con ello, el informe sigue siendo en parte tecnocrático. Los impuestos, las reformas institucionales y los procedimientos democráticos son necesarios, pero no bastan si siguen funcionando dentro de la misma lógica de sistema que ha causado la crisis. El informe muestra que un futuro mejor sí es matemáticamente posible, pero la pregunta abierta es cómo se construirá la fuerza social para hacer realidad también ese futuro.

El Global Justice Report es importante porque muestra que el futuro no está fijado. Sin embargo, el camino hacia él es menos claro que los propios cálculos. El verdadero desafío no reside solo en diseñar medidas justas, sino en quebrar el poder que hoy las impide. Todavía queda mucho trabajo por hacer.

Texto original: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2026/07/07/een-leefbare-planeet-kan-maar-dan-moeten-we-de-rijksten-aanpakken




Para mayor información comunícate con nosotr@s al mail: madalbo@gmail.com

El calentamiento del mar acorrala a la posidonia, pulmón del Mediterráneo


Fuentes: The Conversation

Cuando pensamos en el Mediterráneo, imaginamos playas, acantilados o pueblos costeros. Pero una parte esencial de este paisaje está bajo el agua: las praderas de Posidonia oceanica. Aunque a menudo se confunde con un alga, la posidonia es una planta marina. Y solo vive en este mar.

Sus praderas dan refugio a peces e invertebrados, estabilizan el sedimento, ayudan a mantener el agua transparente, protegen la costa frente a la erosión y almacenan carbono durante largos periodos. Son, en pocas palabras, una infraestructura natural clave para nuestras costas.

Pero la posidonia está en retroceso. A los impactos locales, tales como fondeos, contaminación, dragados, obras costeras o aumento de la turbidez, se suma una presión cada vez más importante: el calentamiento del mar.

El calor que no mata de golpe

Cuando hablamos del efecto del calor sobre los ecosistemas marinos solemos pensar en olas de calor extremas: la temperatura sube mucho durante unos días y los organismos no lo resisten. Pero esta visión es incompleta.

A veces el daño no aparece por un episodio extremo y puntual, sino por una exposición prolongada a temperaturas moderadamente altas. Un verano algo más cálido, seguido de otro verano cálido, y después otro, puede generar una carga de estrés que se acumula lentamente. No mata de golpe, pero debilita.

Con la posidonia puede ocurrir algo parecido. Una pradera no desaparece necesariamente de un día para otro. Puede empezar perdiendo densidad, abriendo claros, reduciendo su cobertura y fragmentándose en manchas cada vez más aisladas. Es un deterioro silencioso, pero importante.

Medir el estrés acumulado

En nuestro estudio quisimos medir precisamente el estrés causado por el calor acumulado. Para ello desarrollamos un nuevo indicador llamado Stress Degree Days, que podríamos traducir como “grados-día de estrés”. La idea es sencilla: en lugar de fijarnos solo en el máximo térmico que soporta la planta, sumamos día a día el estrés térmico que experimenta.

Este indicador se basa en experimentos previos en los que se observó cómo responde la posidonia a distintas temperaturas. Después combinamos esa información con datos de temperatura del mar y con mapas de praderas obtenidos mediante imágenes de satélite e inteligencia artificial. Así pudimos comparar, a escala mediterránea, dónde se acumula más estrés térmico y cómo son las praderas en esas zonas.

Mapa del mar Mediterráneo que muestra el estrés térmico acumulado actual para la Posidonia oceanica. La escala de color va de verde, menor estrés, a rojo, mayor estrés. Las zonas con mayor estrés aparecen principalmente en el sur y el este del Mediterráne
Estrés térmico acumulado actual en el Mediterráneo: las zonas en verde presentan menor estrés térmico estimado para la Posidonia oceanica, mientras que las zonas en naranja y rojo indican una mayor acumulación de calor potencialmente perjudicial para las praderas. Alex Giménez Romero, CC BY

El resultado principal es claro: las áreas con mayor estrés térmico acumulado tienden a presentar praderas con menor cobertura y mayor fragmentación. Es decir, donde el calor se acumula más, la posidonia aparece, en promedio, más deteriorada estructuralmente.

Una relación que hay que interpretar con prudencia

Esta relación debe interpretarse con prudencia. En el mar actúan muchos factores al mismo tiempo. Una pradera puede estar afectada por fondeos, contaminación, turbidez, impactos históricos o cambios locales en la dinámica del agua. Por eso seleccionamos zonas relativamente poco perturbadas y tratamos los resultados como una asociación entre estrés térmico y estructura de las praderas, no como una prueba definitiva de causa y efecto en cada localidad.

También comparamos nuestras estimaciones con observaciones de campo independientes. Estos datos no cubren todo el Mediterráneo por igual y muchas zonas están mucho mejor estudiadas que otras. Aun así, muestran tendencias compatibles con nuestros resultados.

Por qué importa que una pradera se fragmente

La fragmentación importa porque una pradera continua no funciona igual que una pradera rota en pequeños parches. Las praderas densas mantienen mejor el sedimento, amortiguan el oleaje, ofrecen más refugio a otras especies y conservan una mayor continuidad biológica. Cuando aparecen claros y los parches quedan aislados, el ecosistema puede volverse más vulnerable.

El Mediterráneo no se calienta de forma uniforme. Algunas zonas acumulan mucho más estrés que otras. En general, las regiones del sur y del este aparecen como áreas más expuestas, mientras que algunas zonas del norte y del oeste podrían actuar como refugios relativos.

Esto no significa que estén a salvo: los refugios dependen de procesos oceanográficos complejos, como corrientes, mezcla vertical del agua, vientos y estratificación. Si estos procesos cambian, también puede cambiar la protección térmica que ofrecen.

Mirar al futuro

Nuestros resultados basados en proyecciones climáticas refuerzan este mensaje. Bajo escenarios de emisiones más altas, el estrés térmico acumulado aumenta de forma generalizada y se extiende hacia regiones que hoy presentan valores más moderados. Esto se asocia con pérdidas potenciales de cobertura y con una mayor fragmentación estructural.

Mapa del mar Mediterráneo que muestra el estrés térmico acumulado proyectado para finales de siglo bajo el escenario climático RCP4.5. La escala de color va de verde, menor estrés, a rojo, mayor estrés. En comparación con la situación actual, aumentan las zonas con e
Estrés térmico proyectado para finales de siglo. Bajo un escenario climático moderado (RCP4.5), el estrés térmico acumulado aumenta y se extiende hacia regiones del Mediterráneo que actualmente presentan valores más bajos. Alex Giménez Romero, CC BY

No son predicciones exactas del futuro de cada pradera, sino escenarios basados en la relación actual entre estrés térmico y estructura de la posidonia. Pero ayudan a identificar áreas donde el riesgo podría aumentar y donde la monitorización y la gestión deberían ser prioritarias.

Proteger la posidonia exige reducir impactos directos: controlar fondeos, evitar daños físicos, mejorar la calidad del agua y limitar presiones costeras. Aunque todo eso sigue siendo imprescindible, el calentamiento añade una dificultad nueva: incluso praderas relativamente poco afectadas por impactos locales pueden estar acumulando estrés térmico.

La amenaza silenciosa

La crisis climática marina no siempre se manifiesta como una catástrofe repentina. A veces avanza como una presión lenta, acumulativa y difícil de ver desde la superficie.

La posidonia nos recuerda que no basta con contar olas de calor. También importa cuánto tiempo permanece caliente el mar, cuántos días se acumula el estrés y cuánta capacidad de recuperación pierde el ecosistema por el camino. ¿Seremos capaces de evitar más sufrimientos para el pulmón marino del Mediterráneo?

Àlex Giménez Romero. Postdoctoral fellow, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC); Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos (UIB-CSIC)

Fuente: https://theconversation.com/el-calentamiento-del-mar-acorrala-a-la-posidonia-pulmon-del-mediterraneo-284029




Para mayor información comunícate con nosotr@s al mail: madalbo@gmail.com

miércoles, 8 de julio de 2026

Cuando la economía une trabajo, conocimiento y compromiso con el territorio




Desde Tandil

Donde muchos ven basura, Coopraee construye comunidad y cuidado ambiental. Es una cooperativa surgida de la universidad pública que recupera residuos electrónicos, genera empleo, promueve la educación y desarrolla nuevos materiales a partir de plásticos descartados. Una experiencia de economía circular que une ciencia, investigación y desarrollo local.

Todo comenzó con una computadora que parecía inútil. A fines de la década del 2000, un grupo de estudiantes y docentes de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Unicen) empezó a reparar equipos desechados por instituciones públicas. Así nació el proyecto llamado Reutilización Eficiente de Hardware Tecnológicamente Obsoleto (Rehto), una iniciativa de extensión que buscaba darle nueva vida a los aparatos, y con ellos, también a los vínculos sociales.

“Recuperar tecnología no es solo una tarea técnica, es también una forma de inclusión”, sostiene Sebastián Barbieri, docente universitario y actual presidente de la Cooperativa para la Revalorización de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (Coopraee), que surgió años después como continuidad y profundización de aquel proyecto inicial. “Lo que empezó como un pequeño espacio en la facultad terminó convirtiéndose en una estructura cooperativa con impacto regional”, valora.

Durante más de una década, el proyecto Rehto consolidó una forma de trabajo al recuperar, reacondicionar y entregar computadoras a escuelas, organizaciones sociales y estudiantes de bajos recursos.

Más de 2.000 equipos fueron donados desde entonces. Pero también el proyecto fue semilla de prácticas educativas, investigaciones académicas, alianzas institucionales y decisiones políticas que apuntaban a formalizar y escalar la experiencia. En 2020 se constituyó formalmente Coopraee con sede en Tandil y alcance regional.

Un problema ambiental con potencial transformador

En Argentina, el consumo de tecnología se ha acelerado al ritmo de la globalización. Sin embargo, pocos se detienen a pensar qué ocurre cuando un celular deja de funcionar o una computadora se vuelve obsoleta. Los RAEE (Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos) contienen metales pesados y sustancias tóxicas, y requieren un tratamiento específico para evitar la contaminación del suelo, el agua y el aire.

Según el informe mundial elaborado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y el Instituto de las Naciones Unidas para la Formación Profesional e Investigaciones (Unitar), en 2022 se generaron 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en todo el mundo, una cifra récord. Apenas el 22 por ciento fue recolectado y reciclado formalmente. La advertencia es que la generación de residuos electrónicos crece cinco veces más rápido que su reciclaje.

“Estos residuos no son como cualquier otro. Un mal manejo puede generar impactos gravísimos para el ambiente y la salud”, señala Barbieri. Sin embargo, también constituyen una fuente de materiales estratégicos: cobre, aluminio, plásticos, circuitos que pueden reintegrarse al circuito productivo si son recuperados con criterio.

En este escenario, Coopraee se posiciona como un actor clave. Es la única cooperativa habilitada por el Ministerio de Ambiente de la Provincia de Buenos Aires fuera del AMBA para gestionar los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE), en cumplimiento de las leyes provinciales y ordenanzas locales que regulan su disposición.

Procesan actualmente más de 150 toneladas por año y acumulan más de 550 toneladas desde su creación. “Cada equipo que logramos recuperar implica menos residuos y más oportunidades”, afirma el presidente de la cooperativa.

Más que reciclaje: formación, empleo y territorio

Lo que distingue a Coopraee no es solamente su capacidad técnica, sino su mirada integral. Funciona bajo una lógica de triple impacto: ambiental, económico y social. Su sede en Tandil reúne a más de 20 personas entre socios, pasantes, becarios y técnicos, y articula con empresas que reutilizan componentes y materiales.

El objetivo no es solo reciclar, sino generar trabajo digno, conocimiento y redes comunitarias”, resalta Barbieri. Por eso, más de 90 alumnos de escuelas técnicas han realizado prácticas profesionales en el espacio, y cada año más de 2.000 estudiantes de todos los niveles participan de visitas guiadas, talleres y actividades educativas.

La cooperativa también ha sido semillero de tesis universitarias, investigaciones aplicadas, proyectos de extensión y prácticas socioeducativas, muchas de ellas con foco en sustentabilidad, economía circular y tecnologías sociales.

En ese marco, un estudio realizado por Agostina Flores Medrano, Salomé Laborde, Carina Morando y Osvaldo Fornaro, investigadores vinculados al Centro de Investigaciones y Estudios Ambientales (Cinea) y al Instituto de Física de Materiales Tandil (Ifimat), analizó las placas electrónicas acumuladas por Coopraee entre 2017 y 2022. El trabajo relevó unas 2,25 toneladas de placas de circuito impreso almacenadas por la cooperativa y aportó información clave para diseñar estrategias de recuperación y aprovechamiento de esos materiales.

Entre otros resultados, identificó que el 90 por ciento correspondía a tecnologías más antiguas presentes en electrodomésticos y equipos de audio y video, mientras que los componentes más abundantes eran capacitores y resistencias. Los investigadores destacan que este tipo de estudios permite fortalecer procesos de economía circular y optimizar la gestión de residuos electrónicos.

Asimismo, la mutual cuenta con dos laboratorios de reparación, un espacio de acopio y clasificación, y una línea de producción propia desarrollada con años de gestión y formación. Además, entrega los dispositivos recuperados al programa Rehto, que continúa activo y sigue donando computadoras reacondicionadas. En cada una de esas máquinas entregadas se condensa una cadena de valor que empieza en el descarte y termina en un aula, una biblioteca o una organización barrial.

El desafío legal, una deuda pendiente

Pese al enorme potencial de estos modelos, el contexto legal es adverso en Tandil y el resto de Argentina. A diferencia de otros países, aquí no se cuenta con una ley nacional que regule el tratamiento de RAEE, aunque distintos sectores ambientales, académicos y legislativos vienen impulsando la incorporación de la Responsabilidad Extendida del Productor (REP), un principio que establece que fabricantes e importadores deben asumir responsabilidades legales y financieras sobre los residuos derivados de los productos que comercializan.

“En la práctica, nos enfrentamos a un vacío legal. Eso nos limita para proyectar a largo plazo, acceder a financiamiento o coordinar con industrias”, advierte Barbieri. Aun así, la cooperativa ha sabido tejer alianzas y participar en redes que impulsan una economía más circular y justa.

El acompañamiento de organismos provinciales, universidades y municipios ha sido clave. “La articulación con el Estado es fundamental. Sin políticas públicas que valoren el trabajo cooperativo, este tipo de proyectos no podrían sostenerse”, agrega.

Más redes, más comunidad

Los próximos pasos de la cooperativa incluyen fortalecer la producción de Ecomadera, abrir nuevos mercados para sus productos y consolidar una federación regional de cooperativas que trabaje sobre materiales descartados. De hecho, ya se han vinculado con proyectos de la zona y sueñan con replicar el modelo en otras ciudades.

También aspiran a participar activamente del diseño de políticas públicas. “Tenemos conocimiento técnico, experiencia de base y datos. Queremos ser parte de la discusión nacional sobre cómo tratar los RAEE en forma responsable”, revela Barbieri y, en este sentido, asegura que la creación de una ley nacional de RAEE y la implementación de la REP serían “pasos decisivos para ampliar el impacto”.

Esperan acceder a programas como el Desarrollo Productivo Verde, que destina fondos a cooperativas sustentables. “Con más apoyo podríamos ampliar la escala, generar empleo joven y llegar a más comunidades”, concluye.

Ante la dinámica mundial del descarte con rapidez, Coopraee ofrece una lección sencilla y poderosa: todo puede tener una segunda vida si se lo mira con compromiso y se lo trabaja en comunidad.

Ecomadera: una segunda vida para los plásticos

Además del trabajo con electrónicos, Coopraee dio un nuevo paso en 2023 con el lanzamiento del Proyecto Ecomadera, que apunta a reutilizar plásticos de difícil reciclado, como autopartes, envases y utensilios de bazar, para fabricar mobiliario urbano y productos para exteriores.

El proyecto fue posible gracias al programa “Impulso Cooperativo” del gobierno bonaerense, y a fondos nacionales gestionados a través de la Secretaría de Desarrollo Humano y Hábitat del Municipio de Tandil. La maquinaria fue adquirida y puesta en marcha con el respaldo de la convocatoria “Huella Joven 2025”.

El desarrollo de los prototipos se realiza en colaboración con el Centro de Innovación Ciudadana (CUIC) de Exactas Unicen, el Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad Nacional de Mar del Plata, y el Instituto de Física y Materiales (Uncpba-Conicet), encargado de testear y validar la resistencia mecánica de los productos.

“Ecomadera busca transformar lo que nadie quiere en algo útil, estético y duradero”, dice Barbieri. Esperan desarrollar líneas de juegos infantiles, bancos, cercos y señalética para espacios públicos, integrando diseño, ingeniería y cuidado ambiental.

¿Qué hacer con nuestros electrónicos en desuso?

CooPRAEE no es una experiencia aislada. En distintos puntos del país surgieron cooperativas, organizaciones comunitarias y proyectos de economía circular que trabajan sobre la recuperación de residuos electrónicos, la reparación de tecnología y la inclusión social. Un breve repaso:

Cooperativa Tau (Rosario, Santa Fe). Es una de las experiencias más consolidadas del país. Se define como una organización de “triple impacto”: ambiental, económico y social. Según la propia cooperativa, su objetivo es brindar “una solución para el tratamiento de residuos electrónicos y equipos en desuso desde la economía circular”.

TecnoRAEE (Pilar, Buenos Aires). Fue la primera planta cooperativa bonaerense dedicada a la gestión y refuncionalización de residuos electrónicos bajo normativa provincial. Además, desarrolla programas de inclusión laboral para personas que estuvieron privadas de la libertad.

Cooparsi (Azul, Buenos Aires) (). Dedicada originalmente a servicios informáticos, comenzó a trabajar junto al Municipio de Azul en campañas de recepción y tratamiento de residuos electrónicos. En 2026 anunció su objetivo de convertirse en una cooperativa especializada en refuncionalización de RAEE, ampliando su perfil ambiental y productivo.

Cybercirujas (Córdoba). Se trata de un colectivo comunitario orientado a la recuperación tecnológica. Recolectan computadoras, televisores y otros dispositivos descartados, los reparan y los redistribuyen a organizaciones o personas que los necesitan. Su premisa es extender la vida útil de los equipos y combatir la lógica del descarte permanente.

¿Qué hacer con los residuos electrónicos?

– No los tires a la basura común: pueden contaminar y su tratamiento requiere protocolos especiales.

– Revisá qué puede repararse antes de comprar uno nuevo. Una notebook de 2012 puede seguir siendo útil.

– Participá de actividades abiertas: capacitaciones, visitas educativas o talleres.

– Cada acción cuenta. Al evitar que un celular o una PC terminen en un basural, estás cuidando el planeta y colaborando con un proyecto colectivo.

Edición: Darío Aranda.

Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/cuando-la-economia-une-trabajo-conocimiento-y-compromiso-con-el-territorio/


Para mayor información comunicate con nosotr@s al mail: madalbo@gmail.com

martes, 7 de julio de 2026

El próximo saqueo del Congo repercutirá en el planeta




 


¿Qué nos parecería si a este mundo nuestro sacudido cada vez más por el desorden climático que alimentan las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero le añadieran en poco tiempo… 29.000 millones de toneladas extras de CO2?

Ésa es una de las graves consecuencias que puede tener que se empiece a extraer petróleo de la República Democrática del Congo (RDC). Esta vez el saqueo de la riqueza congoleña no solo destruiría su medio ambiente y dañaría a su pueblo. Nos lo haría pasar muy mal a todos

En las dos anteriores partes de este reportaje, que se pueden leer a través de los enlaces que se encuentran al final de este artículo, hemos hablado de la producción petrolífera actual del Congo, pequeña en comparación con las de sus vecinos, y las desastrosas consecuencias para la zona donde se desarrolla. Hemos detallado los planes del gobierno congoleño para extraer la totalidad de sus reservas y dónde están, con un estrepitoso fracaso inicial -tras querer subastar sin suerte 27 yacimientos (bloques) petrolíferos- y su nuevo intento, mucho más ambicioso, y hemos dado un repaso inicial a las consecuencias que ello tendría.

Toca ahora detallar esas consecuencias, tan dañinas, no solo para las víctimas habituales del saqueo del Congo -su pueblo, sus tierras, sus ríos…- sino para el planeta entero -o mas bien para quienes lo habitamos- que convierte este artículo, dentro de su modestia, no solo en una obligada lectura sino en una necesaria reflexión para evitar males mayores en nuestro revuelto mundo.

EMPECEMOS HABLANDO DE TURBERAS PARA ENTENDER MEJOR LAS COSAS

La turba es un tipo de suelo húmedo formado por materia orgánica vegetal parcialmente descompuesta. Debido a la presencia de agua y la falta de oxígeno, la descomposición es muy lenta, por lo que la incorporación de materia vegetal procedente de la selva hace que se vayan formando depósitos de turba cada vez más profundos. Esto hace que las turberas actúen como excelentes sumideros de carbono. Las plantas de la selva en crecimiento eliminan el carbono de la atmósfera, pero cuando mueren, normalmente se descomponen y devuelven el carbono a la atmósfera. En un pantano tropical anegado durante todo el año la descomposición es solo parcial, lo que lleva a una acumulación de carbono en forma de turba (Nanqui Soto, de Greenpeace España, 20-11-2017)

En 2017 un equipo de científicos liderado por los profesores Simon Lewis  y Bart Crezee, de la Universidad de Leeds, descubrió las inmensas turberas que se encontraban bajo la selva tropical de la cuenca del río Congo, que cubrían -según una medición posterior- más de 16,7 millones de hectáreas -superficie mayor que la que ocupa Túnez- y una profundidad de hasta 3,5 metros, lo que las convertía en el complejo de turberas tropicales más extenso del mundo.

En 2022 descubrieron algo peor: que los 16 bloques petrolíferos que se proponía subastar el gobierno congoleño cubrían un millón de hectáreas de bosques pantanosos de turberas, además de poner en riesgo once millones de hectáreas de la segunda selva tropical del planeta -solo superada por la amazónica-. Referido solo a la extensión de turberas afectadas, Simon Lewis escribía el 22 de julio de 2022:

Si se destruyera por la construcción de carreteras, oleoductos y demás infraestructura necesaria para extraer el petróleo, estimamos que se podrían liberar hasta 6.000 millones de toneladas de CO, lo que equivale a las emisiones actuales de gases de efecto invernadero del Reino Unido durante 14 años

Como explicábamos en el anterior artículo, la oferta de 27 bloques petrolíferos -que eran 16 en un principio- acabó en un completo fracaso y el gobierno las retiró… Pero en mayo del 2025 volvió a la carga con mucha más fuerza, poniendo para licitación internacional 52 bloques petrolíferos. Los cálculos de Simon Lewis se realizaron cuando eran 16 los yacimientos a subastar, por lo que todo puede ser mucho peor.

MÁS MADERA. DEFORESTACIÓN Y EMISIONES DE CO2 POR TODOS LADOS

Sin tener en cuenta los futuros yacimientos petrolíferos, la deforestación por tala o cambio de uso del terreno ya aporta astronómicas cantidades de CO2 a la atmósfera. En 2002 el gobierno congoleño estableció una moratoria sobre la tala de madera en sus bosques. Por supuesto, esta moratoria fue repetidamente violada, entre otros, por grupos armados en los Parques Nacionales, por algún alto oficial del Ejército e, incluso, por militares ugandeses miembros de las fuerzas de paz de la Comunidad de África Oriental. El propio gobierno, utilizando todo tipo de trampas, se saltó su limitación de no realizar concesiones superiores a 500.000 hectáreas, y concedió varios millones.

Finalmente el 9 de julio de 2021, en Consejo de ministros se aprobaron diez medidas «urgentes para la gestión sostenible de los recursos naturales de la RDC» que, paradójicamente, acababan con la moratoria de tala de los bosques. Según la ministra de Medio Ambiente, Eve Bazaiba, «está motivada por el deseo de mejorar la gobernanza ambiental y de alinear a la República Democrática del Congo con sus pares, en vista del contexto global dominado por el cambio climático y los problemas políticos, económicos y financieros que de él se derivan».

A estas alturas los bosques y selvas de la cuenca del río Congo ya están suficientemente degradados, especialmente los de la RDC, pero la enormidad de este espacio tropical aún deja margen para empeorar las cosas. Un informe de Greenpeace cifraba en 34.400 millones de toneladas de CO2 el coste de la deforestación de África Central para 2050. Una buena ayuda para abocarnos al colapso como especie.

EL DOBLE JUEGO DEL PRESIDENTE CONGOLEÑO TSHISEKEDI Y SU «PAÍS SOLUCIÓN».

Con sus bosques, agua y recursos minerales, la República Democrática del Congo representa una verdadera solución a la crisis climática. Para proteger nuestros bosques y promover su gestión sostenible, nuestra prioridad en esta nueva alianza es fortalecer la gobernanza y la transparencia en todos los sectores del uso de la tierra. Esta alianza también respaldará nuestra ambición de abordar el doble desafío de la seguridad alimentaria y el cambio climático mediante la agricultura sostenible, principalmente en las sabanas

Estas declaraciones las hacía el presidente congoleño Felix Antoine Tshisekedi durante la COP26 celebrada en Glasgow y tras realizar con el primer ministro británico Boris Johnson  una declaración conjunta en nombre de la Iniciativa Forestal de África Central (CAFI), un ambicioso proyecto para proteger la selva tropical durante diez años. Era la presentación oficial del Congo como «país solución» ante la crisis climática. Con sus selvas tropicales, sus turberas, el 10% del agua dulce del planeta y capturando cada año 1.500 millones de toneladas de CO2, la RDC debía seguir tal como estaba para no desequilibrar aún más el clima del planeta, pero estos recursos no utilizados debía ser compensados por el resto de países que se beneficiarían de ello. Para  la CAFI, Tshisekedi consiguió en aquella COP 500 millones de dólares para proteger los bosques congoleños durante diez años.

De hecho, gracias a su riqueza en recursos naturales, la RDC desempeña un papel fundamental en la lucha contra el cambio climático. Los recursos naturales de la República Democrática del Congo fueron clave en la actual transición ecológica y ahora son esenciales en el debate sobre la lucha contra el cambio climático

afirmó en la misma cumbre Eve Bazaiba, viceprimera ministra y responsable de medio ambiente en el gobierno.

El presidente, la responsable de medio ambiente… todo el mundo con un mínimo de conocimiento del país sabía y sabe que lo que guarda el Congo, mal utilizado, puede provocar una catástrofe en todo el planeta… y que debe preservarse. Pero ese mismo gobierno y el presidente del país son los que impulsaron en 2022 abrir esas selvas y esas turberas, contaminar  ese agua dulce y reducir esa capacidad «secuestradora» de carbono como inevitablemente ocurriría al abrir 27 yacimientos petrolíferos como pretendían y, fracasado ese intento, son los mismos que apuestan por lo mismo, corregido y aumentado, con 52 nuevos proyectos. La explicación es más sencilla de lo que parece y no es la que han argumentado.

TODO EL DAÑO QUE EL SAQUEO DEL PETRÓLEO CONGOLEÑO PUEDE PROVOCAR

A nivel mundial las turberas ya están sufriendo importantes daños por su utilización agrícola o por degradación al eliminar o alterar la vegetación; las consecuencias son unas emisiones anuales de 2.000 millones de toneladas de CO2, el 5% de nuestras emisiones. Tan evidente resulta lo nocivo que es la destrucción de una zona de turberas que la República Democrática del Congo, sus vecinos de la República del Congo -con una producción mucho mayor de petróleo- e Indonesia -aportando su experiencia en daños y conservación- firmaron en 2018 un acuerdo, que desde la ONU calificaban de «histórico», para protegerla, sin menoscabo del desarrollo de ambos países.

La conservación y el desarrollo pueden ir de la mano. Lograremos conservar las turberas si priorizamos las necesidades de las personas. Podemos ayudar a los países a comprender mejor la naturaleza única de las turberas y a planificar cuidadosamente cualquier uso potencial. (Erik Solheim, director de ONU Medio Ambiente)

Pero, como es sabido, nada es más fácil de incumplir que una tregua en una guerra o un acuerdo internacional histórico para la protección del medio ambiente… y la realidad es la que estamos contando.

Los primeros damnificados de abrir turberas y selvas a las explotación petrolífera, a sus infraestructuras como kilométricos oleoductos y carreteras, transporte, etc. serán el pueblo congoleño, la fauna y el medio ambiente; nada nuevo. Puede servir como referencia el desastre creado en Muanda, la única zona congoleña explotada petrolíferamente y cuya realidad ya comentamos en la segunda parte de este reportaje.

Pero esta vez el resto del mundo no se librará de unas consecuencias terribles. De una parte tenemos todo ese carbono almacenado, que puede convertirse en nuevas emisiones que sumar a las que ya tenemos y somos incapaces de reducir. Para hacernos una idea del impacto que esos 29.000/30.000 millones de toneladas que guardan las turberas podrían tener en nuestra saturada atmósfera, pensemos que son una cantidad similar a la que uno de los grandes contaminadores mundiales, Estados Unidos, expulsa en mas de seis años.

El daño no se limita al carbono acumulado que desde turberas y selvas volvería a la atmósfera, sino al que es capturado cada año y que permanecería calentando el planeta. Y la cuenca del Congo absorbe cada año 1.500 millones de toneladas de dióxido de carbono.

La cuenca del Congo es una de las últimas regiones del mundo que absorbe más carbono del que emite. Debemos encontrar la manera de satisfacer las necesidades energéticas cruciales para el desarrollo sin sacrificar las turberas ni los servicios esenciales que estas proporcionan a las personas y a la economía (Doreen Robinson, jefa de Biodiversidad y Tierras del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA))

Las turberas, junto a los humedales, son los mejores sumideros de CO2. Si las dañamos severamente y aumentamos la deforestación de la selva congoleña… aumentamos las emisiones y reducimos las capturas de dióxido de carbono. La cuenta es fácil y podemos olvidarnos, si alguna posibilidad quedaba, de no sobrepasar los 2º centígrados. Lo que viene después ya lo vamos intuyendo.

No hay posibilidad de limitar el calentamiento global a 2 °C o 1,5 °C si no conservamos los sumideros de carbono existentes, como las turberas… (Mark Radka, jefe de la Subdivisión de Energía y Clima del PNUMA)

¿CÓMO SE VA A PERMITIR EL MUNDO DEJAR BAJO TIERRA TODO ESE PETRÓLEO? 

Es una buena pregunta cuando en estos momentos guerras de por sí destructivas por conseguir el control del petróleo de las grandes reservas mundiales están poniendo al borde de la peor de las guerras a todo el planeta. ¿Nos podemos permitir el lujo de dejar enterrado un bien que va escaseando y sobre el que tenemos montado nuestro mundo? ¿Se lo puede permitir el pueblo congoleño? Empecemos por ahí.

La RDC emite poco más de seis millones de toneladas de CO2 por quema de combustibles fósiles y tiene una huella de carbono de 0,06 toneladas por persona -mientras que en España está en torno a las 6 toneladas- a la par que solo un 22% de la población tiene acceso a la electricidad en sus hogares. Y recordemos que la cuenca del río Congo absorbe cada año unos 1.500 millones de dióxido de carbono… ¿Hay derecho, entonces, a impedir que este país extraiga el petróleo que posee y se eleve su desarrollo socioeconómico para proteger el planeta que hemos alterado con nuestro consumo y elevado nivel de vida? Sería una nueva injusticia.

La explotación petrolera se presenta a menudo como una solución a las necesidades de desarrollo. Pero en realidad, la mayor parte de la riqueza termina en manos de empresas de combustibles fósiles, bancos y otros intereses especiales o corruptos (La amenaza inminente de la expansión del petróleo y el gas en África  noviembre 2022, RFUK)

Pero el petróleo que se extraiga va a ir principalmente a la exportación, a nuestro consumo y a elevar o mantener un nivel de vida basado en el derroche energético. El dinero que por ello ingrese el erario público congoleño, aunque cada uno de sus millones de dólares acabara en él, no podría compensar los daños para el medio ambiente y la población que los bloques petrolíferos subastados provocarían. Entre otros contaminarían la tierra, el agua y el aire del que y en el que viven millones de personas durante décadas y arruinaría los medios de vida -o supervivencia- de todas esas personas. Las riquezas del Congo siempre han traído más sufrimiento que desarrollo a su pueblo y esta vez no tiene porqué ser diferente.

Se estima que más de un millón de congoleños que viven en la zona de subasta podrían verse directamente afectados por la grave contaminación petrolera, así como los centros de población ubicados aguas abajo, incluyendo Kinshasa (La amenaza inminente de la expansión del petróleo y el gas en África  noviembre 2022, RFUK)

Si lo vemos desde nuestro punto de vista, más petróleo en el mercado abarataría el precio no solo del combustible de nuestros coches, sino de la producción de alimentos y demás bienes que consumimos.

Los costos económicos a largo plazo de los daños a los ecosistemas superan con creces las ganancias financieras a corto plazo derivadas de la explotación de los recursos (Doreen Robinson, jefa de Biodiversidad y Tierras del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA))

Y eso hablando en términos financieros o monetarios. Lo que es incalculable es la repercusión que la entrada de miles de millones de toneladas de dióxido de carbono en la atmósfera puedan tener para el clima planetario y sus repercusiones en forma de eventos climáticos catastróficos -huracanes, olas de calor o frío, sequías, inundaciones…- además de asegurarnos que las líneas rojas marcadas por la ciencia para no entrar en una situación de no retorno y de caos climático se verían superadas. No podemos permitirnos el lujo de emitir millones de toneladas de CO2.

CONCLUSIONES QUE NO DEBERÍAN QUEDAR OLVIDADAS TRAS SU LECTURA

Esclavos, marfil, caucho, madera, cobre, uranio, coltán, tungsteno, cobalto, níquel, oro, casiterita… El mundo no sería como es sin la inmensa cantidad de recursos humanos, forestales, minerales que llevamos «recibiendo» desde hace décadas del Congo pese a lo que -o gracias a lo que- su pueblo vive en la miseria y la guerra. Esto, salvo honrosas excepciones, no le ha importado a nadie en tanto el flujo no se ha detenido, independientemente de las condiciones en que se han obtenido.

Ahora es distinto… Destrucción de selvas, de biodiversidad, de lugares y medios de vida para millones de personas, de gorilas, okapis, elefantes… Nuestro mundo podría asumirlo y le sale a cuenta si la explotación del petróleo congoleño a costa de sus selvas y turberas no nos impactara desastrosamente, nos guste o no, creamos en ello o no, por mucho que en un principio nos pueda «alegrar» la economía y sus efectos, obviamente, no se manifiesten de la noche a la mañana.

Quienes estamos preocupados por a dónde va este mundo y quienes lo habitamos, más allá de lo cercano o lo inmediato, leemos cada día noticias descorazonadoras que muestran cómo estamos haciendo exactamente lo contrario de lo que debiéramos para no acercarnos al desastre. Pero ésta no debe ser una más ni nuestra reacción debería quedar en llevarnos las manos a la cabeza. Habrá un antes y un después si los bloques petrolíferos son subastados y puestos en explotación… y el después no tendrá marcha atrás.

Cada cual debe hacer lo que pueda -y países, organismos internacionales, organizaciones, etc. etc. deberían hacer lo mismo- para que el petróleo congoleño no se toque. El Congo, tal y como está en cuanto a sus selvas, turberas, etc. beneficia más al mundo que la explotación de su petróleo y su gas, y el mundo debe compensar justamente al pueblo congoleño por ello. Transformar extensas zonas de «captadoras» de CO2 a emisoras y liberar miles de millones de toneladas en un tiempo relativamente corto arruinará al Congo y nos salpicará al resto de una manera dolorosa.

@CongoActual

visita la 1ª parte de este reportaje (cortesía de Cleophas Singizwa) Cuatro razones para no explotar el petróleo de la Falla Albertina

y la 2º parte: En el Congo también hay petróleo… y quieren sacarlo todo

Fuente: https://elcongoenespanol.blogspot.com/2026/06/petroleo-en-el-congo-3-el-proximo.html



Para mayor información comunicate con nosotr@s al mail: madalbo@gmail.com