lunes, 10 de agosto de 2026

Todo es energia


Todo cuanto existe en el universo manifestado —desde el latido microscópico de una célula hasta el engranaje industrial de una metrópolis, desde la estructura molecular del agua hasta el pensamiento abstracto que articula este ensayo— es, en su sustancia más elemental, energía organizada. La física moderna y la metafísica ancestral coinciden en un único veredicto insoslayable: la materia no es más que energía condensada, y la vida, un flujo continuo de conversión termodinámica. Sin embargo, la civilización humana ha vivido alienada de su propia ontología. Hemos construido instituciones, teorías económicas y filosofías políticas bajo la trampa analítica de la escasez, olvidando que habitamos un cosmos inmerso en un océano inagotable de radiación. Al fragmentar la realidad en geografías, ideologías y clases, el ser humano perdió de vista la ecuación fundamental que rige su existencia: la libertad de una especie es directamente proporcional a su capacidad de autonómica captación y gestión de la energía.

Durante los últimos tres siglos, la humanidad cayó prisionera de una anomalía histórica: el paradigma fosilista. Al basar el progreso técnico en la quema de depósitos concentrados de carbono subterráneo —carbón, petróleo y gas—, la especie no solo alteró el equilibrio biogeoquímico del planeta, sino que moldeó una arquitectura social profundamente jerárquica y autoritaria. El combustible fósil, por su propia naturaleza geológica, exige concentración. Requiere pozos de extracción, oleoductos continentales, refinerías colosales y redes de distribución monopolizadas. Esta realidad técnica engendró inevitablemente una estructura socioeconómica específica: el feudalismo energético. Bajo este orden, la masa crítica de la población mundial fue reducida a una condición de servidumbre material, cautiva de carteles corporativos y monopolios estatales que administran el acceso a la luz, al calor, al agua y a la capacidad de producción. Las guerras de la era industrial no han sido disputas éticas ni enfrentamientos de civilizaciones; han sido guerras de conquista por el control de la matriz de flujo. La libertad proclamada por las democracias liberales reveló así su condición insustancial, pues no puede existir una verdadera soberanía individual o comunitaria cuando la supervivencia cotidiana depende del interruptor que un tercero controla a miles de kilómetros.

Frente al colapso del modelo industrialista atlántico, emerge el Solarismo no como una respuesta coyuntural ni como una propuesta de remediación técnica para regiones desfavorecidas, sino como una filosofía de la praxis de alcance universal. El Solarismo parte de una constatación cósmica: la Tierra es un sistema abierto inundado ininterrumpidamente por la constante solar. El Sol deposita sobre la superficie terrestre en una sola hora más energía de la que la humanidad entera consume en un año. Esta radiación fotónica es inagotable, ubicua, inalienable y no pertenece a ningún bloque geopolítico ni corporación; es el gran ecualizador del universo. Entender que todo es energía implica reconocer que la radiación solar es el vector primario de donde proviene la totalidad de los procesos vitales del planeta: la fotosíntesis que genera la biomasa, los vientos que mueven la atmósfera, el ciclo hidrológico que nutre los ríos y la propia termodinámica que hizo posible la aparición de la conciencia. Pretender encasillar la captación directa de esta fuerza primordial como un «enfoque regional» o una «solución para el Sur Global» es incurrir en un reduccionismo geopolítico absurdo. La física del fotón no reconoce fronteras, no obedece a sesgos de clase ni exige pasaportes. La necesidad de emancipación energética es tan ontológica en Tokio, Berlín o Toronto como en las cordilleras de los Andes o los desiertos del Norte de África.

Esta comprensión nos permite situar la evolución humana en su verdadera escala histórica. Si la Primera Ola agrícola fijó al ser humano a la tierra, sometiendo su fuerza muscular al ciclo de las estaciones; la Segunda Ola industrial multiplicó la potencia física mediante la máquina, pero creó el proletariado urbano supeditado al monopolio del carbón y del petróleo; y la Tercera Ola informática interconectó la mente humana, pero centralizó el control de los datos en servidores hiperconcentrados dependientes de la red eléctrica tradicional; la Cuarta Ola del Solarismo plantea la síntesis definitiva: la autonomía energética en el origen. Al transformar cada vivienda, cada taller, cada infraestructura y cada comunidad en un nodo autónomo de generación y gestión fotovoltaica, se disuelve la figura del consumidor cautivo. La descentralización tecnológica convierte al ciudadano en un sujeto soberano en el sentido más denso y material de la palabra. Cuando una comunidad no depende de un cable externo para iluminar su hogar, transformar sus alimentos, potabilizar su agua o impulsar su movilidad, el chantaje geopolítico y la dominación corporativa se extinguen por obsolescencia técnica. La soberanía deja de ser una abstracción jurídica consignada en un papel para convertirse en una realidad termodinámica tangible.

En última instancia, el Solarismo no propone simplemente sustituir la fuente de combustión para mantener intacta la maquinaria del hiperconsumo, sino que constituye un marco ético y ontológico para reorganizar la presencia humana en el cosmos. Si todo es energía, la política, la economía y la arquitectura deben redefinirse bajo las leyes de la termodinámica y el equilibrio sistémico. La economía deja de ser la ciencia de administrar la escasez artificialmente creada para convertirse en el arte de gestionar la abundancia cósmica en armonía con los ciclos de la biosfera. Este es el verdadero manifiesto libertario del siglo XXI: la liberación de la especie humana de la tiranía de la centralización energética.

La transición hacia el horizonte solar es el paso inevitable para que la humanidad deje atrás su infancia fosilista y agresiva, y acceda a una era de plena madurez civilizatoria, donde la abundancia, la autonomía y la equidad no sean utopías ideológicas, sino consecuencias directas de vivir en consonancia con la ley fundamental del universo: Todo es energía, y la energía pertenece a la vida.

Lenin Cardozo, periodista, analista y ambientalista venezolano.





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sábado, 8 de agosto de 2026

Éxito: se completa la demarcación del territorio de un pueblo indígena en aislamiento en Brasil


Fuentes: Survival [Foto: Jair Candor, veterano responsable de la unidad de protección de la FUNAI para los kawahivas, iniciaba el pasado mes de mayo la demarcación física del territorio kawahiva. ©FUNAI]


Gran paso adelante: por fin se ha completado en Brasil la demarcación física del territorio de los kawahivas, uno de los pueblos indígenas en aislamiento más amenazados de la Amazonia.

Más de 27 años después de que se confirmara la existencia de indígenas en aislamiento en el Territorio Indígena Kawahiva do Rio Pardo, se ha completado la demarcación física de su tierra en el estado brasileño de Mato Grosso. 

Ahora solo falta la firma del presidente Lula para que se homologue y reconozca oficialmente este territorio indígena.

La selva de los indígenas kawahivas en aislamiento es blanco de acaparadores de tierras y madereros, que presionan para acceder a su territorio. Se oponen con agresividad al reconocimiento de sus tierras, a menudo recurriendo a la violencia, a incendios provocados y a presiones políticas. 

Los kawahivas son cazadores-recolectores nómadas que dependen por completo de su selva para sobrevivir y prosperar. Son los supervivientes de ataques genocidas y enfermedades que acabaron con la vida de sus familiares y hoy resisten en su tierra, rechazando el contacto con el exterior.

Cuando invasores entran en su territorio, los kawahivas se ven obligados a vivir huyendo de madereros armados y poderosos terratenientes ganaderos. Imagen captada durante una grabación inédita, durante un encuentro fortuito con funcionarios.

Jair Candor, el reconocido indigenista de la FUNAI que lleva trabajando por la protección de este territorio desde la década de los 90, declaró a Survival: “Desde el momento en que se lleva a cabo la demarcación física, esta aporta más seguridad porque así es como la gente empezará a comprender que esto es real: los postes y las señales ya están ahí. Es un paso adelante más que hemos superado, pero la lucha continúa porque ahora viene la homologación. Y eso es muy importante para la supervivencia de los kawahivas. Para mí es una cuestión de honor comenzar y terminar este trabajo que garantizará el futuro de estos indígenas en aislamiento”.

Para Caroline Pearce, directora de Survival International: “Los kawahivas en aislamiento viven desde hace décadas amenazados en su propia selva, cuando lo único que intentan es ejercer su derecho a vivir como ellos elijan, sin contacto con el exterior. Ahora, por fin, estamos a solo un paso de que su territorio sea reconocido y protegido. Es fundamental que el presidente Lula dé rápidamente el paso definitivo hacia el pleno reconocimiento legal; esta es la única forma de garantizar el futuro de los kawahivas”.

Y añadió que “el hecho de haber llegado hasta aquí es un reconocimiento al firme compromiso de los aliados de los kawahivas, tanto dentro como fuera de Brasil, frente a la violenta oposición de los acaparadores de tierras colonizadores y sus aliados políticos. Ahora las autoridades brasileñas deben llevar esto hasta el final”.

Durante más de dos meses, Candor y su equipo han recorrido el territorio de los kawahivas y han clavado postes en el suelo a lo largo de sus fronteras e instalado carteles para disuadir a los intrusos. Ahora que la demarcación del territorio ha concluido, un decreto presidencial es el último paso del proceso para crear el territorio indígena.

Sin embargo, la demarcación por sí sola no protegerá la tierra indígena. Debe ir acompañada de la presencia constante de equipos gubernamentales en el lugar para monitorear el territorio e impedir invasiones y apropiaciones ilegales de tierras.

Survival lleva décadas haciendo campaña a favor de los derechos territoriales de los kawahivas, junto con organizaciones indígenas como COIAB (Coordenação das Organizações Indígenas da Amazônia Brasileira), FEPOIMT (Federação dos Povos e Organizações Indígenas de Mato Grosso) e Indian Law Resource Center, así como con sus aliados OPAN (Operação Amazônia Nativa) y Opi (Observatório dos Povos Indígenas Isolados).

“Cada territorio que avanza en el proceso de demarcación es motivo de alegría para nuestra institución, que busca garantizar que se respeten los derechos de los pueblos indígenas del estado de Mato Grosso”, afirmó Silvano Chue, presidente interino de la FEPOIMT. “Los pueblos indígenas son los verdaderos dueños de estos territorios” (leer la declaración completa aquí).

“Opi recibe con gran alegría la noticia de que se ha dado otro paso fundamental hacia la protección del Pueblo Indígena Kawahiva, que aún no ha tenido contacto con el mundo exterior”, manifestó en un comunicado el grupo de defensa de los derechos indígenas (leer la declaración completa aquí).

 Información complementaria:

– La FUNAI confirmó la existencia de pueblos indígenas en aislamiento en este territorio en 1999. Posteriormente, en 2013, este organismo gubernamental publicó unas imágenes inéditas de nueve miembros no contactados del Pueblo Kawahiva caminando por la selva amazónica.

– En 2016, después de que miles de simpatizantes de Survival, junto con organizaciones indígenas de Brasil, presionaran al Gobierno, el Ministerio de Justicia declaró la selva de los kawahivas como territorio indígena, un paso importante previo a la demarcación física sobre el terreno.

– En 2018, se expulsó a ganaderos y madereros que ocupaban el territorio. Desde entonces, el proceso de demarcación se ha estancado en gran medida, ya que el sector agroindustrial y otros intereses han intentado impedir que avance.

– El nuevo informe de Survival “Resistir para existir: la lucha global de los pueblos indígenas en aislamiento” revela que hay al menos 196 pueblos y grupos indígenas no contactados que viven en 10 países. Son autosuficientes, resilientes y viven de forma independiente en sus selvas y bosques, y prosperan cuando se respetan sus derechos. Más del 96 % de los pueblos indígenas en aislamiento se ven amenazados por las industrias extractivas y la exploración.

– Expertos de Survival y aliados, que llevan años trabajando en esta campaña, tienen disponibilidad para entrevistas.

Fuente: https://www.survival.es/noticias/14544




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El mundo no está cumpliendo sus compromisos con la naturaleza

Un informe de la ONU revela que los esfuerzos nacionales en materia de biodiversidad están muy lejos de los objetivos para 2030, de cara a la cumbre COP17 en octubre



El esfuerzo colectivo para salvar la naturaleza es insuficiente. Esa es la conclusión principal del primer informe oficial sobre el plan mundial para detener y revertir la pérdida de biodiversidad.

El Informe Global es el primer intento de evaluar hasta qué punto los gobiernos han avanzado en el cumplimiento de los objetivos que acordaron hace casi cuatro años en el Marco Mundial para la Biodiversidad. Ningún objetivo muestra una trayectoria totalmente positiva.

Los compromisos nacionales elevarían la superficie de tierras y aguas protegidas hasta aproximadamente el 23% para 2030, por debajo del objetivo del 30%. Por su parte, la financiación destinada a la biodiversidad (186.000 millones de dólares movilizados entre 2020 y 2023) sigue estando muy por debajo del objetivo anual de 200.000 millones de dólares fijado para 2030.

“Se han logrado avances, pero no vamos por buen camino para alcanzar los objetivos”, declaró a Dialogue Earth Cristina Eghenter, experta en políticas de gobernanza global de WWF. Señaló que los problemas fundamentales son la falta de capacidad de ejecución y la escasa ambición a nivel nacional.

Estas conclusiones llegan en un momento crucial. En octubre, los negociadores se reunirán en Ereván, Armenia, en la COP17, la cumbre de las Naciones Unidas sobre biodiversidad, con el objetivo de convertir este diagnóstico en un cambio de rumbo. “La COP17 debe considerarse una conferencia sobre la aplicación”, afirmó Astrid Schomaker, secretaria ejecutiva del Convenio sobre la Diversidad Biológica.

Armenia ya ha señalado dónde quiere que se centre la atención. “Actuar por la naturaleza” es el lema de la conferencia.

Avances, pero insuficientes

El Marco Mundial para la Diversidad Biológica se adoptó en la COP15 de 2022 como sucesor de las Metas de Aichi, que expiraron en 2020 sin haberse cumplido prácticamente en absoluto.

En conjunto, incluye 23 objetivos que deben alcanzarse para 2030 y cuatro metas menos específicas para 2050. El marco amplía la responsabilidad más allá de los gobiernos. Integra al sector privado, la sociedad civil y los pueblos indígenas en el proceso de consecución de los objetivos.

La magnitud del problema al que pretende hacer frente es abrumadora. La última evaluación exhaustiva, realizada en 2019, reveló que una cuarta parte de las especies evaluadas se encontraban en peligro de extinción, y que las especies estaban desapareciendo entre decenas y cientos de veces más rápido que la media histórica. Las evaluaciones de seguimiento a menor escala realizadas desde entonces no han encontrado indicios de que el declive se esté desacelerando.

“Lo que se necesita es una transformación: cambiar los sistemas de gobernanza, conservación y económicos”, declaró a Dialogue Earth Alejandra Duarte, responsable de políticas de Women4Biodiversity. “Eso no se está logrando al ritmo necesario para alcanzar la ambición de los objetivos para 2030 y 2050”, afirmó.

El Informe Global se basó en informes nacionales de 129 países, más de 3.700 objetivos nacionales y aportes de empresas, ONG y otros actores no estatales. Describe un impulso y un compromiso “sin precedentes” en torno al marco, pero constata que los avances “aún no se están produciendo al ritmo ni a la escala necesarios”.

La tendencia es similar en las 23 metas. Los objetivos tradicionales, más fáciles de cuantificar —áreas protegidas, conservación de especies, restauración de ecosistemas— acaparan la mayor atención a nivel nacional y reciben las evaluaciones más positivas. Por el contrario, las metas relacionadas con la gobernanza, las subvenciones, la integración de la biodiversidad en otros sectores y la financiación son las que más se quedan atrás.

Una mariposa monarcha en una rama
Una mariposa monarca en la Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca en Michoacán, en el centro-sur de México (Imagen: Benny G / Flickr, CC BY-SA)

“Algunas metas se están aplicando en mayor medida. Las más tradicionales, como el ‘30 por 30′, acapararon toda la atención”, señaló Eghenter, refiriéndose al objetivo de proteger el 30% de la superficie terrestre y marina del planeta para 2030. “Pero otras, como las metas impulsoras y aquellas que promueven condiciones propicias para una aplicación efectiva, aún no están siendo abordadas con la misma firmeza por las partes”.

Las cifras relativas a la financiación siguen la misma tendencia. De los 186.000 millones de dólares movilizados entre 2020 y 2023, 136.000 millones procedieron de presupuestos públicos nacionales, 33.000 millones de fuentes privadas y solo 18.000 millones de financiación pública internacional. Esto supone una fracción del hito anual de 20.000 millones de dólares que se suponía que los países desarrollados debían alcanzar para 2025. La financiación privada, señala el informe, alcanzó su punto máximo en 2021 y desde entonces ha disminuido.

Detrás de esta situación se esconde un problema de seguimiento. Solo se dispone de datos cuantitativos sólidos para unos pocos objetivos. La información sigue siendo escasa sobre cómo —o si— se está involucrando a los pueblos indígenas, las mujeres, los jóvenes y el sector privado en la consecución de los objetivos.

Ana Di Pangracio, subdirectora de FARN, ONG medioambiental argentina, declaró a Dialogue Earth que el informe refleja un patrón que ya ha observado anteriormente. Según ella, los países que se comprometieron a eliminar gradualmente las subvenciones perjudiciales para el medioambiente han comenzado a identificarlas, pero no están llevando a cabo las regulaciones necesarias para redirigir realmente los fondos. “Estamos repitiendo los errores del pasado”, afirmó. Invertir más dinero en la biodiversidad mientras se sigue financiando su destrucción en otros ámbitos no servirá de nada, añadió.

La prueba que se avecina

Ese diagnóstico recae ahora en los negociadores. En la COP17, los gobiernos tendrán que ponerse de acuerdo sobre cómo interpretar las conclusiones del Informe Global.

“Los Estados miembro no quieren un discurso demasiado negativo, debido al estado [precario] del multilateralismo”, explicó a Dialogue Earth Juliette Landry, investigadora sobre gobernanza internacional de la biodiversidad en el IDDRI, un centro de estudios con sede en París.

Las partes quieren que el informe demuestre que el marco sigue funcionando, aunque aceptan que hay que reconocer las deficiencias, señaló Landry. Además, dijo que los países en desarrollo tienden a insistir en que las naciones ricas no han aportado la financiación prometida, mientras que otros hacen hincapié en la débil coordinación sectorial o en la escasa capacidad técnica.

Aún está por ver si el texto final de la decisión de la COP nombrará a los sectores con más responsabilidad en la pérdida de biodiversidad —al igual que el balance climático de la ONU lo hizo con los combustibles fósiles—, añadió. Atribuir la responsabilidad a industrias o países concretos es políticamente delicado en un proceso basado en el consenso.

La financiación será la batalla que determine todo lo demás en Ereván. Schomaker ha vinculado la credibilidad de la cumbre a la participación plena de las empresas y las instituciones financieras en las negociaciones. “La financiación privada no debería estar ahí simplemente para hacer promesas al margen”, escribió. “Debería formar parte del debate central sobre cómo integrar la biodiversidad en la toma de decisiones económicas y financieras”.

Pero el volumen no es el único problema, señaló Alejandra Duarte. A pesar de que se prometen más fondos, muy poco de ese dinero llega a los grupos que realmente llevan a cabo labores de conservación sobre el terreno, afirmó. Esto se debe a que, por lo general, para acceder a esos fondos se requieren estructuras institucionales formales y sistemas de rendición de cuentas de los que carecen las organizaciones de base y las dirigidas por pueblos indígenas.

El Fondo Cali, adoptado en la COP16 para canalizar los beneficios derivados del uso comercial de los recursos genéticos hacia los pueblos indígenas y las comunidades locales, sigue siendo de carácter voluntario, y Duarte considera que tiene el mismo problema de acceso. “Lo que se necesita es que la propia arquitectura de financiación llegue directamente a estos grupos”, afirmó. Señaló un proyecto llevado a cabo por su propia organización que destinó fondos directamente a iniciativas de restauración dirigidas por mujeres en seis países de África y América Latina.

Para Eghenter, la esperanza es que la COP17 se convierta en el momento en que los gobiernos dejen de solo catalogar las carencias y empiecen a fijar plazos para subsanarlas. “Se han asumido compromisos y ahora contamos con el Informe Global que nos indica lo que hay que hacer”, añadió. “El texto final de la COP debería marcar los próximos pasos, fijar plazos y transmitir la sensación de que los países se están uniendo para abordar las carencias”.

Fermín Koop es el editor adjunto para América Latina de Dialogue Earth.

Fuente: https://dialogue.earth/es/naturaleza/el-mundo-no-esta-cumpliendo-compromisos-naturaleza/Para mayor información comunicate con nosotr@s al mail: madalbo@gmail.com

viernes, 7 de agosto de 2026

Bolivia. Tierras comunitarias de origen en peligro



1990, fue el año de la Reforma Agraria para los pueblos indígenas de la Amazonía boliviana. En ese año, los pueblos indígenas arrancaron un decreto al gobierno de J. Paz que les garantizaba la propiedad de sus territorios, constantemente amenazados y avasallados por la expansión de la frontera agrícola del sistema latifundista y los saqueadores de madera.



Luego de casi 20 años, la nueva Constitución Política del Estado consolidó no solamente la propiedad de territorio, sino que amplió el catálogo de derechos con estas palabras: “En el marco de la unidad del Estado y de acuerdo con esta Constitución las naciones y pueblos indígena originario campesinos gozan de los siguientes derechos: 

1. A existir libremente. 

2. A su identidad cultural, creencia religiosa, espiritualidades, prácticas y costumbres, y a su propia cosmovisión. 

3. A que la identidad cultural de cada uno de sus miembros, si así lo desea, se inscriba junto a la ciudadanía boliviana en su cédula de identidad, pasaporte u otros documentos de identificación con validez legal.

4. A la libre determinación y territorialidad.

5. A que sus instituciones sean parte de la estructura general del Estado. 

6. A la titulación colectiva de tierras y territorios. 

7. A la protección de sus lugares sagrados.”

Todas las conquistas, no solamente de los pueblos indígenas, sino de todo ciudadano y ciudadana en Bolivia se encuentran en peligro de ser anuladas. El retorno del sistema neoliberal de gobierno se encuentra metódicamente enfrascado en desmontar el Estado Plurinacional y esto supone ignorar la actual Constitución Política del Estado. Todos los decretos contravienen los preceptos constitucionales, pero no existe la suficiente fuerza política para frenar este monopolio del poder ya que el principio liberal de la “independencia de poderes” no existe. El control de las grandes cadenas de medios de comunicación, le permite al gobierno naturalizar una gestión altamente cuestionable por la falta de transparencia en sucesivos actos ligados a la corrupción en los mecanismos de control policial, aduanero y del propio Ministerio de Gobierno.

Los pueblos y naciones de la amazonía boliviana han sido ignorados desde siempre. La consolidación de sus territorios les ha permitido frenar su extinción y ser reconocidos como parte del Estado. Las Tierras Comunitarias de Origen (TCO) son ahora codiciadas por su potencial minero, maderero, como tierra de cultivo y también como “reserva”, es decir el Estado, en sus diferentes niveles (central, departamental y municipal) quiere ser nuevamente el dueño y rector de los TCO, y para ello utiliza mecanismos como los Planes de Uso de Suelo (PLUS), intervenciones que no cuentan con la consulta previa como requisito fundamental. Por otra parte muchas ONG que forman parte del negocio de los bonos de carbono apoyan estas iniciativas aplicando mecanismos extracomunitarios para “gestionar” los territorios sin respetar a las autoridades legítimas del mismo.

Está comprobado, además, que estos territorios están contaminados con la actividad minera, que sin ningún control explota la fuente principal de la generación de vida como es el agua. Por otra parte, es cierto que la corrupción también ha llegado a la práctica de algunos dirigentes, cayendo fácilmente en ofrecimientos de beneficio personal o por carencia de información, abriendo las puertas a organizaciones depredadoras del medio ambiente.

Las TCO han logrado mantener modos de vida ajenos a la economía de mercado. Existen naciones y pueblos que viven de la recolección, la caza y la pesca, que ahora se ven limitadas por la contaminación y la intervención en las TCO con políticas que pretenden controlar el manejo de los bosques.

Para una economía basada estrictamente en la minería del oro, que tiene capacidad de influir en el gobierno, poco le importa el ciclo de vida generado por la relación con naturaleza y su cuidado, poco le interesa la autodeterminación constitucional que protege a las TCO.

La actitud triunfalista que tiene la derecha boliviana, luego de la derrota de un bloqueo de más de 50 días está acelerando los procesos para consolidar políticas neoliberales y que sabemos, benefician solamente a las empresas transnacionales y a los sectores criollos ligados al modelo económico capitalista en su versión extractivista.

El peligro acecha cotidianamente a las Tierras Comunitarias de Origen, que hoy no tienen ni Estado ni Ley que las defienda.

por Antonio Abal O.

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sábado, 11 de julio de 2026

Fascismo fósil, indiferencia climática



«Dejen de quejarse. Siempre hay más gente que muere en invierno que en verano, porque el frío mata muchísimo más que el calor».

Estas son las palabras del secretario de Energía de los Estados Unidos, Chris Wright, pronunciadas el sábado 27 de junio en un mensaje de vídeo dirigido a la Alianza para la Ciudadanía Responsable (ARC), una conferencia de escépticos del cambio climático, en la que también estuvo presente Nigel Farage. Wright ha realizado estas declaraciones justo cuando una ola de calor sin precedentes está asfixiando y matando a muchas personas por toda Europa Occidental.

Wright es un hombre blanco, multimillonario y cabildero de la industria de la fracturación hidráulica [fracking], cedido a la Casa Blanca de Donald Trump. Encarna el cinismo absoluto de la derecha sociópata en el poder. Su retórica es tan agresiva como mendaz. En países donde las temperaturas se disparan, las muertes relacionadas con el calor han aumentado a un ritmo alarmante durante años, superando con creces los promedios históricos de invierno. El vínculo entre calor extremo y mortalidad es directo, agudo e inmediato. Esto también está ocurriendo en los Estados Unidos, donde Trump sigue recortando la financiación destinada a emergencias climáticas.

La actitud de Wright y sus secuaces no se basa en la ignorancia. Se trata de una estrategia ideológica que el Colectivo Zetkin ha bautizado como «fascismo fósil». Es una alianza orgánica entre la extrema derecha política y el capital extractivo, unidos para defender —utilizando todos los medios que ofrece el Estado y el mercado— los privilegios de un capitalismo basado en los combustibles fósiles, principalmente el gas y el petróleo, los principales causantes del cambio climático en el planeta.

Wright ha atacado asimismo a la Unión Europea en su momento más vulnerable. Lo hizo después de que Trump amenazara con aranceles del 100% si Bruselas imponía impuestos a las grandes empresas tecnológicas norteamericanas. Para él, los objetivos de reducir las emisiones contaminantes a cero son «ridículos». Esta idea la comparten todas las fuerzas que forman parte de la derecha de los combustibles fósiles.

El gobierno italiano también opina de este modo, tras haber mantenido discrepancias con Bruselas sobre el debilitamiento del Sistema de Comercio de Emisiones (ETS). Para los políticos trumpistas de todas las tendencias, Europa debe abandonar la transición ecológica y transformarse en un mercado para el gas natural licuado (GNL) estadounidense, del cual el propio Wright es productor. La primera ministra Giorgia Meloni se hace eco de este objetivo al afirmar que quiere convertir a Italia en un «centro de gas». Lo hizo oficial en Washington al declararse aliada de Trump, y desde entonces lo ha reiterado en numerosas ocasiones.

La indiferencia climática y el negacionismo que actualmente imperan en Washington también se manifiestan, de forma más atenuada, en Europa. Lo hemos visto durante estos días de temperaturas «máximas». Los gobiernos se limitan a emitir declaraciones vacías y poco creíbles, y a aprobar decretos fallidos que sólo entrarán en vigor con las previsibles demoras. Sin estrategia, sólo mucha indiferencia. Hace calor. Pasará. El resto queda en manos de las «guerras de memes» sobre los aires acondicionados que supuestamente odia la izquierda.

Esta es la nueva escaramuza moralista que ha invadido la esfera digital afín al fascismo en las últimas horas, tanto en Italia como en otros lugares. Para desmantelarla, basta con señalar que, si los aires acondicionados funcionaran con paneles solares instalados en los tejados, serían más útiles, más baratos y más eficaces.

El fascismo fósil y la indiferencia climática son las dos caras de una estrategia destinada a que el ciudadano-consumidor se adapte a una realidad infernal. Puesto que la gente sufre de todos modos, y debemos abandonarla a su suerte, el objetivo consiste en encontrar paliativos que permitan gestionar temporalmente la ola de calor sin alterar la contradicción subyacente: el capitalismo, basado en combustibles fósiles o no, es incompatible con la preservación del planeta.

Lo que queda es apatía, agotamiento y desconcierto. Algunos anunciarán huelgas; para otros, no serán suficientes las medidas a medias. Nos conmueve la difícil situación de los repartidores que corren de un pedido a otro. Pero vámonos a la playa. Mañana podemos hablar más sobre la violencia de clase.

Roberto Ciccarelli, periodista del diario il manifesto e investigador asociado al Laboratoire d’études et de recherches sur les Logiques Contemporaines de la Philosophie de la Universidad París 8, es autor de “Divenire rivoluzionari.e. Gilles Deleuze, Félix Guattari e noi” (2025), “L’odio dei poveri” (2023), “Il Quinto Stato” [con Giuseppe Allegri] (2013), “La furia dei cervelli” [con Giuseppe Allegri] (2011), “Fuga dal precariato” (2011), “Immanenza. Filosofia, diritto e poltica della vita dal XIX al XX secolo” (2009) o “Forza lavoro: il lato oscuro della rivoluzione digitale” (Derive Approdi, 2018).

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/fascismo-fosil-indiferencia-climatica

Fuentes: Sin permiso [Foto: Chris Wright, secretario de Energía de EEUU]



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viernes, 10 de julio de 2026

Cambio climático y crisis existencial en la juventud



Para la juventud mundial en 2026, el cambio climático ha dejado de ser una «preocupación medioambiental» para consolidarse como una crisis existencial, sistémica y de justicia social.

A diferencia de generaciones anteriores, los jóvenes no solo exigen conciencia, sino que demandan responsabilidad legal, acción política vinculante y una transformación radical de los modelos económicos. Sin embargo, también reflejan un aumento de la fatiga climática y la frustración ante los retrocesos políticos (el llamado greenlash) observados a mediados de la década de 2020.

Diversos estudios sociológicos muestran que la inmensa mayoría de los jóvenes (frecuentemente por encima del 80% en diversas encuestas de la UE) consideran el cambio climático como uno de los problemas más urgentes del mundo, que les crea sentimientos de traición y ecoansiedad generalizada, por percibir que las generaciones mayores y los líderes políticos actuales les están «robando el futuro», priorizando el crecimiento económico a corto plazo sobre la supervivencia del planeta, lo que les causa sentimientos de miedo, impotencia y angustia ante la degradación de los ecosistemas y los fenómenos meteorológicos extremos (olas de calor, sequías e incendios en el sur de Europa).

Esto les lleva a su desconfianza política de las instituciones, al considerar insuficientes sus proyectos como el Pacto Verde Europeo (Green Deal) o por retrocesos, como las concesiones políticas realizadas a partir de 2024 (relajación de normativas agrícolas o de restauración de la naturaleza para apaciguar a sectores conservadores) que son consideradas pruebas de que los políticos ceden ante los lobbies económicos, lo que se traduce en exigencia de coherencia, con blindaje de  las leyes climáticas contra los ciclos electorales, que modifican los objetivos de emisiones según el color político del gobierno de turno.

 A la luz de las evidencias más recientes publicadas en The Lancet Planetary Health, 2026 (1), la percepción del cambio climático por parte de la juventud (incluyendo el contexto europeo) debe entenderse no solo como una demanda política, sino como una crisis de salud mental pública sin precedentes. La angustia climática (ecoansiedad, duelo ecológico, miedo al futuro) es una respuesta racional y adaptativa a una amenaza existencial real. En este contexto, el activismo climático ha dejado de ser solo una herramienta de protesta para convertirse en una estrategia terapéutica fundamental que permite a los jóvenes transformar la parálisis en agencia. Sin embargo, el informe advierte sobre el grave riesgo de burnout (agotamiento) y daño moral si esta carga psicológica recae exclusivamente sobre ellos.



El cambio climático como crisis de salud mental juvenil

La adolescencia y la juventud temprana (13-25 años) son etapas críticas para el desarrollo neuropsicológico y la formación de la identidad. El cambio climático está alterando las condiciones necesarias para un desarrollo saludable, como muestran los estudios globales citados en el artículo del “Lancet PlanetaryHealth”, donde el 75% de los jóvenes considera que «el futuro es aterrador»;y que les ocasiona preocupación constante y sentimientos de tristeza, impotencia, incertidumbre, e incluso ideación suicida y dudas sobre si tener hijos.

Por otra parte, la juventud está expuesta a narrativas de la industria de los combustibles fósiles y a la inacción política que promueven el «doomismo» (la idea de que es demasiado tarde para actuar), lo que exacerba la desesperanza y los síntomas depresivos.

Ante ello destaca el estudio de The Lancet que la angustia que sienten los jóvenes no es un trastorno mental en sí mismo, sino una respuesta emocional válida y racional ante la destrucción ecológica, la injusticia climática y la falta de acción por parte de los gobiernos y líderes industriales que no solo genera ansiedad, sino que les provoca una sensación de traición y abandono por sentir que las instituciones que deberían protegerlos están fallando.

Junto a ello existe un «silencio socialmente construido» en torno a estas emociones, que a menudo disuade a los jóvenes de expresar su dolor por miedo a no ser tomados en serio o a ser incomprendidos.

Frente a la inacción institucional, el artículo destaca que la participación en el activismo y la acción colectiva funciona como una poderosa intervención de prevención primaria y salud mental. El activismo actúa como amortiguador psicológico, transformando la angustia abrumadora en acción con propósito. Al participar en esfuerzos colectivos, los jóvenes recuperan su sentido de agencia y autoeficacia, contrarrestando la parálisis que genera la ecoansiedad.

Junto a ello el activismo permite a los jóvenes alinear sus acciones diarias con sus valores más profundos (justicia, sostenibilidad, empatía). Esta «esperanza activa» o afrontamiento centrado en el significado ayuda a procesar el duelo ecológico, permitiendo que convivan la desesperación por el estado del planeta y la esperanza por el futuro, lo que se une al hecho de que la acción climática colectiva fomenta redes de apoyo social. En un contexto donde los jóvenes se sienten aislados por su preocupación (a menudo incomprendidos en sus entornos familiares o educativos), los movimientos climáticos ofrecen un sentido de comunidad, solidaridad y pertenencia que es vital para la salud mental.

Más allá de la protesta, surgen intervenciones comunitarias como los Climate Cafés (Cafés Climáticos) o grupos de pares (como Force of Nature o Good Grief Network). Estos espacios descentralizados permiten a los jóvenes procesar sus emociones, compartir experiencias vividas y construir resiliencia psicosocial colectiva en un entorno libre de juicios.

Pero es importante destacar que el artículo de The Lancet introduce una advertencia crucial: el activismo no puede ser el único sustento de la salud mental de los jóvenes, ni puede reemplazar la responsabilidad sistémica.

Cuando los jóvenes participan en la acción climática bajo la premisa de que la situación es «demasiado urgente como para descansar», pueden ser llevados al burnout (agotamiento crónico). El agotamiento es severamente agravado por la inacción percibida de los líderes políticos y corporativos. Cuando los jóvenes luchan incansablemente y son ignorados o traicionados por las instituciones, sufren una «lesión moral», un daño psicológico profundo derivado de transgredir sus propios valores o de presenciar injusticias sistémicas sin poder detenerlas.

Por ello The Lancet plantea que las intervenciones terapéuticas y los movimientos sociales deben enseñar a los jóvenes a equilibrar el activismo con otras facetas de sus vidas, normalizando el descanso y el autocuidado no como una rendición, sino como una necesidad de sostenibilidad a largo plazo. Para ello además del activismo, deben fomentarse las intervenciones basadas en la naturaleza, pasando tiempo en la naturaleza o participando en actividades de conservación, que  ayudan a reducir el estrés, aunque se advierte que la naturaleza degradada también puede ser fuente de dolor), para lo que son adecuadas terapias de aceptación y compromiso (ACT) que ayudan a los jóvenes a aceptar pensamientos dolorosos sin rumiarlos, aclarar sus valores y comprometerse en acciones significativas, o terapias conductuales  para regular las emociones intensas y  tolerar la angustia sin quedar paralizado por ella.

También es de interés la regulación del consumo de medios, ya que las redes sociales son una espada de doble filo (conectan a los activistas pero también bombardean con imágenes apocalípticas) y  es vital desarrollar habilidades para gestionar la exposición a noticias catastróficas.

En síntesis: para la juventud, el activismo climático es un mecanismo de supervivencia psicológica. Les permite transformar el terror paralizante en comunidad, propósito y esperanza activa. Sin embargo, para que esta resiliencia sea sostenible, la sociedad y las instituciones deben apoyar su activismo, asumiendo al mismo tiempo la responsabilidad sistémica que les fue arrebatada.

Nota:

(1) Therapeutic strategies to manage climate distress among young people (Gunasiri et al., The Lancet Planetary Health, Mayo 2026).

J. Luis Carpintero, médico jubilado



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SimoneBecker

jueves, 9 de julio de 2026

Un planeta habitable es posible, pero para ello debemos enfrentarnos a los más ricos





Traducido del neerlandés por el autor



El futuro no tiene por qué ser caos climático y destrucción social. El «Global Justice Report», elaborado entre otras personas por Thomas Piketty, ofrece una alternativa concreta, pero una que se enfrenta frontalmente al poder de los multimillonarios.

El Global Justice Report traza una senda de transición esperanzadora y concreta para la humanidad desde 2026 hasta el año 2100. La conclusión principal es sencilla: es posible unir el bienestar para todos con una Tierra habitable. Pero esa transformación se apoya en tres pilares igualmente importantes.

En primer lugar, es necesaria una rápida descarbonización de nuestros sistemas energéticos. En segundo lugar, debemos pasar drásticamente al principio de «suficiencia»: suficiente para vivir bien sin sobrecargar el planeta. Eso significa menos horas de trabajo, una huella material más pequeña y otros patrones de consumo. En tercer lugar, se debe abordar la desigualdad mundial de forma drástica y estructural, tanto entre países como dentro de ellos.

Esa reducción de la desigualdad no es simplemente una idea socialmente deseable. Es una condición para poder financiar las inversiones climáticas necesarias y mantener el apoyo social a una transformación semejante. Sin igualdad no hay futuro habitable.

El informe se publicó en junio de 2026 y está escrito por un equipo central de siete investigadores, entre ellos los conocidos economistas Thomas Piketty y Lucas Chancel. Es una iniciativa colectiva del World Inequality Lab y se basa en datos recogidos por más de 200 científicos en todo el mundo.

Cinco mil euros al mes

¿Qué propone concretamente el informe? El plan prevé que el ingreso mensual medio por persona en cada país llegue a 5.000 euros en 2100. Hoy todavía se abre una brecha que va desde los 290 euros en el África subsahariana hasta los 4.590 euros en Norteamérica. Un ingreso mundial de 60.000 euros al año se convierte en la nueva normalidad.

Esa convergencia de ingresos va acompañada de una verdadera revolución en la distribución de la riqueza. La parte del 50 % más rico de la población mundial en la riqueza total desciende del 6 % al 0,05 %. Al mismo tiempo, la parte de la mitad inferior sube del 2 % hasta nada menos que el 30 %. Casi el 90 % de la población mundial duplica sus ingresos.

Trabajar menos, vivir más

Una de las propuestas más llamativas es la reducción drástica del tiempo de trabajo. Mientras que ahora trabajamos de media en todo el mundo 2.100 horas al año, debería bajar a 1.000 horas en 2100. Es una tendencia histórica que podemos continuar, aunque exige una fuerte movilización colectiva.

El tiempo ganado no se llena simplemente con no hacer nada. El plan prevé un desplazamiento desde los sectores materiales hacia sectores más inmateriales como la educación y la sanidad. La parte de las horas de trabajo mundiales dedicada a estos sectores sube del 11 % al 43 %. Países como Noruega y Suecia ya muestran que es alcanzable.

A ello se suma también la aspiración a una igualdad de género completa: igual participación laboral, iguales horas de trabajo remunerado y no remunerado, e igual salario. Eso significa una redistribución fundamental del poder y del tiempo, vinculada a menores diferencias de ingresos.

El mundo se enfría

El plan muestra que podemos limitar el calentamiento a 1,8 °C en 2100. Eso es bastante mejor que los más de 4 °C que nos esperan si no hacemos nada. La combinación del principio de suficiencia (trabajar y consumir menos) y una rápida transición energética es el único camino.

Esa transición exige una inversión del 3 al 4 % del PIB mundial al año durante las próximas tres décadas. Ese dinero debe venir sobre todo de los ricos globales, que se han beneficiado de manera desproporcionada del crecimiento económico y cargan con una gran responsabilidad por las emisiones históricas.

Importante: el plan no opta por una simple contracción de la economía. Un desplazamiento dirigido hacia sectores menos materiales y otra producción de alimentos es más efectivo que una reducción general del bienestar. Así, un nivel de bienestar de 60.000 euros por cabeza puede combinarse con un aumento de temperatura menor que en una contracción general.

Fondo Mundial de Justicia

El motor detrás de esta transformación es el Global Justice Fund (GJF). Esta nueva institución internacional debe recaudar y gestionar los ingresos de impuestos mundiales sobre la riqueza y los ingresos. Esos impuestos afectan solo al 1 % más rico de la población mundial y se suman a los impuestos nacionales.

El fondo paga dividendos nacionales sobre la base de cantidades iguales por habitante. Para los países pobres eso puede llegar hasta el 9 % de su PIB, mientras que para los países ricos es solo del 2 al 3 %. Sin embargo, esos dividendos no carecen de un compromiso: están vinculados a condiciones estrictas en materia de clima, educación, salud y desigualdad.

Los gastos anuales del fondo ascienden de media al 10,3 % del PIB mundial. Es una cantidad gigantesca, comparada con el 0,4 % actual que va a la ayuda al desarrollo. Pero el desafío también es inédito: solo las inversiones climáticas ya requieren entre el 3 y el 4 % del PIB.

La mayoría gana, una pequeña parte pierde

¿Quién se beneficia ahora de este plan? Una mayoría abrumadora: el 89 % de la población mundial duplica sus ingresos. En el Sur global llega incluso al 95 o 98 % de la población. En el Norte se beneficia entre el 85 y el 95 %. Solo una pequeña minoría, principalmente los ricos, ve caer sus ingresos.

Si también contabilizamos el valor del tiempo libre y de un planeta habitable, sale ganando más del 99 % de la población mundial. Aun así, el plan chocará con una fuerte resistencia, no solo de los multimillonarios. También una parte de la clase media en los países ricos puede oponerse a la elección de más tiempo libre en lugar de más consumo.

Orden mundial democrático

La ejecución de este plan requiere una democratización fundamental de las instituciones internacionales. Europa y Norteamérica tienen hoy cuatro veces más derecho de voto en el FMI y el Banco Mundial que su proporción de la población. El plan aboga por un voto por persona: una transición de la plutocracia mundial a la democracia mundial.

Eso significa también el fin de los «privilegios exorbitantes» de los países ricos, que ahora se benefician de rendimientos más altos sobre sus posesiones extranjeras que los que pagan por sus deudas. Una nueva moneda internacional y una Unión Internacional de Compensación deben poner fin a eso, y obligar no solo a los países deudores, sino también a los países con grandes superávits, a ajustar su economía.

Déficits

El informe es único y muy importante porque es el primer intento de presentar un plan completamente cuantificado. Combina la redistribución a escala mundial, la reforma del orden financiero, la transición energética y los cambios en el consumo. Mientras que los escenarios climáticos tradicionales, como los del IPCC, separan estas cosas, este modelo las reúne. En cuanto a material estadístico, el informe es monumental.

Según las tendencias macroeconómicas actuales, el mundo se dirige hacia un calentamiento catastrófico de más de 4 °C. El modelo integral propuesto consigue limitar el calentamiento a 1,8 °C para 2100. Con ello, el informe ofrece una alternativa científica realista al capitalismo contemporáneo destructivo.

Aun así, el informe contiene una serie de déficits fundamentales. El primero es que la línea de tiempo no es suficientemente urgente. El Global Justice Report apunta a grandes cambios de cara a 2100. Eso lo hace ambicioso sobre el papel, pero al mismo tiempo también muy lento, vista la urgencia climática, la crisis social y la destrucción ecológica que ya están en marcha hoy.

Para miles de millones de personas en la pobreza, para los países que ya son golpeados por desastres climáticos y para ecosistemas que están al borde del colapso, 2100 no es un horizonte tranquilizador. La pregunta no es solo si un mundo justo es posible, sino por qué no debe ser impuesto mucho más rápidamente.

Un segundo punto débil del informe es que apuesta sobre todo por la redistribución de la riqueza, pero toca poco o nada las causas del problema. Gravar a los multimillonarios y redistribuir la riqueza está bien y es necesario, pero mientras las grandes empresas, bancos, compañías energéticas y gigantes tecnológicos sigan controlando las decisiones de inversión, la economía seguirá girando en torno al beneficio en lugar de las necesidades sociales y ecológicas.

El hecho de centrarse en los impuestos, la redistribución y los fondos públicos no cambia nada de las relaciones de propiedad ni de la lógica del beneficio que causa y agranda estructuralmente la brecha entre ricos y pobres, y hace degenerar el clima. Aun siendo importantes, estas medidas permanecen atrapadas dentro de la misma lógica de sistema que ha causado los problemas actuales y los seguirá causando.

Un tercer déficit es el débil análisis del poder. El informe demuestra de manera técnicamente convincente que un mundo más justo es posible, pero sigue siendo mucho más vago sobre quién tiene el poder para imponerlo. Según el profesor Duncan Green, de la London School of Economics, el informe no ofrece una teoría del cambio convincente.

Un núcleo dominante de 147 empresas posee conjuntamente, a través de ramificaciones en otras empresas, el 40 % de la riqueza mundial. 737 empresas poseen el 80 % de la riqueza total. Estos gigantes, las empresas fósiles y las élites financieras no cederán voluntariamente su enorme poder porque un informe demuestre que otro mundo sería mejor y necesario.

Para eso hace falta un contrapoder organizado: sindicatos, movimientos sociales, movimientos climáticos, partidos políticos, huelgas, boicots y solidaridad internacional.

El Global Justice Report es fuerte como brújula matemática y moral, pero más débil como estrategia de lucha. Entre lo «posible» y la «realidad» están la lucha de clases, la geopolítica, la fuga de capitales, la extrema derecha, los intereses fósiles, las economías de guerra y la débil solidaridad internacional. Quien quiera un planeta habitable y una vida digna para todos no solo debe demostrar que es posible. También tendrá que organizar el poder para imponerlo.

Se habla ciertamente de una sociedad civil organizada, pero sin analizar concretamente qué coaliciones, organizaciones y relaciones de poder son necesarias para imponer el cambio propuesto.

Con ello, el informe sigue siendo en parte tecnocrático. Los impuestos, las reformas institucionales y los procedimientos democráticos son necesarios, pero no bastan si siguen funcionando dentro de la misma lógica de sistema que ha causado la crisis. El informe muestra que un futuro mejor sí es matemáticamente posible, pero la pregunta abierta es cómo se construirá la fuerza social para hacer realidad también ese futuro.

El Global Justice Report es importante porque muestra que el futuro no está fijado. Sin embargo, el camino hacia él es menos claro que los propios cálculos. El verdadero desafío no reside solo en diseñar medidas justas, sino en quebrar el poder que hoy las impide. Todavía queda mucho trabajo por hacer.

Texto original: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2026/07/07/een-leefbare-planeet-kan-maar-dan-moeten-we-de-rijksten-aanpakken




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El calentamiento del mar acorrala a la posidonia, pulmón del Mediterráneo


Fuentes: The Conversation

Cuando pensamos en el Mediterráneo, imaginamos playas, acantilados o pueblos costeros. Pero una parte esencial de este paisaje está bajo el agua: las praderas de Posidonia oceanica. Aunque a menudo se confunde con un alga, la posidonia es una planta marina. Y solo vive en este mar.

Sus praderas dan refugio a peces e invertebrados, estabilizan el sedimento, ayudan a mantener el agua transparente, protegen la costa frente a la erosión y almacenan carbono durante largos periodos. Son, en pocas palabras, una infraestructura natural clave para nuestras costas.

Pero la posidonia está en retroceso. A los impactos locales, tales como fondeos, contaminación, dragados, obras costeras o aumento de la turbidez, se suma una presión cada vez más importante: el calentamiento del mar.

El calor que no mata de golpe

Cuando hablamos del efecto del calor sobre los ecosistemas marinos solemos pensar en olas de calor extremas: la temperatura sube mucho durante unos días y los organismos no lo resisten. Pero esta visión es incompleta.

A veces el daño no aparece por un episodio extremo y puntual, sino por una exposición prolongada a temperaturas moderadamente altas. Un verano algo más cálido, seguido de otro verano cálido, y después otro, puede generar una carga de estrés que se acumula lentamente. No mata de golpe, pero debilita.

Con la posidonia puede ocurrir algo parecido. Una pradera no desaparece necesariamente de un día para otro. Puede empezar perdiendo densidad, abriendo claros, reduciendo su cobertura y fragmentándose en manchas cada vez más aisladas. Es un deterioro silencioso, pero importante.

Medir el estrés acumulado

En nuestro estudio quisimos medir precisamente el estrés causado por el calor acumulado. Para ello desarrollamos un nuevo indicador llamado Stress Degree Days, que podríamos traducir como “grados-día de estrés”. La idea es sencilla: en lugar de fijarnos solo en el máximo térmico que soporta la planta, sumamos día a día el estrés térmico que experimenta.

Este indicador se basa en experimentos previos en los que se observó cómo responde la posidonia a distintas temperaturas. Después combinamos esa información con datos de temperatura del mar y con mapas de praderas obtenidos mediante imágenes de satélite e inteligencia artificial. Así pudimos comparar, a escala mediterránea, dónde se acumula más estrés térmico y cómo son las praderas en esas zonas.

Mapa del mar Mediterráneo que muestra el estrés térmico acumulado actual para la Posidonia oceanica. La escala de color va de verde, menor estrés, a rojo, mayor estrés. Las zonas con mayor estrés aparecen principalmente en el sur y el este del Mediterráne
Estrés térmico acumulado actual en el Mediterráneo: las zonas en verde presentan menor estrés térmico estimado para la Posidonia oceanica, mientras que las zonas en naranja y rojo indican una mayor acumulación de calor potencialmente perjudicial para las praderas. Alex Giménez Romero, CC BY

El resultado principal es claro: las áreas con mayor estrés térmico acumulado tienden a presentar praderas con menor cobertura y mayor fragmentación. Es decir, donde el calor se acumula más, la posidonia aparece, en promedio, más deteriorada estructuralmente.

Una relación que hay que interpretar con prudencia

Esta relación debe interpretarse con prudencia. En el mar actúan muchos factores al mismo tiempo. Una pradera puede estar afectada por fondeos, contaminación, turbidez, impactos históricos o cambios locales en la dinámica del agua. Por eso seleccionamos zonas relativamente poco perturbadas y tratamos los resultados como una asociación entre estrés térmico y estructura de las praderas, no como una prueba definitiva de causa y efecto en cada localidad.

También comparamos nuestras estimaciones con observaciones de campo independientes. Estos datos no cubren todo el Mediterráneo por igual y muchas zonas están mucho mejor estudiadas que otras. Aun así, muestran tendencias compatibles con nuestros resultados.

Por qué importa que una pradera se fragmente

La fragmentación importa porque una pradera continua no funciona igual que una pradera rota en pequeños parches. Las praderas densas mantienen mejor el sedimento, amortiguan el oleaje, ofrecen más refugio a otras especies y conservan una mayor continuidad biológica. Cuando aparecen claros y los parches quedan aislados, el ecosistema puede volverse más vulnerable.

El Mediterráneo no se calienta de forma uniforme. Algunas zonas acumulan mucho más estrés que otras. En general, las regiones del sur y del este aparecen como áreas más expuestas, mientras que algunas zonas del norte y del oeste podrían actuar como refugios relativos.

Esto no significa que estén a salvo: los refugios dependen de procesos oceanográficos complejos, como corrientes, mezcla vertical del agua, vientos y estratificación. Si estos procesos cambian, también puede cambiar la protección térmica que ofrecen.

Mirar al futuro

Nuestros resultados basados en proyecciones climáticas refuerzan este mensaje. Bajo escenarios de emisiones más altas, el estrés térmico acumulado aumenta de forma generalizada y se extiende hacia regiones que hoy presentan valores más moderados. Esto se asocia con pérdidas potenciales de cobertura y con una mayor fragmentación estructural.

Mapa del mar Mediterráneo que muestra el estrés térmico acumulado proyectado para finales de siglo bajo el escenario climático RCP4.5. La escala de color va de verde, menor estrés, a rojo, mayor estrés. En comparación con la situación actual, aumentan las zonas con e
Estrés térmico proyectado para finales de siglo. Bajo un escenario climático moderado (RCP4.5), el estrés térmico acumulado aumenta y se extiende hacia regiones del Mediterráneo que actualmente presentan valores más bajos. Alex Giménez Romero, CC BY

No son predicciones exactas del futuro de cada pradera, sino escenarios basados en la relación actual entre estrés térmico y estructura de la posidonia. Pero ayudan a identificar áreas donde el riesgo podría aumentar y donde la monitorización y la gestión deberían ser prioritarias.

Proteger la posidonia exige reducir impactos directos: controlar fondeos, evitar daños físicos, mejorar la calidad del agua y limitar presiones costeras. Aunque todo eso sigue siendo imprescindible, el calentamiento añade una dificultad nueva: incluso praderas relativamente poco afectadas por impactos locales pueden estar acumulando estrés térmico.

La amenaza silenciosa

La crisis climática marina no siempre se manifiesta como una catástrofe repentina. A veces avanza como una presión lenta, acumulativa y difícil de ver desde la superficie.

La posidonia nos recuerda que no basta con contar olas de calor. También importa cuánto tiempo permanece caliente el mar, cuántos días se acumula el estrés y cuánta capacidad de recuperación pierde el ecosistema por el camino. ¿Seremos capaces de evitar más sufrimientos para el pulmón marino del Mediterráneo?

Àlex Giménez Romero. Postdoctoral fellow, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC); Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos (UIB-CSIC)

Fuente: https://theconversation.com/el-calentamiento-del-mar-acorrala-a-la-posidonia-pulmon-del-mediterraneo-284029




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