miércoles, 30 de septiembre de 2015

La necesidad de romper con un "colonialismo simpático"

Críticas al capitalismo desde América Latina




Una de las cuestiones más llamativas en las críticas al capitalismo que se hacen desde América Latina son las repetidas invocaciones al geógrafo inglés David Harvey. Las citas a su idea de “acumulación por desposesión” se repiten en centenas de textos académicos que publican latinoamericanos, y el propio autor ha sido invitado por los gobiernos progresistas de Ecuador y Bolivia.
Recordemos que Harvey propone la idea de “acumulación por desposesión” para reemplazar el concepto de “acumulación originaria” (o “primitiva”) propio de Karl Marx. Se refiere a procesos como la mercantilización de la tierra, expulsión de campesinos, la transformación del trabajo en mercancía, el colonialismo u otros aspectos de la financiarización de las economías.
Son ideas atractivas que, sin entrar en detalles, muchos compartiríamos, y que en parte explican esa avalancha de citas. Pero más allá de eso quisiera explorar otras aristas de esta “moda Harvey” especialmente en América del Sur, y del hecho que los gobiernos progresistas de Rafael Correa y Evo Morales lo inviten y se apoyen en sus conceptos para reforzar sus imágenes de radicalidad. Me preocupan dos cuestiones.
La primera, es que esa “moda” deja de lado la rica historia de reflexiones latinoamericanas para volver a dejarnos en manos de pensamientos norteños. La segunda es que si bien pueden compartirse críticas como las de Harvey, de todos modos son insuficientes para la realidad latinoamericana. Y es precisamente por ser incompletas es que los gobiernos progresistas lo citan y lo invitan.
Una moda
Me explico, comenzando por el primer punto. El problema de la acumulación por desposesión que popularizó Harvey, como apropiación capitalista de recursos naturales o del trabajo, en sus ideas básicas no es una novedad. En América Latina tenemos una larga y triste historia de la apropiación masiva de nuestros recursos o la desposesión de indígenas y campesinos para nutrir a corporaciones y gobiernos en otros continentes. También contamos con muchos pensadores, militantes y académicos, quienes, cada uno a su manera, en por lo menos el último siglo, han sostenido esencialmente esas ideas. Tan sólo como ejemplo, vienen a mi memoria rápidamente, las reflexiones que varias décadas atrás lanzaron Mario Arrubla en Colombia, René Zavaleta Mercado en Bolivia, Ruy Mauro Marini desde Brasil o Fernando Velasco Abad desde Ecuador. Independientemente de las posiciones que se puedan tener hoy ante esos y otros autores, mi punto es que hay una riquísima biblioteca de latinoamericanos que una y otra vez es desatendida.
Todo esto lleva a señalar que, más allá de acordar o discrepar con aspectos puntuales de la tesis de la acumulación por desposesión, por momentos parecería que esta moda sería un nuevo síntoma de colonialismo intelectual, donde muchos prefieren citar a un autor inglés, dejando de lado la recuperación de nuestros antecedentes latinoamericanos. Tampoco puedo descartar que eso tenga que ver con la manía académica asimilada en América Latina de citar textos en inglés o publicaciones de journals del norte, como demostración de pericia científica.
No estamos frente a un problema con Harvey, sino ante una limitación en nosotros mismos, latinoamericanos. Es un colonialismo simpático. Es simpático porque es atractiva la idea de una crítica al capitalismo global, pero esos mismo hace que pase desapercibido que hay un cierto colonialismo ya que de todos modos nos inspiramos, copiamos, repetimos o necesitamos la legitimación que irradia ese “norte”.
Cuatro insuficiencias
Mi segundo punto sí tiene que ver con los énfasis en los análisis de Harvey. Insisto en que muchas de sus tesis son compartibles al ofrecer un valioso instrumental para entender el capitalismo global. Pero la cuestión clave que se debe considerar es si esos aportes son suficientes para entender lo que sucede en América Latina, en nuestro continente, y en este preciso momento, a inicios del siglo XXI. Encuentro aquí cuatro limitaciones importantes.
La primera es que los abordajes del geógrafo británico discurren sobre todo en un alto nivel de abstracción, muy enfocados en la dinámica de un capitalismo planetario. Hay ejemplos locales y nacionales, pero no existe un análisis en profundidad de las formas de organización capitalista propias de América Latina. Sus estudios son tan abstractos que permiten una crítica radical al capitalismo como fenómeno global pero no obligan a entrar en los detalles nacionales o latinoamericanos. Esta no es una limitación menor, ya que América Latina se inserta en la globalización bajo el papel determinante de las exportaciones extractivistas, y ese tipo de especificidades no aparece claramente en Harvey. El énfasis del geógrafo está en escalas mucho mayores. ¿No estará aquí una de las razones por las cuales es citado e invitado por los gobiernos progresistas?
Es que varios progresistas hacen justamente eso, cuestionan el capitalismo internacional pero sin asumir las contradicciones en el propio capitalismo interno, o atacan al imperialismo pero casi nada dicen sobre el colonialismo interno que imponen sobre campesinos o indígenas. Los textos de Harvey encajan perfectamente con esa dualidad, ya que permiten las críticas globales (con las ventajas simbólicas que tiene su lenguaje marxista), sin exigir mucho sobre las problemáticas nacionales. Esta es una dualidad que no ha pasado desapercibida en las conferencias del geógrafo en Quito o en La Paz.
Un segundo problema es la limitada atención que Harvey brinda a la dimensión ecológica. No hay una Naturaleza local, enraizada en territorios, sino una consideración abstracta del ambiente. Esto no es sorpresivo porque este autor ha tenido muchos problemas en asumir una dimensión ambiental (por ejemplo, descree de los límites ecológicos al crecimiento económico). Pero si queremos llevar adelante una crítica latinoamericana al capitalismo, necesariamente debe incorporarse una dimensión ecológica, que incluya tanto el papel de los recursos naturales como concepciones tales como Pacha Mama, ayllu o territorios de vida. Las particularidades ecológicas de nuestra región no se repiten en ningún otro sitio. Además, las principales estrategias desarrollistas actuales descansan en una masiva extracción de recursos naturales, y por ello cualquier análisis será incompleto sino se consideran esos aspectos.
Nuevamente me pregunto si esta limitación no es una de las razones de la adhesión progresista a Harvey, ya que ofrece una vía para discursos radicales contra el capitalismo pero sin atender los debacles ecológicos locales y territorializados en cada país. Es una muleta teórica muy atractiva para un gobierno que quiera criticar, por ejemplo, a la transnacionalización de las corporaciones, pero no quiere decir nada sobre el papel de ellas, y los impactos sociales y ambientales que generan dentro de su propio país al extraer recursos naturales. (Como advertencia al lector debe reconocerse que en una de sus visitas a Quito, Harvey firmó simbólicamente una papeleta de Yasunidos para pedir una consulta ciudadana por la explotación petrolera en la zona de Yasuní, en la Amazonia ecuatoriana).
Un tercer punto se refiere a que en Harvey no se encontrará una delicada atención al mundo indígena. Su discurso está comprometido con sectores populares, por ejemplo en ciudades del hemisferio norte, pero los saberes y sentires de los pueblos originarios casi no existen. Pero es un discurso desde el saber occidental y moderno. No encuentro un lugar para el sumak kawsay ecuatoriano o el suma qamaña boliviano en el Harvey original. Una razón clave es que los modos de entender el concepto de valor son muy distintos en ese autor y en la crítica del Buen Vivir. Otra vez más asoma una buena razón para las invitaciones progresistas, porque sus ideas permiten criticar al capitalismo salteándose las demandas indígenas. Se pueden dar largas exposiciones sobre financiarizacion internacional y las asimetrías de poder alrededor del capital sin tener que repasar las voces indígenas. Esta es también una posición insostenible para el contexto latinoamericano.
Mi último punto es que las alternativas al capitalismo tienen un limitadísimo abordaje en Harvey. Parecería que cae en un pesimismo, donde el puntapié inicial de las salidas es solamente pasar del valor de cambio al valor de uso. Esto resulta muy parecido al discurso de varios gobernantes que dicen, por ejemplo, que tienen que seguir siendo extractivistas porque no hay alternativas al capitalismo global. Es muy comprensible que Harvey encuentre en los gobiernos progresistas sudamericanos un avance a las alternativas que parece soñar, ya que sin duda tienen aspectos positivos en comparación al conservadurismo de las administraciones que él ha conocido durante décadas en Europa y Estados Unidos. Pero eso no es suficiente para América Latina, ya que nuestra referencia de comparación ahora son otras. También aquí no puede evitarse sobre la conveniencia de los gobernantes de citar a Harvey, en tanto sus alternativas son tan abstractas y distantes en el tiempo que permiten seguir con las negociaciones del capitalismo actual.
Tampoco debe olvidarse que en el continente hay organizaciones ciudadanas y reflexiones que exploran alternativas mucho más sustanciales al no estar encasilladas exclusivamente con el valor de uso. El ejemplo más claro son los derechos de la Naturaleza en la Constitución de Ecuador, los que parten de reconocer a la Naturaleza como sujeto, y por lo tanto con valores propios. Aquí hay una brecha teórica enorme con la mirada de Harvey ante la que muchos se hacen los distraídos. Es que bajo el marxismo clásico de Harvey, sólo hay valor en los humanos y en su trabajo, y con ello no tendrían cabida los derechos de la Naturaleza.
Recuperar el pensamiento propio
Como puede verse en este brevísimo repaso, la obra de Harvey es buena para discutir el capitalismo globalizado, pero no obliga a abordar los impactos sociales, ambientales o económicos dentro de cada país, ni a dialogar con saberes indígenas. Es muy útil para comprender los tejes y manejes en Wall Street, pero se escurren de las manos lo que pasa en nuestra Amazonia. Es cómodo para los académicos y gobiernos progresistas citar a Harvey (y algo análogo sucede con Tony Negri), ya que les permite lanzar discursos anticapitalistas salteándose los temas espinosos, como las contradicciones alrededor del capital dentro del país. Es un tipo de análisis que les permite evitar casi todas las cuestiones urticantes de sus estrategias de desarrollo.
Como decía arriba, todo esto no es un problema con esos autores, sino que estamos ante limitaciones y contradicciones en la creación de un pensamiento propio latinoamericano. Somos nosotros, latinoamericanos, los que debemos llevar adelante esa discusión, y no esperar que la animen Harvey, Negri u otros. Esto no quiere decir que deban ser ignorados, ya que en sus escritos hay muchos aportes meritorios y útiles como contribución a nuestro propio debate. Pero es una tarea que esencialmente debe estar en nuestras manos.
El problema con el abuso de la “moda Harvey”, es que ese tipo de posturas teóricas son simpáticas, y por ello se nos hace difícil reconocerle sus limitaciones. Es una debilidad que aprovechan precisamente los que quieren acallar los debates sobre las contradicciones nacionales o los que abusan del poder académico para encauzar reflexiones. Es una moda que también refuerza ese colonialismo que busca en el “norte académico” las legitimaciones y verdades; nos atamos así a un colonialismo que es una barrera para para un pensamiento propio y para explorar alternativas sustantivas.
Para romper ese cerco colonial, una mirada crítica en clave latinoamericana siempre debe estar anclada en las circunstancias nacionales y locales (tiene que ser enraizada), debe atender las implicancias ambientales (tiene ser que ecológica), obligatoriamente debe incorporar y dialogar con los pueblos originarios (tiene que ser intercultural), y debe alumbrar ideas y prácticas de alternativas al desarrollo (tiene que romper el cerco de la Modernidad).
Distintas versiones de estas ideas se adelantaron en artículos en Animal Político de La Razón (Bolivia) y en Plan V (Ecuador). El autor es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES); twitter: @EGudynas

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martes, 29 de septiembre de 2015

La industria del automóvil en Europa contamina el doble de lo que declara

El caso Volkswagen hace saltar las alarmas


Nueva Tribuna


Al hilo del escándalo Volkswagen, Ecologistas en Acción llama la atención sobre la estrategia que ha seguido la industria automovilística mundial, en particular, la europea, y dentro de esta, la alemana: “bloquear y retrasar en lo posible” las medidas que reducen los impactos de los automóviles, tanto en lo referido a emisiones tóxicas para la salud como a las que provocan el cambio climático.
Las normativas de control de emisiones de los automóviles se realizan con un doble fin: limitar sus emisiones de gases tóxicos, perjudiciales para la salud (partículas, óxidos de nitrógeno, etc.), y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (sobre todo dióxido de carbono, CO2) que están provocando el cambio del clima.
Para ambos problemas, “la contribución de los automóviles es enorme y la resistencia de la industria europea, asociada en ACEA, también ha sido férrea, tratando de evitar o retrasando cambios normativos que limitaran estas emisiones”, denuncia Ecologistas en Acción.
Coste para la salud y para los bolsillos del contribuyente
Fijándonos en las emisiones que provocan problemas de salud, la contribución del tráfico en algunas ciudades puede suponer hasta un 80% de esta contaminación. Los últimos estudios cifran en 450.000 el número de muertes prematuras anuales en la UE por la mala calidad del aire, lo que a su vez tiene un coste que asume toda la sociedad, no la industria del automóvil. Según un reciente informe de la OMS de marzo de 2015, "Economic cost of the health impact of air pollution in Europe", el coste por las muertes prematuras en la UE atribuibles a un solo contaminante emitido sobre todo por los vehículos diésel, las partículas, supera los 38.000 millones de euros cada año.
Sin embargo, las normas que ponen coto a estas emisiones, como el estándar Euro 6, en vigor desde septiembre de 2014, han sufrido el “bloqueo y la resistencia” de los fabricantes de automóviles para retrasar en lo posible su aplicación, así como reducir su alcance. “Y esta resistencia ha sido especialmente intensa en el caso de las marcas alemanas, que son las que fabrican vehículos más potentes y, por tanto, más contaminantes”, subraya la organización ecologista.
Del bloqueo a los engaños
Pero, ahora, se hace evidente lo que vienen denunciando desde hace años organizaciones como Transport & Environment (T&E), federación a la que pertenece Ecologistas en Acción: que no solo intentan bloquear la normativa, sino que, una vez aprobada, hacen trampas.
Así recientemente T&E puso en evidencia que, pese a haber pasado las pruebas de laboratorio, un Audi A8 diésel en carretera producía emisiones de óxidos de nitrógeno 21,9 veces por encima del límite legal, un BMW X3 diésel 9,9 veces; un Opel Zafira Tourer, 9,5 veces, y un Citroën C4 Picasso, 5,1 veces. "A la vista de estos datos, que ahora escandalizan en el caso de Volkswagen, no es de extrañar que pese a las promesas tecnológicas nuestras ciudades sigan teniendo serios problemas de contaminación del aire y que las medidas basadas en limitar el uso de los coches más viejos que a menudo se propugnan no funcionen: lo único eficaz es reducir el número de coches en circulación".
Emisiones de CO2 que provocan el cambio climático
Una situación equivalente es la que nos encontramos en lo referente a las emisiones de CO2, que provocan el cambio climático. El transporte es el sector que más gases de efecto invernadero emite en España, un 24% del total. La carretera se lleva la mayor parte de estas emisiones y, dentro de esta, los automóviles son responsables de la mayor proporción.
El objetivo europeo dice que en 2015 las emisiones medias de todos los vehículos vendidos por cada fabricante no deben superar los 130g de CO2 por kilómetro recorrido, algo a lo que, nuevamente, los fabricantes (sobre todo alemanes y franceses) "se resistieron con tenacidad". Y una vez más, existe una gran diferencia entre las promesas y la realidad, entre las declaraciones de los fabricantes en los laboratorios y el uso de los coches en calles y carreteras: las emisiones reales a menudo superan con creces el 50% más de lo declarado, también a partir de los controles de T&E. La industria se ha opuesto también a la puesta en marcha de los test llamados Real Driving Emissions (RDE), realizados en condiciones normales de uso, por razones obvias.
Ecologistas en Acción se pregunta "cómo es posible que una organización como T&E pueda realizar estos controles y estudios y, sin embargo, no los realice de manera sistemática e independiente ningún organismo europeo. Cómo se confía en los datos que facilita una industria que lleva años dando pruebas de que su principal afán es el lucro a costa de lo que sea. Cómo es posible que financiemos y apoyemos un sector que, además de provocar graves costes externos al resto de la sociedad, nos engaña a costa de nuestra salud y la del planeta".

Fuente original: http://www.nuevatribuna.es/articulo/medio-ambiente/sector-transporte-espana-emite-24-gases-efecto-invernadero/20150924135103120499.html

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lunes, 28 de septiembre de 2015

El efecto cianuro en San Juan

Argentina

Página/12


La Justicia de San Juan imputó a nueve empleados de la minera Barrick Gold y no descartó que pudiera haber responsabilidades del gobierno provincial en el derrame de más de un millón de litros de solución cianurada en el río Jáchal. Anoche, vecinos de las ciudades de Jáchal e Iglesia marcharon en las calles de la capital provincial para rechazar la actividad minera.El juez Pablo Oritja imputó a nueve empleados de Barrick, pero advirtió que los acusados podrían ser más, si la recolección de información, que continúa llevando adelante, permite determinar que hay más responsables del derrame producido el 13 de septiembre en la mina Veladero. “Hay una idea clara de lo que puede haber pasado. No descartamos la omisión en los controles que debía realizar el Estado, motivo por el cual hemos solicitado la documentación de los organismos que tenían competencia”, dijo el juez a una radio sanjuanina. El magistrado provincial también aseguró que, en adelante, el funcionamiento de la minera en San Juan tendrá un control más estricto.
Por otra parte, el juez federal Sebastián Casanello ordenó que el Ministerio de Salud y la Secretaría de Minería de la Nación entreguen información sobre los permisos y proyectos de explotación de la empresa minera canadiense. Los operativos fueron ordenados a pedido del fiscal federal Ramiro González, quien imputó al secretario de Minería nacional, Jorge Mayoral; al presidente de la Cámara de Minería de San Juan, Santiago Bergé; al secretario ambiental provincial, Domingo Tello; y a directivos de Barrick Gold. El fiscal González pidió abrir una investigación contra todos ellos.
Los procedimientos fueron llevados adelante por la División Delitos Ambientales de la Policía Federal, tras lo cual el juez Casanello delegó la causa en el fiscal González, quien es titular de la Unidad Fiscal para la Investigación de Delitos contra el Medio Ambiente (UFIMA) de la Procuración General.
Casanello envió exhortos a la Justicia sanjuanina para requerir que las dependencias provinciales de Minería, Ambiente y Salud entreguen información sobre el funcionamiento y las autorizaciones de Barrick Gold.
En respuesta, el juez sanjuanino Maximiliano Blejman allanó despachos en los ministerios provinciales de Minería y Salud Pública, la Secretaría de Ambiente y oficinas del edificio de Obras Sanitarias Sociedad del Estado.
Por su parte, el gobierno de San Juan informó en un comunicado que a través de sus ministerios y secretarías puso a disposición “la totalidad” de la información referida a la “contingencia” ocurrida el 13 de septiembre en la mina Veladero.
En tanto, la senadora nacional por San Juan Maira Riofrío atribuyó el derrame a un “sabotaje político” y reclamó a la Justicia provincial que oriente la investigación en ese sentido. “La compuerta estaba abierta a 40 días de las elecciones”, dijo, y agregó “las causalidades no me cierran”.
El 14 de septiembre, un tubo maestro del proyecto minero El Veladero, que Barrick tiene en San Juan, se rompió y provocó el derrame de agua cianurada en el río Jáchal. Inicialmente, la empresa declaró que habían sido 224.000 litros, pero luego rectificó los números e informó que se había tratado de más de un millón de litros.
Anoche, un grupo de manifestantes llegaron desde los departamentos cordilleranos cercanos a la mina Veladero, con consignas antimineras y algunos de ellos se colocaron barbijos. Bajo el lema “Cierre, remediación y prohibición”, caminaron varias cuadras en el microcentro, hasta la plaza 25 de Mayo, donde realizaron el acto central.
Fuente original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-282520-2015-09-26.html


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sábado, 26 de septiembre de 2015

El negacionismo climático liderado por los republicanos amenaza el futuro de todo el planeta

Crece la división política en Estados Unidos

AlterNet


La especie humana... no es muy capaz de soportar la realidad. T.S. Eliot, de ‘Burnt Norton’ (Cuatro cuartetos)
Ha pasado más de un año desde que un sondeo descubriera que el cambio climático se ha situado como la cuestión política que más polariza a los estadounidenses. La encuesta, dirigida por el Instituto Carsey de la Universidad de New Hampshire, encontró que la capacidad de polarización del debate sobre el clima es tan fuerte que ha dejado atrás a temas candentes como el control de las armas de fuego, la evolución, la pena de muerte e incluso el aborto. Con la histórica visita a Alaska del presidente Obama hace poco para hablar sobre la urgencia de actuar en relación con el cambio climático justo al mismo tiempo que los republicanos se esfuerzan por desbaratar su agenda climática, cualquier señal de que la distancia que separa a los principales partidos del país sea salvada en un futuro próximo es muy débil.
En 2009, el Centro de Investigaciones Pew estudió los puntos de vista de los estadounidenses sobre el estado de la ciencia y su impacto en la sociedad. La conclusión fue que “la opinión sobre el cambio climático está relacionada sobre todo con la afiliación partidaria de los encuestados”. Dos tercios de los republicanos (67 por ciento) creen que en realidad el calentamiento global no se está produciendo, o, en todo caso, si está ocurriendo nada tiene que ver con la actividad humana. Por el contrario, la mayoría de los demócratas (64 por ciento) dice que el planeta se está calentando debido principalmente a los seres humanos.
El cambio climático no debería provocar una división tan marcada: el año pasado, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), el organismo de Naciones Unidas que se ocupa del clima, informó de que más del 95 por ciento de los científicos está de acuerdo en que la causa principal del calentamiento global es la actividad humana.
La quimera de Estados Unidos
Cuando se acercan las elecciones presidenciales, para los republicanos la cuestión del clima se convierte en un problema electoral: según un sondeo reciente, la mayoría de los estadounidenses declara que lo más probable es que apoye a los candidatos que prometan parar el cambio climático. La encuesta, realizada por The New York Times, la Universidad de Stanford y la asociación Recursos para el Futuro, encontró que las dos terceras partes de los estadounidenses dicen que apoyarían a los candidatos que prometan combatir el cambio climático. Casi la mitad de los republicanos (48 por ciento) dice lo mismo. El sondeo también observó que una mayoría consistente de los votantes de Estados Unidos, 83 por ciento, cree que el calentamiento global es una seria amenaza global.
Si bien es cierto que los negacionistas climáticos están en todo el mundo, esta postura anticientífica es un fenómeno particularmente estadounidense. En Estados Unidos, los miembros elegidos por el Partido Republicano* que son negacionistas son los más numerosos; varios de ellos están tratando de llegar a la presidencia. En otros países industrializados, la historia es diferente. “En Europa, negar el cambio climático es visto como algo descabellado”, dice el escritor sobre cuestiones financieras y económicas londinense Imogen Reed. “A pocas figuras políticas o periodistas se les ocurriría mencionar esta cuestión; de hacerlo, recibirían del público europeo el mismo desprecio que despierta la negación del Holocausto”.
Hasta los ciudadanos de los países emergentes están más en sintonía con la realidad del calentamiento global. El Proyecto Pew de Actitudes Globales concluyó que la mayoría de los consumidores de China (91 por ciento), India (73 por ciento) y Corea del Sur (71 por ciento) está dispuesta a pagar precios más altos para solucionar el cambio climático. No es así en Estados Unidos, donde un escaso 38 por ciento haría lo mismo. “En este sentido, el publico estadounidense está desacompasado del resto del mundo”, escribe el autor del informe. “En la mayor parte de los países encuestados, lo más probable es que la gente esté más dispuesta a pagar cualquier cosa que pueda hacerse para frenar el calentamiento global; no pasa lo mismo en Estados Unidos.”
El negacionismo climático de los republicanos, acicateado por una enorme maquinaria social, económica y política engrasada por los laboratorios de ideas conservadores y grupos activistas, ha creado una situación potencialmente desastrosa en la que el cambio climático –indiscutiblemente, la cuestión mundial más apremiante de nuestro tiempo– se ha convertido también en el tema con mayor capacidad de división del país cuyo liderazgo es del todo crucial para encontrar una solución. Si bien Obama se comprometió a reducir la emisión de gases de invernadero en un 17 por ciento del nivel de 2005 de aquí a 2050, el objetivo se enfrenta con un obstáculo mayor: la rica y poderosa maquinaria republicana que trata de desmantelar la agenda climática del presidente. Con los dos principales partidos bloqueados en una confrontación aparentemente insoluble sobre esta cuestión, cualquier acción significativa parece casi una quimera.
Si es un sueño, es porque el Partido Republicano se niega a aceptar la realidad. La encuesta Carsey encontró que la separación definida por la afiliación partidaria en lo referente a las cuestiones científicas “iguala o supera a aquellas que dividen históricamente las cuestiones de índole social”. La división es impulsada sobre todo por los republicanos, 70 por ciento de los cuales no cree en el calentamiento global. Esta posición se mantiene en marcado contraste con los científicos del mundo, 97 por ciento de los cuales está de acuerdo con que el cambio climático es un fenómeno de los últimos 100 años. Lawrence Hamilton, quien dirigió la encuesta Carsey, escribió que los hallazgos muestran “un panorama político en cambio, en el que las ideas e informaciones científicas que son aceptadas por la mayor parte del mundo de la ciencia son, sin embargo, muy discutidas”.
La desinformación mediática
La controversia está en parte alimentada por informaciones erróneas difundidas por los medios. El año pasado, la Unión de Científicos Preocupados (UCS, por sus siglas en inglés) publicó su análisis de la cobertura sobre el clima en 2013 realizada por las tres principales redes de noticias por cable. Los investigadores confirmaron lo que la mayor parte de los ambientalistas ya presentían: Fox News lideraba en la desinformación climática. La portavoz de la derecha presentaba evaluaciones engañosas en prácticamente tres de cada cuatro (72 por ciento) de sus espacios dedicados al clima. Oponiéndose a ese sesgo de Fox News está su presentador Shepard Smith, que es un reconocido defensor de la teoría antropogénica en el cambio climático, aunque es una de las pocas voces de la cadena que hacen esto.
Pero Fox no tiene por qué asumir toda la culpa; un tercio de los espacios de CNN también contiene información engañosa. La UCS hace una sugerencia: “El paso más importante que CNN podría dar para aumentar su credibilidad es acabar con los debates sobre la ciencia climática oficial y en lugar de ellos propiciar discusiones sobre el tiempo y la forma de responder al calentamiento global mediante una política climática”. MSNBC es la red de noticias más exacta de las tres, con 8 por ciento.
“La audiencia se merece una información del clima que responda a la corrección científica”, dice el autor de informe de la UCS. “Los medios pueden hacer más para alentar un debate sobre el problema del cambio climático y las políticas que se diseñen para resolverlo que esté basado en la realidad de los hechos, en lugar de contribuir a una discusión entrecortada y errónea sobre los hechos oficiales de la ciencia climática.”
Las redes de noticias por televisión han realizado un trabajo terrible en la cobertura del cambio climático. En marzo, Miles Grant, gerente adjunto de comunicaciones de la Federación Nacional de la Vida Silvestre (NWF, por sus siglas en inglés) escribió sobre el fracaso de las tres redes mayores a la hora de informar apropiadamente acerca de las condiciones climáticas extremas que castigaron a Estados Unidos a principios de este año: “Comprensiblemente, en las últimas semanas, las redes de noticias por televisión se han centrado sobre todo en los fríos extremos y las nevadas en el Noreste y norte del Medio Oeste. Pero un reciente estudio de Imparcialidad y Exactitud en la Información (FAIR, por sus siglas en inglés) muestra que esas redes han ignorado casi completamente un fenómeno relacionado e incluso más peligroso en el Oeste: el tremendo récord de calor en el invierno. Y tristemente, han omitido discutir lo que conecta a ambos conjuntos de extraños fenómenos climáticos: la actividad humana como causante de los trastornos climáticos”.
El estudio examinó las grabaciones de los noticiosos de ABC, CBS y NBC emitidas entre el 25 de enero (mientras el temporal Juno se acercaba al Noreste de EEUU) y el 4 de marzo. Percibieron que mientras 417 segmentos informativos mencionaban el frío extremo, solo siete (apenas el 1,7 por ciento) se refirieron al cambio climático, a pesar de que algunos científicos ya habían establecido la vinculación. A medida que Juno se aproximaba, el climatólogo del Centro Nacional de Investigación Atmosférica (NCAR, por sus siglas en inglés) Kevin Trenberth le dijo a The Guardian: “Es posible que haya fuertes nevadas en parte debido al cambio climático”.
Seguir la pista del dinero
Ya es bastante penoso que los medios no cubran apropiadamente el cambio climático; cuando lo hacen, buena parte de la cobertura está plagada de información errónea. Sin embargo, los esfuerzos por informar al público con investigación científica contrastada por los pares y el estímulo de la acción legislativa relacionada con la cuestión del clima también es obstaculizada por los millones de dólares gastados para pagar a los grupos de presión que se oponen a las acciones del presidente Obama y para apoyar a quienes niegan el cambio climático.
En junio, The Guardian publicó lo que había descubierto en su análisis de los depósitos de impuestos anuales realizados en rentas públicas de EEUU por el fondo de inversiones de donantes y el fondo de donantes de capital (DT y DCF, por sus respectivas siglas en inglés; juntos, son conocidos como el “Dark Money [dinero negro] ATM” del movimiento conservador. The Guardian encontró que estos fondos –que no pueden ser examinados por particulares– en algo más de tres años habían donado alrededor de 125 millones de dólares a grupos que “difunden desinformación relacionada con la ciencia del clima y están comprometidos con la destrucción del plan de Obama sobre el cambio climático”.
En otro análisis, DeSmog, un sitio web centrado en las campañas de desinformación, examinó registros fiscales que revelaron que entre 2005 y 2012, DT y DCF –que comparten sede en Virginia– habían recibido 479 millones de dólares en negro cedido por personas individuales o grupos que no están obligados a declarar las donaciones que hacen. Más aún, un análisis hecho por Greenpeace descubrió que entre 2002 y 2013, DCF había dado 16 millones de dólares al instituto Heartland, que alberga regularmente conferencias a cargo de negacionistas climáticos; una vez, este instituto equiparó a quienes creen en la ciencia del cambio climático con los autores de matanzas.
“En realidad, los laboratorios de ideas conservadores son la punta de lanza del ataque conservador sobre el cambio climático”, dijo Riley Dunlap, sociólogo de la Universidad de Oklahoma que colaboró en la creación de la asignatura de “sociología ambiental” en los setenta. “Escriben libros, dan instrucciones, abren editoriales y atraen a científicos contrarios... Son un impresionante altavoz que amplifica un discurso muy, muy, minoritario.”
“Todas esas corporaciones que estaban teniendo mala prensa se dieron cuenta de que pueden continuar financiando a laboratorios de ideas conservadores”, dijo Dunlap. Exxon o BP pueden seguir financiando alguna de esas cosas al mismo tiempo que hacen muchas otras cosas para reducir las emisiones.” Greenpeace reveló que, entre 2005 y 2008, ExxonMobil gastó 8,9 millones de dólares para financiar la maquinaria del negacionismo climático. Pero esto fue superado ampliamente por Koch Industries, que aportó casi 25 millones de dólares en esa campaña durante el mismo lapso.
Robert Brulle, profesor de sociología y ciencia medioambiental en la Universidad Drexel fue el primero en exponer la compleja y altamente secreta matriz de grupos de activistas y laboratorios de ideas que integran el movimiento conservador negacionista del cambio climático; dice que esas fundaciones fueron utilizadas para poner a punto la oposición a cualquier regulación relacionada con el clima. “Se trata de una maquinaria cultural y política muy bien aceitada y compleja que ha implementado el ala derecha del movimiento conservador”, agrega.
Leyendo la buenaventura en los posos del té
Así como la corriente dominante del Partido Republicano tiene dinero y medios informativos que trabajan para promover el negacionismo climático y oponerse a la aprobación de leyes relacionadas con el tema, el Tea Party ha desempeñado un papel único e importante en la polarización en el debate por la cuestión climática en Estados Unidos. “Mientras la gran mayoría de los demócratas y los independientes y los republicanos que no adhieren al Tea Party dicen que dan crédito a los científicos, solo el 28 por ciento de los republicanos del Tea Party confían en ellos”, escribe Hamilton, el investigador de la encuesta Carsey.
Con uno de cada cuatro estadounidenses que se declaran adeptos del Tea Party, cerca del 80 millones de personas recelan de la ciencia. Entonces, no debería sorprender que, dentro del Partido Republicano, los seguidores del Tea Party sean los más fervientes defensores de la bandera del negacionismo climático. “Los republicanos del Tea Party son quienes más improbablemente estén de acuerdo con el consenso entre los científicos acerca de que la actividad humana está cambiando el clima, o que los seres humanos han evolucionado a partir de antiguas formas de vida en un proceso que ha durado millones de años”, escribe Hamilton. Una encuesta hecha por Pew en 2013 reveló que el de los adeptos al Tea Party es el único grupo de estadounidenses que piensa que la Tierra no está calentándose.
John M. Broder, informador sobre temas de energía y medioambientales en la delegación Washington de The New York Times, opina que mientras los adeptos del Tea Party pueden llegar a negar el cambio climático desde distintas posturas, todos ellos coinciden en su resistencia a cualquier supervisión federal.
El escepticismo y la negación rotunda del calentamiento global es una de los artículos de fe del Tea Party. Para algunos, es una especie de creencia religiosa; para otros, está motivado por la desconfianza hacia quienes ellos llaman la elite. Y para otros, los esfuerzos destinados a solucionar el cambio climático son una conspiración para imponer un gobierno mundial y una redistribución total de la riqueza. Pero todos ellos son conscientes de que los planes de la administración Obama son regular el dióxido de carbono –un gas ubicuo–, lo que requerirá la expansión de la autoridad gubernamental en casi todos los renglones de la economía.
El candidato a la presidencia por el Partido Republicano, senador Ted Cruz (Texas), un favorito del Tea Party, ha reconocido que el calentamiento global es real, pero sostiene a viva voz su creencia de que no tiene nada que ver con la actividad humana. “En cuanto a los alarmistas por el calentamiento global, si cualquiera muestra una evidencia que refute esa apocalíptica visión, ninguno de ellos se implica en un debate razonado”, dijo Cruz en marzo. “¿Qué hacen? Gritan ‘Usted es un negacionista’, y te ponen la etiqueta de herético. Hoy día, los alarmistas del calentamiento global son el equivalente de los que creían que la Tierra era plana.” En relación con las nuevas regulaciones de la EPA que exigen a las generadoras de electricidad la reducción de la emisión de gases de invernadero en un 30 por ciento para 2030, Cruz lanzó un llamamiento a “invalidarlas en el Congreso, echarlas abajo en los tribunales o que la próxima administración las rescinda”.
Pero, ¿durante cuánto tiempo ejercerá influencia el Tea Party en el debate sobre el cambio climático? Los adeptos de este tendencia suelen ser más mayores que el resto de los republicanos (el 25 por ciento de ellos tienen 65 años o más, en comparación con el 19 por ciento del resto de los republicanos). Dado que casi toda la gente joven cree que el cambio climático es real (solo el 3 por ciento no lo cree), es posible que la capacidad del tea Party de influir en la discusión sobre el clima disminuya con el tiempo. Pero para entonces, cualquier cosa que se haga podría ser demasiado tarde.
El Partido Republicano produce división
Mientras los ambientalistas se han centrado en el cambio climático como la cuestión decisiva que podría influir en el voto independiente, la división por el clima es apenas una parte de una tendencia mucho mayor en Estados Unidos. Una encuesta sobre la polarización política realizada por Pew que implicó a 10.000 adultos de todo el país llegó a la conclusión de que “los republicanos y los demócratas están más divididos por su ideología –la antipatía partidaria es más profunda y extendida– que en cualquier otro momento de los últimos 20 años”. Esta profunda animosidad es muy preocupante. Desde 1994, la proporción de estadounidenses afiliados a algún partido que tienen una imagen muy negativa del partido rival se ha duplicado; la mayoría de esos encarnizados votantes partidarios cree que las políticas del partido adversario “son tan equivocadas que ponen en peligro el bienestar de la nación”.
A pesar de que ambos partidos están alentando un creciente odio mutuo, son los republicanos los más afectados por la culpa, incluso a pesar de que es su partido el que más a menudo se implica en el juego de la culpabilización y el que más cobijo da a la desconfianza. Según Pew, son más los conservadores (72 por ciento) que tiene una “opinión muy negativa” de los demócratas, en comparación con el 53 por ciento de estos últimos que tienen una opinión similar de los republicanos. Además, los conservadores son más propensos a decir que las políticas del Partido Demócrata son una amenaza para el bienestar nacional.
Los autores del informe Pew también indican que el llamado “síndrome de perturbación mental de Obama” –un mal que aqueja a los republicanos, que están tan frustrados por el presidente que incluso desandarían antiguas creencias para hacerlo– está en el origen de la intensa desconfianza con que los republicanos ven las políticas demócratas. “Al menos en parte”, escriben aquellos, “los intensamente negativos puntos de vista que los republicanos tienen del Partido Demócrata reflejan su profundo disgusto por Barack Obama”.
Alguien ha argumentado que la polarización actual podría ser simplemente un regreso a las pautas históricas. Pero considerando el hecho de que, como Naciones Unidas alertó el año pasado, podría estar acabándose rápidamente el tiempo para actuar contra el cambio climático, el punto muerto en el que se encuentra la política estadounidense es más peligroso que nunca y existe en una escala mayor debido al fracaso de Estados Unidos a la hora de actuar directamente respecto de los impactos en el resto del mundo. En realidad, en 2013, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre aumentó al ritmo más veloz de los últimos 30 años, y EEUU contribuyó con cerca de la séptima parte de la producción total del gas.
No solo se trata de que el mundo esté yendo en la dirección incorrecta; los principales partidos políticos de Estados Unidos están yendo en direcciones opuestas y no dan señal alguna de que pueda darse un acuerdo sobre el cambio climático, gracias sobre todo al obstruccionismo del Parido Republicano. Tal como descubrió la encuesta Pew, el compromiso es esencialmente un valor de los progresistas; a los conservadores no les agrada el compromiso. Menos de la tercera parte de los votantes conservadores prefieren a políticos capaces de llegar a un compromiso; en comparación, los votantes progresistas con esta preferencia son el 82 por ciento.
En el pasado mayo, Thomas Mann, del cuerpo docente de la Brookings Institution, en un escrito en The Atlantic culpó directamente al Partido Republicano por la actual disfunción política en Estados Unidos: “Los republicanos se han convertido en una insurgencia radical: extremismo ideológico, desprecio por el régimen político heredado, desdén por el compromiso, negación de la comprensión convencional de los hechos, las evidencias y la ciencia, y desprecio por la legitimidad de sus adversarios políticos. La demostración de esta asimetría es abrumadora.
La potencia del negacionismo
Aún más alarmante es el hecho de que la negación del cambio climático sembrado por la maquinaria del Partido Republicano, en alguna medida, está funcionando. Según un estudio reciente dirigido por el científico del conocimiento de la Universidad de Bristol Stephen Lewandowsky, el incesante debate público sobre el cambio climático actualmente en curso está haciendo que algunos científicos del clima subestimen sus propios hallazgos y que, sin intención alguna de hacerlo, estén apoyando las posiciones de los negacionistas acerca de que es demasiado pronto para iniciar una acción drástica al respecto.
“En respuesta al constante, y algunas veces tóxico, desafío público, los científicos han exagerado el énfasis puesto en la incertidumbre científica e inadvertidamente han permitido que el discurso contrario afecte a lo que ellos mismos dicen, y tal vez incluso piensan, sobre sus propias investigaciones”, escribió Lewandowsky en el periódico Global Environmental Change. Uno de los mecanismos psicológicos que están detrás de esto, dice él, es la ignorancia pluralista, un fenómeno social que se da cuando “a una opinión minoritaria se le concede un desproporcionado relieve en el debate público, resultando así que buena parte de la gente que asume equivocadamente esa opinión es marginada”. Entonces, aunque los negacionistas climáticos pueden estar en minoría, la asidua cobertura de este negacionismo por parte de Fox News y otros medios conservadores, incluso tal vez la falta de noticias sobre el cambio climático en los medios hegemónicos, son factores que contribuyen al silenciamiento del enfoque científico.
“Un discurso público que deje sentado que el IPCC ha exagerado la amenaza del cambio climático”, señala Lewandowsky, “puede hacer que algunos científicos no estén de acuerdo con que sus puntos de vista estén en minoría y, por lo tanto, se retraigan a la hora de defenderlos en público”. Más aún, los investigadores dijeron que cuando a los científicos se les ofrece refutar a sus críticos, es frecuente que lo hagan “dentro de un contexto lingüístico definido por el negacionismo y de una manera que refuerza el discurso contrario”.
Esta valoración respalda el análisis de la UCS sobre la cobertura de los cables de noticias acerca del cambio climático; específicamente la forma en que CNN, una red aparentemente centrista (al menos si se la compara con Fox), que siempre está dispuesta a ofrecer un micrófono a los negacionistas climáticos. “Las mayor parte de la engañosa cobertura de la CNN consiste en debates entre invitados que aceptaban la ciencia climática oficial y otros que la cuestionan”, escriben los autores del informe de la UCS. “Este formato da la impresión de que la ciencia oficial del clima es ampliamente debatida entre los científicos, algo que no es así; esto permite también que quienes se oponen a una política climática transmitan valoraciones carentes de exactitud sobre la ciencia del clima.”
Con los medios dando tiempo de emisión a los negacionistas climáticos sin limitación alguna, los candidatos presidenciales del Partido Republicano no se sienten inhibidos y comparten su particular visión del clima con el resto del mundo. A ellos se unen grupos cada vez más grandes de políticos republicanos de todos los niveles de la negación de la ciencia pero que coinciden en su animadversión hacia cualquier política destinada a combatir el cambio climático. “No es necesario ser un declarado negacionista de la ciencia para tratar de impedir una acción contra el cambio climático”, dice Brulle. “Existen gradaciones; no es real; es real pero no estamos seguros acerca de la contribución humana en él; la frase ‘No soy científico’, como una manera de eludir la cuestión y evitar al mismo tiempo ser rotulado de negacionista notorio. También hay todo tipo de estrategias.”
El Partido Republicano ha sido muy hábil al sembrar bastante duda y crear así una fractura política que impide cualquier liderazgo estadounidense en la acción global contra el cambio climático. Hasta los gobernadores republicanos se han unido para desafiar las nuevas regulaciones sobre emisiones de gases de invernadero llevadas adelante por Obama. Jim Manzi, del cuerpo docente del instituto Manhattan, y Peter Wehner, del cuerpo docente del Centro para la Ética y las Políticas Públicas, brindaron una explicación de la posición del Partido Republicano –y su resonancia– en un artículo publicado recientemente en National Affairs: “La posición republicana –ya sea declaradamente ignorante o teóricamente conspirativa– en última instancia es insostenible, pero algunos se aferran a ella porque creen que aceptar la premisa de que hay algún cambio climático como resultado de la actividad humana significa reconocer las conclusiones de los más activos izquierdistas militantes por el clima. Estas personas creen, al menos implícitamente, que la política del cambio climático no es más que un camino retorcido hacia un destino desconocido: apoyo a nuevos impuestos al carbón, un sistema obligatorio** de limitación y control de las emisiones de gas invernadero, u otros medios del estatales de racionamiento de la energía, que implicarían la cesión de un nuevo sector económico al control gubernamental. Los conservadores parecen encontrarse entre la espada y la pared: o bien tendrán que continuar negando la realidad de los hallazgos de la ciencia o bien aceptar impuestos más altos, racionamiento energético y cada vez más regulaciones”.
La imposibilidad última de seguir defendiendo la posición de negar el cambio climático propia del Partido Republicano fue formulada hace ya más de cuatro años por un renegado del partido, el ex gobernador de Utah Jon Hontsman Jr. En las últimas elecciones presidenciales, cuando se produjo la debacle republicana del 7 de septiembre de 2012, Ron Paul, Rick Perry, Mitt Romney, Michele Bachmann, Herman Cain, Newt Gingrich y Rick Santorum formaban un equipo en su desconfianza de la ciencia que respaldaba el origen antropogénico del calentamiento global. Huntsman era el halcón solitario en la cuestión del clima. Decía, “Cuando se hacen comentarios sobre lo dicho por el 98 por ciento de los científicos del clima, cuando se cuestiona la teoría científica de la evolución, lo único que digo es que para que el Partido republicano gane [las elecciones], no podemos ignorar la ciencia”.
Sus declaraciones evocaban uno de sus tweets del mes anterior: “Para ser claro; creo en la evolución y creo a los científicos cuando hablan del cambio climático. Llamadme loco”. El jefe de la campaña de Obama, Jim Messine, más tarde reconoció que Huntsman –que había sido embajador en China durante la primera administración Obama– “habría sido un candidato muy difícil”.
En su libro de 2006 –The Elephant in the Room: Silence and Denial in Everyday Life–, Eviatar Zerubavel, sociólogo de la Universidad Rutgers, sostiene que ese negacionismo es “fundamentalmente una ilusión vana... nos permite ignorar las cuestiones incómodas que nos rodean, mientras que en realidad es incapaz de quitárnoslas de encima”.
Pero es posible que haya otras fuerzas más que mantienen a raya lo desagradable. En 2011, investigadores de la filial San Diego de la Universidad de California dieron nuevo brillo a lo que Edward Gibbon escribió en su Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano –una narración épica del gran colapso sociopolítico de la civilización occidental– sobre el sino del Estados Unidos moderno. El estudio, publicado en el periódico Nature, descubrió que el autoengaño es en realidad una exitosa estrategia de supervivencia. Sus autores escriben: “El hecho de que las poblaciones demasiado seguras de ellas mismas sean estables en su evolución en un amplio rango de entornos puede ayudar a explicar por qué una confianza excesiva continúa siendo frecuente en nuestros días, incluso aunque contribuya a un orgullo desmedido, a las burbujas de mercado, a las crisis económicas, a fracasos políticos, a desastres y a costosas guerras”.
Es posible que durante algún tiempo –décadas o incluso siglos– sea una estrategia de supervivencia, sin embargo no es una receta para la sostenibilidad en el largo plazo. Como decía Carl Sagan. “Es mucho mejor asumir el Universo tal cual es que insistir en el engaño, por más que nos satisfaga y no brinde seguridad”. Es posible que los republicanos no den mucho crédito a las palabras del astrónomo [fallecido en 1996] –un científico, después de todo–, tal vez sí. Al ritmo que nos reproducimos los seres humanos (seremos 9.600 millones en 2015) y que consumimos los recursos humanos que nos da la Tierra (140.000 millones de toneladas de minerales, metales, combustibles fósiles y biomasa para 2050, triplicando los niveles actuales) la humanidad necesitará encontrar otro planeta al que pueda saquear.
Hay señales de advertencia, pero la acción es escasa
Mientras los republicanos esconden la cabeza en la arena y continúan pavimentando ciegamente el camino hacia la insostenibilidad, el cambio climático está agazapado para afectar a miles de millones de personas en el planeta, amenazando el suministro de agua y de alimentos, los objetivos del desarrollo, la salud pública y la tierra, tanto la cultivable como la habitable. Ciertamente, Mucha gente ya está sintiendo sus consecuencias. No hay más que preguntar a las personas que viven en la isla de Kiribati, a punto de ser anegada y que ya ha perdido varios islotes con el aumento del nivel del mar. O a los habitantes de las Maldivias que está en camino de perder el 77 por ciento de su superficie para el 2100. O a los californianos angustiados por la grave sequía. O a los campesinos etíopes. Tal como el IPCC advirtió el año pasado, nadie en el planeta se verá libre de los efectos del cambio climático.
En la medida que las personas se vean obligadas a abandonar los lugares más afectado por el cambio climático, el mantenimiento de la estabilidad política en un mundo que está calentándose plantea un formidable desafío. Tal como concluyó el análisis de 55 estudios realizado por la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER, por sus siglas en inglés, hay una significativa conexión entre cambio climático y violencia humana, desde la violencia doméstica y el asesinato hasta la violencia étnica e incluso la guerra civil. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estima que más de 51 millones de personas de todo el mundo han sido “desplazados forzosamente por persecución, conflicto, violencia generalizada o violación de los derechos humanos”; estas personas vivían originalmente en regiones desestabilizadas por el cambio climático.
En el pasado mayo, en su discurso en la ceremonia de graduación en la academia de la Guardia Costera de Estados Unidos en New London, Connecticut, el presidente Obama señaló este desafío al afirmar que el cambio climático y el terrorismo son las principales amenazas para el futuro de Estados Unidos. Criticó a los congresistas que niegan este cambio por poner en riesgo la seguridad de los estadounidenses. “Sé que en Washington todavía hay algunos que se niegan a admitir la realidad del cambio climático”, les dijo el presidente a los cadetes graduados. “Negando esto o rechazando cualquier entendimiento ponen en peligro la seguridad nacional. Eso socava la disposición de nuestras fuerzas.”
Por otra parte, un importante informe de 2009 sobre la gestión de los efectos del cambio climático en la salud humana, producido conjuntamente entre The Lancet y la Universidad del London College se refiere al cambio climático como “la mayor amenaza sanitaria global del siglo XXI”. Los investigadores dicen que a medida que el aumento de las temperaturas impacte en las cosechas y la producción de alimentos, hacia el final del siglo la mitad de la población mundial podría enfrentarse a graves penurias alimentarias y a la creciente propagación de enfermedades mortales como la malaria, la encefalitis trasmitida por la garrapata y el dengue. Los autores también ponen el énfasis en la noción de “justicia intergeneracional”, una dimensión crítica aunque no del todo frecuentada en la narrativa del cambio climático. Esta noción no solo desafía las entrecruzadas ideas de los derechos humanos y los derechos ambientales sino que también muestra la variedad de impactos producidos por el calentamiento global como potentes ejemplos de un problema de salud ligado al salto generacional. “La injusticia del cambio climático –con los ricos como causantes de la mayor parte de los problemas y los pobres como los primeros en sufrir la mayor parte de las consecuencias– será la fuente de una vergüenza histórica con la que cargará nuestra generación, a menos que haga algo para solucionarlo”, escriben.
Y después están las consecuencias que el cambio climático está produciendo en la flora, la fauna y los ecosistemas del planeta. Desde el derretimiento del hielo ártico, que amenaza la supervivencia de los osos polares, las morsas, las focas y las aves marinas, hasta la acidificación de los mares, que amenaza a toda la vida marina –incluyendo las barreras de coral, que no solo protegen las costas del daño ocasionado por las tempestades sino que también son el hábitat de innumerables especies–; un planeta que se calienta ya está ocasionando una disminución de la biodiversidad y la extinción de algunas especies.
Dado que Estados Unidos es el segundo emisor de gases de efecto invernadero (después de China), cualquier esperanza de prevenir los peores efectos del cambio climático no solo debe incluir un fuerte compromiso por parte de Washington sino también acciones inmediatas y mensurables. Lo que produce enorme frustración es que todo eso puede hacerse. “Tenemos el conocimiento y las herramientas necesarios para actuar y tratar de mantener el incremento medio de la temperatura dentro de los 2 ºC; esto daría una oportunidad a la Tierra y un futuro a nuestros hijos y nietos”, dice Michel Jarraud, secretario general de la Organización Mundial Meteorológica (WMO, por sus siglas en inglés). “Alegar ignorancia ya no es una excusa para la inacción.” Por supuesto, tiene razón. Pero trate usted de decírselo a los republicanos.

*. También llamado en EEUU el GOP (Grand Old Party), es decir, el Gran Viejo Partido. (N. del T.)
**. El sistema llamado “cap and trade”. (N. del T.)
Reynard Loki es periodista; cubre temas relacionados con la sustentabilidad, la economía sostenible y la innovación social.
Fuente: http://ecowatch.com/2015/09/16/gop-climate-change-denial/?utm_source=EcoWatch+List&utm_campaign=0e0b5a174a-Top_News_9_16_2015&utm_medium=email&utm_term=0_49c7d43dc9-0e0b5a174a-85932365

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jueves, 24 de septiembre de 2015

Injusticia climática



Una hegemonía de los que consumen ciencia sin conciencia en la “COP21”


ayvuguasu

“Cesen los egoísmos, cesen los hegemonismos, cesen la insensibilidad, la irresponsabilidad y el engaño. Mañana será demasiado tarde para hacer lo que debimos haber hecho hace mucho tiempo” Fidel Castro (Conferencia ONU sobre Medio Ambiente y Desarrollo, 1992) 

En la vigésima primera Conferencia de las partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2015 (COP21 / CMP11), también llamada “París 2015”, se constituyen en hegemonía los países de la ciencia sin conciencia, al servicio del viejo orden mundial. En este espacio, sigue predominando el poder financiero mundial que solo busca seguir negociando la naturaleza en bolsa de valores. En este clima de negocios se pretende desembocar en un acuerdo internacional entre élites de una realidad que afecta a la población mundial y que está al borde del cataclismo climático. El caos climático es exponencial y tiene causas estructurales, más allá de la ciencia, urgen de conciencia, de valores y de principios políticos, éticos y ambientales , ante toda la injusticia.

La ciencia sin conciencia no logra entender que la injusticia climática es directamente proporcional a otras injusticias: políticas, sociales, económicas, territoriales; y que su causa radica en un sistema voraz, depredador, injusto que solo se fundamenta en el negocio, el libre mercado, el ambiente como un medio para explotar y acumular recursos, controlado y dirigido desde el poder global. Esta ciencia arropa su conciencia de cinismo, argumentando conceptos, postulados, cifras, estadísticas e inventos tecnológicos para justificar esta injusticia. Según la Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la solución para el calentamiento global incluye una despoblación extrema. Christiana Figueres dijo:

“Definitivamente podemos cambiar esos números de población y realmente debemos hacer todo lo posible para cambiar esos números porque ya hoy en día, estamos superando la capacidad de carga del planeta” Esta visión malthusiana de la ONU se elabora con base en pretextos como la “igualdad social”, “ecologismo”, “lucha contra la pobreza”, “sostenibilidad”, “eficiencia”, encargándose en los argumentos los científicos que consumen ciencia sin conciencia. Schellnhuber, asesor de Angela Merkel, y profesor en Oxford, expresó en un artículo de 2009 publicado en el New York Times, sobre el calentamiento global: “Es un triunfo para la ciencia porque al fin nos ha permitido concluir las estimaciones de la capacidad de carga del planeta, que deben estar por debajo de los 1.000 millones de personas”. Estos “científicos” igualmente se encargan de diseñar tecnología sin conciencia como la manipulación deliberada y a gran escala de la naturaleza para contrarrestar el cambio climático: “La Geoingenieria”. Steve Rayner, del Programa de Geoingeniería, también de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, sostiene que "Sería irresponsable no explorar el potencial para entender las tecnologías de la mejor manera que podemos". "A lo largo de la historia humana las tecnologías de una generación crearon problemas para la siguiente. Tenemos que encontrar una forma de manejar eso, es parte de la evolución de la sociedad", añadió Rayner. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) ha manifestado con anterioridad que la ingeniería climática podría ofrecer soluciones para atajar el cambio climático; esta opinión hegemónica sigue persistiendo en la agenda COP21. La manipulación del clima en un país es calificado como crimen de guerra por la Convención de Ginebra de 1976; bajo este argumento plantean un acuerdo internacional para tener luz verde a nivel global, lo cual consiste en garantizar el negocio de la llamada geoingeniería; buscan acordar, con el pretexto de una economía verde, una agricultura climáticamente inteligente: según ellos estos son los nuevos mecanismos de desarrollo más limpios para mitigar el cambio climático. Ante estas falsas soluciones que vienen planteando desde las multinacionales con relación al cambio climático en la ONU, la Vía Campesina, representando a unos 200 millones de campesinos y campesinas en más de 150 organizaciones campesinas, al COP21 exigen nuevamente que los gobiernos den prioridad a las necesidades de los pueblos por encima de los intereses de las corporaciones y que busquen acuerdos con soluciones climáticas verdaderas, incluyendo sistemas alimentarios campesinos que enfríen la Madre Tierra, que garanticen la Soberanía Alimentaria –basada en la agroecología campesina, conocimientos tradicionales, selección, conservación e intercambio de semillas y en el control sobre nuestras tierras, biodiversidad, aguas y territorios–; es una solución verdadera, viable y justa ante la crisis climática causada principalmente por las multinacionales. En el contexto de la COP21, programada desde el 30 de noviembre al 11 de diciembre de 2015, en París, Francia, los gobiernos prometen que por fin saldrá un “acuerdo universal y legalmente vinculante”. Ante todo ellos, la Vía Campesina estará movilizada junto a los millones de migrantes, campesinos, campesinas, indígenas, trabajadores, trabajadoras, estudiantes y luchadores por la justicia climática que estarán en las calles de París alzando sus voces de justicia, de dignidad, de vida, de humanidad. “Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha” Víctor Hugo ¡Globalicemos las luchas, globalicemos la esperanza!Fechas programada de movilizaciones:

· 28 de noviembre: Movilizaciones de masas iniciales por la Justicia Climática · 5/6 de diciembre: La aldea Global / Feria de Alternativas Populares · 9 de diciembre: Día de la Agricultura Campesina y por la Soberanía Alimentaria.

· 12 de diciembre: Acción de masas "La última palabra" por la Justicia Climática y Ambiental.

Del Rosario Ignacio Denis. Ingeniero Agroecologico graduado en Instituto Latinoamericano de Agroecologia Paulo Freire (IALA) Twitter: @yiyoparaguay Blog del Autor : http://ayvuguasu.blogspot.com/ 
Notas:

https://lastinieblasdelamente.wordpress.com/category/el-final-de-nuestra-civilizacion/cataclismo-planetario/ 

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=189805 

http://viacampesina.org/es/index.php/acciones-y-eventos-mainmenu-26/cambios-climcos-y-agro-combustibles-mainmenu-79/2468-la-via-vampesina-llamado-a-la-accion-para-la-cop21-en-paris 

http://www.cop21.gouv.fr/es 

http://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/09/130925_ciencia_geoingenieria_tecnologias_para_revertir_cambio_climatico_np http://www.cubadebate.cu/opinion/1992/06/12/discurso-de-fidel-castro-en-conferencia-onu-sobre-medio-ambiente-y-desarrollo-1992/#.VgHjhNJ_Oko

Fuente original: http://ayvuguasu.blogspot.com.es/2015/09/una-hegemonia-de-los-que-consumen.html#more
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martes, 22 de septiembre de 2015

Privatizar el Apocalipsis

La industria del armamento nuclear se adueña del dinero del contribuyente


TomDispatch



El complejo corporativo nuclearIntroducción de Tom Engelhardt
Han dirigido las empresas más rentables de la historia y, para decirlo sin rodeos, están destruyendo el planeta. En el pasado, dada la obsesión estadounidense con los terroristas, yo los llamaba “terraristas”. Me refiero, por supuesto, a los CEO de las empresas de la Gran Energía (Big Oil), quienes en estos años han hecho lo indecible para encontrar nuevas formas de explotar todas las reservas imaginables de combustibles fósiles de la Tierra y colocarlas en la atmósfera en la forma de dióxido de carbono. Hay una cosa que es cierta: tal como una vez lo hicieron los más altos ejecutivos de la industria tabacalera, la del plomo y la de los productos a base de asbestos, ellos saben qué significa esa fuente de enormes ingresos para el resto de nosotros –eche el lector una mirada a la estación de los incendios de este año en el oeste de la América del Norte– y nuestros hijos y nietos. Si usted piensa que ahora mismo el mundo está viviendo los mayores desplazamientos de refugiados, sólo espere hasta que las sequías sean aún más extremas y que aumente la inundación de las zonas costeras.
Lo escribí en 2013: “Convenientemente, con estas tres industrias, los resultados negativos llegan después de años o incluso décadas de la exposición; de ese modo resulta difícil establecer la conexión entre causa y efecto. Cada una de las industrias sabía que esa conexión existía. Cada una de ellas utilizaba esa desconexión temporal para protegerse. Una diferencia: si usted fuera un ejecutivo de la industria del tabaco, o del plomo, o del amianto, tendría la posibilidad de evitar que sus hijos y nietos estuvieran expuestos a su producto. En el largo plazo, esa posibilidad no existe cuando hablamos de los combustibles fósiles y el dióxido de carbono, ya que todos vivimos en el mismo planeta (a pesar de que también es cierto que quienes gozan de una buena situación económica en las zonas templadas de la Tierra tienen menos probabilidades de ser los primeros en sufrir las consecuencias)”.
Increíblemente, como Richard Krushnic y Jonathan Alan King lo dejan en claro hoy, los beneficios económicos buscados por una segunda tanda de altos ejecutivos están igualmente estrechamente vinculados con la posibilidad de destruir el planeta (al menos en su carácter de entorno habitable para el ser humano y muchas otras especies) y la eventual muerte de decenas de millones de personas. Esos ejecutivos son los que dirigen las empresas que desarrollan, mantienen y modernizan nuestro arsenal nuclear; al igual que con las empresas del sector de la energía, ellos utilizan sus grupos de presión y su dinero para conseguir más de los mismo en Washington. Algún día, mirando hacia atrás, los historiadores (si todavía existen) sin duda pensarán que las actividades de ambos grupos son ejemplos de la suprema criminalidad.
* * *
Cómo es que la industria del armamento nuclear se queda con los dólares de los impuestos
Imagine usted un momento un auténtico absurdo: en alguna parte de Estados Unidos las muy rentables operaciones de un conjunto de grandes empresas se basarían en la posibilidad de que más pronto que tarde sus vecinos sean destruidos, y usted y todos sus vecinos fueran aniquilados. Y no solo usted y sus vecinos, sino también otras personas y sus vecinos en todo el planeta. ¿Qué pensaría usted de semejantes empresas, de semejante proyecto, de los enormes beneficios económicos que obtendrían de esa manera?
De hecho, esas empresas realmente existen. Son las de la industria del armamento nuclear y se ocupan del vasto arsenal de armamento –capaz de destruir el mundo– en manos del Pentágono. Con esa actividad consiguen extraordinarios beneficios económicos, viven una vida confortable en nuestro propio barrio y desempeñan un activo papel en la política de Washington. La mayor parte de los estadounidenses saben muy poco o nada de ellos ni de sus ingresos a pesar de que el trabajo que realizan es al servicio de un futuro apocalíptico casi imposible de imaginar.
A algo tan extraño agregue usted otra cosa improbable. Las armas nucleares han estado en los titulares durante años; aun así, durante este período toda la atención ha estado centrada en un país que no posee ni una bomba nuclear y, al menos por lo que puede decirnos la inteligencia de Estados Unidos, en realidad no ha dado señales de estar construyendo una. Por supuesto, estamos hablando de Irán. Por otra parte, prácticamente nunca aparecen en las noticias los absolutamente reales arsenales nucleares que podrían hacer estragos en la Tierra, sobre todo nuestro enorme arsenal y el de nuestro antiguo enemigo, Rusia.
En el reciente debate sobre si el acuerdo nuclear con Irán del presidente Obama evitará que ese país desarrolle alguna vez armas atómicas, usted puede buscar y rebuscar para encontrar alguna auténtica discusión sobre el arsenal nuclear de Estados Unidos, a pesar de que el Bulletin of the Atomic Scientists estima que consta de 4.700 ojivas nucleares activas. Esto incluye una variedad de artefactos como bombas aéreas, misiles basados en tierra y misiles embarcados en submarinos. Si, por ejemplo, un solo submarino del tipo Ohio –la Armada de EEUU dispone de 14 de ellos, equipados con misiles nucleares– lanzara sus 24 misiles Trident, cada uno de ellos portador de 12 cabezas nucleares de un megatón a las que se puede asignar blancos independientes, las principales ciudades del país alcanzado –en cualquier lugar del mundo– podrían ser arrasadas y morirían millones de personas.
Ciertamente, las explosiones y los incendios que se producirían enviarían a la atmósfera tanto humo y tantas partículas en suspensión que el resultado sería un “invierno nuclear”, lo que ocasionaría una hambruna de alcance mundial y la muerte posible de cientos de millones de personas, entre ellas estadounidenses (independientemente del sitio dónde se hayan disparado los misiles). Aun así, como lo cuenta el clásico libro del doctor Seuss, habría que agregar: “eso no es todo; oh no, eso no es todo”. En este momento, la administración Obama tiene planes para gastar hasta un billón de dólares [ha leído bien: un 10 seguido de 11 ceros, o 1011, en la jerga de los matemáticos] en los próximos 30 años para modernizar y mejorar las fuerzas nucleares de Estados Unidos.
Dado que el actual arsenal de EEUU representa –en el ‘lenguaje’ de los militares– una “sobrecapacidad de exterminación”, es decir, podría destruir muchos planetas del tamaño de la Tierra– ningunos de los dólares adicionales del contribuyente aumentará perceptiblemente la capacidad de “disuadir” ni la seguridad. Para aumentar la seguridad nacional en las próximas décadas –si es que acaso eso importa algo–, la precisión para dar en el blanco de unos misiles que matan a toda criatura viviente en un radio de unos cuantos kilómetros se ha reducido de 500 a 300 metros. Si semejante “modernización” no tiene ninguna importancia militar, ¿para qué aumentar el gasto en las armas nucleares?
Hay un aspecto importante de las apuestas por un Estados Unidos nuclear que por lo general no se menciona en este país: la corporación que constituye la industria de las armas nucleares. Aun así, la presión que esta corporación es capaz de ejercer en favor del gasto cada vez mayor está completamente subestimada en lo que se supone debería ser el “debate” de la cuestión.
La privatización del desarrollo de las armas nucleares
Empieza con este hecho tan sencillo: la producción, el mantenimiento y la modernización de las armas nucleares son fuente de siderales beneficios económicos para lo que, en esencia, es un cártel. Por supuesto, como tal no se enfrenta con competencia alguna de la industria de otros países, ya que el arsenal nuclear de Estados Unidos del que estamos hablando y los contratos ofrecidos por el gobierno están exentos de cualquier auditoría con la excusa de la seguridad nacional. Más aún, el modelo de negocio utilizado es el de “coste más margen”, que significa que aunque el coste final exceda al precio original ofertado, el contratista tiene garantizado un porcentaje por encima del coste de fabricación. Los altos beneficios están efectivamente garantizados y no importan la ineficiencia ni los márgenes por encima de lo presupuestado en que el proyecto pueda incurrir. En otras palabras, no hay la menor posibilidad de que el contratista pierda dinero, con todo lo ineficiente que pueda ser (lo más lejano que pueda imaginarse del modelo de producción de libre mercado defendido por las corporaciones).
Esos beneficios tan bien protegidos y las empresas que se los embolsan se han convertido en el factor principal de la promoción del desarrollo del armamento nuclear, deteriorando así cualquier esfuerzo realizado en pro del desarme nuclear. Ciertamente, parte de este proceso debería ser conocido ya que es un extensión de la clásica fórmula del Pentágono descrita tan sorprendentemente por el economista industrial Seimour Melman, de la Universidad de Columbia, en sus libros y artículos; una perversa fórmula que producía martillos de 436 dólares y cafeteras de 6.322 dólares.
Dados el proceso y los beneficios obtenidos, los contratistas del sector armamento tienen un gran interés en que la opinión pública estadounidense viva una intensa sensación de peligro e inseguridad (aunque sean ellos mismos la principal fuente de ese peligro e inseguridad). Recientemente, la Campaña Internacional de Abolición de las Armas Nucleares (ICAN, por sus siglas en inglés) publicó un sorprendente informe, Don’t Bank on the Bomb [No financie la Bomba], en el que se dio la lista de los principales contratistas corporativos y sus inversores, es decir, quienes recogerán esos inmensos beneficios procedentes de la próxima modernización del arsenal nuclear.
Sin embargo, gracias a la opacidad de la seguridad nacional con que se cubren los programas de armas nucleares de Estados Unidos, el público no dispone de una auténtica auditoría de los contratos de esas empresas. No obstante, los beneficios obtenidos gracias a las armas nucleares de al menos las más importante corporaciones ahora pueden ser rastreadas. En el sector de vectores de artefactos nucleares –aviones de bombardeo, misiles y submarinos– hay una cantidad de nombres conocidos: Boeing, Northrop, Grumman, General Dynamics, GenCorp Aerojet, Huntington Ingalls y Lockheed Martin. En otros sectores, como el de diseño y producción de las armas nucleares, los nombres que están en lo más alto de la lista son algo menos conocidos: Babcock & Wilcox, Bechtel, Honeywell International y URS Corporation. Cuando pasamos al reglón de los ensayos y el mantenimiento de armas nucleares, entre los contratistas están Aecom, Flour, Jacobs Engineering y SAIC; y entre las firmas de los sistemas de selección de blancos y de guía están Alliant Techsystems y Rockwell Collins.
Algunos pequeños ejemplos de contratos: en 2014, a Babcock & Wilcox se le asignaron 76,8 millones de dólares para trabajar en la mejora de los submarinos de la clase Ohio. En enero de 2013, a General Dynamics Boat Division se le adjudicó un contrato de 4,6 millones de dólares para diseñar y desarrollar un submarino disuasorio estratégico de nueva generación. Es posible encontrar más información de contratos corporativos relacionados con armas nucleares en el informe ICAN, que también da los nombres de bancos y otras instituciones de inversión y financiación vinculadas con las corporaciones del armamento nuclear.
Muchos estadounidenses ignoran que buena parte de la responsabilidad del desarrollo, producción y mantenimiento de las armas nucleares no está confiada al Pentágono sino al Departamente de Energía (DOE, por sus siglas en inglés), que gasta más en armas nucleares que en el desarrollo de fuentes sostenibles de energía. Para el proyecto nuclear del DOE son claves los laboratorios federales donde se diseñan, construyen y prueban los artefactos nucleares. Entre ellos están el Sandia National Laboratory de Albuquerque, New Mexico; el Los Alamos National Laboratory (LANL) de Los Alamos, New Mexico; y los Livermore National Laboratories de Livermore, California. Estos, a su vez, reflejan una constante en los asuntos de la seguridad nacional: los llamados sitios GOCO (propiedad del gobierno pero operados por contratistas privados). En los laboratorios, este sistema representa una delegación en las corporaciones de las políticas de disuasión nuclear y otras estrategias vinculadas a estas armas. Mediante contratos con URS, Babcock & Wilcox, la Universidad de California y Bechtel, los laboratorios de armas nucleares están en gran medida privatizados. Solo el contrato del LANL llega a los 14.000 millones de dólares. Del mismo modo, la instalación nuclear de Savannah River, de Aiken, South California, donde se fabrican cabezas nucleares, está dirigida conjuntamente por Flour, Honeywell International y Huntington Ingalls. Su contrato con el DOE, que funcionará durante todo 2016 llega a los 8.000 millones de dólares. En otras palabras, en estos años en los que hemos visto el crecimiento de la corporación bélica y una significativa privatización de las fuerzas armadas y la comunidad de la inteligencia de Estados Unidos, en el mundo del armamento nuclear se ha ido dando un proceso similar.
Además de los contratistas nucleares de primera línea hay cientos de subcontratistas, algunos de los cuales dependen de la subcontratación para la mayor parte de sus negocios. Cualquiera de ellos puede tener entre 100 y varios centenares de empleados trabajando en componentes especiales o en sistemas; con su peso en las comunidades locales, estos subcontratistas ayudan a empujar los programas de modernización nuclear mediante sus representantes en el Congreso.
Una de las razones de que la rentabilidad del armamento nuclear sea tan extremadamente alta es que la Administración Nacional de la Seguridad Nuclear (NNSA, por sus siglas en inglés) del Departamento de Energía, responsable del desarrollo y la operación de las instalaciones de armas nucleares del DOE, no supervisa a los subcontratistas, lo que a su vez dificulta el control de los contratistas de primera línea. Por ejemplo, cuando el Proyecto de Supervisión Gubernamental presentó una solicitud de información sobre Babcock & Wilcox, el subcontratista encargado de la seguridad en el complejo nuclear Y-12 de Oak Ridge, Tennessee, la NNSA respondió que no tenía información acerca de ese contratista. En ese entonces, B&W estaba a cargo de la construcción de una instalación de procesamiento de uranio en Y-12. A su vez, B&W subcontrataba las labores de diseño a otras cuatro firmas y no se ocupó de fusionarlas ni de supervisarlas. Esto dio lugar a un diseño impracticable, que solo fue desechado después de que los subcontratistas recibieran 600 millones de dólares algo inservible. El caso de Oak Ridge, en el pasado mayo, a su vez, puso en marcha un informe de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental para el Congreso que señalaba que esos problemas eran algo endémico en las instalaciones de armas nucleares del DOE.
Los lobbyistas nucleares
Los dólares provenientes de los impuestos federales gastados en el mantenimiento y desarrollo de armamento nuclear son un componente importante del presupuesto de Estados Unidos. A pesar de que es difícil precisarlo, las sumas gastadas rondan los cientos de miles de millones de dólares. En 2005, la Oficina de Responsabilidad Gubernamental informó de que cuando se trata del costo del sector nuclear ni siquiera el Pentágono tiene cifras exactas; tampoco existe algún tipo de presupuesto separado que responda al renglón de las armas nucleares. El análisis de los presupuestos del Pentágono y del Departamento de la Energía, de la Administración Nacional de la Seguridad Nacional (NNSA), como el de la información extraída de la documentación del Congreso acerca de esta cuestión sugieren que, entre 2015 y 2018, Estados Unidos gastará por lo menos 179.000 millones de dólares para mantener la tríada nuclear actual –misiles, bombarderos y submarinos– y las armas nucleares asociadas a ella, en tanto comienza el proceso de desarrollo de sus reemplazos de próxima generación. La Oficina del Presupuesto del Congreso proyecta que el costo de las fuerzas nucleares en el período 2015-2024 será de 348.000 millones de dólares –es decir 35.000 millones por año–, de los cuales el Pentágono gastará 227.000 millones de dólares y el departamento de Energía 121.000 millones.
De hecho, en realidad el precio del mantenimiento y desarrollo del arsenal nuclear es mucho mayor que cualquiera de esas estimaciones. Si bien esos guarismos incluyen la mayor parte del costo directo de las armas nucleares y los sistemas estratégicos de lanzamiento como los misiles y submarinos, así como la mayoría de los costos del personal militar responsable de mantener, operar y ejecutar las misiones, no incluyen muchos otros gastos, entre ellos los derivados de la retirada del servicio de las armas caducadas y del de deshacerse del material declarado inservible. Tampoco incluyen las pensiones ni el costo de los cuidados médicos asociados con el retiro de sus operadores.
En 2012, un informe de una comisión de alto nivel dirigida por el ex visepresidente del Estado Mayor Conjunto, general James Cartwright concluyó que “no se ha presentado ninguna razón sensata en favor del uso de las armas nucleares para solucionar ninguno de los principales problemas que enfrentamos en el siglo XXI [entre ellos] amenazas de países fuera de la ley, estados fallidos, proliferación [sic], conflictos regionales, terrorismo, ciberguerra, crimen organizado, trafico de drogas, desplazamientos de refugiados por conflictos armados, epidemias o cambio climático. De hecho, en última instancia podría decirse que antes bien se han convertido en parte del problema que en alguna solución”.
Lógicamente, para el conjunto de las corporaciones implicadas en los programas nucleares de Estados Unidos, esto carece de importancia. De hecho, mantienen en activo elaboradas operaciones de lobbying para apoyar la continuación de contratos de fabricación de armas nucleares, En un estudio de 2012 realizado para el Centro de Política Internacional, Bombs vs. Budgets: Inside the Nuclear Weapons Lobby, William Hartung y Christine Anderson informaron de que, en relación con las elecciones de ese año, los 14 principales contratistas donaron cerca de tres millones de dólares directamente a los legisladores del Congreso. No debe sorprender que la mitad de esta suma fuera a parar a los miembros de las cuatro comisiones o subcomisiones claves que controlan el gasto destinado a las armas nucleares.
En 2015, la industria de la defensa movilizó un pequeño ejército de por lo menos 718 lobbyistas y repartió más de 67 millones de dólares para presionar en el Congreso para conseguir incrementos en el gasto relacionado con las armas. Entre los principales contribuyentes estaban las corporaciones con importantes contratos para armas nucleares, entre ellos Lockheed Martin, Boeing y General Dynamics. Estas presiones pro-nucleares se vieron ayudadas por contribuciones y presión por parte de las empresas relacionadas con los misiles y los aviones que, en principio, no son del ramo nuclear. Sin embargo, algunos de los sistemas que producen estas empresas son de uso dual (convencional y nuclear), es decir, un vigoroso programa de armamento nuclear amplía su mercado potencial.
La presión continua de los legisladores republicanos para recortar los programas sociales en Estados Unidos es un mecanismo decisivo para asegurar la disponibilidad de fondos federales provenientes de los impuestos para que sean destinados a los lucrativos contratos militares. Para los 35.000 millones de dólares anuales o más que el contribuyente estadounidense pondrá en ese armamento satisfaciendo así los mezquinos intereses de un reducido número de empresas, el beneficio es el miedo a un futuro apocalíptico. Después de todo, a diferencia de los grupos de presión del resto de corporaciones, el de las armas nucleares (y del mismo modo los dólares del contribuyente de EEUU) pone en riesgo de rápida extinción la vida en la Tierra, ya sea por la destrucción directa producida por un holocausto atómico o por la drástica reducción de la luz solar que llega a la superficie terrestre como consecuencia de una especie de invierno nuclear que seguiría a un enfrentamiento nuclear. De momento, el complejo de las corporaciones nucleares está escondido entre nosotros, sus asignaciones presupuestarias y fondos blindados contra el escrutinio público y sus proyectos apenas percibidos. Esta es la fórmula para el desastre.
Jonathan Alan King es profesor de biología molecular en MIT y presidente de la Comisión por la Abolición Nuclear de la organización Peace Action de Massachusetts. 

Richard Krushnic fue gerente de préstamos inmobiliarios y analista de contratos de vivienda y negocios del Departamento de Desarrollo Barrial de Boston. Hoy día está trabajando en desarrollo comunitario en América latina.
Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/176047/

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lunes, 21 de septiembre de 2015

¿Por qué mueren las abejas a un ritmo alarmante?



En el hemisferiop norte el problema de la muerte de las abejas es algo muy grave: están desapareciendo. El número de abejas ha caído en picada en los últimos años en Estados Unidos y Europa, y la situación es crítica, mucho más peligrosa de lo que puede parecer a simple vista.
El fenómeno se conoce como "Colapso de Colonias", y es un problema tan sumamente importante que hasta las Naciones Unidas se han hecho eco en el tema. La mortalidad de las abejas cada vez es más alta, llegando a niveles críticos en muchas regiones del mundo.
La desaparición de las abejas tendrían consecuencias nefastas para la producción de comida, ya que son ellas, las abejas, las que se encargan de polinizar la gran mayoría de los vegetales del mundo.
¿Qué es lo que hace que las abejas estén desapareciendo? Las dos causas principales recogidas hasta ahora son las siguientes:
1-Por un lado tenemos a los plaguicidas. Los plaguicidad contienen toda clase de componentes químicos que son nocivos para estos pequeños insectos. Hay tres sustancias cuyo uso en plaguicidas ha sido prohibido por los efectos que tienen sobre las abejas. Hoy día sabemos que hasta los plaguicidas más normales que se encuentran en el mercado son de lo más nocivos para las abejas.
2-La segunda causa que hace daño a las abejas es el cambio climático y el calentamiento global, del que la mano del hombre ha tenido una consecuencia directa. Hoy día las épocas de sequías e inundaciones han cambiado y las abejas tienen que adaptarse a nuevos ciclos vitales a los que no están habituadas. Estos cambios bruscos en el clima hacen que las abejas no logren una rápida adaptación y que, por lo general, terminen muriendo por el frío o el calor.
Otras causas que se barajan son las ondas electromagnética de los teléfonos, las acciones de parásitos, enfermedades y la pérdida de biodiversidad.

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