lunes, 1 de junio de 2015

Sed en Nicaragua, el país en que el agua es parte de su nombre



IPS


Nicaragua, el país centroamericano con más fuentes de agua dulce de la región y donde el líquido es incluso parte de su nombre, sufre una de sus peores crisis del recurso en sus últimos 50 años, en un problema alimentado por la variabilidad climática y agudizado por la deforestación y la degradación de los suelos.María Esther González, habitante de la capital,  sufre la escasez en su vida cotidiana. Ella vive en un barrio pobre del Distrito Uno de Managua, donde el servicio de agua potable llega menos de dos horas al día.
El desvelo crónico es parte de la rutina de esta jefa de hogar en sus últimos cuatro años: todos los días entre las 11 de la noche y las tres de la madrugada, debe estar alerta por si el servicio de agua emana de los grifos.
En un lapso de dos horas o menos debe llenar varios recipientes del líquido, lavar ropa y asear la pequeña vivienda, antes que el suministro se vuelva a cortar. “Desde hace cuatro años debo estar vigilando las madrugadas para lograr agarrar lo necesario para el día a día”, dijo González a IPS.
En ocasiones el agua desaparece hasta tres días seguidos y las autoridades estatales de la Empresa Nicaragüense Acueductos y Alcantarillados (Enacal) deben entonces paliar el problema con la distribución mediante camiones cisterna a muchos barrios de la capital.
Managua, donde el agua también está en su nombre, con una población de algo más de 1,6 millones de habitantes, es quizás donde más se percibe la falta de agua porque las protestas de barrios enteros en las calles saltan a menudo a los medios de comunicación.
Pero la ausencia del servicio se extiende por todo el país y amenaza el nivel de vida de sus 6,1 millones de habitantes, sobre todo los que habitan en zonas rurales.
Arístides Álvarez, miembro de la red no gubernamental Comités de Agua Potable y Saneamiento, explicó a IPS que en las zonas rurales del centro y occidente del país miles de familias sufren la escasez porque se abastecen de pozos y ríos que se han secado.
El activista comunitario señaló, por ejemplo, que en algunas comunidades del departamento de Chinandega, a 140 kilómetros al noroeste de Managua, se secaron tres ríos que abastecían al menos a 1.300 familias rurales, en la temporada seca, que abarca de noviembre a mayo.
“Ahora la gente tiene que caminar largas distancias para buscar agua y los que tienen recursos compran a finqueros privados que tienen pozos en sus propiedades. Lo malo aquí es que no todos pueden comprar agua y comida al mismo tiempo”, detalló.
Según Álvarez, las familias rurales esperan con desesperación que caigan las lluvias de la temporada húmeda de Nicaragua, que inicia en mayo y concluye a finales de octubre. Pero durante este mes han sido pocas y esporádicas las precipitaciones.
Ruth Selma Herrera, expresidenta ejecutiva de Enacal, destacó a IPS otro problema que afecta el acceso de la población al agua: la baja inversión en el sector y la mala administración pública del recurso. “Se necesitan al menos 150 millones de dólares para modernizar la red de distribución, porque las tuberías están obsoletas y las pérdidas por esa vía son altísimas”, dijo a IPS.
Los vaticinios sobre la mejora en el futuro inmediato del problema de escasez no son alentadores.
El Niño amenaza
Según las proyecciones de mediados de este mes del  Centro de Predicciones Climáticas, una agencia del Servicio Nacional de Meteorología de Estados Unidos, la probabilidad de que el fenómeno de El Niño/Oscilación del Sur (ENOS) afecte al país y la región centroamericana alcanza nada menos que 90 por ciento.
La alerta de una nueva sequía preocupó a la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social, por la situación alimentaria y nutricional de la población del llamado Corredor Seco de Nicaragua, que cubre 33 de los 153 municipios del país y comprende los departamentos de León y Chinandega (noroeste), Estelí, Madriz, Matagalpa y Nueva Segovia (norte).
El temor, expresado en un informe de coyuntura económica 2015 presentado en abril, es que en esa zona de más de un millón de habitantes vuelva a disminuir el consumo y producción de alimentos por pérdidas de granos básicos y muerte de ganado debido a la sequía, como ocurrió ya el año pasado.
Ese año el gobierno tuvo que enviar alimentos, medicina y agua con carácter de urgencia a la zona, tras ser afectada por la sequía que generó El Niño, que cíclicamente afecta a las costas del Pacífico y de otras regiones de Nicaragua, con gran declinación de las precipitaciones durante la estación húmeda,  según explica el no gubernamental Centro Humboldt, especializado en la gestión ambiental.
La preocupación de la organización privada fue compartida por la delegación local del Banco Mundial.
Luis Constantino, representante de esa entidad financiera en Nicaragua, informó al diario La Prensa que ante esa situación, actualmente discuten con el gobierno un plan estratégico de atención para la zona seca del país.
“Nos enfocamos en programas de manejo del agua. Estamos proponiendo una conferencia (con especialistas) para que se discutan las opciones del Corredor Seco, principalmente cómo asegurar que las alcaldías tengan agua suficiente para abastecer a la población, pero también se pueden aprovechar las oportunidades de riego para la agricultura y la ganadería”, dijo al diario local.
Jaime Incer Barquero, científico nicaragüense y asesor de la Presidencia de la República en temas ambientales, dijo a IPS que el cambio climático en Nicaragua se expresa con las incidencias del fenómeno de El Niño y La Niña, asociados con sequías e inundaciones, respectivamente.
Este país cuenta con los dos mayores lagos de América Central, el lago de Xolotlán, con 1.052 kilómetros cuadrados y el lago de Cocibolca,  con 8.138 kilómetros cuadrados. Posee además 26 lagunas, más de 100 ríos, cuatro embalses y cinco de las 19 cuencas centroamericanas más grandes.
Degradación de los suelos
Sin embargo, diversas organizaciones especializadas señalan que la degradación de los suelos nicaragüenses alcanza un nivel 10 veces superior al máximo establecido técnicamente como permisible o tolerable para que mantengan su productividad, lo que ya afecta a las fuentes de agua y lo seguirá haciendo.
El Centro Internacional de Agricultura Agraria (CIAT) diagnosticó que Nicaragua degrada su tierra “a un ritmo irreversible”, al convertir suelos con potencial forestal a pastos para ganadería extensiva.
El  nivel máximo de tolerancia de pérdida de suelo en el país es de cuatro toneladas (degradadas por malas prácticas agrícolas y ganaderas) por hectárea por año. Pero la pérdida es de 40 toneladas anuales, reveló el investigador del CIAT, Carlos Zelaya, durante unas jornadas ambientales en Managua este mes.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) confirmó la magnitud del problema.
“En Nicaragua la degradación de los suelos anda en 30 por ciento y en la zona de occidente llega a 35 por ciento”, aseguró el facilitador de Seguridad Alimentaria de la FAO en Nicaragua, Luis Mejía.
El ambientalista Incer Barquero sentenció que si no se revierte esa práctica, “en menos de 50 años dejaremos de llamarnos Nicaragua y el agua será un recuerdo”.

Fuente original: http://www.ipsnoticias.net/2015/05/sed-en-nicaragua-el-pais-en-que-el-agua-es-parte-de-su-nombre/

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Otra vez la peligrosa petrolera en Alaska






El mundo de los negocios no duerme ni descansa porque su propia naturaleza lucrativa lo pone siempre en acción permanente. Cada año que transcurre, las empresas petroleras internacionales resultan menos en número porque entre aquellas se devoran las unas a las otras, sea por fusión integradora o por compra. Sin embargo, mientras menos consorcios quedan, aquellos acaban mucho más audaces como peligrosos. El petróleo no solo derroca gobiernos sino provoca guerras, acciones de inteligencia, sobornos, crímenes personales, cosas inesperadas. Sus huellas visibles son la destrucción, no solo contra el ser humano, sino también contra la propia naturaleza. Como consecuencia, el poder de los consorcios petroleros es tan efectivo que, ante sus designios, no les queda otra cosa a los gobiernos, sin energía ni dignidad, que someterse a aquellos. Importa poco que los gobiernos obedientes, sean también poderosos; por igual sirven al gran capital.
El día 11 de mayo, el Departamento del Interior de los EE.UU. ha aprobado el plan de la transnacional Shell para explotar petróleo en las costas de Alaska, concretamente en el Mar de Chukchi, al norte del Estrecho de Bering. Lo curioso de esta determinación es que, tratándose EE.UU. del país más renuente a los acuerdos internacionales sobre el medioambiente, ya se había comprometido, esta vez y con anterioridad, para llegar a un acuerdo con la comunidad internacional, precisamente dentro el marco de las Naciones Unidas, para diciembre del presente año 2015.
El balde de agua fría que el gobierno del Presidente Barak Obama acaba de echar a la expectativa mundial contra el cambio climático, y particularmente a la Organización de las Naciones Unidas es como un garrotazo sin precedentes porque se cierne un peligro de gran consideración, que el periodista Gerardo Honty describe claramente sus peligros que se avecinan:
La explotación de las reservas en el Océano Ártico tiene el potencial de liberar un adicional de 15,8 mil millones de toneladas de CO2 a la atmósfera (equivalente a las emisiones de todos los automóviles de Estados Unidos durante 13 años) y el aumento de las concentraciones globales de CO2 en 7,44 partes por millón.
Aquella región, nunca antes explotada, tiene un gran potencial de petróleo como de gas natural, que al decir del periodista indicado:
Se estima que la región contiene un 20% del petróleo y gas natural no descubiertos en el mundo (23.6 mil millones de barriles de petróleo y 104.41 billones de pies cúbicos de gas) y la compañía espera iniciar la perforación a mediados de año.
La topografía de la situación pone a la todopoderosa empresa en un remoto lugar lejos de todo control, tanto nacional como de orden internacional. Se halla también en un distante rincón del mundo, lejos de toda ayuda y auxilio, donde las condiciones de trabajo resultan extremadamente duras: frío extremadamente cruel, tormentas inesperadas y oleaje de 7 metros de altura. Y no obstante que Shell tiene un barco inmenso para este propósito, nada garantiza otro impacto ambiental negativo, de los muchos desastrosos que ofrece la explotación petrolera y ha impactado horriblemente en la ecología y el medioambiente mundiales. Por lo menos la propia oficina norteamericana anticipa un riesgo del 75%, con el agravante de que aquella empresa ya se ha enfrascado en complicados riesgos anteriores, también en Alaska, debiendo cubrir penalidades de fuertes multas.
La puerta que el gobierno norteamericano ha abierto a la degradación de la naturaleza es una provocación cínica y sin límites a la comunidad internacional. Más parece ser resultado de presiones, conminatorias o advertencias del todopoderoso entre hacia su gobierno servil, que el ejercicio de una acción administrativa independiente y soberana.
Lo evidente es que los daños ambientales, ya conocidos y esperados de antemano, vuelven a proyectarse:
1. Enorme aumento del calentamiento terrestre por el incremento en el uso del producto hidrocarburífero.
2. Se echan por tierra las esperanzas de un cambio total y reemplazo de los combustibles fósiles hacia nuevas fuentes alternativas de energía limpia.
3. Se incrementará la jugarreta de los “cupos” o cuotas de carbono, en desmedro de los países del Tercer Mundo.
4. Lo jugosos negocios del mundo del petróleo, continuarán adelante dado su optimismo en la subida de los precios del hidrocarburo.
5. La tierra se seguirá calentando con el riesgo de la desaparición de la vida biológica del planeta y los daños a la salud y vida de la humanidad en general, muy particularmente de los pobres.
6. Está ya demostrado por la ciencia, que el sólo incremento de la temperatura terrestre en 2 grados centígrados, liquidará innumerables especies vegetales de la alimentación. También, de especies del reino animal.
7. En el campo regional, no se precisa ser profeta para presentir la inmensidad de daños que van a experimentar la rica fauna de aquél lado virgen del Mar de Chukchi, los osos polares, pingüinos, focas, morsas, bancos de salmones y tantas otras especies no tocadas, hasta el día de hoy, por el ser humano. Sin embargo, podrá hacerlo aquél audaz consorcio sediento de dinero, que ya anunció tener inversiones de 6.000 millones de dólares, aún sin retorno.
Contra semejante atentado se han producido pronunciamientos. El señor Ed Murray, Alcalde de la ciudad de Seattle, Estado de Washington, --donde precisamente debe acondicionar sus barcos la empresa Shell, antes de partir para Alaska-- ha negado toda autorización para la revisión y acondicionamiento de sus plataformas. Ha comenzado también una batalla con el respaldo de miles de personas que se han pronunciado en su favor y se hallan dispuestas a actuar.
Aún no se ha producido el desenlace final, pero aquella autoridad se mantiene firme en su negativa, resistiendo al propio desafío de la compañía petrolera que amenazó con ir para su destino, lo quiera aquella ciudad o no. El gobierno central le ha brindado autorización para perforar 6 pozos.
La lucha será desigual, pero habrá lucha. El respaldo de la ciudadanía se vuelve creciente. Según la “Voz de América”, el público hará su resistencia en kayaks para evitar las dos plataformas que Shell pretende llevar.
Los grupos de ecologistas auguran una catástrofe que degradará aquella gélida región del círculo polar. Conocen de antemano que la actividad petrolera jamás ha demostrado su potencialidad ni voluntad para limpiar derrames en aguas virtualmente congeladas.
Las críticas se han multiplicado. El medio “Expansión”, informa que Susan Murray, la vicepresidenta del grupo medioambiental Oceana, condenó al Gobierno estadounidense por haberse "precipitado a aprobar unas exploraciones de riesgo y mal concebidas en uno de los lugares más remotos e importantes de la Tierra".
Marissa Knodel, una defensora del medio ambiente de Friends of the Earth, (la fundación: “Amigos de la Tierra”) describió el programa propuesto por Shell como "el plan de exploración más grande, ruidoso y sucio propuesto en el Océano Ártico americano”. Añadió: "La aprobación por parte de Interior de este plan es inadmisible teniendo en cuenta que los últimos estudios científicos dicen que el petróleo del Ártico debe permanecer en el suelo para que exista una oportunidad de mantener el planeta a salvo".
Según el ABC de España:
“Los líderes políticos deberían darse cuenta de que aprovechar todos los combustibles fósiles que albergan sus países es incompatible con el objetivo global de los 2ºC. Pero sí siguen empeñados en tal idea deberían, al menos, saber, cuáles no deberían ser quemados para cumplir sus compromisos globales de emisiones de gases de efecto invernadero”, explican los profesores Christopher McGlade y Paul Ekins.
Según “La Tercera”, Obama da fuerte golpe a ecologistas al aprobar proyecto petrolero en el Ártico:
Según el diario “The New York Times”, de Nueva York:
Una gran victoria para la industria del petróleo y un golpe devastador para los ecologistas.
“El Times”, de Londres, destacó que el lugar de la explotación es una ruta de migración e importante zona de alimentación para los mamíferos marinos, incluidas las ballenas de Groenlandia y las morsas.
“Una vez más, nuestro gobierno se ha apresurado a aprobar prospecciones peligrosas y sin sentido en uno de los lugares más remotos de la Tierra”, repitió Susan Murray, vicepresidenta del grupoOceana.
Rebecca Noblin , directora del Center for Biological Diversity, aseguró, en tanto, que la decisión de Obama “no sólo pone en riesgo parajes únicos, sino que también es incompatible con la retórica del Presidente estadounidense sobre la lucha contra la crisis climática”.
World Wildlife Fund (WWF), declaró que la decisión “representa un paso atrás”, ya que “este es un lugar donde las condiciones extremas de clima, vientos huracanados y fuertes marejadas hacen que toda operación sea extremadamente difícil”.
¿Y qué piensan los habitantes del Tercer Mundo sobre el particular? Es hora de crear conciencia solidaria con la situación. Para robustecer el criterio, el autor recomienda simplemente acudir al Internet, donde abunda el material informativo verbal y gráfico:
· Inmensas regiones marinas, cubiertas con una capa espesa de petróleo, se ven como próximo objeto de incendio para que la acción del fuego sobre el agua, consuma el hidrocarburo localizado en la superficie, para luego ser objeto de las llamas.
· Como resultado de aquella travesura incendiaria, enormes cantidades de humo y gases tóxicos, todo calculado en toneladas, se despacharán al espacio, más arriba de la atmósfera, para hacer toser a San Pedro y provocarle más crisis (que las que experimenta ahora) a la capa de ozono que rodea al planeta.
· Considerables capas de petróleo transportadas por los oleajes hacia las costas terrestres cumplirán papel ennegrecedor de las arenas blancas de las playas, de las rocas sobre la superficie y de la tierra con su verde vegetación. Todo aquello acabará ensuciado, engrasado y contaminado en aspecto desolador, intransitable y nauseabundo.
· Se formarán masas casi solidificadas (por la acción de las aguas y las olas), en forma de bolachas que agredirán a cualquier material que resista o se halle a su enfrente.
· Morirán los corales marinos que tuvieron la desgracia de ser rodeados y atacados por el negro veneno.
· Espectáculos desoladores y dolorosos se producirán con la fauna --que agoniza lentamente con tonalidades acústicas quejumbrosas-- produciendo ruidos onomatopéyicos característicos por el dolor que se experimenta. Caimanes ennegrecidos que ya se tragaron el veneno viscoso, grandes tortugas y pequeñas tortuguitas, que apenas ya pueden moverse por agotamiento ante su esfuerzo liberador contra la masa opresora que los cubre, tienen sellado su destino.
· El esfuerzo es tanto peor para las aves (gaviotas, albatros, pelicanos) que -ya agotadas- apenas pueden levantar las alas o abrir el pico y solo esperan su lento fin por inanición.
· Otros seres ya tienen muerte masiva anticipada, con suma facilidad. Flotarán en las aguas, cangrejos, camarones, otros mariscos, peces, plantas, plantitas e insectos útiles a la vida.
· Tampoco se salvarán los seres biológicos (flora y fauna) que habitan el fondo del mar: los bosques marinos. Parte el petróleo se insumirá y lo cubrirá todo.
· No se salvarán ni los microorganismos de los pantanos, también invadidos por el petróleo.
¿Es o no es aquello un bárbaro crimen contra la naturaleza y el ser humano? ¿Por qué no se hallan en la cárcel criminales anteriores, que ya debieron ser pasados por las armas como asesinos?
Dan ganas a cualquiera de convertirse también en criminal y así buscar venganza. Se advierte que sobra dinero en cajas y cajones (sin exageración alguna) para pagar multas, proteger a los delincuentes de cuello blanco, lavar informaciones de la prensa mundial y distraer a la opinión pública internacional con nuevos temas.

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La megapesadilla de las megarepresas de río Beni

Marco Octavio Ribera Arismendi
Biólogo y ecologista   
Abril 2015

El proyecto de la represa de El Bala es tan obsoleto, que se remonta a la década de los años 50, en la que fue impulsado a partir de estudios aún más antiguos realizados por la Universidad de Berlín (Plataformaenergetica.org, 26 abril 2011). La idea del megaproyecto fue reactivada a fines de los años 80, cuando diversos gobiernos de turno privilegiaron la idea y la elevaron incluso a rango de Ley como prioridad nacional. A fines de los años 90, bajo el signo del neo liberalismo y del gobierno del exdictador Hugo Banzer, el megaproyecto fue activamente promovido por Luis Alberto Valle, a cargo de la prefectura del departamento. Existen datos de dicha época, sobre la disposición de la China a ejecutar el Proyecto Hidroeléctrico de El Bala y que para ello envió una misión técnico-comercial que tenía auspicio del Banco Central Chino, bajo la idea del gobierno de Banzer de impulsar llave en mano la obra (El Diario, 21 de agosto del 2011). Felizmente, dificultades políticas y económicas del momento, así como la resistencia de los movimientos sociales y ambientalistas, hicieron fracasar el megaproyecto de tan elevado riesgo ambiental. El proyecto quedó archivado hasta mediados del año 2007.
En julio del 2007, ocurrió la gran paradoja, el Gobierno del MAS que ya pregonaba en los foros internacionales el respeto a la Madre Tierra, emitió el Decreto Supremo 29191, por el cual se reeditaba el proyecto de la megarepresa de El Bala, dándole nuevamente rango de prioridad nacional. A partir de entonces, El Bala fue agendado por ENDE y siguen apareciendo un sinfín de comunicados relativos a las proyecciones de expansión energética del país, juntamente con los megaproyectos Cachuela Esperanza y la binacional de Cachuela Riberâo.  El último comunicado hace referencia a la enorme preocupación del primer mandatario del Estado, respecto al empantanamiento y no avance del megaproyecto, y la decisión de impulsar su concreción (La Razón  16 de abril de 2015). En dicha nota, se hace referencia a la exorbitante inversión, de 7.000 millones de dólares, lo que significaría con seguridad un terrible endeudamiento. La reactivación del proyecto es un hecho consumado y se plasma en la licitación realizada por ENDE para el Estudio de Identificación del Proyecto con un costo de casi 25 millones de bolivianos.
Considerando las proyecciones oficiales de generación de energía en Bolivia con varias iniciativas que no tienen tanto costo, ni económico ni socioambiental, el país va asegurando su abastecimiento interno e incluso un margen de exportación. Pero bajo la visión extractivista de exportar en grande (en este caso muchos megavatios) El Bala resulta atractivo a las políticas del gobierno y a las corrientes tecnócratas reaccionarias. Ya se ha hablado, que la exportación de energía estaría dirigida al mercado del Brasil, considerando los costos de transmisión y la fluctuación del precio del kilovatio en el país vecino, es muy posible que el balance resultante sea tan negativo, que para el caso de Cachuela Esperanza. Si existen expectativas de que algo de la energía producida se quede en la región del norte de La Paz y el Beni, estarían interpuestas a la angurria exportadora, y en caso de quedar un remanente para la población local, sería una energía más cara que la que actualmente pagan los vecinos de Rurrenabaque o San Buenaventura, tal como está ocurriendo en el río Madeira en el Brasil. Con todas estas  consideraciones, seguir impulsando El Bala parece únicamente un capricho. Un capricho destructor de la Madre Tierra.
Si se construye esta megarepresa, tendría una altura cercana a los 150 metros en el estrecho denominado El Bala, y formaría un reservorio de agua que inundaría de más de 200.000 hectáreas (2.000 Km2) en los valles del los ríos Beni, Tuichi y Quiquibey, los cuales desparecerían bajo el agua, luego de los tres años previstos para el llenado total del reservorio. Las áreas protegidas más espectaculares y de mayor riqueza natural y cultural del país, el Parque Nacional y Área de Manejo Integrado Madidi y la Reserva de Biosfera y TCO (Tierra Comunitaria de Origen) Pilón Lajas, recibirían el mayor impacto de inundación del megaproyecto hidroeléctrico de El Bala.

El gobierno reactiva la megapesadilla de El Bala, con lo cual se abriría un conflicto que podría superar al del camino que quiere partir en dos al TIPNIS.


        
 
              En rojo la megarepresa y la zona de devastación por inundación

Ambas áreas protegidas en las cuencas de los ríos Beni, Tuichi y Quiquibey son hogar tradicional de las culturas indígenas Tacana (Josesano), Tsimane, Mosetene y Esse Eja, además de comunidades campesinas interculturales. Esto significaría que más de doscientas familias indígenas y campesinas de dichas zonas, sean expulsadas de sus bosques y tierras tradicionales, las cuales quedarían bajo el agua, al final de cuentas, sería una forma de genocidio.

Además de la pérdida cultural, morirían miles de plantas y animales silvestres, es muy posible que pueda incluso provocarse la extinción de más de una especie. Todas las actividades de ecoturismo que se desarrollan, o podrían desarrollarse en dichas zonas, quedarían eliminadas, así como los demás emprendimientos sostenibles.

Si a la construcción de la represa, se suman eventos de lluvias extremas, que pueden darse bajo fenómenos Niño-Niña (como en 2007-2008) o por otros fenómenos climáticos globales fuera del Niño-Niña, como los del 2013-2014, la amplificación de la inundación ocasionaría escenarios de desastres mayores en la cuenca del río Beni y sus tributarios. Los efectos de las inundaciones se extenderían río arriba hasta la región de Alto Beni por más de 150 Km. de curso fluvial, pudiendo afectar incluso las zonas de Muchanes, Inicua, Sararia o Santa Ana de Mosetenes.

Si en vez, ó además de El Bala, se llega a considerar la alternativa de una o más grandes o medianas represas (en cadena) en los estrechos de Susi, Chepite y Beu, situación alternativa que ya fue expectada en los años 90, los impactos de inundación podrían ser menores en comparación a si se construye la mega represa de El Bala. Sin embargo, los riesgos de inundación normal del reservorio, pero especialmente las expansiones por eventos extremos, podrían extenderse a lo largo del río Alto Beni y afectar muchas comunidades ribereñas (Inicua, Muchanes, Sararia, Santa Ana) e incluso poblaciones mayores como Sapecho o Palos Blancos. 

             


Como referencia, se debe considerar el caso de las represas brasileras de pequeño porte como Balbina o Samuel (250 y 215 Km2 respectivamente), en las cuales, la dimensión originalmente prevista de los reservorios en los estudios de impacto, se duplicó en el curso de los siguientes años. De hecho, se prevé que las dimensiones de los embalses previstos originalmente para las dos megarepresas Jirau y San Antonio en el Madeira, superarán ampliamente en los próximos años las previsiones de los proyectos originales.

La idea peregrina de que el inmenso lago formado por la represa serviría para fines de turismo, posiblemente se aplique para un turismo desinformado y poco exigente, que no le importaría navegar en un lago putrefacto, hediondo y criadero de millones de mosquitos, pero no para un ecoturismo mínimamente responsable. En este caso hay otro problema de principios, pues este lago artificial, además de eliminar una extraordinaria riqueza de biodiversidad, sería un mega emisor de gases de efecto invernadero, especialmente metano y contribuiría con mucho al calentamiento global, aspecto ya comprobado para otras grandes represas de la Amazonía. Esto significa que la pretensión de asumir que las megarepresas constituyen fuentes de energía limpia, es una total falacia y desvirtúa la realidad.

Aguas abajo, la represa impediría el flujo natural del río Beni, y si bien se reduciría el riesgo de inundaciones, la represa y la modificación del curso del río, afectaría la dinámica reproductiva de los peces, con la posible desaparición del recurso y la actividad de pesca en los siguientes años, ocasionando un considerable daño económico  a la región. La reducción del caudal del río, especialmente en la época seca, ocasionaría problemas a la navegación, en especial en los años más secos. Pero la megarepresa interrumpiría además, un proceso o dinámica ecológico natural a partir de la cual evolucionó la Amazonía, pues dejaría de arrastrar y depositar los lodos ricos en minerales que fertilizan cada año o cada evento grande de inundación, los suelos de muchas zonas de selvas y pampas, lo cual afectaría negativamente, a mediano y largo plazo, a los ecosistemas y a la producción agrícola y ganadera de indígenas y campesinos que viven aguas abajo. El argumento del gobierno y los partidarios de la megarepresa, en sentido de que se logrará un control de las inundaciones, no justifican en absoluto la enorme perturbación de la dinámica hidrológica y el resto de devastaciones ecológicas y culturales que se ocasionarán.

Los riesgos socioambientales no terminan aquí y es curioso que los estudios geotécnicos realizados no hayan manifestado esta situación. En el margen derecho del estrecho de El Bala, es decir en la pared rocosa oriental o este de la serranía subandina, se puede observar una falla tectónica que indica un fenómeno antiguo de una gran remoción o corrimiento en masa y posiblemente deslizamientos más recientes, lo cual merecería una especial atención y más detallados análisis geológicos. Esto indicaría que la pared de la serranía del este, no es estable y esencialmente anularía la posibilidad de construcción segura. De realizarse la construcción, a pesar del riesgo, (lo cual no sería una sorpresa), y aún más, si se llega a abaratar los costos de construcción, el riesgo futuro de un colapso de la mega estructura se torna mucho más probable. Si un desastre de esta naturaleza llegará a ocurrir, el vaciamiento del reservorio y la inmensa y súbita inundación consecuente, ocasionaría una gran catástrofe que devastaría las poblaciones y comunidades del río Beni. Considerando estos elementos, sería muy importante un análisis de gestión integral de riesgos para el nefasto megaproyecto de El Bala.

       



Tomando en cuenta todas estas consideraciones, ahora más que nunca, ya sería hora de que el gobierno asuma el principio precautorio, el cual establece que se deben asumir decisiones responsables de paralizar o no aprobar un proyecto que puede ocasionar problemas ambientales y sociales extremadamente graves o críticos, es decir de muy alto riesgo que devastarían áreas protegidas, culturas indígenas, muy alta riqueza de biodiversidad, grandes ecoregiones, procesos y funciones ecológicas y dese luego, una vez más, la imagen del propio gobierno.







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Una Cumbre “enterrando Bolivia”

Marco Octavio Ribera Arismendi
Biólogo y activista ambiental 
Mayo 2105. 

A modo de preámbulo, en cuanto al debate sobre la agroindustria, la soya o los transgénicos, casi siempre ha estado inmerso en el manejo de la falacia entre el paralogismo o el más descarado sofismo. De acuerdo a los principios básicos de filosofía, la falacia es un razonamiento falso, en esencia un error o falsedad. Estos principios indican que el paralogista, usa la falacia o falsedad, de forma involuntaria, por ignorancia y sin intención de engañar. En cambio el sofista, usa la falacia de forma voluntaria, conociendo plenamente la falsedad y con intención expresa de engañar.  

Varios defensores de modelo agroindustrial y especialmente de los transgénicos, son connotados sofistas. Es el caso del comunicador de la Monsanto que en una reciente entrevista televisada en la Argentina, declaró la inocuidad del glifosato, añadiendo que se puede beber un vaso de glifosato sin sufrir efecto alguno, ante lo cual el periodista le ofrece una vaso de glifosato y le insta a que se lo beba. El sofista comunicador de la Monsanto visiblemente irritado, dio por finalizada la entrevista y concluyó de que no era un idiota para hacer semejante cosa. En el otro extremo, hay varios paralogistas entre los líderes y operadores políticos de los gobiernos sudamericanos soyeros que favorecen la agroindustria. 

Antes, durante su desarrollo y después de la realización de la Cumbre “sembrando Bolivia”, organizada por el gobierno en la ciudad de Santa Cruz a fines de abril, las reacciones de un gran número de expertos, instituciones y organizaciones comprometidas con el respeto socioambiental y a riesgo de que su dignidad contestataria sea burdamente confundida con conspiración política, convergieron hacia una crítica por demás fundamentada en contra del oportunismo del sector agroindustrial.

Destacan por su gravedad dos temas. La expansión de la frontera agroindustrial, y de  la ganadería de reemplazo de miles de hectáreas bosques que es otra pesadilla ambiental, a una escala nunca antes vista, constituye una aberración del desarrollismo que no solo implica una eliminación masiva de la biodiversidad por la ampliación de los desbosques, sino una pérdida de oportunidades (por pérdida de suelos) para los pequeños agricultores que bien podrían lograr modelos sostenibles (vía campesina)  y amigables con la Madre Tierra. Además, la emisión de millones de toneladas de gases de efecto invernadero, hace que el país aumente sus cuotas de  responsabilidad en el calentamiento global y el cambio climático. Pero la arrogancia de los agroindustriales, no solo se refiere a la ampliación de los desmontes, sino a la plena liberación de los transgénicos, incluso para el maíz, que al igual que en otros países latinoamericanos, puede considerarse un patrimonio de la agrobiodiversidad. Para ello no han tenido reparo en exigir al gobierno la modificación de la Ley Marco de la Madre Tierra.

De cualquier forma, las conclusiones oficiales de las cinco mesas de trabajo son una apabullante babel de ideas y demandas, donde se mezclan las modestas expectativas del pequeño campesino, con las proyecciones inequívocas del apetito de la agroindustria. Las diferencias saltan a la vista.

A continuación se exponen algunos de los aspectos más críticos de la problemática, desde un enfoque mayormente técnico, varios de los cuales ya fueron argumentados en años anteriores, pero haciendo mención a nuevas situaciones, como las recientes conclusiones de oficinas especializadas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la vinculación del herbicida glifosato y la ocurrencia de cáncer.

Un elemento a resaltar es la escasa transparencia en cuanto el acceso a la información del sector agroindustrial, bastante renuente a poner a disposición de la sociedad o de los medios de comunicación, datos que deberían ser públicos. Esto se hizo más evidente a partir de las publicaciones sobre extranjerización de tierra en Bolivia de Miguel Urioste (2011) y de la frontera agropecuaria en el oriente de Colque (2014), lo cual torna muy difícil un seguimiento objetivo del desempeño económico, social, ambiental y legal del sector. Por lo tanto, muchos datos que se mencionan no están actualizados a fechas recientes y se usan estimaciones.

El sector agroindustrial
Un conjunto de elementos paradigmáticos llega a definir al poderoso sector agroindustrial del oriente, el cual incluye a los menonitas; uno de los sectores que mayor depredación ecológica ha ocasionado al país, que genera divisas volátiles, paga impuestos irrisorios, no genera rentas o retenciones a pesar de los exorbitantes ganancias, recibe una generosa subvención de carburantes, busca la despenalización de los desmontes ilegales, usa masivamente productos transgénicos, así como pesticidas y herbicidas de alta toxicidad, y que además se ha abierto gustosamente a la extranjerización de la tierra. Este es el sector que ha presionado al gobierno desde ya hace unos años, para lograr una serie de medidas políticas y legales, con el fin de afianzar una preeminencia indeseable por el elevado costo ambiental y social que significa.

De los más de 14 mil productores de soya en Bolivia, el 2% (280) corresponde a grandes productores, un 20% (2.800) a los medianos, y un 78% (11.000) a los pequeños productores. Si bien los datos son del 2007 y con seguridad estas cifras han cambiando, la tendencia de la proporcionalidad se mantiene. Más de un 70 % de la superficie agroindustrial de Bolivia es ocupada por grandes productores que cultivan más de 1.000 hectáreas (inclusive hasta más de 20.000 hectáreas a través de figuras asociativas o corporativas. Otro dato llamativo, corroborado al 2011 por Urioste, es que de aproximadamente 280 grandes productores, 250 son extranjeros, principalmente brasileros, sólo unos 30 grandes productores son nacionales.

Las lógicas corporativas del sector, por conveniencia, han incorporado en el sector agroindustrial vía ANAPO, a los pequeños productores, en alto número (comparativamente a los grandes señores de la soya) y obviamente con escasa superficie de tierras, por tanto responsables de modestos desbosques, pero inmersos en la producción transgénica y el uso de herbicidas de alta toxicidad.

Los empresarios de la agroindustria soyera en Bolivia, pagan un irrisorio impuesto a la tierra, y no hay retenciones impositivas a las utilidades, como ocurre en la Argentina y es un fundamento clave en las grandes utilidades que en muchos casos, terminan en bancos extranjeros, con niveles de reinversión muy bajos (Urioste, 2011). La elevada utilidad del modelo agroindustrial de la soya, también  se debe en gran parte al subsidio estatal al precio del diesel, el cual es importado por el país (400.000 barriles mensuales), la mitad de los cuales, consume la agroindustria. A falta de información actualizada, se utilizan cifras del año 2008, la subvención al diesel al sector agroindustrial actualmente superaría los 150 millones de dólares, con lo cual, cada boliviano pagaría anualmente más de 400 dólares al sector agroexportador, a fin de que opere con un diesel llamativamente barato.

Otra referencia vaga, aunque frecuente, es el supuesto apoyo al desarrollo local, aspecto fundamentado en el flujo de divisas, situación que tiende a ser temporal y ligado al fenómeno de los “booms”.

Según Enrique Castañón (2014), de Fundación Tierra, el proceso agroindustrial no solo ocasionó acumulación de capital, sino la profundización de la brecha económica, algo que el año 2007, Mamerto Pérez ya había puesto en manifiesto en cuanto a la proporcionalidad de los beneficios netos totales, donde cada productor grande recibía en promedio 180.000 dólares, cada mediano 27.000 dólares y cada pequeño productor 1.100 dólares. Esto coincide con dato de Prudencio Börth (2008), en 1989, los agroempresarios exportadores ganaban 3,6 veces más que los productores campesinos, en el año 2001 ganaban 29 veces más. Esperamos cifras actuales.

En general, la distribución de beneficios de la soya es mayoritaria en casi un 80% para los grandes productores, comercializadoras y procesadoras industriales, y solo algo más de un 10% para los pequeños productores.

A pesar de la cifra hiper inflada sobre los supuestos beneficiarios directos e indirectos de la cadena de la soya, lo cual a estas alturas ya está sujeto a una sana relativización, el sector, considerando la cada vez más sofisticada mecanización y el uso de herbicidas para eliminar malezas, no genera los niveles de empleo que pregona. Recordemos al respecto la mención de Mamerto Pérez (2007) una vez más: ……la idea posicionada por los promotores del complejo soyero en el imaginario nacional, en sentido de que genera “miles y miles” de empleos, está planteada de tal modo que —aparentemente— hace innecesaria cualquier otra indagación al respecto”. Sobran los comentarios.

En el sector agroindustrial ingresan también la ganadería de reemplazo (muy bien posicionada en la Cumbre de Santa Cruz); los desmontes de miles de hectáreas para la siembra de pastos en Bolivia es la segunda fuerza de destrucción de ecosistemas después de la soya. La industria cárnica vía reemplazo de enormes superficies de bosques y la cría de grandes hatos, es además responsable de una alta proporción de gases de efecto invernadero. Las expectativas de aumento del número de cabezas (vientres) expresadas en la Cumbre, implica el riesgo de enormes desbosques tanto en zonas boscosas como en las de sabanas (islas de bosques, bosques de galería, bosques de alturas).  

Seguridad alimentaria
Sin duda, el mito más utilizado en los últimos años, ha sido el aporte del sector soyero y agroindustrial en general, a la seguridad alimentaria. Lo cierto es que no solo, no mejoró la seguridad alimentaria, sino que paralizó y revirtió la diversificación de producción de alimentos, y por tanto no mejoró sustancialmente la dieta alimenticia del país. Esto es una falacia, considerando que alrededor de un 80% de la producción soyera es para la exportación y que un 20% de soya (transgénica casi en su totalidad) es destinada el consumo interno, principalmente como fuente para las industrias de cría de pollos y ganado vacuno o porcino, y con destino mayoritario a centros urbanos. Las cámaras, corporaciones y asociaciones agroindustriales de Santa Cruz, replican fielmente las falacias de Monsanto, cuando afirman que se necesitan los transgénicos, para garantizar la seguridad alimentaria del país.

El caso del Norte Integrado de Santa cruz es revelador, una región que hasta 1990, producía diversos cultivos de consumo básico, como, frijol, yuca, maíz, arroz, hortalizas, frutas y leche, donde fueron reemplazadas miles de hectáreas por monocultivos. En términos absolutos, mientras la soya expandió su superficie cultivada casi 15 veces más, en los 20 años siguientes, productos como arroz, maíz y trigo expandieron su superficie, sólo un poco más de 3 veces (Prudencio Börth, 2008).

Por su parte, el evento de siembra agroindustrial de trigo de invierno en Santa Cruz,  no es generalizado, y está ligado a la soya desde una lógica rotacional, pero a una escala muy marginal y con volúmenes cada vez más bajos de producción, que no son significativos en términos de la seguridad alimentaria.

Avance de la frontera y disponibilidad de tierras
El carácter esencialmente expoliativo de la agricultura a escala industrial (megacultivos) de la soya, ha sido manifestado frecuentemente por diversos especialistas (Perez, 2007; Pacheco, 2008; Urioste, 2010; Urioste, 2011; Ribera 2013). La deforestación más importante en el país es por la  agroindustria, con una tasa de 60.000 hectáreas./año, junto con la ganadería de reemplazo de bosques (Prudencio Borth, 2008; Pedraza y Aragón, 2010; Ribera 2013).

El modelo soyero forma parte del modelo extractivista en el que se hallan inmersos los países sudamericanos, y se da a partir de la lógica de una desenfrenada exportación de la fertilidad de los suelos, en esencia ha sido comparada a una minería a cielo abierto, a partir de megacultivos e inmensas cantidades de insumos en maquinaria, combustibles, agroquímicos. Es la forma de uso más atentatoria a la Madre Tierra.
La inmensa mancha de desbosques de la zona integrada al noroeste de Santa Cruz, del Este de Santa Cruz, Río Grande, San Julián y el Norte de Santa Cruz (Guarayos y carretera a Trinidad), es mayormente producto del avance agroindustrial a diversas escalas aunque con predominio de los megapredios de los grandes productores. La mancha agroindustrial al Este de Santa Cruz, empezó a expandirse a fines de los años 80 con el programa Tierras Bajas del Este, apoyado fundamentalmente por el Banco Mundial (BM), Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Corporación Andina de Fomento (CAF). Suma en total alrededor de 4.5 millones de hectáreas, producto de una acumulación histórica de los últimos 25 años. Esta gran zona agropecuaria comprende áreas de cultivo intensivo de caña de azúcar, arroz, girasol, chia, pero fundamentalmente soya, que abarca actualmente algo más de un millón de has., de monocultivos agroindustriales de soya. En esta superficie se incluyen las más de 300.000 hectáreas de campos degradados dejados por la agroindustria y que en el mejor de los casos fungen como campos marginales de pastoreo, sujetos a procesos erosivos. Solo en Santa Cruz, existen 1,5 millones de hectáreas afectadas por erosión eólica alta a muy alta (Hinojosa y Rojas /CIMAR, 2009).
Ya se ha mencionado que los mejores suelos del país (en torno al abanico del Río Grande y el Norte Integrado) han sido sobre-explotados por las operaciones agroindustriales en las últimas cuatro décadas.

En cuanto a la pérdida de bosques, el informe de la evaluación aérea realizada por CIMAR el año 2010 (Pedraza y Aragón /CIMAR-LIDEMA, 2010) reveló el extraordinario avance de las frontera agroindustrial y de la ganadería de remplazo en zonas de especial fragilidad, como el entorno inmediato de la Laguna Concepción, directa contigüidad al Parque Nacional Kaa Iya y de la Reserva Chore. Otras evaluaciones evidenciaron drásticos procesos de desmontes a partir de cultivos agroindustriales en el Monte San Pablo (tramo San Ramón-Trinidad), así como en las zonas de Charagua, Villamontes y Yacuiba por avance menonita. Similar efecto se observó el año 2012, en el tramo Roboré-Puerto Suárez, como parte del impacto del corredor bioceánico Santos (Brasil)-Puerto Suárez-Santa Cruz.  

Además de los impactos sobre los bosques y las inmensas pérdidas de biodiversidad, el avance de megacultivos agroindustriales, deteriora o destruye irreversiblemente numerosas redes hidrológicas locales (arroyos y cañadas), arrasándolas o desecándolas por la extracción masiva de agua para riego, como es el caso del arroyo Quimome, principal alimentador de la Laguna Concepción. 

Para el ecólogo Fearnside (2001), la soya es mucho más perjudicial al medio ambiente que otros cultivos, porque justifica grandes proyectos de infraestructura de transporte que, a su vez, inician una cadena de eventos que conducen a la destrucción de hábitats naturales en grandes extensiones más allá de las áreas sembradas directamente con la soya.

Un punto álgido del debate en la cumbre y sus prolegómenos, gira en torno a la errónea visión de abundancia de tierras cultivables, visión impulsada  intensamente por el IBCE desde el año 2009, en relación a la producción de los biocombustibles. Este mito o falacia, compartido por altas autoridades de gobierno, ignora que Bolivia tiene mayoritariamente suelos de modesta a baja vocación agrícola y ecológicamente frágiles. Dicho debate resulta insulso, pues varios operadores del gobierno desconociendo las realidades más básicas del agro en Bolivia siguen pregonando la existencia de millones de hectáreas disponibles para expandir la frontera agropecuaria. Algún jerarca de turno en un debate televisivo se atrevió a decir que dicha expansión no iba a significar desbosques como tal, pues existen tierras sin bosques donde puede ampliarse dicha frontera, dejándonos con la duda sobre si se refería a un proceso de restauración de tierras en las miles de hectáreas dejadas como eriales por la agroindustria o si se refería a las pampas del Beni (de cualquier forma no aptas para formas de agricultura convencional).

Ya el año 2008, Gonzalo Flores del Grupo DRU, afirmó que del total de tierras que posee el país, sólo el 7% es completamente adecuado para ser aprovechadas agrícolamente de forma sostenible. De acuerdo a la Fundación Tierra, considerando el Plan de Uso del Suelo del departamento de Santa Cruz, ya no existirían disponibles tierras de cultivo intensivo aptas para la soya, pues los suelos agrícolas arables sin limitaciones solamente ascienden a algo más de 16.000 km2 (1.6 millones de has.) lo que hace un 1,5% del total de la superficie del país (Ormachea, 2009). El actual modelo soyero boliviano se enfrenta en su expansión, a suelos de menor calidad en la Chiquitanía (este) y otros obstáculos en la transición amazónica a Guarayos (norte). En los suelos pobres de la Chiquitanía, la tendencia para compensar los descensos de volúmenes de producción, será el desmonte y cultivo de mayores superficies, mientras que en el norte, con mayor invasión de malezas y plagas, la tendencia será a usar mayores cantidades de herbicidas y pesticidas.

Transgénicos, glifosato y pesticidas
El otro punto crítico en el debate de la Cumbre fue el de los transgénicos, en el cual las ambiciones de los agroindustriales y la benevolencia del gobierno, chocaron con el sentido común de las bases sociales en dicho evento, y que a pesar de ser proclives al derrotero oficialista expresaron su resistencia a un visto bueno tácito, enarbolando el riesgo de la producción ecológica que avanza a duras penas en el país y en carencia de un efectivo apoyo del gobierno.

El sector agroindustrial soyero considera las semillas transgénicas, como la clave  del incremento de la productividad, y así lo ha pregonado en la Cumbre. Sin embargo, diversos investigadores, entre ellos Miguel Crespo de PROBIOMA, sostienen que el ingreso de la soya transgénica no significó en absoluto un aumento de los niveles de productividad. Lo que sí es evidente, es que la ventaja de la soya transgénica, implica un menor costo de producción por hectárea cultivada (eliminación de malezas por herbicidas) y por tanto un aumento los niveles de rentabilidad por hectárea, lo cual no significa que la productividad por hectárea sea mayor. Las estadísticas frías, indican que en los últimos siete años, no ha habido cambios significativos en los niveles de rendimiento del cultivo con semillas transgénicas, y los aumentos de volúmenes están más relacionados a la expansión de la frontera agrícola y ocupación de nuevos suelos.

De acuerdo a investigaciones realizadas, la Fundación Tierra ha rebatido tres argumentos de  los sectores pro transgénicos: 1) los cultivos transgénicos no son necesarios para garantizar la seguridad alimentaria; 2) no ayudan a incrementar los cultivos; y  3) no son una opción viable para pequeños productores, ya que cada vez son más dependientes de las semillas y los agroquímicos monopolizados un puñado de multinacionales y agronegocios regionales, anulando las alternativas de producción ecológica.

El otro tópico de los transgénicos tiene una cara mucho menos amable. Actualmente, casi el 100% de la soya producida en Bolivia es transgénica, y su cultivo depende cada vez más del uso de herbicidas de alta toxicidad, como el glifosato, estrictamente ligado a las semillas round-up de la Monsanto.

La contaminación por materiales transgénicos a partir de la transferencia horizontal de pólenes por el viento, puede ingresar a zonas de cultivos adyacentes, interfiriendo con cultivos no transgénicos e incluso con el germoplasma de la biodiversidad natural, incluidas las malezas. La amenaza de invasión genómica (que incluye material de virus y bacterias utilizados en las recombinaciones), puede implicar, además, posibles alergias en poblaciones locales de las zonas de producción, hasta la contaminación de la producción de miel En comparación con la soya convencional, la soya transgénica tiene elevado contenido de isoflavonas, un fito-estrógeno que se mimetiza en el organismo y ocasiona una acumulación de estrógeno, elevando peligrosamente los riesgos de desencadenar enfermedades hormonales (Molina y Copa, 2009).

El mito más perverso y peligroso es que el Glifosato es inocuo, difundido de manera generalizada en los países soyeros de Sudamérica por la transnacional de semillas genéticamente modificadas Monsanto, aspecto que con mucha razón ha estado sujeta a fuerte controversia. Diversos estudios de toxicidad a lo largo de varios años, han demostrado que tiene efectos adversos en todas las categorías de pruebas toxicológicas (Ecoportal; RENACE).
En marzo del 2015, la Organizaciones Mundial de la Salud (OMS), a partir de una de sus oficinas especializadas, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), emitió un documento inédito. Luego de un año de trabajo de 17 expertos de once países: “Hay pruebas convincentes de que el glifosato puede causar cáncer en animales de laboratorio y hay pruebas limitadas de carcinogenicidad en humanos (linfoma tipo Hodgkin)”. El estudio detalla que la evidencia en humanos corresponde a la exposición de agricultores de Estados Unidos, Canadá y Suecia, con publicaciones científicas desde 2001, y destaca que el herbicida “también causó daño del ADN y los cromosomas en las células humanas”, situación que tiene relación con el alto potencial cancerígeno del glifosato.
Algo a destacar es que el Glifosato no es aplicado solo, sino junto a otros compuestos, como el polioxietileno-amina (POEA) o el POE-15 (tallowamina polietoxilada) surfactantes que permiten que el glifosato penetre en las células y tejidos, así como varias otras sustancias residuales (Benzisotiazolona; Metil-pirrolidinona; 3-yodo-2-propinilbutil carbamato; Isopropilamina, entre otras varias) que aumentan la toxicidad de la mezcla.

El glifosato y sus aditivos, ocasionan además, fuertes impactos sobre la ecología del suelo, pues deprime o erradica las poblaciones de micorrizas (hongos simbiontes) además de la eliminación de las especies antagonistas, que mantienen a muchos patógenos del suelo bajo control (Altieri y Pengue, 2007). Resultan también preocupantes, los reportes hechos a lo largo de los últimos años en la Argentina, sobre la resistencia de determinados tipos y especies de malezas al glifosato y otros herbicidas.

Volviendo al tema de los sofismos o uso perverso de la falacia, el año 2007, Monsanto fue multada por anunciar que su herbicida Roundup – rr (glifosato) era biodegradable y no tóxico para los animales domésticos y los niños, algo que era falso (RALTT, 2013).

Pero no solo son los herbicidas como el glifosato o el 2,4-D, en los últimos 10 años, las importaciones nacionales de diversos plaguicidas aumentaron en 150%, según PLAGBOL (SENA/FOBOMADE, 29 octubre 2012). El 70% de los plaguicidas que ingresan al país son usados en Santa Cruz, mayoritariamente en monocultivos agroindustriales. Es de destacar que entre la poca información relativamente actualizada del sector, un dato de ANAPO (2012), da cuenta del uso regular de más de 10 pesticidas (Metamidofos, Monocrothofos, Profenofos, Metamidofos, Monocrothofos, Profenofos, Clorpirifos, Metomil, Spinosad), todos de elevada toxicidad. La exigencia agroindustrial en la Cumbre, sobre liberar los mercados de importación de insumos para el sector, aumentará el impacto del uso irrestricto de pesticidas.

En abril del año 2012, se conocía una noticia alarmante, en la cual, especialistas oncológicos alertaban sobre una significativa incidencia de cáncer en niños de los municipios San Julián y Camiri (El Día, 12 abril 2011), dos regiones con expansión  de actividades agroindustriales y fuerte aumento en el uso de pesticidas. De acuerdo a los datos que maneja la Dirección de Pediatría, se reportaron unos 30 niños afectados; los cuadros más comunes son tumores, melanomas y leucemia linfoblástica aguda. También se ha reportado (Pedraza, 2011), en diversas zonas agrícolas, como San Pedro, San Julián, Guarayos y algunas poblaciones del Beni, el incremento de abortos espontáneos, malformaciones, casos de cáncer, enfermedades dermatológicas, neurológicas y otras, cuyo origen desencadenante se desconoce, pero se atribuye al uso masivo y no regulado de agrotóxicos por lo cual, PLAGBOL, ha realizado gestiones para introducir el tema de la intoxicación por plaguicidas, dentro del monitoreo del Sistema de Vigilancia Epidemiológica en Salud.

A modo de conclusiones

Lo que sucedió en la Cumbre agropecuaria de Santa Cruz, es el corolario a un proceso que empezó a gestarse, incluso antes del año 2011, con la Ley de Revolución Productiva (Nº 144), que daba nuevamente luz verde a los transgénicos. La Ley de Revolución Productiva, desbarató la Ley Corta sobre los Derechos de la Madre Tierra, aprobada a fines del 2010, y que en su Artículo 7, menciona que la Madre Tierra tiene derecho, ”a la preservación de la diferenciación y la variedad de los seres que componen la Madre Tierra, sin ser alterados genéticamente ni modificados en su estructura de manera artificial”.

De esta forma, el 2012 era evidente que las políticas del gobierno se tornaban proclives a favorecer la ampliación de las fronteras agropecuarias y a beneficiar las perspectivas de preponderancia del sector agroindustrial. Muestra de ello fue el anuncio de que el complejo productivo soyero, se beneficiaría con los recursos del FINPRO (Fondo para la Revolución Industrial Productiva) derivado de la Ley 144.
Un año después, el compromiso expreso de apoyar al sector agroindustrial, dada por las máximas autoridades de Gobierno, se formalizaron en la Ley 337 (de Apoyo a la Producción de Alimentos y Restitución de Bosques) y su reglamento. El hecho de que desde el gobierno se entregara dicha Ley en manos de Julio Roda, Presidente de la Cámara Agropecuaria del Oriente-CAO (El Día, 15 Enero 2013), tuvo un tremendo significado simbólico y un indicador de lo que iba a ocurrir.  
A pesar de la mención de restitución de bosques, la norma en su totalidad se destina a condonar las penalidades por desmontes ilegales, algo que la ANAPO había buscado desesperadamente durante varios años, y a promover la ampliación de los desmontes para la producción de “alimentos”.  Es de esta manera, que los grandes productores entendieron la norma 337, cuando el Presidente de la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO), Julio Roda, comentó que, “con esta disposición se podrá legalizar las propiedades que están con desmontes ilegales, viabilizando para seguir realizando derribes y seguir ampliando la frontera agrícola” (El Día, 15 Enero 2013). El nombre corto que el sector agroindustrial le dio a la norma 337 es la “Ley de Desmontes”.
El epílogo de la Cumbre agropecuaria tiene un terrible significado histórico, el de completar la devastación de los ecosistemas de las tierras bajas, proceso nefasto iniciado en épocas neoliberales con apoyo de la Banca mundial capitalista. Supone la devastación ecológica de al menos 10 ecoregiones que son remanentes amenazados de la transición Amazonía-Chiquitanía-Chaco (Ribera, 2011). También, tendrá un cariz de responsabilidad histórica al futuro, al supeditar el principio de defensa de la Madre Tierra a los intereses de la gran agroindustria del oriente boliviano, de la cual los mayoritarios representantes, paradójicamente son grandes consorcios y empresas brasileras o argentinas, y el sector menonita.

Con todas las consideraciones vertidas, la argumentación de convertir a la agroindustria en uno de los pilares de la economía, como una salida desesperada para enfrentar la coyuntura de la crisis hidrocarburífera por la caída del precio del petróleo, muestra que el remedio será mucho peor que la enfermedad. La dudosa solución de salir de un extractivismo gasífero, a un extractivismo agroindustrial mucho más devastador y expoliativo, debió ser mucho más meditada.





Fuentes.-

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