lunes, 26 de junio de 2017

La acumulación de desperdicios y el desperdicio de las riquezas

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Una mirada desde los Derechos de la Naturaleza


Alberto Acosta y Esperanza Martínez
Rebelión

Publicado en el libro: Ecología política de la basura. Pensando los residuos desde el Sur. María Fernanda Solíz (coordinadora); Instituto de Estudios Ecologistas del Tercer Mundo – Abya-Yala Quito, 2017.



“Los dueños del mundo usan el mundo
como si fuera descartable:
una mercancía de vida efímera”
Eduardo Galeano
“ En este momento la cosa más desechable del mundo es el ser humano”
José Saramago, Premio Nobel de Literatura

El capitalismo, en tanto civilización de la desigualdad, es en esencia explotador y depredador. El sistema capitalista, como afirmó el filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría , “ vive de sofocar a la vida y al mundo de la vida, ese proceso se ha llevado a tal extremo, que la reproducción del capital solo puede darse en la medida en que destruya igual a los seres humanos que a la Naturaleza” [1] .
Como sabemos, l a civilización del capital no solo que busca ganancias sin fin, sino que las necesita para subsistir . Acumula explotando la mano de obra y la Naturaleza. Acumula fomentandoun proceso sostenido cada vez más en el crecimiento económico permanente, en el consumo desbocado y en el masivo desperdicio. Atesora también especulando. Incluso a transformado recursos renovables en no renovables como resultado de tanto extractivismo y transtornos provocados. Y no tiene empacho alguno en obtener cuantiosos réditos destruyendo lo construido, a través de las guerras, por ejemplo; o del desarrollo de tecnologías riesgosas con capacidad de devastar territorios y ecosistemas.
Ese modelo dominante de crecimiento infinito, ha roto el equilibrio interno de la Naturaleza, en donde el “residuo” de una actividad productiva podría ser el recurso para otro uso provechoso para la vida. De esta manera no solo se acumulan desperdicios sino que se desperdician recursos. El parida de nacimiento de esta barbarie se plasmó cuando a la Naturaleza se le despojó de poder generador y regenerador, cuando paso a ser un conglomerado de materias primas mercantilizables, no simplemente subordinada al ser humano, sino a la voracidad del capital.
Hay que tener presente que a demás de la expansión material, el capitalismo necesita expandirse ideológica y culturalmente. Así se ha consolidado un discurso ideologizado en la necesidad de asegurar el consumo y el crecimiento económico como el camino indiscutible para alcanzar el bienestar.
Con la globalización de una sociedad atrapada en una realidad inventada desde el mundo de las mercancías, la producción y el consumo rompieron los ciclos metabólicos del planeta. Por una parte la extracción de materiales, que han tardado siglos en constituirse, se realiza a velocidades vertiginosas con una creciente pérdida de energía, rompiendo los ciclos naturales y acumulando montañas de desechos que no alcanzan a reintegrarse a los procesos metabólicos del planeta. A esto se suman las rupturas y las disfuncionalidades de la propia economía mercantilizada: la velocidad de acumulación productiva difiere del ritmo de acumulación sustentada en la especulación financiera. Recordemos que, en los últimos 200 años, las tasas de crecimiento económico, que nos darían cuenta del mundo de la producción, bordean el 2%, y que las tasas de interés, que reflejarían los niveles de la especulación financiera, habrían alcanzado el 4,5% promedio anual, según Thomas Pikkety [2] . Estos ritmos de una economía que ha roto sus raíces materiales, son infinitamente más altos que lo que podría ser la tasa de intercambio con la Naturaleza. Esto nos grafica una situación de tres velocidades insostenibles en el tiempo.
El capitalismo, originado en las condiciones de producción , acompañada de la especulación , su contracara inseparable, va imponiendo su lógica en muchas otras esferas de la realidad social hasta crear un imaginario que justifica visiones de dominación, exclusión y depredación y que rinde culto a lo efímero, a lo que está de moda y que, inclusive, por aquello de la obsolescencia programada, dura poco.
Sin embargo, el mismo capitalismo, como modo de producción enfocado a garantizar la reproducción continua del capital y sus ganancias, gesta su propia crisis, una crisis civilizatoria. Ese momento histórico se aproxima, si es que ya no ha empezado.Vivimos un punto crítico no solo con las desquiciadas estructuras socioeconómicas, con los superados límites ambientales, sino también con instituciones políticas incapaces de atender los retos planteados. Así, con la crisis civilizatoria del capitalismo se generan varias crisis específicas que ponen en peligro la libertad y la misma supervivencia de todos los seres vivos, incluyendo los humanos .
En respuesta, necesitamos plantearnos un cambio civilizatorio . El objetivo es pensar en un mundo diferente, en un planeta vivo, en donde todo tiene que ver con todo, que supere al capitalismo y a todas las visiones antropocéntricas que de él se alimentan.
El desperdicio entre el negocio y la crisis planetaria  
Como resultado de este proceso de crecimiento y acumulación del capital, es cada vez más impactante e inocultable el volumen de todo tipo de desechos y basura. Este desperdicio, en términos amplios, presente también en el gasto excesivo o en el subconsumo de mercancías constituye parte del motor del capitalismo. Y aunque puede resultar paradójico, los desechos y la basura son también objetos de acumulación del capital. Las posibilidades de negocio en los procesos de reutilización o reciclaje de materias primas o inclusive en “el minado” de la basura son enormes. Basta ver la multiplicidad de negocios en este ámbito, los que en su mayoría poco tienen que ver con el aprovechamiento sostenido de dichos desperdicios.Es más, con mucha frecuencia,estos negocios someten, directa o indirectamente, a seres humanos y a territorios a condiciones de precariedad extrema. Son negocios muchas veces ilegales que han construido una suerte de economía criminal tanto por las condiciones salud, como el uso de la violencia que la ilegalidad impone.
El pivotede este proceso -no lo olvidemos- es el crecimiento económico permanente azuzado por las demandas de acumulación sin fin del capital. Un ejemplo a una escala planetaria sobre cómo el desperdicio se convierte en negocio es el que tiene que ver con el procesamiento de combustibles fósiles. No se puede seguir consumiéndolos si no se quiere seguir carbonizando la atmósfera.Sin embargo, en lugar de reducciones en la producción y el consumo, ha surgido una nuevo negocio alrededor de ese desperdicio: “el mercado de carbono”.
Para poder continuar con esta reflexión preguntémonos sobre lo que significa el desperdicio en el mundo en que vivimos. Jürgen Schuldt, en un trabajo notable, aunque lamentablemente poco difundido, nos habla de “la civilización del desperdicio” [3] . El llama la atención sobre el derroche y el desperdicio de dinero y mercancías en los procesos de producción, consumo y comercio. Inclusive nos habla de “sus graves consecuencias económicas, psicológicas, sociopolíticas, culturales, medioambientales y éticas”. Y plantea reflexiones para entender sus causas y muchas propuestas urgentes para contribuir a su resolución, abarcando los niveles local, nacional y global. En su texto detalla una larga lista de posibilidades de acción, procurando “encontrar nuevas formas de convivencia humana y con la Naturaleza desde la perspectiva de la dinámica específica de la actual civilización, que no cubre las necesidades axiológicas y existenciales del ser humano, ni potencia sus capacidades y realizaciones, a la vez que irrespeta los Derechos de la Naturaleza, en un planeta cada vez más estrecho, sobreexplotado y contaminado”.
Un planeta que es visto como un reservorio de bienes materiales inagotable. Ese es uno de los mensajes que podemos extraer de las políticas de marketing y de publicidad masiva y alineante, analizadas por la piscoeconomía, que de manera desembozada alientan el consumismo y su contracara, el desperdicio. Parecería que no hemos entendido que el mundo tiene límites biofísicos que ya están siendo sobre pasados y que es imposible imaginarnos una sociedad mundial en la que todos sus miembros puedan consumir como las élites del planeta.
El autor en mención asume como que gran parte de esos gastos exagerados y los crecientes desperdicios puede ser evitable. Vinimos una situación indignante, nos dice, en que “en un mundo globalizado, coexisten la abundancia exagerada con la escasez extrema, la riqueza inconmensurable con la pobreza abyecta”. Un asunto aún mucho enojante si vemos como funciona la obsolescencia programada de muchos productos y la creciente inutilidad de algunos de ellos, como es el caso de los teléfonos “celulares inteligentes”: su vida útil está predeterminada de antemano para asegurar una creciente velocidad en la circulación de su mercantilización, demandando cada vez más materiales, mientras que las posibilidades de utilización plena de la tecnología disponible en esos aparatos de comunicación resulta una quimera.
El estilo de vida consumista y depredador -existente en las élites del Norte y del Sur, y que guía el accionar de miles de millones de personas- está poniendo en riesgo el equilibrio ecológico global y margina cada vez más masas de seres humanos de las ( supuestas) ventajas del ansiado progreso. Según la FAO, en un mundo donde la obesidad y el hambre conviven, al año se desperdician más de 1,3 mil millones de toneladas de alimentos perfectamente comestibles: 670 millones en el Norte global y 630 millones en Sur global, incluyendo los países más pobres del planeta. Un 70% de los cereales que se mercadean en el mundo están determinados por lógicas especulativas. Se produce alimentos para los autos y no para los seres humanos, llámeselos agro o biocombustibles.
Cada vez se destinan más y más extensiones de tierra para un agricultura fundamentada en los monocultivos, a través de los cuales se pierde aceleradamente la biodiversidad. Los organismos genéticamente modificados (OGM) y sus paquetes tecnológicos hacen también lo suyo. Toda esta combinación de acciones ha conducido, desde inicios del siglo XX, a la pérdida de un 75% de la diversidad genética de las plantas. En la actualidad, de conformidad con datos del Ministerio de Agricultura de Alemania, el 30% de las semillas están en peligro de extinción. Mientras el 75% de la alimentación del mundo se asegura con doce especies de plantas y cinco de animales, solo tres especies –arroz, maíz y trigo – contribuyen con cerca de 60% de las calorías y proteínas obtenidas por los humanos de las plantas. Apenas el 4% de las 250 mil o 300 mil especies de plantas conocidas son utilizadas por los seres humanos. Y en este escenario, cuando el hambre azota a unos mil millones de personas en el mundo, vemos cómo los grandes conglomerados transnacionales de la alimentación, como Monsanto, siguen concentrando su poder a través del control de las semillas.
El agua también es otro patrimonio en riesgo, a más de presentar niveles de una enorme desigualdad en su distribución y de un uso cada vez menos justificable. Jürgen Schuldt es categórico con el desperdicio del agua:
“el tristemente conocido uso exagerado del agua, en el que las tuberías o los caños no solo gotean por desperfectos, sino que son reflejo de la actitud de muchas personas que dejan correr el líquido en demasía para regar el jardín y para lavar ropa, utensilios o su propia persona. Es obvio que tiene que perderse necesariamente una cierta parte, aunque hay casos en que se puede volver a utilizar, como veremos en su momento. (…) Se estima que el 85% del agua de uso doméstico termina malgastado en el mundo. En el Perú, mientras el 30% no tiene acceso al agua, el desperdicio sería del 40% (con una norma «permisible» a nivel mundial del 20%), básicamente por falta de mantenimiento de las redes; en donde el colmo es que los que viven en zonas residenciales pagan 3,20 soles por metro cúbico, mientras que en los barrios marginales el costo es de 33 soles (sin garantía alguna de su «potabilidad»”.  
A lo anterior sumemos otros usos realmente insostenibles e intolerables. El sobre consumo y desperdicio de agua sobre todo en actividades industriales es gigantesco: A esto debe sumarse el desperdicio por los precarios sistemas de distribución de aguas. Las actividades extractivas -minería, petróleo, monocultivos-, a su vez, son grandes responsables de las formas más perversas de desperdicio sistemático, por la contaminación a gran escala de las aguas de superficie y subterráneas (A lo que cabría añadir la contaminación masiva del aire y de los suelos).
Lo que sucede con los alimentos y el agua acontece con las medicinas, la energía, la vestimenta, el papel, productos electrónicos, vehículos, construcciones de todo tipo, ollas… Toda esta composición de desperdicios es provocada por el sobregasto y por la “capacidad ociosa de consumo”, al decir de Jürgen Schuldt [4] .
Así las cosas, siguiendo a este mismo autor,
“para poder avizorar un panorama completo de la basura que se vierte en el mundo, puede ser útil tener una idea de los montos de que se trata. En el año 2007, según The Economist (2008a), se generaron 2.120 millones de toneladas de basura a escala mundial (Medina 2008). Gran parte de ella (alrededor del 26% en 2009) responde a tres países: Estados Unidos, China e India. De ese total de basura, generada en el año 2007, 566 millones corresponden a los países de altos ingresos, 986 millones a países de ingresos medios y 569 millones a los de bajos ingresos. En los países más desarrollados es donde más residuos sólidos por habitante se generan. En términos per cápita, tenemos que la basura que producen las personas de los países de altos ingresos equivale a 1,4 kilos por día; los de medianos ingresos, 800 gramos/día y los de bajos ingresos, 600 gramos/día.”  
Más allá de que la noción del desperdicio sea connatural al capitalismo, el concepto de la basura revela la ruptura de las relaciones entre las sociedades humanas y la Naturaleza y esta se vuelve un problema mayor con la industrialización y peor aún, en la actualidad, en la era de la cibernética. Ahora, por ejemplo, los aparatos electrónicos después de muy poco tiempo ya resultan obsoletos:
“la basura electrónica contiene metales pesados y sustancias químicas tóxicas persistentes que no se degradan con facilidad en el ambiente entre los cuales podemos identificar plomo, mercurio, berilio y cadmio. Como estos aparatos han sido diseñados utilizando tales sustancias, cuando son desechados, no pueden ser dispuestos o reciclados de un modo ambientalmente seguro”. Solo el año 2010, “terminaron en la basura unos 10 millones de celulares”. [5]
El problema radica en el imparable proceso de ruptura de los procesos metabólicos. Los combustibles fósiles y toda la organización socioeconómica-política-cultural a su alrededorjuegan un papel central por la creciente generación de desechos no biodegradables. La acumulación de basura está alterando no sólo la química del planeta sino también sus formas: montañas de basura, islas de basura, de hecho ahora ya se habla del “Octavo Continente” o “Basural del Pacífico Norte” [6] .
En la búsqueda de respuestas a esta ruptura de relaciones con la Naturaleza nos tropezamos con un patrón tecnocientífico que en lugar de construir comprensiones vitales del funcionamiento de la Naturaleza, su metabolismo y sus procesos vitales, irrumpe en ella para explotarla, dominarla y transformarla. Como recordó Vanda Shiva en los años noventa del siglo pasado,
“con el advenimiento del industrialismo y del colonialismo, sin embargo, se produjo un quiebre conceptual. Los 'recursos naturales' se transformaron en aquellas partes de la naturaleza, que eran requeridas como insumos para la producción industrial y el comercio colonial. (…) La Naturaleza, cuya naturaleza es surgir nuevamente, rebrotar, fue transformada por esta concepción del mundo originalmente occidental en materia muerta y manejable. Su capacidad para renovarse y crecer ha sido negada. Se ha convertido en dependiente de los seres humanos” [7] .
No olvidemos que en todo tipo de técnica hay inscrita una “forma social”, que implica una manera de relacionarnos unos con otros y de construirnos a nosotros mismos; basta mirar la sociedad que “produce” el automóvil y el tipo de energía que éste demanda. De la misma manera los dispositivos tecnológicos, como son los teléfonos celulares, por ejemplo, que en pocos años de vida se han convertido en un fenómeno global: hoy habría ya más teléfonos celulares que seres humanos, o los computadores que se reproducen y desechan año a año, lo que supone una inmensa cantidad de desechos.
Se trata de un patrón tecnológico que no solo altera los sistemas naturales generando grandes cantidades de desperdicios, sino que pretende enfrentar los problemas de esos desperdicios con las mismas soluciones ocultando elracismo e inclusive la inequidad social. Los basurales se ubican en los sitios más marginados, la basura más tóxica se exporta a países empobrecidos. Así la inequidad ecológica se superpone a las inequidades sociales, económicas e inclusive de género.
Del desperdicio de elementos vitales al reencantamiento del mundo
Este tema del desperdicio recobra nueva fuerza en la actualidad, con una sociedad mundial signada por sus enormes logros materiales y tecnológicos, que contrastan con sus crecientes desequilibrios en términos de ingresos y riqueza, oportunidades y libertades. Tenemos una sociedad dominada por profundos y contradictorios fenómenos de globalización económica, caracterizados, además, por una mundialización de una cultura consumista y productivista.
La crisis de la institucionalidad de los Estados-nación, surgidos en la modernidad, parece en la actualidad que les ha dejado una función meramente policial: asegurar a nivel local/nacional el correcto desempeño que demanda la economía mundial, en medio de una creciente financiarización que parece ser el sustrato de la actuales y desbocadas violencias estructurales, al tiempo que los extractivismos se expanden con redoblada fuerza a partir de lógicas de acumulación primario-exportadoras que comenzaron a surgir desde los orígenes de la colonia. Karl Marx fue muy claro cuando destacó que “ el descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la trasformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria ” (El Capital, tomo I, 1876). Y desde entonces la “misión civilizatoria” empezó un proceso global de transformación de la Naturaleza en recursos comercialmente utilizables y de las comunidades indígenas en individuos portadores de esa modernidad capitalista, emulando a sus conquistadores. Así, la subordinación de la Naturaleza al mercado vino acompañada de la represión de lo comunitario, con la consiguiente pérdida de los antiguos y tradicionales derechos de aquellos pueblos para asegurar su fuente de sustento en la Naturaleza. Debe quedar claro que no hay violencia sin colonialismo, ni capitalismo sin extractivismo, pues éste es un fenómeno estructural, históricamente vinculado y acotado a la modernidad capitalista [8] .
En este contexto se gesta -como algo inédito en la historia de la relación entre la Tierra y la Humanidad- una cada vez más compleja y profunda crisis ambiental provocada por la superación de los límites biofísicos como consecuencia del accionar de los seres humanos, organizados dentro de la lógica de la civilización capitalista, cabe agregar. Y es este proceso de sostenida destrucción de la Naturaleza -y también de la sociedad- el que está poniendo en peligro la vida misma sobre el planeta.
No nos olvidemos que a más de los problemas ambientales, el mundo enfrenta una creciente y nunca antes vista desigualdad social, en medio de masivos negocios especulativos y de destrucción, que se dan, por ejemplo, a través de la migración y la trata de personas, el narcotráfico, las guerras, la venta de armas y otras muchas formas de acumulación no productiva del capital. Así las cosas, inclusive la privatización y la creciente mercantilización del conocimiento están a la orden del día. Y, en consecuencia, la mercantilización de la Naturaleza continúa imparable, para muestra el enloquecido mercado de carbono.
Desde esa perspectiva múltiple, la superación de la civilización del desperdicio, es también la superación de la civilización de la desigualdad, de la explotación y de la destrucción. Por lo tanto hay muchas acciones que se deben emprender inmediata- y simultáneamente
Una síntesis de las acciones a seguir nos conduce a asumir concretamente mensajes que podemos desplegarlos desde la cotidianidad y que deben proyectarse desde abajo a los otros niveles de acción estratégicos: local, nacional, regional, internacional. Así los principales ejes de estas propuestas se sintetizan en reemplazar, rechazar, reutilizar, reducir, reparar, reciclar, reclamar, respetar. Avanzando en construcción de alternativas cabría destacar los lineamientos básicos de la lucha, que podríamos sintetizarlos en desurbanizar, destecnologizar, descomplejizar, despetrolizar. Y todo esto como parte de la construcción de otra economía para otra civilización.
Podemos partir de un punto donde cada vez hay mayor consenso, incluso entre quienes creen posible el “desarrollo”: el crecimiento económico no es sinónimo de “desarrollo”. El crecimiento implica un simple incremento de magnitudes económicas (como el PIB u otra magnitud utilizada de referencia), mientras que el “desarrollo” (a la larga siempre capitalista) no solo implica aspectos cuantitativos, sino incluso cualitativos (por ejemplo una industrialización contaminadora en esencia, mayor peso en el comercio internacional, poder y dominio de sociedades capitalistas fuertes sobre sociedades capitalistas débiles, etc.) [9] . Lo que falta aún entender es que el “desarrollo” (sin apellido), aunque cueste aceptarlo, no es más que un fantasma inalcanzable. Por eso, liberarnos de las ataduras del “desarrollo” podría potenciar las capacidades propias para encontrar otras formas de construir estilos de vida dignos para todos los habitantes del planeta, inspirados en las visiones y propuestas de cada sociedad, sin caer en la copia inviable y caricaturizada de otras realidades (caricatura que incluso ha sido exacerbada por los propios promotores del “desarrollo”).
Este cuestionamiento no implica sostener las actuales desigualdades e inequidades sociales que permitirían a los grupos opulentos de las sociedades en el Norte y en el Sur mantener sus privilegiados modos de vida. Eso de ninguna manera. Al contrario, especialmente en condiciones de decrecimiento (no confundirla con una reducción del producto interno bruto provocada por una crisis), la única forma de para disminuir la pobreza y mejorar las condiciones económicas de las grandes mayorías es con una transformación agresiva en los procesos distributivos [10] .
En términos económicos, el decrecimiento critica directamente a la lógica del capital pues si las economías decrecen en lugar de crecer, ya no es posible realizar una “reproducción ampliada” del capitalismo, implicando a su vez una no-acumulación de capital (e incluso una posible “des-acumulación”). Si se deja de acumular capital, se pone un alto a la concentración de poder en manos de las clases capitalistas, y el propio sistema entra en un proceso de desaparición debido a que, si no se crece, la única forma de reducir la pobreza y mejorar las condiciones de vida de las mayorías es por medio de drásticos cambios distributivos. Simultáneamente empezaría el derrumbe del capital financiero, el cual precisamente se sostiene de la “acumulación ficticia” de capital.
A esta dinámica se acopla perfectamente el post-extractivismo, pues si los principales centros capitalistas se contraen, aparte de contraer su demanda de productos primarios, hasta es posible que los mecanismos de intercambio desigual que generan la extracción de valor desde la periferia a los centros se vayan asfixiando (pues los centros ya no necesitarían seguir extrayendo valor para acumular). Al asfixiarse el intercambio desigual, la periferia capitalista posiblemente requerirá cada vez exportar menos recursos naturales para tratar de evitar los flujos negativos del comercio internacional capitalista. Si a esto se suma una contracción en la demanda internacional, entonces necesariamente el capitalismo dependiente (típicamente atado a modalidades de acumulación primario-exportadoras) no podría sostenerse y, a la larga, terminaría por desaparecer [11] . Y todo este proceso deberá venir de la mano con un reencuentro de los seres humanos con la Naturaleza.
Al endiosar la economía, en particular al mercado, se ab andonaron muchos instrumentos no económicos, indispensables para mejorar las condiciones de vida. Por ejemplo, creer que los problemas ambientales globales se resolverán con medidas de mercado es un error que puede costarnos muy caro; se ha demostrado que más efectivas han sido las normas y regulaciones (todavía insuficientes), que las “leyes” de la economía capitalista de la oferta y la demanda. Pero eso no es todo. No podemos seguir mercantilizando la Naturaleza, proceso que propicia su explotación desenfrenada; todo lo contrario, hay que desmercatilizarla; tenemos que reencontrarnos con ella asegurando su capacidad de regeneración, basada en el respeto, la responsabilidad y la reciprocidad [12] .
Un paso inevitableradica probablemente en empezar a pensar en los desechos con más respeto. Se considera basura o desperdicio a una gran cantidad de materiales cuyo uso ha sido desvinculado de los procesos naturales. Los desechos orgánicos, por ejemplo, son realmente una importante materia prima para devolver la fertilidad a los suelos. Esto nos lleva a recuperar la Naturaleza desde la perspectiva de la vida y no como depósito de materia inerte, privatizable, mercantilizable…
La clave está en pensar en la producción y el consumo con una visión que cierre los ciclos y evite las fugas de nutrientes o de energía, que erróneamente se los considera “basura”. La utilización de estos excedentes de nutrientes y energía servirán para apoyar el mayor número de ciclos de diferentes actividades manteniendo el equilibrio interno. De esta manera el “residuo” de una actividad de producción puede ser asumido como recursos para otra actividad productiva, así no solamente se maximiza la productividad sino que se evita la contaminación del ambiente. Un uso razonable de estos recursos exige también evitar usos dispendiosos, como los que se dan en el tema del empaque de muchos productos, por ejemplo.
El secreto está en pensar a laNaturaleza como un ser vivo. Un sujeto con derecho a mantener sus procesos vitales, que incluyen la circulación de los nutrientes y de la energía.“La Tierra –como sistema viviente- nos excede, nos precede y nos contiene absolutamente”, para recurrir a palabras de Horacio Machado Aráoz.
Aquí está implícito un gran paso revolucionario, realmente civilizatorio, que nos conmina a transitar de visiones antropocéntricas a visiones integradoras desde lo biocéntrico comunitario, queterminen por asumir las consiguientes consecuencias políticas, económicas, sociales y culturales que supone. Cabe dar paso al “reencantamiento del mundo” [13] es decir
“a derribar barreras artificiales entre los seres humanos y la Naturaleza, a reconocer que ambas forman parte de un universo único enmarcado por la flecha del tiempo. El reencantamiento del mundo se propone liberar aún más el pensamiento humano. El problema fue que, en el intento de liberar el espíritu humano, el concepto del científico neutral (propuesto no por Weber sino por la ciencia social positivista) ofrecía una solución imposible al laudable objetivo de liberar a los estudios de cualquier ortodoxia arbitraria. Ningún científico puede ser separado de su contexto físico y social. Toda medición modifica la realidad en el intento de registrarla. Toda conceptualización se basa en compromisos filosóficos”, como recomienda Immanuel Wallerstein [14] .
Los derechos de la Naturaleza, como derecho a la existencia de la Humanidad
Desde una remozada aproximación a los retos de la Humanidad se convoca, entonces, a repensar colectivamente los caminos para superar el capitalismo y el antropocentrismo.
La liberación de la Naturaleza de su condición de simple objeto de propiedad, exigió y exige, entonces, un esfuerzo político que le reconozca como sujeto de derechos. Los Derechos de la Naturaleza, siempre vinculados a los Derechos Humanos, nos abren la puerta para empezar a transitar hacia otra civilización, en donde la reproducción de la vida y no la reproducción del capital sean su horizonte permanente [15] .
Este aspecto es fundamental si aceptamos que todos los seres vivos tienen el mismo valor ontológico, lo que no implica que todos sean idénticos. Eso sí, todas las especies vivas tienen la misma importancia y por lo tanto merecen ser. Esto conduce a romper con la visión instrumental del ambiente, en tanto se reconocen valores propios a la Naturaleza. No se habla de valores que son atribuidos por los seres humanos.
Dotar de Derechos a la Naturaleza significa, entonces, alentar políticamente su paso de objeto a sujeto, como parte de un proceso centenario de ampliación de los sujetos del derecho. Lo central de los Derechos de la Naturaleza, es rescatar el “derecho a la existencia” de los propios seres humanos. Responsabilidad, respeto y reciprocidad con la Naturaleza deben ser los tres pilares de este accionar.Aquí cabe la célebre frase de uno de los grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, el holandés Baruch de Spinoza (1632-1677), quien en contraposición con la actual posición teórica sobre la racionalidad, reclamaba que “cualquier cosa que sea contraria a la Naturaleza lo es también a la razón, y cualquier cosa que sea contraria a la razón es absurda”.
Hay que entender que lo que hacemos por la Naturaleza lo hacemos por nosotros mismos. Este es un punto medular de los Derechos de la Naturaleza. Insistamos hasta el cansancio que el ser humano no puede vivir al margen de la Naturaleza y menos aún si la destruye. Por lo tanto, garantizar la sustentabilidad es indispensable para asegurar la vida del ser humano en el planeta. Esta lucha de liberación, en tanto esfuerzo político, empieza por reconocer que el sistema capitalista destruye sus propias condiciones biofísicas de existencia.
Este es el meollo del asunto. Lo potente en la actualidad es que contamos con valores, experiencias y prácticas civilizatorias alternativas como el Buen Vivir o sumakkawsay o suma qamaña de las comunidades indígenas andinas y amazónicas. [16] A más de las visiones de Nuestra América hay otras muchas aproximaciones a pensamientos de alguna manera emparentados con la búsqueda de una vida armoniosa desde visiones filosóficas incluyentes en todos los continentes. El Buen Vivir, en tanto cultura de vida, con diversos nombres y variedades, es conocido y practicado en diferentes regiones de la Madre Tierra, como el Ubuntu en África o el Swaraj en la India [17] . Y hay muchas, muchísimas más experiencias a lo largo y ancho del planeta, que están inmersas en un maravilloso y complejo proceso de “reencantamiento del mundo”.
El Buen Vivir, sin olvidar y menos aún manipular sus orígenes ancestrales, puede ser una plataforma para discutir, concertar y aplicar respuestas frente a los devastadores efectos de los cambios climáticos a nivel planetario y las crecientes marginaciones y violencias sociales en el mundo. Incluso puede aportar para plantear un cambio de paradigma en medio de la crisis que golpea a los países otrora centrales. En ese sentido, la construcción del Buen Vivir, como parte de procesos profundamente democráticos, puede ser útil para encontrar incluso respuestas globales a los retos que tiene que enfrentar la Humanidad.
Nos toca, en definitiva, reencantar el mundo alrededor de la vida. Requerimos para ello abrir todos los caminos de diálogo y de reencuentro entre los seres humanos, en tanto individuos y comunidades, y de todos con la Naturaleza, entendiendo que todos los seres humanos formamos parte de la misma, que, en suma, somos Naturaleza.-
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Notas:
[1] Bolívar Echeverría (2010); Modernidad y Blanquitud, Editorial ERA, México.
[2] Return to capital and growth rate of the world, 0-2200https://www.quandl.com/data/PIKETTY/T10_3-Return-to-capital-and-growth-rate-of-the-world-0-2200
[3] Jürgen Schuldt (2013); Civilización del desperdicio - Psicoeconomía del consumidor, Universidad del Pacífico, Lima.
[4] Este autor diferencia el subconsumo microeconómico relativo, que se refiere al desperdicio de bienes perecederos: alimentos, bebidas medicamentos, de la capacidad ociosa de consumo, que trata del desperdicio de bienes duraderos: artefactos electrónicos, maquinaria, ropa, papel. Anota también la existencia de un subconsumo microeconómico absoluto cuando el ser humano no puede acceder a esos bienes por no poseer el poder de compra o porque le está vedado conseguirlos (por la destrucción de su chacra, por ejemplo), lo que provoca pobreza extrema, desnutrición, enfermedades, etc.
[5] Frers Cristian ( 2010) ;“¿Hacia donde va la basura electrónica?”, en http://www.ecoportal.net/Temas-Especiales/Basura-Residuos/hacia_donde_va_la_basura_electronica
[6] Gigantesca mancha de basura que flota en el Océano Pacífico, cuatro quintas partes de las cuales son de plástico, con una extensión de 700 mil kilómetros cuadrados, casi tres veces el Ecuador.
[7] Aquí cabe rescatar las valiosas reflexiones de Vandana Shiva al respecto en el Diccionario del desarrollo – Una guía del conocimiento como poder, editado por Wolfgang Sachs en los años 90 del siglo pasado (Ver edición en el Perú, 1996).
[8] Horacio Machado Aráoz; “La naturaleza americana y el orden colonial del capital - El debate sobre el “extractivismo” en tiempos de resaca”, abril del 2016. https://www.rebelion.org/noticia.php?id=211020
[9] Una breve reflexión sobre la condición cuantitativa del concepto de “crecimiento” y la condición cualitativa del concepto de “desarrollo” puede encontrarse en el artículo de John Cajas Guijarro; “Definiendo el desarrollo”, 2011, Ver: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=128304
[10] Esto otorga una dosis de verdad a las palabras de Rafael Corre al decir que “es deseable el crecimiento, pero no es ni necesario ni suficiente para el buen vivir”, expresión mencionada en el “enlace ciudadano” no 456. Ver: https://youtu.be/0lXJXf_ykYc?t=5798 . En verdad, el crecimiento económico per se no es ni necesario ni suficiente ni siquiera para eliminar la pobreza, sin embargo estas palabras no fueron dichas para fomentar una estrategia de decrecimiento económico en el Ecuador sino que, al contrario, buscan ser un instrumento para atenuar los efectos de la crisis económica que actualmente vive el país (además, la distribución del ingreso en vez de mejorar, irá empeorando). En términos más generales, el decrecimiento no debe ser el resultado de un capitalismo en crisis que termine empeorando la distribución del ingreso, sino que, al contrario, una estrategia consciente de decrecimiento es la que debe poner en crisis al capitalismo, cuestionarlo y llevarlo a su extinción por medio de una drástica transformación distributivo a favor de las clases explotadas.
[11] Pensemos, por ejemplo, en un escenario donde EEUU empieza a contraerse. Su contracción no solo implicaría un menor PIB sino incluso una menor participación en el comercio internacional. Esto obligaría a que países como el Ecuador (el cual exporta alrededor del 40% de su petróleo crudo a EEUU) necesariamente deba dejar de estar enfocado en el mercado externo (vía productos primarios) y empiece a enfocarse en su mercado interno. Si bajo tales circunstancias las cosas se manejaran responsablemente (y no de forma desproporcionada como actualmente sucede en el Ecuador y en otros países de la región ante el fin del boom de los commodities), sin duda se abrirían las puertas a que un centro capitalista deje de succionar valor y un país periférico empiece a volverse económicamente independiente.
[12] Aquí cabe rescatar las valiosas reflexiones de Vandana Shiva al respecto en el Diccionario del desarrollo – Una guía del conocimiento como poder, editado por Wolfgang Sachs en los años 90 del siglo pasado (Ver edición en el Perú, 1996).
[13] Tal como lo plantea en su libro Morris Berman, cuyo aporte sirve para rectificar la epistemología dominante y también para construir un nuevo paradigma que entienda en la práctica que los seres humanos formamos parte integral de la vida de la Madre Tierra y del Universo.
[14] Wallerstein, Immanuel (1996); Abrir las ciencias sociales, Comisión de la Fundación Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales, Siglo XXI Editores, México.
[15] Las reflexiones sobre los Derechos de la Naturaleza se multiplican en el mundo, sobre todo luego de su aprobación constitucional en Montecristi, en el año 2008. Entre muchos otros valiosos textos, sugerimos los aportes de Esperanza Martínez (2014); La Naturaleza entre la cultura, la biología y el derecho, en la serie La Naturaleza con derechos, Instituto de Estudios Ecologistas del Tercer Mundo, Quito; o los de Eduardo Gudynas (2009); El mandato ecológico – Derechos de la naturaleza y políticas ambientales en la nueva Constitución, en Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (editores), serie Debate Constituyente, Abya–Yala, Quito o (2016); Derechos de la Naturaleza – Ética biocéntrica y políticas ambientales, Abya-Yala, Quito; así como las contribuciones de varios autores y varias autoras (2011)en el libroLa Naturaleza con Derechos – De la filosofía a la política(Alberto Acosta y Esperanza Martínez – editores), Abya–Yala, Serie Debate Constituyente. Quito.
[16] La lista de textos que abordan este tema es cada vez más grande. Podríamos mencionar los textos der Alberto Acosta, entre otros, El Buen Vivir SumakKawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos(2014), ICARIA, Barcelona, libro publicado también en francés, alemán y portugués .
[17] Ver Ashish Kothari, Federico Demaria y Alberto Acosta (2015) “BuenVivir, Degrowth and Ecological Swaraj: Alternatives to sustainable development and the Green Economy”, Development 57.3/4 Inequalities, 2015. http://www.palgrave-journals.com/development/journal/v57/n3-4/full/dev201524a.html

Alberto Acosta, economista ecuatoriano. Investigador de la FLACSO-Ecuador. Exministro de Energía y Minas. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Excandidato a la Presidencia de la República. Miembro del Tribunal Permanente de los Derechos de la Naturaleza.
Esperanza Martínez, bióloga ecuatoriana. Presidenta de Acción Ecológica (2016) y coordinadora de Oilwatch. Asesora del presidente de la Asamblea Constituyente. Miembro del Tribunal Permanente de los Derechos de la Naturaleza.  
NOTA: Los autores deja constancia del aporte del economista ecuatoriano John Cajas-Guijarro.



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lunes, 5 de junio de 2017

América del Sur natural y silvestre: un mito

Es muy común que América del Sur sea presentada como un continente dominado por una naturaleza silvestre, con enormes extensiones naturales y recursos naturales casi inagotables. Se supone que las grandes transformaciones ocurrieron en otras regiones del planeta; la contaminación sería un problema de los países industrializados en el norte pero no tanto aquí en el sur.
Esas imágenes a su vez alimentan la idea que es posible continuar extrayendo recursos naturales o contaminando las aguas, ya que eso no tendría mayores efectos precisamente porque contaríamos con esas enormes reservas naturales.
Sin embargo, hoy, adentrándonos en el siglo XXI, debemos reconocer que esas ideas están muy equivocadas. Muy por el contrario, estamos siendo testigos de una enorme transformación ecológica a escala continental con lo cual buena parte de ese acervo ecológico desapareció, y el deterioro ambiental avanza a un ritmo mucho mayor a las medidas de conservación ambiental.
En el presente breve reporte se repasa esa situación y algunos de los problemas ambientales que están directamente vinculados a esa situación.
Una muy alta presión sobre los recursos naturales.
En el pasado reciente, los altos precios de las materias primas desencadenaron una intensa apropiación de recursos, ampliación de las áreas de explotación, y diversificación de rubros que eran extraídos en cada país. Si bien más recientemente los precios de muchos de esos commodities bajaron o la demanda se redujo, la respuesta en varios países apuntó a compensar los menores ingresos por exportaciones por medio de un aumento de los volúmenes extraídos y la ampliación de la frontera extractivista.
La consecuencia directa de esto incluyó volcarse a buscar materias primas dentro de dos tipos de sitios que se mantenían más o menos al margen: las áreas naturales protegidas o los territorios indígenas. A su vez, se apuntan a yacimientos de menor calidad, con superficies afectadas mucho mayores, varios de ellos en lugares alejados y de alto valor en biodiversidad. Esto aumentó sustancialmente los impactos ambientales, desde aquellos vinculados a la megaminería como el avance de los monocultivos y sus secuelas de contaminación. Además, se amenazan sitios de muy alta biodiversidad, tales como la Amazonia de Ecuador bajo la expansión petrolera o en los trópicos de Bolivia por los planes de nuevas represas hidroeléctricas.
Estamos siendo testigos de una antropización a gran escala en algunas de las mayores ecoregiones sudamericanas. Por ejemplo, para la Amazonia se estima que la mitad de su cobertura vegetal se perderá al año 2050, se alerta que esa deforestación puede tener efectos de pérdida de biodiversidad todavía mayores (por fragmentación, extinciones encadenadas, etc), y se discuten efectos directo sobre el régimen climático dentro de América del Sur (1).
Se estima que aproximadamente más de la mitad de la superficie de la ecoregión del Cerrado (una de las mayores en superficie en el continente) fue antropizada, y que para la Caatinga es próxima al 50%; ambas se encuentran en Brasil (2). En el caso del Cerrado los principales factores directos e indirectos están relacionados con la ampliación de los monocultivos de exportación.
Existen reportes parciales que indican una situación análoga de antropización a gran escala en la ecoregión del Chaco.
Todas estas alteraciones recientes se suman a otras que tienen una historia más antigua. Desde finales del siglo XIX se perdió casi toda la Floresta o Mata Atlántica en Brasil; tiempo antes comenzó otra radical transformación que modificó para siempre las praderas, savanas y estepas en Uruguay y el centro de Argentina.
Si se toma el conjunto de todas estas alteraciones ecosistémicas, la desaparición de grandes ecoregiones y las alteraciones en otras, el resultado actual es muy claro: predominan las áreas artificializadas y modificadas. Múltiples indicadores muestran esto, desde la extensión de la desertificación y erosión de suelos a la pérdida de cobertura de bosques.
Tampoco puede olvidarse que muchas de esas regiones ecológicas no fueron silvestres en sentido estricto, ya que los pueblos indígenas intervenían en esos ambientes. Pero sus acciones se acompasaban a los ritmos ecológicos, y en muchos casos contribuyeron a la diversificación ecológica. Lo que ocurre en la actualidad es muy distintos, tanto por la gravedad de los impactos como por su extensión, con consecuencias que apuntan en otro sentido: contaminación y destrucción de ecosistemas.
Por todo esto, la imagen popular de América del Sur como un continente esencialmente natural y con grandes reservas ecológicas, es infundada. Es más, en muchas regiones se ha cruzado un umbral de modificaciones donde es difícil plantear restauraciones ambientales en corta escala de tiempo (como las praderas y savanas). Nuestra condición de antropización se parece cada vez más a la que se observa en Norteamérica o Europa.


Transformando la Naturaleza: la artificialización de América Latina es cada vez más similar a la de Norte América. 
Los tonos de rojo expresan la proporción de influencia humana, tales como la transformación de la tierra, expansión urbana, etc. Basado en P. Kareiva y colab., Science 316: 1866-1869, 2007.

Las contradicciones en la política y la gestión ambiental
Ante esta situación, el marco normativo, la institucionalidad y las políticas deberían enfocarse en medidas urgentes para detener este deterioro a escala continental, preservar las áreas de mayor biodiversidad cuanto antes, y promover alternativas productivas y económicas para no seguir atrapados bajo los extractivismos.
Pero la realidad es que eso tampoco ocurre. Es cierto que se han dado algunos avances en las políticas ambientales que deben ser subrayados, tales como la creación de los ministerios específicos en ambiente en Chile, Perú y más recientemente en Argentina; o las exploraciones de abordajes multidimensionales, como la creación de un gabinete ministerial en sustentabilidad en Chile.
Pero por otro lado, los gobiernos han implementado todo tipo de flexibilizaciones ambientales para que las exigencias o controles no impidan la apropiación de recursos naturales. Las intervenciones en la gestión ambiental detrás de los reclamos por licencias ambientales “express” en Colombia, o las modificaciones del “paquetazo ambiental” en Perú para aligerar su supuesta excesiva “permisología”, terminan debilitando controles y exigencias. Todavía más graves son los decretos de liberación del ingreso de las petroleras dentro de áreas protegidas o indígenas en Bolivia, o la apertura a la explotación de hidrocarburos dentro del área del Yasuní en Ecuador. Medidas de este tipo son las que abren las puertas a una mayor destrucción ambiental, incluso dentro de las áreas protegidas, las que deberían ser nuestra línea de defensa para proteger la Naturaleza.
La inserción comercial internacional de América del Sur no ha cambiado, y se reforzó su papel como proveedor de materias primas, o sea recursos naturales, especialmente mineros, energéticos y agrícolas. Este encadenamiento ejerce una presión fortísima sobre los ambientes naturales. De hecho, el balance físico entre los recursos naturales importados y los exportados ha mostrado un déficit creciente desde 1970, llegando a aproximadamente una pérdida neta de 700 millones de toneladas de recursos por año hacia mediados de la década de 2010. Estos nuevos indicadores expresan un gran deterioro ecológico.
Todo esto ocurre no sólo por la debilidad o inefectividad en la gestión y políticas ambientales, sino porque se sigue repitiendo el mito de un continente silvestre, casi sin contaminación y con enormes extensiones silvestres. Esas falsas creencias impiden que se reconozca la irresponsabilidad de los estilos actuales de apropiación de la Naturaleza, y se termina tolerando o justificando, una y otra vez, que grupos minoritarios como los pueblos indígenas o los pobres del campo, sufran los impactos ambientales y sociales de ese tipo de emprendimientos.
La coyuntura política
Las alertas para proteger la biodiversidad sudamericana deben enfrentar elementos muy conocidos, propios de las viejas coyunturas, como son los apoyos estatales a emprendimientos de alto impacto o las prácticas empresariales que buscan sus ganancias a costa del ambiente. Pero hay otros elementos nuevos que deben ser tenidos en cuenta.
Se destaca la asociación entre corrupción y distintos emprendimientos de alto impacto ambiental. Entre los casos más conocidos se encuentran en Brasil (represa de Belo Monte en la Amazonia, desempeño de Petrobras, etc.), pero otro tanto se descubrió que ocurrió en otros países (como es el caso SQM en Chile). Todo indica situaciones similares en otros países, donde se están dando los primeros pasos en investigar a las corporaciones brasileñas (como ocurre en Colombia, Ecuador y Perú).
Tampoco puede pasar desapercibido el agotamiento de los progresismos, los que no han logrado articular políticas ambientales sustantivas. Por el contrario, en todas esas naciones el deterioro ecológico siguió su marcha o se agravó, y sobre ello se sumaron en varios casos los intentos de acallar y controlar las voces de los ambientalistas.
Reacciones ciudadanas y alternativas
Bajo estos cambios, la marcha de los debates públicos así como la movilización de grupos ciudadanos y su nivel de organización y coordinación, es muy variado. Existe un conjunto de organizaciones ambientalistas, académicos en distintas disciplinas, y otros actores sociales, que vienen alertando desde hace años sobre este creciente deterioro ecológico.
Los impactos ambientales de los extractivismos son tan intensos que han contribuido a promover mayor movilización y discusión en Ecuador, Bolivia y Perú, seguidos por Colombia, Argentina, Chile y Uruguay, y luego Paraguay. En Brasil los debates que vinculan de esta manera las estrategias de desarrollo y el ambiente son todavía comparativamente más débiles. Por ejemplo, solo recientemente ha comenzado una decisiva discusión sobre los extractivismos en forma independiente a las posturas gubernamentales. A la vez, muchos actores clave que en el pasado reciente apoyaban acríticamente a los gobiernos progresistas o sólo eran capaces de análisis basados en esquemas teóricos de académicos del norte, poco a poco están ganando en independencia y sus aportes sirven para mejores diagnósticos y enriquecen las discusiones.
Es importante subrayar que sigue avanzando la atención que se brinda a posturas como las de los derechos de la Naturaleza, o las alternativas al desarrollo enmarcadas en la perspectiva del Buen Vivir. Esos aportes, que nacieron desde el mundo andino, promueven una renovación sustantiva de las políticas ambientales que está claramente enraizados en los saberes y circunstancias sudamericanos.
Los derechos de la Naturaleza son de una importancia fundamental para desenmascarar el mito de una América del Sur natural, y a partir de ese reconocimiento, renovar las políticas y la gestión ambiental. No debe asumirse que eso es sólo posible en los países andinos, y deben celebrarse iniciativas en otras naciones (por ejemplo, en Argentina, el senado está tratando un proyecto de ley en esa materia). Esto muestra la importancia de los cambios en la ética ambiental.
Si bien muchos invocan los derechos de la Naturaleza o la idea del Buen Vivir, no siempre se reconocen sus profundas implicaciones. Es el que reconocimiento de los valores propios en lo no-humano es una postura radicalmente diferente a la que sostienen la modernización del desarrollo. Son nuevas opciones que parten desde otros modos de sentir y pensar la sociedad y la Naturaleza.
Cuando se reconoce que, en realidad, América del Sur sufre un severo deterioro a escala continental, y que aquella imagen de naturaleza silvestre es un mito, queda en claro que deben promoverse unas políticas y gestión ambiental no sólo mucho más enérgicas, sino con una actitud mucho más comprometida en preservar el ambiente.
Notas
(1) Véase por ejemplo Amazonia under pressure, RAISG (Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada), 2012, https://raisg.socioambiental.org/amazonia-bajo-presion-2012
(2) Véase por ejemplo para el Cerrado al Plano de Ação para Prevenção e Controle do Desmatamento e das Queimadas no Cerrado, Ministério do Meio Ambiente, Brasilia, Plano de Ação para Prevenção e Controle do Desmatamento e das Queimadas no Cerrado, http://www.mma.gov.br/florestas/controle-e-preven%C3%A7%C3%A3o-do-desmatamento/plano-de-a%C3%A7%C3%A3o-para-cerrado-%E2%80%93-ppcerrado
Para el caso de la Caatinga ver Desmatamento na Caatinga já destruiu metade da vegetação original, IBAMA, Brasilia, 2 marzo 2010, https://www.google.com/search?q=amazonia+under+pressure&ie=utf-8&oe=utf-8#q=caatinga+devastado
Eduardo Gudynas es investigador en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social). Parte de estas ideas están basadas en una presentación realizada en el panel sobre los desafíos ambientales en América Latina en la conferencia de la red noruega de estudios sobre América Latina (NorLARNet), en Begen (2016).
Publicado en Ambiental.net, CLAES, Montevideo, el 5 de junio 2017.


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jueves, 1 de junio de 2017

Impacto de la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París

El mandatario estadounidense se opone rotundamente a que Estados Unidos permanezca en el Acuerdo.
EE.UU. es el segundo país más contaminante del mundo, por lo cual su salida del Acuerdo de París implica mayores niveles de calentamiento de la Tierra, se acelerará el deshielo en los polos e incrementará el nivel del mar.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció este jueves que su país se retira del Acuerdo de París sobre el cambio climático, cuyo objetivo es 
El Acuerdo de París fue firmado en 2015 y fue suscrito por 147 Estados durante el mandato del presidente estadounidense Barack Obama. El texto propuso como meta que para 2025 Estados Unidos reduzca las emisiones de gases de efecto invernadero entre un 26 y un 28 por ciento con respecto a los niveles de 2005. El acuerdo fue aceptado por todos los países del mundo, menos Siria y Nicaragua.
La salida del país norteamericano del pacto global plantea un nuevo panorama para el mundo en la lucha contra el cambio climático.
Posibles escenarios para Estados Unidos
Ante el anuncio del retiro de EE.UU. del acuerdo, puede darse el caso de que alguna organización, estado o ciudadano en Estados Unidos introdujera un recurso en contra y los jueces podrían paralizar su orden ejecutiva.
Esta opción "es más que probable en un país en el que el 70 por ciento de los ciudadanos quiere que Estados Unidos permanezca en el Acuerdo, y en términos judiciales ya tiene precedentes en sus órdenes en materia de inmigración", afirmó Manuel Pulgar, portavoz de cambio climático de la organización WWF Internacional.
Sin embargo, la salida del pacto no sería inmediata, ya que el predecesor de Trump y uno de los mayores artífices del Acuerdo de París, Barack Obama, se ocupó de que fuera incluido un artículo en el Acuerdo, el cual indica que un país solo podrá solicitar su salida del mismo tres años después de su entrada en vigor.
Es decir, que la petición sería aprobada el 4 de noviembre de 2019. Asimismo, deberá esperar un año para que surta efecto, por lo que Estados Unidos no tendrá más remedio que seguir perteneciendo al pacto global hasta el 4 de noviembre de 2020.
La opción más rápida para Trump, según advierten varios analistas, es salirse de la Convención de Cambio Climático de las Naciones Unidas. Dejar la convención significa perderse por un año de la toma de decisiones tomadas en el foro y se perdería asuntos paralelos al tema medioambiental.
Para la portavoz de cambio climático del Instituto Elcano, Lara Lázaro, "esta medida implica acabar con decenas de acuerdos bilaterales, relacionados con la transición hacia un mundo bajo en carbono, y cedería influencia estratégica a otras potencias que están esperando a asumir el liderazgo en la materia, como es el caso de China, India y la Unión Europea (UE)".
En este sentido, un conjunto de expertos consideran que Estados Unidos "no tiene absolutamente nada que ganar y sí mucho que perder" si sale del Acuerdo de París.
Así lo manifestó la directora del Instituto para el Desarrollo Sostenible y las Relaciones Internacionales, Teresa Ribera, quien indicó que la nación norteamericana "se estaría sumiendo en el aislacionismo, frente al multilateralismo existente desde la segunda Guerra Mundial".
Impacto para el resto del mundo
En el panorama internacional, son muchas las voces que se han sumado en contra de la decisión tomada por Trump. Organizaciones, jefes de Estados y múltiples personalidades valoran la decisión como errónea.
El hecho de que el segundo país más contaminante del mundo salga del acuerdo, implica que al no reducirse las emisiones tóxicas, la Tierra puede sufrir mayores niveles de calentamiento y con el aumento de las temperaturas medias, se acelerará el deshielo en los polos e incrementará el nivel del mar.
Igualmente, los economistas también advirtieron que el cambio climático podría tener "graves consecuencias" en la economía global. Las sequías y la escasez de agua podrían debilitar el crecimiento. El aumento del nivel de los mares podría inundar ciudades y tierras agrícolas ubicadas en tierras bajas.
Según un informe de 2015 de Marshall Burke, de la Universidad de Stanford, y Sol Hsiang y Ted Miguel, de la Universidad de California en Berkeley, el cambio climático podría reducir 20 por ciento la producción económica mundial para 2100, cinco veces más que las proyecciones previas.
EEUU París teleSUR
"El cambio climático global es una amenaza para la economía", aseguró Mark Zandi, economista en jefe en Moody’s Analytics, al tiempo que señaló que "todo lo que hagamos que funcione para reducir el calentamiento global es positivo para la economía (...) todo lo que retrase la lucha contra el cambio climático es negativo".


http://www.telesurtv.net/news/Impacto-de-la-salida-de-Estados-Unidos-del-Acuerdo-de-Paris-20170601-0037.html


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